martes, 26 de diciembre de 2023

 UNA CASA RODEADA DE CIPRESES

1966 - 1967: más Centros del Opus Dei en Lima

En Octubre de 1966 hubo un terremoto en Lima que dejó más de 200 muertos. Tradiciones quedó muy averiada, una de las ventanas que daba para la av. Del Bosque se convirtió en puerta y la casa quedó bastante afectada. Fue a media tarde. Una hora después pasó sobre Lima una nube negra formada por el polvo que había levantado el movimiento sísmico.

Solo tuvimos un buen susto, el movimiento fue vertical y casi no podíamos mantenernos en pie. Para muchos de nosotros había sido el primer terremoto de nuestra vida.

 

Un nuevo Centro

El año 66 había sido también bastante movido porque se había conseguido una nueva casa para la residencia Los Andes, que se trasladaría de la Av. Pardo a la calle El Rosario de Miraflores, a una cuadra del colegio San Silvestre. Era una casa grande con tres frentes uno a la calle Piura, otro a General Varela y la entrada principal que estaba en la calle El Rosario. Todo el contorno estaba rodeado de cipreses. La casa había sido de la familia Heredia que eran accionistas de la Pepsi Cola.

Hicimos muchos viajes de Pardo al Rosario en una camioneta pick up llevando muebles y camas para que pudieran ir a vivir Federico Prieto y Víctor Morales que serían los directores de la residencia. La mudanza nos duró unos meses.

 

La Navidades del 66

Pasamos las fiestas de Navidad y Año Nuevo en Tradiciones. Mis padres fueron al Triduo que predicaba el P. Antonio Ducay, y se quedaron al resopón después de la Misa de Gallo con otras familias amigas. En el jardín, que estaba decorado con luces navideñas, cantamos villancicos y reventamos toda clase de cohetes como era costumbre.

En enero del año 67 nos informó el P. Vicente Pazos, consiliario del Opus Dei en el Perú, que la casa de la calle El Rosario ya no sería una residencia para estudiantes, porque empezaría el primer centro de estudios para las personas del Opus Dei.

Al poco tiempo nos fuimos a vivir allí Ignacio Benavente, que era el director, Juan Luis Cipriani, el P. Antonio Ducay y yo, que me había ido a vivir a Tradiciones saliendo de casa de mis padres en julio del año anterior.

También fueron a la nueva casa Manolo Quimper, Jaime Sarmiento, José Antonio Vallarino, Jorge Gandolfo, Marcos D´Ángelo, Tony Gruther, Arnaldo Chávez, Armando Martens, Alberto Sialer y otros, que fueron apareciendo a lo largo del año 67.

 

Una nueva sede para el club Saeta

Jaime Sarmiento y Jorge Gandolfo eran encargados del Club Saeta que había dejado su sede de la calle Diez Canseco y estaban buscando un nuevo local.

En Lima un supernumerario español, Isidoro Reverte, había montado una fosforera y una tabacalera que poco a poco se hizo famosa con los cigarrillos Criollos, Fortuna, Premier y Ducal, que le hacían competencia a los cigarrillos “Inca” y “Nacional”.

En esos años no estaba prohibido fumar. Conocíamos perfectamente las marcas de cigarrillos y cuando podíamos comprábamos cigarrillos americanos que eran más caros pero de mejor calidad: Kent, Marlboro, Chesterfield, Lucky Strike, Wiston, Salem, LM.

Jorge Gandolfo, que era arquitecto, consiguió que Isidoro le regalara las cajas vacías donde venían embalado el tabaco y que eran de una madera muy buena. Enseguida hizo los planos y construyó una cabaña con dos ambientes para el club Saeta.

La cabaña se colocó en el jardín de Los Andes y allí venían los niños para sus actividades. Entre ellos estaban. Joseíto Florez Estrada, Rafael Rey, los Franco, los Sánchez, los hermanos Wiesse y muchos otros. Ellos participaban del interbarrios de fútbol que organizaba, con bastante éxito, el diario La Prensa.

