viernes, 26 de abril de 2024

 MI RODAJE SACERDOTAL

Santander y Pamplona, 1974

 

Inmediatamente después de despedir a mis padres que retornaban a Lima, me fui a Santander donde iniciaba mi “rodaje” sacerdotal. Era un lugar de veraneo visitado por muchos turistas y españoles que venían de grandes ciudades para pasar unos días de vacaciones en las playas.

Me había instalado en el único Centro que había, su nombre era “Pereda”. Al P. Jaime Sánchez le habían pedido que me orientara en las primeras actividades que debía realizar como sacerdote. Es lo que se suele hacer con los sacerdotes recién ordenados. Para mí todo era nuevo y tenía que preguntar mucho para aprender y no equivocarme.

 

Mis primeras actividades sacerdotales

En el Centro donde estaba asistían chicos, bachilleres y universitarios, a ellos les di las primeras meditaciones, incluso me pidieron que predicara un curso de retiro, que fue el primero que prediqué.

Nos fuimos hasta “Solares”, la casa de retiros de Santander, una casona grande y espaciosa, que resultó muy grata para esa primera experiencia. Tuve que esmerarme en preparar bien cada meditación, me ayudé con un fichero de temas, que había ido armando poco a poco, era lo que se estilaba en esas épocas, cuando todavía no existían los archivos de las computadoras. Después, como había visto a D. Honorio predicar en Pamplona con un folder bien ordenado con pestañas de colores, en poco tiempo me hice uno similar, que lo llevaba a donde iba, allí tenía registradas varias meditaciones y eso me daba mucha seguridad.

 

Paseo a la playa

En “Pereda” la pasé en grande con los chicos que frecuentaban el Centro. Un día fuimos de paseo a la playa con Tato Lucas. Me sorprendió mucho porque antes de salir averiguó como estaba la marea. Decía que en Santander todos tienen ese dato porque la marea varía con mucha facilidad. Así ocurrió con el paseo que hicimos. Llegamos en una lancha a una isla de arena en medio del mar y teníamos una playa para nosotros solos, pero debíamos abandonar la isla a primera hora de la tarde, porque la marea la iba a cubrir totalmente.

 

La atención sacerdotal de las almas (primeras experiencias)

Alternaba los paseos y el deporte con mis primeras actividades como sacerdote. El P. Jaime me llevó a la UCI de un hospital donde atendió a un enfermo grave que unas horas después falleció.

El domingo atendí el confesionario de una parroquia, era la primera vez que confesaba a todo tipo de personas, estuve algo nervioso, pero en la medida que avanzaban los penitentes venía la calma y podía percibir, por primera vez, la maravilla de la confesión, desde el confesor, que era yo.

A esa parroquia acudían familias enteras y bastante numerosas. Pasaban todos por el confesionario y ¡cuánto bien les hacía! Al final quedaba cansado, pero le di muchas gracias a Dios porque veía la alegría y la paz que tenía la gente después de haberse confesado.

En Santander estuve desde mediados de agosto hasta el último día de setiembre. El año académico empezaba en octubre y tenía que volver a Pamplona para terminar mi año de doctorado y hacer la tesis.

 

Una “prueba de fuego”

A Pamplona debía llegar una semana antes de que empezaran las clases porque me había preparado una “prueba de fuego” que era parte de mi “rodaje”: darles un curso de retiro a más de 50 numerarios jovencitos en la fase 2 del Colegio Mayor Belagua.

Llegué con la preocupación que puede tener un torero cuando le espera una faena difícil. El miedo de enfrentarte a algo nuevo y la “valentía” de ese reto con un afán muy grande de lanzarme al ruedo y decir: “¡sí puedo!”

La carpeta que me había comprado para las meditaciones la tenía bien ordenada con lenguetas de colores, una para cada tema de la meditación. Temía quedarme corto y que me quedara sin palabras antes de la hora. Había una sesión de puntos que me podía permitir un alargue si fuera necesario. Así, bien armado, acudí a predicar mi primer curso de retiro largo, de siete días.

Cuando llegó la hora de la primera meditación, me senté en la mesita con una lucecita que alumbraba mi folder; el oratorio estaba oscuro, veía en la penumbra las caras de muchos chicos dispuestos a escucharme. Mi voz, al principio temblorosa, se fue adecuando poco a poco, empecé a reforzar las ideas levantando el tono de voz y así me sentía más seguro.

