miércoles, 27 de septiembre de 2023

 YA SE ESTÁ ACERCANDO EL TIEMPO DE DECIRTE ALGUNA COSA

EL OPUS DEI, 95 años

San Josemaría decía que siempre resonaban en su alma las campanas de la iglesia de Santa María de los Ángeles que escuchó el 2 de octubre de 1928, y recordaba, en aquellos años, a la Obra de Dios, recién nacida, con la letra de una canción de su tierra aragonesa:

“Capullico, capullico, ya te estás volviendo rosa.
Ya va llegando el tiempo de decirte alguna cosa”.

El Opus Dei cumple este año 95 años de existencia. Para una institución de la Iglesia todavía son pocos años. Se puede decir que el Opus Dei es muy joven. El 2028 celebraremos sus primeros 100 años.

 

Una gran expansión

En estos 95 años el Opus Dei se ha expandido por todos los continentes. Son muchas las labores apostólicas que existen en el mundo promovidas por el Opus Dei, pero lo más impresionante y grandioso son las personas, de todas las razas y de todos los colores, que vivimos en una fuerte unidad.

Algunos quizá no lo crean, pero el Opus Dei ha estado siempre unido. Le oí responder, en una tertulia muy numerosa, a San Josemaría cuando un chico le contó que en su país estaban tratando de averiguar cuál era el secreto del Opus Dei. San Josemaría con una gran sonrisa, le preguntó: ¿por qué?

El chico le dijo: porque en las residencias de estudiantes que tiene la Obra, no hay pintas, ni candados, todo está a la mano y no se roban nada, todo está limpio y ordenado, a diferencia de las otras residencias universitarias.

San Josemaría mirándolo con mucho cariño le dijo: “te voy a decir cual es el secreto, pero es un secreto a voces. Todo está así porque en esas residencias se reza de verdad, se hace oración todos los días”

 

Las personas del Opus Dei

Como he contando tantas veces, el Opus Dei lo conocí cuando estaba en el colegio a los 14 años y después he tenido la oportunidad de visitar, e incluso vivir, en muchas residencias, en el Perú, Colombia, Brasil, Italia y en España; y he visto, con gran satisfacción, ambientes juveniles de alegría y de buen trato que conmueven muchísimo.

He conocido también a personas que se acercaron a la Obra con una idea equivocada, tal vez por lo que habían escuchado, y que al conocer a la gente del Opus Dei han cambiado completamente.

Yo siempre ví gente sana, buena, con ganas de hacer las cosas bien, y un afán grande de ayudar a los demás, con una conducta natural y unas virtudes humanas que me dejaban gratamente impresionado, y me motivaban a luchar por ser mejor.

Gente simpatiquísima, sin disfuerzos ni ñoñerías, con una piedad seria, recia y constante. Gracias a Dios he tenido el privilegio de vivir en esos ambientes donde se luchaba para ser santo. Así pasé mis años de adolescencia y juventud, con una alegría que cada día era más grande e incluso desbordante.

Ahora me asusta un poco cuando lo pienso, porque supone para mí una gran responsabilidad. El Señor me pedirá cuenta de esos años que he vivido prácticamente entre santos, donde todos aprendíamos de la vida santa del Fundador del Opus Dei.

Todo lo que vi y conocí en esos años de privilegio, fueron consecuencia de la oración de San Josemaría y de los primeros de la Obra, que supieron ser fieles al querer de Dios, superando muchos obstáculos, que no dejaban de aparecer, para poner trabas a la Obra de Dios. Todo se resolvía con la oración.

 

Los ataques de las fuerzas del mal

Cuando la Obra es de Dios, las fuerzas del mal la atacan de diversas maneras, pero la protección de Dios y de la Virgen es impresionante.

Puedo decir, que a lo largo de mi vida, el Señor me ha permitido ver, como los apóstoles en el día de la Transfiguración, un trocito de Cielo, y la seguridad de la protección divina.

Como el Opus Dei es de Dios, nadie lo podrá eliminar. Está muy bien protegido y más bien, los golpes que ha recibido, y que seguirá recibiendo a lo largo de la historia, le hacen crecer mucho más, porque, como decía San Josemaría: “el Señor está empeñado en que la Obra se realice…y existirá mientras haya hombres en la tierra”.