 

Poner bien la casa

Nosotros, que todavía éramos menores de edad, teníamos el encargo de habilitar la casa que era bastante más grande que Tradiciones. Trabajábamos a diario haciendo arreglos, poniendo lámparas, moviendo muebles, arreglando cortinas. Jorge Gandolfo se especializó en los jardines y en los cuadros, instaló rápidamente su mesa de dibujo. El cuarto de herramientas era el que más visitábamos. Los trabajos parecían interminables. Así pasamos los tres meses de verano del año 1967.

 

Diversas actividades

En el otoño recién iniciado, Juan Luis Cipriani viajó a un Panamericano de Basket con la selección peruana. El campeonato era en Winnipeg, Canadá. Yo tenía una filmadora pequeña de 8 milímetros y se la presté. Al regreso vimos algunas tomas de lo que pudo grabar.

 

En abril, cuando empezó el año académico, hicimos un programa de actividades para conocer gente nueva. Se organizó un curso de técnicas de estudio y vinieron bastantes chicos.

 

La buena fama del Presidente Belaunde

Desde los últimos años del colegio, mis amigos y yo seguíamos las noticias de la política peruana. En mi casa leía “La Prensa” y “El Comercio”; al mediodía, cuando llegábamos todos para almorzar, veíamos “El Panamericano” que duraba media hora y empalmábamos con “El hit de la 1.” que era una revista musical, y por la noche, después de ver algunas series en la televisión, escuchábamos el noticiero “Conchán”.

Estábamos bastante al día en las noticias y comentábamos entre nosotros sobre los programas que tenían los políticos en sus respectivos partidos. Todo Lima vio y disfrutó el año 66 el famoso debate televisado de los postulantes para la alcaldía de Lima, Luis Bedoya Reyes y Jorge Grieve Madge.

Cuando ya habíamos empezado las clases, del 12 al 14 de abril de 1967, Fernando Belaunde participó en la segunda reunión de la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la OEA, en Punta del Este, Uruguay. Allí se suscribió la Declaración de los Presidentes de América.

El 15 de abril de 1967, a su retorno a Lima, se dirige a la multitud, que fue a recibirlo a la plaza de armas, con un memorable discurso en el que agradeció haber sido enviado por el pueblo a dicha cita para exponer la situación peruana frente a los acuerdos que allí se suscribieron: «Qué me aplaudes, pueblo peruano, si tú mismo has hablado por mis labios. Qué me aplaudes, si estoy aquí porque tú lo quisiste. Qué me aplaudes, si fui a Punta del Este porque tú me mandaste. Y qué laureles me alcanzas, si tú te los ganaste». Con estas palabras emotivas arrancó un largo aplauso de todas las personas que se encontraba allí. Su discurso fue hartamente comentado.

 

La prehistoria de la UDEP

En el año 1967 se hicieron todas las gestiones previas para crear en Piura una universidad que sea obra corporativa del Opus Dei. 

Para los pocos que estábamos, y sin ninguna experiencia en universidades, nos parecía una locura, que Mons. Josemaría Escrivá aceptara la propuesta de Mons. Erasmo Hinostroza, a la sazón, obispo de Piura, para que el Opus Dei ponga una universidad en su diócesis.

La Universidad particular de Piura fue presentada al Congreso de la República por el senador Luis Alberto Sánchez y fue la última ley aprobada antes del golpe de estado del General Velasco Alvarado.

 

¿Qué hacíamos los chicos el año 67, en la casa rodeada de cipreses?

Los domingos por la tarde no podía faltar el deporte. En el jardín de la casa, que era grande, se armaban partidos de fulbito y de vóley que duraban toda la tarde hasta que se iba la luz solar. Después: rezar, tomar lonche y proyectar una película comercial. 

Yo era encargado de cine y tenía que preocuparme de tenerlo todo listo. El día anterior me dedicaba a buscar el proyector y la película. No era un encargo fácil, primero redactaba a máquina una solicitud a la embajada americana solicitando un proyector de 16 mm y una película documental hecha por los gringos sobre geografía o ciencia para verla con estudiantes universitarios.