La primera meditación salió bien, pero luego venía la segunda, la tercera y la cuarta. Eran 4 por día y durante 6 días. Tenía que respirar hondo e ir avanzando una por una. Me sentía como en un campeonato de fútbol donde había que ganar todos los partidos.

Ese primer curso de retiro duró una eternidad. No solo eran las prédicas, los asistentes hacían cola para conversar conmigo y eran 50. Terminé agotado pero contento de haberlo predicado y de haber terminado por fin.

En esos momentos uno cree que ya culminó, con éxito, algo importante, pero no era más que el principio, luego vendrían muchas más cosas.

 

El año académico de 1975

En Octubre empieza el año académico en España. Estaba alojado en la Torre 1 del campus de la Universidad de Navarra, era el Sacerdote de esa residencia de estudiantes, estaban alojados como 80 ó 100 residentes. Gracias a Dios algunos eran de la Obra y podía contar con ellos para las actividades que íbamos a organizar desde la residencia.

Todos los sábados teníamos una meditación en el oratorio para los que desearan asistir, ellos también tenían la posibilidad de recibir una ayuda espiritual por parte del sacerdote. La mayoría se acercaba para conversar y con relativa facilidad pedían confesarse. El nivel de piedad estaba bastante bien.

Para facilitar, de vez en cuando, predicaba otra meditación en alguna facultad y siempre eran bien concurridas.

Con los residentes teníamos tertulias, muchas veces musicales, íbamos todas las semanas a jugar un partido de fútbol y luego por la noche del sábado solía haber cine en el auditorio de Belagua.

Siempre tuve mucha afición por el cine. Antes de ordenarme tenía el encargo de operador de las máquinas de 35 mm, que estaban en la cabina de proyección de Belagua.

Era un encargo bastante sacrificado, antes de la proyección tenía que preparar los royos uniéndolos a las bobinas de la máquina, durante la proyección había que cuidar que los carbones no se juntaran ni se alejaran demasiado, para que la luz de la pantalla no perdiera nitidez, y después de la proyección, había que volver los rollos a sus bobinas originales y devolverlos a la oficina dónde se había alquilado la película.

Los días de semana tenía mis clases de doctorado en la Facultad de Teología, que estaba todavía al lado de la Catedral.

Además, con mucha frecuencia, desde las Torres, organizábamos retiros los fines de semana, para residentes o chicos de la universidad, en una pequeña casa de retiros llamada Obanos, a unos pocos kilómetros de Pamplona.

 

Retorno a Lima

Cuando me encontraba en todos esos trabajos, un día viene un director y me dice: “de parte del Padre que te regreses al Perú cuanto antes”. Me quedé boquiabierto porque no me dijo nada más.

Cuando le pregunté al director de mi Centro, me dijo que esa misma indicación era para todos los sacerdotes de la Obra que estaban en Pamplona y que no eran españoles.

En unos días todos estábamos comprando nuestros pasajes y el P. Honorio, que era el que programaba las actividades sacerdotales en Pamplona, tuvo que rehacer toda la programación que había hecho para el año 1975.

El 27 de enero de 1975 retorné a Lima. (P. Manuel Tamayo)

 

miércoles, 17 de abril de 2024

 LA EMOCIÓN DE LA PRIMERA MISA

La carrera hacia el altar y hacia el presbiterio

 

La preparación de la primera Misa va unida a la de las ordenaciones. Son meses de ensayos, aprendiendo los movimientos, las rúbricas y varias oraciones de memoria.

Es una instrucción intensa y minuciosa que garantice que cada uno esté muy bien preparado.

 

Las variaciones en la preparación

Como la gente es muy variada surgen también particularidades divertidas propias de la edad, yo me ordenaba a los 26 años, pero había otros que se ordenaban pasando los 50, y les costaba más aprenderse las cosas. El idioma también podía ser un obstáculo para algunos.

En medio de un ambiente familiar que era gratísimo, con las dificultades que podrían aparecer sorpresivamente, había un entusiasmo general con una dosis de nerviosismo que ponía “la piel de gallina”. Lo queríamos hacer todo muy bien y no fallar, pero no se lograba siempre.