 

El servicio a la Iglesia y el amor al Papa

El Opus Dei es una parte de la Iglesia y nació, como decía San Josemaría, para servir a la Iglesia como la Iglesia desea ser servida”.

En el Opus Dei tenemos un amor y una veneración muy grande por el Papa, quien quiera que sea, y no hacemos comparaciones; el Papa siempre es el Vice Cristo en la tierra.

En el Opus Dei todos los días rezamos por el Papa para que sea santo.

Todos los Papas, sin excepción, han querido mucho al Opus Dei. El amor al Papa de cada miembro del Opus Dei es real, no es una postura y menos una estrategia. Forma parte del amor a Dios.

 

Dos grandes fechas

Espero estos días de fiesta, el 2 de Octubre, Aniversario de la Fundación del Opus Dei y 6 de Octubre, aniversario de la Canonización de San Josemaría, con mucha esperanza y con una acción de gracias, cada vez más grande, por lo que el Opus Dei me ha dado para que luche por la santidad, y agradeceré también por el gran servicio que la Obra le ha prestado a la Iglesia en todo el mundo. Estaré unido al Prelado y a tantos, sacerdotes y laicos, que viven en una continua acción de gracias.

Ahora, cuando se acercan los primeros 100 años del Opus Dei, le podré decir a la Obra de Dios, todavía joven: “ya se está acercando el tiempo de decirte alguna cosa” Estoy seguro que el centenario nos traerá muchos regalos del Cielo. (P. Manuel Tamayo).

 

jueves, 21 de septiembre de 2023

 EL DULCÍSIMO PRECEPTO

Así llamaba San Josemaría al 4to mandamiento del Decálogo

El mandamiento de amar a los padres es de derecho natural y de derecho divino positivo, y yo lo he llamado siempre "dulcísimo precepto".
    —No descuides tu obligación de querer más cada día a los tuyos, de mortificarte por ellos, de encomendarles, y de agradecerles todo el bien que les debes
.(San Josemaría Camino, n. 21).

 

COMENTARIO

San Josemaría decía que con el mismo corazón con que amaba a Jesús, amaba también a sus padres y que era paternalista, porque quería mucho a su papá y a su mamá. A nosotros nos decía que el 90% de nuestra vocación se la debemos a nuestros padres.

Yo entré al Opus Dei cuando tenía 15 años. Ahora tengo 75. Escuchando a San Josemaría hablar sobre la familia y el amor a los padres aprendí a corresponder a todo lo que había recibido de mis papás, y que no es poco.

La deuda que tengo es muy grande y para mi el cuarto mandamiento es el dulcísimo precepto. No dejo de pedir por mis padres a diario y agradecerle a Dios por el amor tan grande que tenían ellos en la casa, conmigo y con mis hermanos. Para todos nosotros, gracias a Dios, nuestros padres fueron ejemplares. Los recordamos con mucho cariño.

 

La dedicación de mi madre y la vida de la casa

Mi madre era una mujer que estaba dedicada plenamente a su casa, para la atención y el cuidado de sus seis hijos. Yo era el mayor. La veía levantarse temprano todos los días para preparar todo lo que requeríamos para salir por la mañana al colegio, luego iba al mercado y regresaba para cocinar. Muchas veces se escapaba, cuando podía, para escuchar la Santa Misa en la parroquia más cercana.

Todos los días el almuerzo en la casa estaba listo, con una puntualidad admirable, nos sentábamos en la mesa toda la familia, como era costumbre en aquella época, los gloriosos años 60.  

Por las noches, a primera hora, cenábamos mirando alguna serie de televisión: Rin tin tin, Los patrulleros del Oeste, el Niño del Circo o Jim de la selva, que eran las que habían en la tele. Más tarde era el turno de mi padre y mi abuelo, que veían Combate,  Perry Mason,  Bonanza, Maverik, entre otras; a mi mamá le gustaba “Papá lo sabe todo” ó “Yo amo a Lucy” Cuando estábamos todos juntos veíamos los programas de Pablo de Madalengoitia o de Kiko Ledgard. Todo sano. Era una televisión limpia y edificante.

