miércoles, 26 de septiembre de 2018


ENSEÑAR A QUERER (II)

“El que tiene miedo no sabe querer” (1 Juan, 4,19).

“porque me da la gana, es la razón más sobrenatural” (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 17).


COMENTARIO

Lo más importante para que una persona sea feliz es que sepa amar. Dios nos quiere felices y por eso nos pide que amemos mucho. El amor no es solo un conocimiento es fundamentalmente vida, que es esencial en la persona para que sea realmente libre.

A una persona se la forma para que ame. La formación no debe quedarse en darle conocimientos o en hacer que haga cosas. La formación más que a la efectividad (pragmatismo) debe apuntar a la afectividad (orden).

Si no se forma el corazón éste se desboca apegándose a cualquier cosa y esclavizando a la persona que puede vivir prendida de algo que no vale nada. La formación del corazón es formación de la voluntad.

La voluntad no se forma obligando, no es conseguir que las personas cumplan con un reglamento o que hagan lo que está establecido, o sigan una costumbre que se ha vivido siempre. Cumplir con algunas disposiciones o conseguir que se hagan bien las cosas no necesariamente es amar. No basta con que se hagan las cosas bien, es muy importante que se quiera hacer el bien.


Aprender a querer

Enseñar a querer es más largo y dificultoso que enseñar conocimientos o conseguir que se hagan las cosas bien. La armonía de algo mandado o dirigido puede quedar bien para la foto y los aplausos, pero puede quedarse en el nivel de la actuación, o de un saludo a la bandera.

Es ingenuo pensar que si no ponen resistencia es porque quieren libremente. En el texto evangélico el hijo que decía que sí iría a trabajar en lo que su padre le pedía parece que es el bueno, sin embargo el que dijo que no y luego fue, es el que actuó libremente y fue a trabajar porque quiso, ese es el bueno.


Querer para enseñar

La formación no se da solo con los libros o con las ideas. Es mucho más importante la vida del que enseña. Si su vida es de amor (amistad) la transmisión para enseñar a querer (que es lo más importante) está garantizada.

La formación no se da solo asistiendo a clases, charlas, reflexiones o retiros, se da fundamentalmente viviendo; es en esa tesitura cuando las personas que se están formando hacen suyas las cosas. No hacen cosas de otros, o cosas que le dicen los otros.

El que forma no debe decirle qué cosas tiene que hacer al que se está formando, más bien debe conseguir que haga las cosas que debería hacer queriéndolas, (siempre dentro del camino del bien).

El bien se contagia con el ejemplo de la conducta de una persona libre que ama correctamente y que por lo tanto es fiel a sus compromisos. El proselitismo es ese contagio por la abundancia de amor. No es una presión, o un lavado de cabeza, menos un engaño. Es ver el amor diáfano y real que se manifiesta en la humildad y sencillez de una persona que actúa siempre con rectitud de intención.

El voluntarismo es la caricatura del amor, es una terquedad y podría ser un fanatismo. Perder el amor es endurecerse y caer en la severidad. El severo y el duro dan miedo, esas personas terminan quedándose solas, sin ningún respaldo, aunque tengan un conocimiento grande del camino, no tiene la comunicación para transmitir con su vida la verdad.

La verdad abstracta sin la vida de amor es incomunicable. El que ha perdido el amor termina castigando con la verdad, lo contrario a lo que tiene que ser. (P. Manuel Tamayo)



jueves, 20 de septiembre de 2018


EL REALISMO DE LA CONNATURALIDAD (I)

“Se denomina realismo a la tendencia a presentar las cosas tal cual son en realidad, sin adornos, exageraciones o matices”, (diccionario).

“Algo es connatural cuando es acorde a nuestra propia esencia, es decir, cuando es una consecuencia necesaria de nuestro propio modo de ser” (Definición ABC).

El conocimiento por connaturalidad, a diferencia del conocimiento conceptual, no puede expresarse ni transmitirse propiamente, pues consiste en la experiencia personal de la singularidad de las cosas en el yo”, (Diccionario).


COMENTARIO

No hay dos personas iguales, cada una tiene sus características propias y tiene que contar con ellas para relacionarse con los demás y con el mundo circundante. Con ese modo de ser específico se puede captar lo que realmente son las otras personas en su esencia y profundidad.

Es realista la persona que puede conocer a las personas y a las cosas tal como son. Solo puede ser realista el que sabe amar ya que el amor, que es connatural a la propia esencia del hombre, es también la primera obligación con respecto al prójimo. Toda persona para ser libre y para que la comunicación con los demás sea profunda y real, necesita amar.


Querer el bien y la virtud

El amor exige siempre de una rectitud de intención. No todos aman igual. Los focos de amor son muy variados. Una alumna puede amar el tema que está dictando el profesor y otra alumna puede amar al profesor que está dictando el tema. La imagen que ven todos es igual: el profesor que está dictando la clase y los alumnos que están escuchando. Lo mismo podríamos decir con respecto a la religión, un alumno puede comulgar por quedar bien con el profesor y otro lo hace por amor a Dios. La gran diferencia está en que la virtud solo se da en el segundo. Así nos podríamos encontrar grupos numerosos que hacen las cosas por motivos ajenos a la virtud y entonces no sirve para nada. Es ingenuo pensar que algo les quedará.