Fue muy divertido cuando nos contaron que había un sacerdote recién ordenado que era muy pequeñito. Su primera Misa la tuvo en una Iglesia muy grande. Se revistió en la sacristía y los ornamentos eran también muy grandes, tanto que la casulla que se puso era muy gruesa y llegaba casi a tocar el suelo. Todo fue muy bien hasta que, al entrar a la Iglesia en procesión solemne, en el momento de la genuflexión, desapareció dentro de la casulla y hubo que recuperarlo con las risas y hasta carcajadas de la feligresía.

 

La Misa de la ordenación

Realmente la primera Misa es en el mismo día de las ordenaciones, donde todos concelebramos con el Obispo. Sin embargo, es costumbre celebrar una primera Misa solemne con la familia y los invitados, para agradecerle a Dios la llegada de un nuevo sacerdote y pedirle también por su fidelidad y santidad.

 

Los trabajos previos

Yo había preparado mi primera Misa Solemne muchos meses antes; al margen de todos los ensayos, había que mandar imprimir las estampas y las invitaciones. En esos años no existían los sistemas electrónicos, todo era a base de imprenta y correo.

Muchos de los que se ordenaron conmigo, celebramos una primera Misa  solemne en España, porque todavía nos íbamos a quedar un tiempo más en ese país para hacer nuestro “rodaje” (ganar experiencia en la práctica sacerdotal) y culminar algunos cursos que nos podían faltar para completar nuestros estudios. Luego celebraríamos otra primera Misa solemne al llegar a nuestro país.

Los que no éramos españoles podríamos escoger la ciudad y el lugar para un nuestra primera Misa. La mayoría escogía, lógicamente, un colegio mayor, una residencia, la capilla de una universidad o colegio, etc. Yo escogí la primera obra corporativa del Opus Dei en Bilbao: el colegio Gaztelueta.

Mi primera Misa Solemne en España fue el 8 de Agosto de 1974, era en pleno verano.

 

Asistentes a mi primera Misa

En Gaztelueta había un curso de estudios con chicos de distintas regiones de España. La Santa Misa la celebré en la capilla del colegio, que era bastante grande y espaciosa. Asistieron mis padres que fueron atendidos en todo momento, por el P. Manuel Botas, que viajó de Madrid a Bilbao, y por el matrimonio Otaduy, una pareja de supernumerarios.

El P. Botas fue mi padrino de capa y el P. Juan Francisco Onaindía, (Don Fanfi), que llegó al Perú, cuando era laico, para atender como médico en Madre de Dios (ceja de selva) y Yauyos (sierra), fue el que predicó la homilía.  

Asistieron varios amigos de Pamplona y Logroño. Entre los asistentes estaba el Dr. Francisco Ponz, que luego fue rector de la Universidad de Navarra, también estuvo el profesor Pedro Lombardía, canonista y uno de los pioneros de Navarra.

También asistió Carito Mac Mahón, “la condesa de la sangre y del espíritu” así la llamaba San Josemaría en una de las cartas que escribió en los primeros tiempos, porque esa mujer, de la nobleza, apoyó de un modo incondicional al Opus Dei cuando llegó a la ciudad de Bilbao.

 

Después de mi primera Misa

El P. Manuel Botas nos llevó a mis padres y a mi, a cenar a la casa de la familia Ibarra, donde estaba Carito. Una mansión muy elegante frente al mar.

En esa casa, antes de la cena, nos pasaron una película de 8 mm sobre la Misa de la primera comunión que celebró San Josemaría en la capilla de esa casa, para uno de los hijos de esa familia. Fue una cena muy grata donde el P. Botas y la familia Ibarra contaban a mis padres y a mi, los inicios de la labor del Opus Dei en Bilbao.

La familia Ibarra, por encargo del P. Botas, me regalo un álbum con fotos grandes y a color de mi primera Misa.

Otro día fuimos a cenar a casa de la familia Otaduy que se encargaba de atender a mis padres mientras yo estaba en los ensayos de la ordenación y la primera Misa. Con ellos fueron a conocer Bilbao y conversaron mucho sobre la Obra, les contaron que tienen dos hijos numerarios; uno de ellos, Javier, estudió conmigo en Roma.