 

El trabajo y la dedicación de mi padre

Mi papá fue Juez de menores de Lima, Vocal de la Corte Superior del Callao y luego terminó su carrera de Magistrado en la Corte Suprema de la República, como Vocal Supremo. Fue un hombre justo y tremendamente honrado, era un padre de familia que estaba presente en la vida de la casa y nos educó respetando nuestra libertad. Nunca nos impuso nada. Admirábamos su prestigio profesional y humano. La gente lo quería mucho.

Un día un colega suyo le regaló dos pasajes de avión para que se vaya de viaje a Europa con mi mamá durante las vacaciones. El pasaje lo dejó en la mesita de la sala. Nosotros lo veíamos allí esperando el día del viaje, pero resulta que llegó el día y los pasajes continuaban en el mismo sitio. Le pregunté a mi papá ¿porqué no habían viajado? Y me dijo que no sabía quién los había pagado. El que se lo regaló no quiso darle el dato. Mi padre nos hizo ver cómo había que actuar en una circunstancia así. Era sumamente honrado.

Justos de dinero

Vivíamos en un departamento, que era de nuestro abuelo materno, los 6 hermanos y mis padres. Ellos tenían el proyecto de comprar una casa con jardín, que a nosotros, niños todavía, nos ilusionaba mucho. Era nuestro sueño.

Mi papá logró comprar un terreno en una urbanización de Miraflores, pero resulta que uno de mis hermanos se enfermó y hubo que emplear el dinero en su recuperación, compró otro terreno en Barranco y un departamento en Surquillo para alquilarlo y los asuntos económicos no fueron bien y tuvo que venderlos.

Pasó un poco de tiempo y compró un terreno en Ancón, en una colina muy bonita con vista al mar, pero la construcción allí era muy cara y también tuvo que venderlo.

Cuando al fin compró una casa en San Isidro, yo ya estaba viviendo en un Centro del Opus Dei y a los pocos años me fui a estudiar a Roma, donde conocí a San Josemaría.

 

Las excelencias de un hogar cristiano

Cuento estos detalles de mi familia de sangre que coinciden plenamente con lo que San Josemaría nos decía de cómo tendría que ser una familia cristiana, un hogar luminoso y alegre, donde los padres se vuelcan con los hijos con una dedicación constante y un cariño inmenso que no para nunca.

Si hoy las familias funcionaran unidas, tal como la Iglesia nos enseña, la sociedad caminaría mucho mejor en todos los aspectos. Da mucha pena ver las tragedias familiares con desuniones, egoísmos, rupturas, violencias, o grandes frialdades, indiferencia, silencios y ausencias.

La familia es la célula básica de la sociedad, urge recomponerla para recuperar los valores esenciales, que son las virtudes humanas que tejen la unidad, con el amor auténtico y fuerte, que hacen felices a una familia entera, en su andadura por este “valle de lágrimas” que es la tierra, para conquistar luego la felicidad de la vida eterna en el Cielo.

Para todos los cristianos el cuarto mandamiento del Decálogo debería ser, como decía San Josemaría, el “Dulcísimo Precepto” (P. Manuel Tamayo).

 

lunes, 11 de septiembre de 2023

 ANTES DE CONOCER A SAN JOSEMARÍA

Lo que aprendí en los Boys Scouts

“Todo por amor, nada por la fuerza, siempre lo mejor(Lema de los Lobatos).

Siempre listos para servir y ayudar a los demás” (Lema de los Boys Scouts).

“Señor Jesús, enséñame a ser generoso, a dar sin límites, a combatir sin temor a las heridas, a trabajar sin buscar descanso, a gastar mis energías sin esperar en otra recompensa de la que estar cierto de que estoy cumpliendo los deberes de vuestra Santísima Voluntad, Así sea” (Oración Scout).

 

COMENTARIO

En 1960 estaba en 5to de primaria y pertenecía al grupo de Lobatos Lima 1 del Colegio de los SSCC Recoleta, tenía 12 años de edad.

A los Lobatos entré cuando tenía 9 y allí aprendí a ser servicial, nos pedían hacer una buena acción cada día y nos esforzábamos en conseguirlo. Nos llevaban a visitar a los niños enfermos del hospital San Juan de Dios y les llevábamos golosinas, también fuimos en distintas ocasiones a Reynoso, población cercana al Callao que estaba a pocos metros del río, para hacer labor social.