La mentalidad del cumplidor de escaso amor

Es necesario saber bien que limitarse a cumplir unas reglas puede generar mentalidades anancásticas (perfeccionistas, de amor propio), que llevan al desencanto y a la depresión después de haber hecho la vida difícil a personas del contorno. Si no hay amor, o si éste es escaso y no crece, todo se pierde y no queda nada. El que no hace las cosas por amor termina abandonando lo que está haciendo.

En la parábola de hijo pródigo, el hijo mayor era un cumplidor que siempre estaba en la casa pero no sabía amar y mucho menos comprender. Además pensaba que él era el fiel que estaba haciendo bien las cosas porque no se iba y siempre estaba. Claro que estaba, a veces se mide equivocadamente la fidelidad teniendo en cuenta solo la presencia. El hijo mayor de la parábola estaba y hacía cosas, pero no amaba como había que amar; pensaba que la fidelidad era cumplir con unos reglamentos, o con lo que estaba establecido, y le faltó amor para algo mucho más importante: entender y perdonar al hermano que había hecho mal pero estaba arrepentido.

La oficialidad de los cumplidores de reglamentos crea situaciones duras de fijezas y terquedades, donde se termina perdiendo el sentido común y se desplaza hacia el fracaso. Esas personas acartonadas se aferran a los sistemas y a los controles, que se convierten en mecanismos de defensa para sentirse seguros y viven con una falsa esperanza pensando que sus modos de proceder son los correctos porque luego vendrán los frutos. Han perdido la visión y tienen dificultades de mentalidad para entender la realidad por falta de amor.

Urge educar la voluntad para evitar fanatismos, caprichos o terquedades, señalando, con el ejemplo, lo que se debe querer con toda el alma, lo que realmente nos libera y nos hace felices, que es un compromiso de amor, que siempre exige esfuerzo y lucha, pero, que al mismo tiempo nos llena de paz y de alegría. (P. Manuel Tamayo)

viernes, 14 de septiembre de 2018


LA CULTURA DE ENCUBRIMIENTO

“La complicidad es aquella actitud con la cual se demuestra que existe un conocimiento fluido e íntimo entre dos o más personas de algo que es secreto u oculto para los demás. (Diccionario)

"entre bueyes no hay cornadas" "entre bomberos no nos vamos a pisar la manguera" “otorongo no come otorongo” Son frases que indican un encubrimiento entre colegas cuando comenten un error, una falta o un delito. Este encubrimiento suele denominarse "blindaje" (Diccionario)

“Urge, por tanto, generar espacios donde la cultura del abuso y del encubrimiento no sea el esquema dominante; donde no se confunda una actitud crítica y cuestionadora con traición. Esto nos tiene que impulsar como Iglesia a buscar con humildad a todos los actores que configuran la realidad social y promover instancias de diálogo y constructiva confrontación para caminar hacia una cultura del cuidado y protección” (Papa Francisco, Carta a Chile, mayo 2018).

“Si dentro de ti, hijo mío, hay un "sapo", suéltalo! Di primero, como te aconsejo siempre, lo que no querrías que se supiera” (San Josemaría Escrivá). 



COMENTARIO

El amor al prójimo es también el amor a la verdad. La verdad está siempre a favor de todas las personas. Todo se puede arreglar desde la verdad. Es lícito lo que ocultamos si va de acuerdo con el amor al prójimo y el amor a la verdad. Hay secretos que debemos guardar de las personas que nos lo confían asuntos personales que no se deben ventilar o no deben conocerlo otras personas (asuntos familiares o de amistad, temas profesionales), siempre y cuando esté entre lo sano y correcto, sin que afecte a nadie.

Encubrir es ocultar algo que no se debería esconder porque atenta contra la verdad y porque se trata de algo ilícito que perjudica a personas.


Existen distintos tipos de encubrimiento:
Ø  El que oculta, por vergüenza, un pecado en la confesión.
Ø  El que no quiere decir en su casa dónde va porque no desea que se enteren.
Ø  El que tiene una doble vida afectiva y engaña a ambas partes.
Ø  El que es cómplice de un delito y lo oculta.
Ø  El que conoce un asunto grave y se lo guarda.
Ø  El que cubre y oculta al delincuente.
Ø  El que arregla con otro para que no se conozcan sus delitos
Ø  El que trama negocios ilícitos (favoritismos, estafas, trampas).
Ø  El que ofrece sobornos para ganar una licitación.
Ø  El obsequioso que exulta engañando (sobonería) para obtener un beneficio.
Ø  El que hace trampa con complicidad para ganar.
Ø  El que se organiza con otros para estafar.
Ø  El que peca con otro y acuerdan guardar ese secreto.
Ø  El que aconseja para que no se diga la verdad.
Ø  El acuerdo para taparse sus propios pecados o delitos y seguir adelante como si no hubiera pasado nada.
Ø  Los acuerdos para tapar las malas acciones de una persona (blindaje).
Ø  Pertenecer a un grupo donde hay “amarres” y manipulaciones.
Ø  Cubrir las malas acciones de otros para no perder posiciones o negocios.
Ø  Dar datos falsos para ser considerados idóneos para un puesto.
Ø  Ofrecer o aceptar coimas para tener preferencias o beneficios.
Ø  Cobrar cupos con amenazas y abusos de poder.
Ø  Crear grupos de poder (manipular para favorecer el monopolio, contratar sicarios o matones para eliminar la competencia)
Ø  Abusar en los cobros aprovechando circunstancias difíciles (subida abusiva de precios, acaparación, fomentar el mercado negro).
Ø  Adulterar (“bambear”) el producto quitándole calidad para obtener una ganancia.
Ø  Inflar las boletas o facturas para quedarse con el dinero restante.
Ø  Abusar con los intereses cayendo en la usura.
Ø  Mentir en las recetas médicas, para obtener un beneficio
Ø  Mentir al paciente para sacarle más dinero.