Al día siguiente iba a recoger el proyector y la película que venía en unas cajas de cuero cuadradas y con asa, de tal modo que los rollos de 16 mm pudieran entrar casi a presión, se cerraba la caja con una correa y quedaba todo listo para el transporte. 

Ese mismo día tenía que alquilar la película comercial. Llevaba una lista con unas dos o tres películas posibles. Las oficinas de las grandes compañías de cine (Metro, Paramount, Warner Brothers, Universal, Columbia), estaban en el centro de Lima. 


En esos años era más fácil acertar con la película porque había censura. Pedíamos películas para menores, que eran de absoluta garantía. Las películas siempre eran bien recibidas, nadie protestaba. Solo había que decir que se proyectaría un peliculón y todos estaban allí dispuestos a mirar lo que se les ponía.

El lunes tenía que conseguir una movilidad para devolver el proyector a la embajada y las películas alquiladas a sus respectivas oficinas en el centro de Lima. 

Hoy ¡qué distinto es todo! la gente puede ver películas en sus computadoras y también en sus teléfonos; ya no hay que trabajar tanto, todo está a mano y se consigue enseguida.  

 

Seguimos creciendo sin parar

Con el paso de los años la casa fue creciendo con nuevas instalaciones. El mismo año 67 la comisión regional del Perú se mudó a la casa de la calle El Rosario y el centro de estudios pasó a unos edificios contiguos en la calle General Varela.

En 1974 San Josemaría se alojó en la casa de la comisión. Su visita al Perú marcó una etapa nueva en la historia del Opus Dei, que permitió luego una expansión importante y el recuerdo inolvidable de haber tenido un santo entre nosotros.

La casa ya no está rodeada de cipreses, ahora está rodeada de edificios. Viven en ella algunos pocos de la primera época y muchos otros que llegaron después. Hay una variedad muy divertida de edades y todos continúan trabajando para sacar adelante las labores del Opus Dei que, gracias a Dios, dan mucho fruto para la Iglesia y para la mejora de la sociedad. (P. Manuel Tamayo).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 15 de diciembre de 2023

 ¿QUÉ QUIERES SER CUANDO SEAS GRANDE?


1965: último año de colegio.                                                                        Tradiciones, Centro del Opus Dei en Lima 

 ¿Qué quieres ser cuando seas grande? Era la pregunta que nos hacían constantemente nuestros papás y nuestros profesores durante nuestra etapa escolar. Cuando éramos más chicos contestábamos, muy orondos, lo que siempre mencionábamos en nuestras aspiraciones infantiles. Yo siempre dije que quería ser marino. Pero después, en 4to. de media, al ver que faltaba un año para terminar, no sabía realmente que quería ser.

 Cuando me preguntaban ¿qué quieres ser cuando seas grande? Contestaba que ya era grande, pero no estaba muy claro lo que quería ser, y es que aparecían muchas alternativas, me gustaba la música, el teatro, incluso el periodismo, pero pensaba que la literatura o el arte no eran profesiones solventes y el periodismo, lo veía más como un hobby. En esos años cuando un alumno llegaba a cuarto de media tenía que elegir entre ciencias o letras. Yo elegí letras.

 

Las angustias del último año escolar

El último año de colegio fue para nosotros el más complicado. Las reuniones, unas tras otra, eran constantes y para cualquier cosa que queríamos sacar adelante: elegir el anillo, la organización del viaje de promoción, los pormenores para la fiesta, etc. Pero yo, gracias a Dios, no estuve en esos ajetreos, tenía otros, que para mi fueron bastante complicados y estresantes.

 Es que vivía metido en las actividades del colegio, pertenecía a la tropa Scout y me habían invitado para asistir a un Jamboree Scout Mundial. No veía cómo hacer para asistir porque tenía compromisos deportivos importantes: partidos de fútbol con la selección del colegio y competencias de velocidad 100 y 200 metros planos, que eran mi especialidad, además la posta 4 x 100.