Me incentivaron mucho para ser generoso con las personas afectadas por alguna limitación. El simple hecho de ir a esos lugares nos ayudaba mucho a ser personas que se preocuparan por los demás. Siempre queríamos ir para ayudar.

Cuando pasé a los Boys Scouts el año 1961 ya estaba bastante motivado para querer ayudar a los demás. Alternábamos nuestros programas de ayuda con los campamentos que hacíamos fuera de Lima. Allí nos instruían en la cocina, desde preparar un menú e ir a comprar los alimentos hasta construir nuestras propias cocinas con barro y adobe. Manejábamos bien la lampa y el pico y luego teníamos que ir a buscar la leña y encender el fuego.

Los jefes revisaban y ponían puntajes. Primero la carpa, debía estar bien recogida y ventilada, después la ropa ordenada junto a las frazadas. Nos revisaban si estábamos correctamente vestidos, si teníamos limpias las rodillas, las manos y las uñas, si estábamos bien peinados.

Luego revisaban las ollas y todos los utensilios que habíamos utilizado para preparar la comida, si los platos, vasos y cubiertos estaban limpios y ordenados. Todo puntuaba. Probaban la comida que habíamos preparado y le ponían una nota.

Por la tarde construíamos algo: una mesa, un puente, un horno y también puntuaba; por  la noche terminábamos la jornada alrededor de una gran fogata, con canciones, números cómicos y juegos. Todos los chicos disfrutábamos mucho en esos campamentos de instrucción y formación.

En los campamentos, cada día, el sacerdote celebraba la Santa Misa y predicaba una homilía.

Puntuaba también la puntualidad. Al toque de un silbato teníamos que salir corriendo de la carpa a la hora de levantarnos para formar delante de la bandera y rezar las primeras oraciones de la mañana. Todos cumplían con lo establecido y nadie protestaba. Nos encantaba estar allí.

Las generaciones actuales

Cuando hoy contemplo a los jóvenes veo muchas carencias: los niños que lo tienen todo son como unos príncipes exigentes y engreídos, y los otros, que no tienen una familia estable, y son pobres, con qué facilidad caen en el pandillaje y en la delincuencia.

Aunque hay excepciones y gente maravillosa, da mucha pena ver a miles de jóvenes en situaciones de egoísmo exacerbado, o de una sensibilidad enfermiza y algunos con una pobreza moral preocupante que ¡clama al Cielo!

Es entonces cuando pienso que he sido afortunado por haber pertenecido en mi niñez y adolescencia a una manada de Lobatos y a una tropa Scout, con gente muy buena, que pusieron los cimientos para lo que más tarde, y dentro de la misma década, me encontraría. Como quisiera que hoy existiera algo parecido para que los niños y adolescentes puedan tener una sana y buena formación que les haga sensatos y buenos en la vida.

Mi encuentro con San Josemaría

Al terminar segundo de media, durante las vacaciones, un amigo del colegio, que también era Boys Scout como yo, me invitó, por primera vez, a una casa del Opus Dei. Tenía yo 14 años. Al poco tiempo, cuando cumplí los 15, ya estaba totalmente involucrado con lo que San Josemaría predicaba por todas partes: ser santo en medio del mundo.

Mi crisis de adolescente fue mi propia vocación: la certeza de que Dios me llamaba para ser numerario del Opus Dei. Al poco tiempo dentro de la misma década, de los gloriosos años 60, conocí en Roma a San Josemaría Escrivá. Parecía que me estaba esperando.

Este año 2023 cumplo 60 años en el Opus Dei y el próximo año 2024 cumpliré 50 años de sacerdote. ¡Gracias a Dios y a la Virgen que me protegieron siempre! (P. Manuel Tamayo).

 

viernes, 1 de septiembre de 2023

 COMO SE ESCAPAN LAS ANGUILAS

En los inicios del Opus Dei

“Me puse a trabajar, y no resultaba fácil: se escapaban las almas como se escapan las anguilas en el agua. Además, había la incomprensión más brutal: porque lo que hoy ya es doctrina corriente en el mundo, entonces no lo era. Y si alguno afirma lo contrario, desconoce la verdad. Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor: nada más” (San Josemaría).

 

COMENTARIO

Las enseñanzas, viviendo al lado de San Josemaría en Roma, fueron las más importantes y decisivas de mi vida, para ver la realidad y estar bien situado, para lo que había que hacer en el mundo.