Mis papás quedaron muy contentos con las atenciones recibidas y le guardaron siempre admiración y cariño al P. Manuel Botas y a los esposos Otaduy.

Saliendo de Bilbao llevé a mis padres a otras primeras Misas de algunos compañeros de ordenación.

Aprovechando el viaje de mis padres y la alegría de mi reciente ordenación, no quería perderme la oportunidad, estando tan cerca, de ir a rezar al Santuario de la Virgen de Lourdes con mis papás.

Llegando a San Sebastián alquilé un carro para ir a Lourdes. Me alojé en el Colegio Mayor Ayete y al día siguiente, muy temprano, salimos para llegar a Lourdes antes del medio día. No había tráfico y llegamos muy bien.

 

Rezando en la gruta de las apariciones

Lo primero que hicimos al llegar fue ir a rezar a la gruta de las apariciones, emocionado de tener a mis padres junto a mi, recé el rosario con especial devoción y luego, cautivado por el ambiente de piedad de ese lugar sagrado y bendecido, salí oxigenado espiritualmente y feliz de haber visitado a la Virgen en Lourdes, justo después de mi ordenación sacerdotal. Mis padres también estaban muy felices. Le agradecí a la Virgen y le pedí por ellos.

 

La primera Misa del P. Alfaro en Pamplona

Después de almorzar volvimos a San Sebastián para dirigimos enseguida a Pamplona para asistir a la Primera Misa Solemne del P. Jesús Alfaro.

Llegamos a Pamplona a media mañana, mis padres pudieron conocer parte del campus de la Universidad y el colegio Mayor Belagua, donde fue la Misa de Jesús. A primera hora de la tarde tuvimos el almuerzo y la tertulia. Ese día en Belagua hubo un ambiente de fiesta impresionante.

Estábamos convencidos que 44 sacerdotes recién ordenados podríamos cambiar el mundo; al Padre Alfaro y a mi nos tocaba cambiar el Perú. ¡Qué sueños!

 

Otros recorridos importantes

No podía dejar de ir a Logroño, ahora de sacerdote, donde había estado varios años. De laico, estuve atendiendo la labor del Club Glera de esa ciudad cerca de tres años. Tenía que pasar por allí, para agradecer a todos los que, grandes y chicos, estuvimos en las contiendas apostólicas de esos tiempos que, gracias a Dios, dieron muchas vocaciones. Para mi fueron años inolvidables donde se veía claramente la mano de la Providencia.

Con mis padres visitamos la casa de la calle Sagasta donde vivió San Josemaría. Estaba ocupada por la familia Marraco. Los padres eran supernumerarios y dos hijos: José y Javier son ahora sacerdotes numerarios, del resto de la familia no tengo noticias. Volvimos a Pamplona pronto porque no había más tiempo y tenía una visita pendiente a Santander.

Santander, era el lugar donde me iba a quedar para hacer “rodaje” que todo sacerdote recién ordenado debe hacer para ganar experiencia. Fui en auto con mis padres. El Centro donde iba a vivir en ese verano, se llamaba “Pereda”, era el único de Santander, había también una casa de retiro “Solares” en las afueras de la Ciudad.

Mis padres se alojaron en un hotel. En el Centro, saludé al Padre Rafael Asenjo (ya fallecido), que había asistido a mi primera Misa en Bilbao y conocí al P. Jaime Sánchez, que era más joven y deportista, gran aficionado al ciclismo, también estaba Tato Lucas, numerario mayor, y otros más jóvenes, que ahora no recuerdo.

En Santander dejé las maletas, les expliqué a mis padres lo que iba a hacer en esa ciudad. Alquilé otro carro para llevar a mis papás a Madrid, donde tomarían el avión de regreso para Lima.

 

Un día más en Madrid

En Bilbao el P. Botas me había pedido que, cuando fuera a Madrid, asistiera a la primera Misa del colombiano Juan de Dios Hoyos, en el Colegio Mayor Moncloa. El P. Botas, que también estuvo allí, nos recibió con mucha amabilidad.