 El profesor Guerrero, que era mi entrenador en el colegio, me inscribió en la liga de atletismo de Lima, tenía entrenamientos semanales en el Estadio Nacional, allí entrenaban también Fernando Acevedo, que luego fue campeón nacional de 100 metros planos y Roberto Abugattás que era campeón de salto alto.

 En esos años, otros deportistas del colegio como Manuel Beltroy, que era lanzador de bala y disco, Gino Solimano experto en salto alto, Augusto León Piqueras en garrocha y yo, apuntábamos a un campeonato internacional que se iba a realizar el año siguiente.

 Yo tenía la agenda bastante complicada porque estaba muy comprometido con mi banda de rock (“Los COETS”) Todas las semanas ensayábamos; logramos cantar en la radio y en algunos festivales, además, soñábamos con grabar un disco.

 Como podrá verse mi cabeza estaba como un bombo en esas actividades que me gustaban mucho y me hacían soñar. Con mis amigos conversábamos del éxito que íbamos a tener porque nos estaba yendo muy bien en todo. Nos sentíamos realmente exitosos metidos en nuestra “burbuja” Allí se centraban nuestros sueños, que eran alcanzables para nosotros. Nos sentíamos muy seguros.

 

Un magnífico y oportuno consejo

Un día, el director de Tradiciones me llamó y me preguntó, ¿tú quieres seguir una carrera universitaria? Le dije que sí y que me estaba animando por las humanidades (Letras), “Muy bien” me dijo y me hizo la siguiente pregunta: ¿y te estas preparando para ingresar a la universidad?

 Me asusté un poco cuando le escuché porque me di cuenta a donde iba. Son esos momentos en los que uno ve, en un instante, que estás metido en demasiadas cosas y que no estaba dispuesto a soltar ninguna. Incluso estaba convencido que mi futuro, tal como se iban dando las cosas, sería exitoso, siguiendo las actividades en que destacaba.

Entonces, contesté a la pregunta que me hizo el director, como quien quiere cambiar de tema, le dije: “estoy repasando mis apuntes del balotario y mi papá me ha comprado la historia universal de Alberto Malet, que es un refuerzo bastante bueno para mis estudios”

El director sonrió y me sugirió, con mucha amabilidad, que entre al oratorio y le pregunte al Señor en mi oración a ver si Él estaba de acuerdo con el esfuerzo que ponía en mis estudios.

La verdad es que no me atrevía a entrar, porque intuía que el Señor me iba a reclamar.

 

Una decisión que me costó mucho

Después de darle muchas vueltas al tema y no encontrar alternativa, tuve que rendirme, y decidí yo mismo renunciar a las actividades que más me gustaban.

Si el día de hoy a un chico se le presenta este dilema, seguramente hubiera seguido con las actividades de sus sueños, y yo me pregunto ¿Qué hubiera sido de mi vida si no renuncio a esas actividades que me gustaban? Mi vida hubiera tomado otros derroteros.

Hoy tengo que agradecerle a Dios, y a las personas que Dios puso a mi lado, porque valió la pena la elección que hice, con plena libertad.

Efectivamente, en 1966, cuando tenía solo 16 años de edad, llevé ese tema a la oración y lo vi muy claro, no era suficiente recortar, había que dejarlo todo: scouts, atletismo, conjunto musical y mis sueños de ser exitoso.

A mis amigos no les gustó que los abandonara para ponerme a estudiar y trataron de convencerme para que siguiera con ellos. Me anunciaban todo lo que me iba a perder si los dejaba. Pero ya había tomado una decisión: dejar esas actividades para estudiar.

Me costó mucho, pero el propósito que le había hecho al Señor era firme.

