LOS MUERTOS Y LOS QUE MATAN
“El quinto mandamiento prohíbe dar muerte, golpear, herir o hacer
cualquier otro daño al prójimo en el cuerpo, ya por sí, ya por otros; como
también agraviarle con palabras injuriosas o quererle mal. En este mandamiento
prohíbe igualmente Dios, darse a sí mismo la muerte o el suicidio” (Catecismo).
“Es pecado grave matar al prójimo,
porque el homicida usurpa temerariamente el derecho que sólo Dios tiene sobre
la vida del hombre; porque destruye la seguridad del trato humano y quita al
prójimo la vida, que es el mayor bien natural que hay sobre la tierra”, (Catecismo).
“Es lícito quitar la vida al prójimo
cuando se combate en guerra justa, cuando se ejecuta por orden de la autoridad
suprema la condenación a muerte en pena de un delito y, finalmente, en caso de
necesaria y legítima defensa de la vida contra un injusto agresor” (Catecismo).
COMENTARIO
No todos mueren igual, aunque todos
vamos a morir. La Iglesia nos exhorta constantemente para que la muerte no nos
sorprenda sin estar debidamente preparados. Un viejo refrán dice: “que nos cojan confesados”
El mundo se prepara para muchas cosas,
las personas habitualmente se están preparando para algo, sin embargo, hay un
olvido de la preparación más importante: prepararse para morir bien.
La Iglesia nos recuerda que hay una vida
eterna de felicidad que hay que ganársela portándose bien. Los 10 mandamientos
resumen los méritos que debemos hacer para ganarnos el Cielo.
El quinto mandamiento, que se refiere a
los muertos, es una prohibición: ¡No
matar!, que prohíbe también las violencias que hieren o maltratan al
prójimo.
A cada uno nos toca ver cómo es la
relación con nuestro prójimo, porque nos toca respetar y querer a todas las
personas, tal como lo hizo Cristo, que murió por todos sin excepción.
La defensa de la vida
La vida hay que respetarla desde la
concepción hasta la muerte. La Iglesia condena el aborto y la eutanasia. No se
entiende y es un contrasentido, los que impiden la defensa de la vida.
La vida hay que defenderla siempre.
Nadie es dueño de su propia vida y mucho menos de la vida de los demás. El
único dueño de las vidas humanas es Dios. Dios es el que nos ha creado y el que
dispone cuánto vamos a vivir en este mundo.
La defensa de la vida frente a una
agresión puede llevar, cuando la
situación es extrema, a emplear la fuerza que podría causar la muerte del
agresor. El que se defiende en esas circunstancias y causa la muerte de su
agresor, no tiene culpabilidad.
Cuando se trata de una contienda debe
estar muy claro quién es el agresor, quién es el que emplea primero la
violencia, y quienes son los que buscan defenderse y defender a los demás.
La defensa de la vida debe ser clara y
contundente, no a medias tintas, no
caben situaciones políticas con “arreglos”, que deriven en acuerdos injustos, o
el dejar las cosas sin resolver y a medio camino.
Conciencia recta y buena
conducta
Para morir bien es necesario portarse
bien y no ser personas agresivas y violentas. El odio es malo genera desprecio
y una agresividad brutal y destructiva.
Los seres humanos han nacido para amar y
no para pelearse. Urge una educación, desde la familia y en la escuela para que
todos formen bien su conciencia. Es indignante cuando en los textos escolares
se fomenta el odio y la división entre los seres humanos, en vez del perdón y
la reconciliación.
A veces parecería que todo está al
revés. Urge revertir estas situaciones de insensatez y falta de coherencia para
que los seres humanos solucionemos los problemas con el diálogo y la
comprensión. P. Manuel Tamayo
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