Al terminar la Misa nos invitaron al almuerzo. No lo conocía, pero saludé al sub director de Moncloa, que era Antonio Abruña. Él se fue luego al Perú y es el actual rector de la Universidad de Piura.

De Moncloa el P. Botas, llevó a mis padres al hotel y a mi me alojó en su casa. Al día siguiente invitó a mis padres a una Misa que celebré para la administración, luego nos quedamos a desayunar y se armó una larga e interesante conversación, como todas las que organizaba el P. Botas con el extraordinario don de gentes que tenía.

En la madrugada viajaban mis padres. Don Manuel llamó a un sacerdote joven que se había ordenado conmigo para que me acompañara al aeropuerto a dejar a mis padres y me dio las llaves de su carro para que los llevara. Así pude despedir a mis papás, que estaban agradecidos de los gestos del P. Botas.

Cuando se fueron mis padres dejé al que me había acompañado en el Centro donde estaba alojado y me fui a la casa del P. Botas para dejarle el carro y dormir.

Si bien recuerdo habría llegado a las 2.00 am, a la casa del P. Botas, donde estaba alojado y al entrar a mi cuarto, la luz de la lámpara estaba encendida y la cama preparada para que pudiera acostarme. Eran los detalles de Don Manuel.  

Al día siguiente, cuando llegue a Santander me llamó por teléfono para preguntarme cómo estaba y si había llegado bien, sin ningún contratiempo, también me preguntó por mis padres. ¡Cuánto tengo que agradecer! (P. Manuel Tamayo).

 

 

 

 

viernes, 12 de abril de 2024

 21ROSAS ROJAS

Preludio de mejores tiempos

 

El 9 de julio de 1974 me encontraba en la convivencia de ordenandos, junto a 44 profesionales de distintos países del mundo, en una magnífica casa de retiros, a unos pocos kilómetros de Barcelona, llamada Castelldaura. La casa estaba situada en Premia del mar, en una especie de colina desde donde se podía divisar el mediterráneo, con sus puestas del sol, en el horizonte. 

 

Era verano y hacía un calor terrible. En Lima mis papás hacían gestiones para poder estar presente en las ordenaciones y el 9 de julio de ese año, aterrizaba en Lima, procedente de Chile, San Josemaría Escrivá, acompañado del ahora beato, Álvaro del Portillo y de Don Javier Echevarría. Era la primera vez que San Josemaría venía al Perú por lo que había una emoción desbordante.

 

El P. Vicente Pazos, que era el consiliario, estuvo antes en Argentina para coger experiencia de la visita que San Josemaría estaba haciendo en ese país. Regresó deslumbrado al ver teatros llenos de gente, más de mil personas, asistiendo a las tertulias del Fundador del Opus Dei.

 

En Lima se había calculado que la tertulia general podría realizarse en el hall de Los Andes, donde podrían caber, muy apretadas, unas doscientas personas. No se sabía calcular cual sería el número de personas que vendrían a esas tertulias. El P. Pazos, con la experiencia de Argentina, advirtió que los espacios deberían ser mucho más grandes. Entonces se optó por los jardines de Miralba y de Larboleda.

 

21 años después

 

El 9 de julio de 1953, llegó el Opus Dei al Perú con el P. Manuel Botas. San Josemaría le había puesto en la primera página de su breviario, antes de salir: “¡Manolo más!”, confiando en su capacidad para hacer crecer y extender el Opus Dei en nuestro país. 

 

El 9 de julio de 1974, cuando llega San Josemaría a Lima, se cumplían 21 años de la llegada del Opus Dei al Perú, era la mayoría de edad en aquel entonces.

 

Mons. Escrivá se encontró al entrar en la casa de la calle El Rosario, donde se alojó, (la sede de la Comisión regional), una bandeja con 21 rosas rojas, conmemorando la efemérides.

 

Desde Castelldaura, en el umbral de mi ordenación, pensaba en mi edad y en las circunstancias actuales. Ese mes cumplía 26 años y San Josemaría vio el Opus Dei, cuando tenía “26 años, gracia de Dios y buen humor” como decía él. Y pensaba yo, ahora que me voy a ordenar, está en mi tierra (Lima),San Josemaría. Esta consideración era como una llamada a la responsabilidad para ser un sacerdote “santo, alegre y deportista”, como quería Mons. Escrivá.