En Tradiciones me ayudaron a ponerme al día en los estudios para la Universidad. La batalla que tuve que librar fue más brava de lo que había pensado y allí me di cuenta, lo que le he escuchado hace poco al Papa Francisco: “los chicos quieren correr rápido, pero son los mayores los que conocen el camino”

Los sueños y las ilusiones humanas

Hoy, cuando veo a la gente joven, afirmar de un modo contundente que quieren realizar sus sueños y que le exigen a los demás que respeten las decisiones que han tomado, recuerdo cuando San Josemaría nos contaba en Roma que él de joven les decía a los demás: “cuando me muera que me entierren de pie como los árboles” y al terminar esa frase, que había pronunciado de un modo contundente, alguien comentó en voz alta: “y en poco tiempo todos los huesos terminarán abajo”

San Josemaría tuvo que reconocer que era verdad y comentó criticándose a sí mismo: “pobre sandez humana”, por la afirmación contundente que había hecho sin mayor fundamento.

Gracias a Dios en esas edades juveniles tuvimos cerca gente muy buena, que nos hacía ver las cosas y coincidían con nuestros papás en los consejos que nos daban, que eran de sentido común y de experiencia humana. Para nosotros, los mayores tenían una gran autoridad y confiábamos plenamente en ellos.

Con respecto a la vida y al futuro San Josemaría nos decía que el Señor rompe muchas novelas que nos hacemos los seres humanos. Así fue.

No podemos olvidarnos que Dios tiene para nosotros un plan y puede ser bien distinto a nuestras aspiraciones

 

¿Qué pasó después?

Después de muchos años de estudio, regresé a Lima de sacerdote incardinado en la Prelatura del Opus Dei. Visité a mis amigos que había dejado antes en esas actividades que nos gustaban y que nos habían hecho soñar. Ellos tampoco pudieron cosechar muchos logros de sus sueños juveniles, porque la familia (se habían casado) y los trabajos, les había cambiado la vida y no tenían tiempo.

Ellos al verme de sacerdote, se alegraron mucho y juntos recordamos esos momentos que vivimos cuando éramos adolescentes y nos reíamos de las aspiraciones que teníamos con nuestros sueños juveniles.

Se sorprendieron mucho cuando les conté que yo, habiendo dejado todo por los estudios, me volví a encontrar con esas actividades que abandoné: seguía tocando guitarra, haciendo deporte y realizando muchos paseos y excursiones en los ambientes juveniles que me tocaron a lo largo de mi vida, por el trabajo que tenía con los jóvenes.

Yo aprendí que cuando tú le entregas a Dios, algo que te gusta mucho, el Señor te lo devuelve multiplicado y al mismo tiempo te llena de un amor increíble.

El ideal que Dios te propone es muy superior a todos los ideales que te puedas proponer tú, y va acompañado de una libertad que te hace ser, un extraordinario sembrador de paz y alegría en todo el mundo. (P. Manuel Tamayo).

 

 

 

 

sábado, 9 de diciembre de 2023

 LOS GRANDES PASEOS JUVENILES

Lima, Perú.  Década de los años 60

Al inicio de la segunda mitad de los años 60 ya éramos adolescentes a punto de salir del colegio. Todo era futuro para nosotros porque vivíamos inmersos en nuestros mundos juveniles, tratando de disfrutar de la libertad que nos daban las personas mayores para que la pasáramos bien.

Quienes frecuentábamos el Centro del Opus Dei estábamos especialmente bendecidos por las actividades que allí se organizaban para que aprovecháramos el tiempo en ambientes sanos y edificantes.

En 1964 llegó a Lima el P. Alberto Clavell, un sacerdote muy joven, recién ordenado, que era además deportista; en España había sido campeón de natación y era un extraordinario montañista. Como buen catalán organizaba minuciosamente los paseos y era una garantía para nosotros.

 

Nuestros paseos en la década de los años 60

Antes de someternos a la organización del P. Clavell, nos fuimos un grupo de chicos a Chanchamayo, a un paseo que ni nos dio tiempo de organizar, fuimos en ómnibus hasta Tarma, la ciudad de las flores, donde nació Manuel Apolinario Odría, que fue presidente del Perú en la década de los años 50. Le tocó un tiempo de bonanza, después de la segunda guerra mundial, pudo construir edificios, colegios, estadios, etc. y puso mucho empeño en Tarma, su tierra natal. La dejó impecable.