Los que estaban a mi lado, muy jóvenes como yo, experimentaban exactamente lo mismo. En esos años romanos vivíamos asombrados y admirados de lo que escuchábamos, y entendíamos que, para todos nosotros, significaba un gran reto y una decisión más firme de querer ser santos.

 

50 años después

Han pasado más de 50 años y no ceso de agradecerle a Dios, cada día, por haber tenido esa ocasión maravillosa, vivir con un santo y con muchos que apostaban por la santidad.

Puedo decir ahora, a la vuelta de los años, que haber estado en Roma, al lado de San Josemaría, ha sido para mi, la mejor experiencia de mi vida, que implicaba una grave responsabilidad: transmitirle a los demás lo que vi y aprendí. Ser testimonio.

Los pastores que estuvieron en el establo de Belén, cuando nació el niño Jesús, no solo quedaron asombrados y felices de lo que encontraron, sino que nació y creció en ellos, el grato deber de anunciar a todos, lo que habían visto: dar la noticia de la Buena Nueva.

 La Obra que Dios quiso

 En los años 70 del siglo pasado San Josemaría nos contaba que el Opus Dei era un conjunto de cosas imposibles para muchos ojos humanos, pero posibles por el querer de Dios, que “estaba empeñado en que la Obra se realice”.

Las personas que estuvieron a su lado en los inicios, tuvieron fe y fueron fieles seguidores de un santo que les presentaba un camino, que en esos tiempos era una auténtica locura, “me llamaban loco” nos decía San Josemaría, “pero loco de amor a Dios”

El sufrimiento por los que se alejaron de él

En medio de un sinnúmero de ajetreos y contradicciones, lo que más le dolía, e incluso le hacían llorar, eran las persona que le dieron la espalda y se apartaron, “sin despedirse” nos decía con pena San Josemaría. “Se escapaban las almas como se escapaban las anguilas en el agua”

Los que traicionaron a Jesús

Jesucristo sufrió, y continúa sufriendo, muchas traiciones, gente que tenía una fe grande, que parecía muy sólida, que estaban cerca  de él, siguiéndole, y que de pronto, de la noche a la mañana, de una manera sorpresiva, tomaron por su cuenta la determinación de no seguir por ese camino que habían emprendido, y se fueron sin más.

El Señor deja a todos en libertad, pero el dolor de los que se separan de Él es muy grande. 

Las decepciones de la ingratitud

Todos los santos han sufrido decepciones de sus seguidores. San Josemaría se volcó con muchos que luego le dieron la espalda, les había ayudado, sacándolos adelante, dedicándoles tiempo, consiguiéndoles los medios que necesitaban para mejorar sus proyectos de vida y de pronto, sin decir nada, se fueron apartando, hasta abandonarlo todo, porque tenían otros intereses.

San Josemaría sufría, no porque hayan tomado una decisión distinta, eran libres, sino por la ingratitud y la falta de correspondencia.

Nos enseñó que “amor con amor se paga” y que la mayor alegría que le dábamos era nuestra lealtad y fidelidad. A los que, por distintas razones le dieron la espalda, los seguía amando mucho, aunque era inevitable el sufrimiento que padecía: “también me he sentido como Jesús en el huerto” decía mirándonos con cariño.

A Jesucristo lo dejaron solo, nadie lo acompañó, ni siquiera los apóstoles. Jesús se había volcado con muchísima gente y ninguno supo estar a su lado cuando más lo necesitaba. Los santos, como San Josemaría, han tenido esta dolorosa experiencia de la ingratitud humana.

No ser ingratos con las personas que nos quieren

El Papa Francisco en la JMJ de Lisboa les decía a los jóvenes que piensen en las personas que los han querido de verdad, en sus padres, abuelos, parientes, sacerdotes, profesores. En las personas generosas que los han querido mucho y que todavía los quieren, les pedía unos minutos para reflexionar y luego llenarse de agradecimiento.

Todos tenemos una deuda con los que más nos han querido, no los tengamos lejos, acerquémonos nosotros, paguemos con amor esa deuda de amor y así creceremos en el amor. La correspondencia nos hace grandes, no podemos ser ingratos. La ingratitud es un desorden, es como un bumerang, que a la larga nos llenará de tristeza. (P. Manuel Tamayo)