 

 

 

Bodas de oro sacerdotales

 

Ahora, al escribir esta nota, han pasado 50 años. En julio cumpliré 76 años de edad y en Agosto 50 de sacerdote. 

 

Vuelve a repetirse una circunstancia similar: el Prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocáriz, visitará el Perú este año 2024, en el mes de julio y agosto. 

 

Son coincidencias que me invitan a una reflexión más profunda, en una época donde todos estamos unidos, contemplando detenidamente el carisma que hemos recibido de Dios a través de San Josemaría, ¡Qué responsabilidad!

 

Semana Santa 2024

 

En la tertulia con sacerdotes del último Congreso Internacional Universitario (UNIV), celebrado en Roma durante la Semana Santa, el Prelado del Opus Dei les sugería que repitieran la jaculatoria “Omnia in bonum” que significa “todo es para bien” haciéndoles ver que de Jesucristo y de la Iglesia solo pueden venir cosas buenas.

 

Acontecimientos históricos

 

San Josemaría ofreció su vida por la Iglesia y el Señor le llamó el 26 de junio de 1975. Fui de la última promoción de ordenados, estando San Josemaría vivo. A los 10 meses de nuestra ordenación San Josemaría se va al Cielo. 

 

Siendo sacerdote joven me tocaron acontecimientos trascendentes que marcaron etapas históricas, en la Iglesia y en el Opus Dei: la elección de Don Álvaro del Portillo, como sucesor de San Josemaría, la elección del Papa San Juan Pablo II, la erección del Opus Dei como Prelatura personal, la beatificación y la canonización de San Josemaría, los nombramientos de Obispo Prelado del Opus Dei de Don Álvaro del Portillo y de Don Javier Echevarría.

 

Fueron años de roturación y de poner cimientos para lo que vendría después.

En aquellos años y también ahora, caminamos entre corazones y espinas, con una esperanza grande como la que expresaba San Josemaría el día de sus bodas de oro sacerdotales, dos meses antes de irse al Cielo: 

 

“Una mirada atrás, un panorama inmenso, ¡tantos dolores! ¡tantas alegrías! y ahora: ¡todo alegrías, todo alegrías! Porque el dolor es como el martilleo del artista, que quiere hacer de cada uno de nosotros un crucifijo, el Cristo que hemos de ser!”

 

Un día el P. Amadeo Fuemayor, uno de los mayores del Opus Dei, ya fallecido, se encontraba en un tren de regreso a Pamplona. Había estado en Roma trabajando, era canonista, en la elaboración del nuevo código de Derecho Canónico. 

 

En el tren se sentó a su lado una señora. Don Amadeo viajaba pensando en lo que estaba trabajando. La señora quiso darle conversación cuando el tren pasaba, en ese momento, por un cuartel de la marina. No se le ocurrió otra cosa que preguntarle: “Padre, ¿es usted sacerdote de la Armada?  

 

Don Amadeo, que era muy listo y siempre contestaba con frases precisas, la miró y le dijo: “no señora, no soy sacerdote de la armada…pero sí soy sacerdote de lo que se está armando” haciendo alusión a todo lo bueno que vendría después para el Opus Dei y la Iglesia. 

 

Don Amadeo sabía muy bien que el Opus Dei había nacido “para servir a la Iglesia, como la Iglesia desea ser servida”, algo que San Josemaría repetía frecuentemente.

 

Lo que se viene ahora

 

En estos tiempos nos encontramos en el umbral de algo muy grande y maravilloso que está por llegar. Llegarán, Dios mediante, tiempos increíbles, si nos portamos bien. 

 

San Josemaría nos hacía soñar y nos decía que nos íbamos a quedar muy cortos con nuestros sueños. “La redención todavía continúa haciéndose” Se trata de algo muy bueno, como todo lo que viene de Dios. 

Es urgente que muchos más se acerquen a Dios, para que no se pierdan y puedan gozar de las maravillas que el mismo Dios nos alcanzará cuando nos esforcemos por estar, cada día, más cerca de Él. 