Desde Tarma nos fuimos a Chanchamayo en una camionetita pickup de marca Datsun, éramos como 25 personas subidos en la tolva, íbamos parados, como sorbetes, soportando las curvas pronunciadas en un camino sinuoso y con un calor infernal. Llegamos hasta Pichanaki. A esas edades las incomodidades no importaban, todo era chévere, la pasábamos en grande. Volvimos “tirando dedo” como se acostumbraba en aquellos años.

 

Un viaje juvenil a Yauyos

Hicimos otro paseo parecido a Yauyos, fue también informal; subimos a un ómnibus muy pequeño y viejo, bastante destartalado. La carretera era de tierra afirmada, el viaje duraría unas 8 horas con las paradas que tenía que hacer para reparar las llantas. En esa época era normal que en un viaje se bajaran las llantas y había que repararlas en el camino.

Todos los que fuimos a Yauyos éramos menores de edad. Llevábamos un papel con la autorización de nuestros padres, eso bastaba. El destino tenía que estar claro. Nosotros nos dirigíamos a la casa del P. Juanín, un sacerdote de la Prelatura de Yauyos que nos iba a atender. Recuerdo que éramos como 10: Marcos DÁngelo, Jaime Chauca, Jaime Cabrera, David Bauman, Hugo Bauman, Juan Buendía y otros que no recuerdo.

El paseo fue inolvidable porque nos habían contado antes de las aventuras de Mons. Ignacio María de Orbegoso, el primer prelado de Yauyos, y de los 5 primeros sacerdotes que le acompañaron. Nos decían que habían llegado a un territorio prácticamente abandonado.

El último Obispo que había pasado por allí fue Santo Toribio de Mogrovejo, el índice de alcoholismo era muy grande y también era grande la mortalidad infantil. Además, nos contaban que tuvieron que expulsar a falsos sacerdotes, personas que se vestían de sacerdote y engañaban al pueblo cobrando buenos estipendios por la celebración de las fiestas.

Cuando llegan Don Ignacio y los primeros sacerdotes, todos los recorridos, para visitar a los pueblos, los hacían a caballo, pasando por caminos estrechos, con grandes precipicios. Muchas veces tuvieron que quedarse a dormir a la intemperie porque había crecido el río, o porque un huaico no les dejaba pasar.

 

Un encuentro providencial

Un día Mons. Orbegozo estaba en su caballo por las punas más altas de Los Andes tratando de llegar a los caseríos más alejados; en medio de esa búsqueda se perdió y empezó a anochecer. Se encomendó al Señor para encontrar el camino de retorno y de pronto vio a lo lejos un perro que andaba por el mismo camino. Decidió seguirlo, pensando que el perro lo llevaría a un lugar seguro.

Ya era de noche, cuando D. Ignacio vio a lo lejos una luz que salía de una casucha que estaba en la falda de un cerro, al acercarse vio que una niña salía corriendo hacia él con la mano levantada, como si estuviera parando a un taxi y a la vez gritaba: “¡padrecito, padrecito!!!!”  Cuando se aproxima al caballo le dice más tranquila: “¡padrecito, ¡que bueno que haya venido!, es que mi mamá está muy enferma y me ha pedido que busque un padrecito”.

D. Ignacio se baja del caballo rápidamente y entra en la casucha, atiende a la mamá de la niña que al poco rato fallece. Don Ignacio quedó muy impresionado de ver como actúa la Providencia para que las almas puedan descansar en paz, en esos lugares tan alejados.

 

Historia de la Iglesia en Yauyos

En las tertulias que teníamos en Tradiciones nos contaban sobre la labor heroica que hacían los sacerdotes que estaban en Yauyos y cómo San Josemaría desde Roma les seguía muy de cerca. Al P. Frutos, que era el Vicario de la Prelatura, le envió un libro de cocina que le sirvió mucho.

Siendo chicos y menores de edad, fuimos testigos al ver la entrega de personas que venían de otros lugares, dejando comodidades, para meterse en pueblos perdidos y abandonados que pertenecían al departamento de Lima, pero que los limeños ni sabían que existían.