Mucha gente vive del pillaje y buscan obtener de las autoridades una patente de corzo para atropellar “de acuerdo a ley” manchando la fama y el honor de las personas. No les importa destruir con tal de ganar dinero o fama.  

Frente a la cultura del encubrimiento se debe fomentar la cultura de la honradez y la transparencia unida a la cultura del perdón. A las personas hay que tratarlas siempre bien y conseguir, a través de ese camino de respeto y cariño, que se porten bien.  (P. Manuel Tamayo).

martes, 4 de septiembre de 2018


EL AUTÉNTICO AMOR AL PAPA

“Recen Por mi” (Papa Francisco)

"Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón" (San Josemaría Escrivá).
“Tu más grande amor, tu mayor estima, tu más honda veneración, tu obediencia más rendida, tu mayor afecto ha de ser también para el Vice–Cristo en la tierra, para el Papa. -Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Santo Padre” (San Josemaría Escrivá, Forja, 135)
“La fidelidad al Romano Pontífice implica una obligación clara y determinada: la de conocer el pensamiento del Papa, manifestado en Encíclicas o en otros documentos, haciendo cuanto esté de nuestra parte para que todos los católicos atiendan al magisterio del Padre Santo, y acomoden a esas enseñanzas su actuación en la vida” (San Josemaría Escrivá, Forja 633).


COMENTARIO

Hoy muchas personas no saben amar y viven confundidas, unas porque piensan que el amor es solo sentimiento, otras porque parten de un criterio subjetivo que nace del amor propio, otras porque lo identifican con la simpatía (me cae bien), y muchas porque lo mezclan con las pasiones, a veces desordenadas, y terminan enredados en un laberinto.

Es por eso que muchas personas no saben ni lo que quieren y muchas otras quieren equivocadamente lo que no conocen.

El amor al Papa no está exento de las limitaciones humanas señaladas en el primer párrafo, a las que hay que añadir las fuertes campañas del poder del mal que han existido siempre por influjo del diablo que ataca lo que es más noble y santo para derribarlo. Esto quizá muchos no lo entiendan bien y se queden con la duda. Es solo cuestión de fe.

Un buen católico que ama a Dios sobre todas las cosas ama, con el mismo corazón al Vicario de Cristo en la tierra, que es el Papa, quien quiera que sea. El católico que ha entendido bien como debe tener su propio corazón ama al Papa actual y no hace comparaciones con los otros.

A cada Papa hay que amarlo en su tiempo y luego ese amor persiste a través del tiempo y es un mismo amor que va creciendo y va amando a los Papas que vengan luego. No se para a considerar como es, ni cómo piensa, ni de donde es; basta que sea el Papa y ya se le ama entrañablemente.

El amor al Papa no procede de un voluntarismo, no es un esfuerzo ciego que uno haga por el hecho de que hay que quererlo. Procede del amor a Dios que habitualmente se lleva en el corazón y ese amor a Dios ordenado mueve las pasiones y los sentimientos en una dirección que engarza perfectamente con los corazones que se encuentran en esa misma dirección. Esa es la unidad auténtica que procede de un amor auténtico de un corazón que tiene a Dios.

Al Papa, y a ninguna persona, se le puede amar “diplomáticamente” con gestos, posturas, cumplidos, manifestando estar en la misma línea y tal vez deseando por dentro algo distinto a ese amor grande que se debe tener.

Las posturas artificiales con sus respectivos silencios no son correctas. Cada uno puede darse cuenta si ama o no ama y si un católico descubre que no tiene amor al Papa está fallando él y no el Papa, ni las circunstancias que acompañan al Santo Padre. El amor de cada uno debe ser real, grande y entrañable. Este amor ordenado es gratificante porque es auténtico y libre. Es más libre el que sabe amar lo que debe amar.

El amor auténtico no solo es respetuoso, hay también un afán grande de alcanzar lo mejor y un deseo de bien que es nobleza y lealtad.

Recemos con amor por el Papa y por la Iglesia como pedía San Josemaría.  Es cuestión de fe y de amor a Dios. “El que pueda entender que entienda” (P. Manuel Tamayo)