 

Como decía el mismo Señor en las Sagradas Escrituras: “El que pueda entender, que entienda” (P. Manuel Tamayo).

martes, 2 de abril de 2024

 EN EL UMBRAL DE LA ORDENACIÓN SACERDOTAL

1974, En los tiempos de la catequesis en América de San Josemaría

 

Ser sacerdote no es fácil, es todo un proceso donde hay luces, sombras, descubrimientos, pasos que se van dando, con idas y venidas llenas de incertidumbre, hasta darnos cuenta, si somos honrados y leales, que nos encontramos en una situación de respuesta y correspondencia a una llamada que viene de Dios.

Dios puede llamar a cualquier persona que Él elija y puede “romper” los planes o los programas que esa misma persona ha elaborado para su vida personal. De hecho, así suele suceder.

Todos hemos tenido otros planes, hasta que Dios se metió en nuestras vidas y los cambió. Uno poco a poco va descubriendo el querer de Dios y va dándose cuenta que efectivamente eso que Dios quería era lo adecuado y lo mejor. Dios sabe más y además es Él el que nos ha creado con las condiciones para lo que nos pide.

Al principio no se ve así, incluso uno piensa: ese camino no es para mi; pero, gracias a Dios y a las personas que Él envía para darnos luces, nos vamos dando cuenta que efectivamente sí, hemos sido llamados para algo más alto de lo que pensábamos. Es entonces cuando nos asustamos. Nos entra un miedo terrible, que luego termina siendo uno de los principales síntomas de la vocación que Dios nos da. Cuando la aceptamos y decimos que sí, se nos pasa el miedo.

 

La propuesta

En 1973 me llamó el rector de Aralar y me dijo de parte del Padre, Mons. Escrivá de Balaguer, si el año siguiente estaría dispuesto para ordenarme sacerdote.

Como ya lo había contado, el año 70 le había manifestado mi disposición de ser sacerdote a San Josemaría y él me dijo que le daba mucha alegría, pero que después, cuando pasaran los años, me preguntarían de nuevo, y si decía que no, también le daría mucha alegría, porque amaba mucho la libertad.

Yo estaba totalmente dispuesto, en ningún momento tuve dudas, y así sigue siendo toda la vida, tener la disposición de hacer lo que Dios quiera es algo fijo. Con el tiempo he descubierto que esa decisión, firme y contundente, es como si exclamara: “¡soy libre!” No hay mejor manera de conseguir la libertad, que hacer la voluntad de Dios. Este año cumplo 50 de sacerdote y he sido, gracias a Dios, cada día más feliz.

Al decir que sí, que estaba dispuesto, me entró una alegría con un poco de “tembleque”, algo semejante a lo que sentía en la partida de los 100 mts planos, en mis épocas de atleta, la alegría de estar allí y la responsabilidad de la carrera, de la que dependía el posible triunfo.

 

La grandiosidad del sacerdocio

El sacerdocio era algo grandioso, e inmerecido, que generaba una gran responsabilidad para poder ser, como quería San Josemaría un sacerdote santo, docto, alegre y deportista, un sacerdote 100 x 100.

Junto a mi, otros 43 profesionales se ordenarían en las mismas fechas, eran de distintos países y de diferentes edades entre los 25 y 50 años. Yo era de los más jóvenes.

Las ordenaciones estaban fechadas para el 4 de Agosto, fiesta del Cura de Ars, en la iglesia de Montalegre en Barcelona. Antes tendríamos dos convivencias de preparación. La primera en Aralar (Pamplona), entre mayo y junio, la segunda en Castelldaura (Premia del Mar, Barcelona), en el mes de Julio.

 

Los procedimientos previos a la ordenación

En Pamplona nos dieron la dirección de un sastre para la confección de las sotanas. Los alumnos más jóvenes del Colegio Mayor Aralar estaban conmocionados cuando les dimos la noticia de nuestra próxima ordenación.

El año anterior, se habían ordenado 50 sacerdotes del Opus Dei en Madrid, entre ellos el P. Marcos D´Ángelo. Para nuestra promoción vino de Lima Jesús Alfaro, que se sumó a la primera convivencia que tuvimos en Aralar.

Fueron días de preparación para conocer bien la liturgia, aprender a predicar y a celebrar la Santa Misa.

En las tertulias, después del almuerzo, acudía un invitado para contarnos algo de la historia de la Obra o de la labor apostólica de alguna ciudad o región.