Con los años, los sacerdotes de la Prelatura hicieron una labor colosal, y salieron de estos pueblos y caseríos, ignorados por la mayoría de peruanos, entre los cerros más altos de la Cordillera de Los Andes, selectas vocaciones para la Iglesia.

Cuando se escriba la historia de la Iglesia del Perú hay mucho que contar, como la historia de un niño que bajaba del cerro todos los domingos, descalzo y con sus zapatos en un morral, para ayudar Misa; al llegar se ponía sus zapatos y su sotanilla de acólito; al terminar, volvía a recorrer varios kilómetros para volver a su casa. Al cabo de los años, ese niño se ordenó sacerdote y luego fue consagrado obispo. Se trata de Mons. Josemaría Ortega.

 

Ejemplos que calan hondo

Cuando nos contaban esas historias edificantes de la vida real, mis amigos y yo quedábamos impresionados por lo que hace un niño con fe para asistir a Misa los domingos. Nos mirábamos entre nosotros con algún gesto de culpabilidad pensando que teníamos la Misa del domingo muy cercana y sin embargo nos parecía que hacíamos un gran esfuerzo para llegar temprano.

 

Libres para corresponder queriendo

Las personas mayores del Opus Dei que nos trataban, confiaban plenamente en nosotros, nos habían dado la formación necesaria para que pudiéramos responder con responsabilidad.

Ahora, nos da mucha alegría recordar que en esos paseos juveniles, hacíamos por nuestra cuenta la oración diaria, asistíamos a Misa, rezábamos el Rosario y nos emocionábamos mucho al encontrar tanta gente buena con hambre de Dios.

Nos sentíamos testigos privilegiados de historias que tendrían una gran repercusión para nuestras vidas y nos veíamos inmersos en un futuro de servicio que nos haría felices a nosotros, al ver la libertad y felicidad de los demás. Algo que nosotros podríamos conseguir y que valía la pena.

 

Aprendiendo a ser ordenados

Los directores de la Obra, al vernos un poco informales en nuestras precarias organizaciones, le pidieron al Padre Alberto Clavell que organizara nuestras excursiones. A nosotros nos parecía genial porque pensábamos que se multiplicarían los paseos y éstos tendrían un nivel superior. Así fue.

Con el P. Clavell nos fuimos al Callejón de Huaylas. Todo estaba matemáticamente organizado por él, además llevaba una máquina de fotos con un fotómetro y llegó a tomar extraordinarias dispositivas (slides) que luego pudimos ver en las tertulias en un simpático sonoviso.

Además, el P. Clavell, tenía amistades en Huaraz y en Huallanca. El paseo fue grandioso, subimos a varios cerros. En uno de ellos, de regreso nos agarró la noche y no teníamos linternas, tuvimos que bajar a tientas y con mucha prudencia. Fue una prueba que nos ayudó a crecer en recidumbre. Nunca nos quejamos de nada.  

El día siguiente fue de descanso, para recuperar fuerzas, los dueños de una fábrica de gaseosas de Huaráz nos invitaron a tomar un potente lonche. Fueron muy amables con nosotros

Al otro día nos esperaba una camioneta temprano para ir a Yungay y nos llevó hasta la laguna de Llanganuco al pie del Huascarán. Estábamos felices viendo esos majestuosos paisajes de nuestra sierra peruana.

Al final fuimos al cañón del pato pasando por 40 túneles y nos establecimos en el club Santa de Huallanca, allí el P. Clavell tenía otros amigos que nos facilitaron el ingreso a la imponente Central hidroeléctrica. Por la tarde jugamos un partido de fulbito y en la noche tuvimos la Santa Misa en la Iglesia de Huallanca. Al día siguiente regresamos a Lima felices de haber conocido la “suiza peruana” que así le decían al Callejón de Huaylas.

Así fueron los paseos que hicimos, desde los Centros del Opus Dei de Lima, en esa gloriosa década de los años 60, cuando todavía éramos menores de edad. (P. Manuel Tamayo)