Fuimos afortunados porque San Josemaría llegó a Pamplona mientras nos encontrábamos de convivencia y se alojó en Aralar. Pudimos tener con él varias tertulias, se le veía muy contento de ver a sus hijos que estaban próximos a ser ordenados. Nosotros sabíamos que estaba rezando mucho y que, en el mundo entero, gente de diversos países, estaban pidiendo por nosotros. ¡Qué privilegio!

 

Otros acontecimientos en esas fechas

Las ordenaciones de ese año coincidieron con el mundial de fútbol en Alemania. Los 44 ordenandos fuimos en un autobús desde Pamplona a Barcelona, paramos en un restaurante del camino para almorzar y vimos uno de los partidos del mundial a todo color.

En esos años los colores de la televisión eran muy fuertes, destacaba mucho la camiseta naranja de los holandeses y el verde intenso del césped.

En el camino nos detuvimos en Torreciudad, que estaba a punto de inaugurarse, le pedimos a la Virgen por nuestra ordenación y la fidelidad de todos los sacerdotes.

 

Convivencia en Castelldaura

Cuando llegamos a Castelldaura, nos quedamos asombrados de la belleza de esa casa de retiros que estaba rodada de jardines amplios y con muchas flores y una vista preciosa al mar que se veía en el horizonte.

La casa era bastante grande, a cada uno nos tocó un cuarto individual. Estuvimos muy bien atendidos y entre clases, charlas y ensayos, había tiempo para jugar fútbol y darnos un buen chapuzón en la piscina.

Desde Castelldaura salíamos en tren a Barcelona para comprarnos la ropa de sacerdote que faltaba: camisas, pantalones y medias negras. Salíamos en pequeños grupos de 5 ó 6; los vendedores se asombraban porque todos pedíamos el mismo tipo de ropa y de color negro. Alguno pensaría que nos habían contratado como mozos de algún restaurante o que éramos miembros de una banda musical. No teníamos tiempo para dar demasiadas explicaciones y seguramente tampoco entenderían mucho. Así, con esas ocurrencias, nos divertíamos bastante.

 

Las órdenes menores

Don Florencio Sánchez Bella, que era el Consiliario de España, estuvo con nosotros. Nos predicó un retiro y con él recibimos las órdenes menores.

En 1974 ya se había abolido la tonsura y el exorcismo.

La ordenación de diácono

El 28 de julio nos ordenamos de diáconos. El día anterior los 44 estábamos vestidos de laicos, como correspondía hasta esa fecha. Ese día, después de la tertulia de la noche, nos fuimos a acostar y al día siguiente teníamos que salir de las habitaciones con la sotana puesta.

El ambiente era una mezcla de alegría, nerviosismo y nos tranquilizábamos haciendo bromas. Al salir de las habitaciones en sotana todos nos reíamos de los demás, fueron varios minutos de carcajadas durante el desayuno y luego todos serios subiendo al autobús para ir a la ceremonia de ordenación.

Mis papás llegaron a Barcelona unos días después de mi ordenación de diácono. Los fui a recibir al aeropuerto en sotana y pensaron que ya me habían ordenado sacerdote y que ellos habían llegado tarde. Les expliqué que todo estaba en orden y que la ordenación de presbíteros sería, como estaba previsto, el 4 de Agosto.

 

La ordenación de sacerdote

El tiempo se pasó volando, mis padres estuvieron muy bien atendidos por una pareja de supernumerarios.

El 4 de Agosto de 1974, el Cardenal Narcís Jubany, Arzobispo de Barcelona, nos impuso las manos, a los 44 profesionales del Opus Dei, ordenándonos de sacerdote. La ceremonia fue en la iglesia de Montalegre, que estaba totalmente llena.

Después de la ordenación, hubo una recepción, para las familias y los invitados, en el IESE (Escuela de Negocios de Barcelona); luego los recién ordenados, tuvimos un almuerzo de fiesta en Castelldaura.

Al día siguiente salí en un carro alquilado, con Jesús Alfaro y mis papás, hacia Pamplona, para la primera Misa de Jesús y después a Bilbao, al colegio Gaztelueta, donde celebré mi primera Misa. (P. Manuel Tamayo).