EN EL UMBRAL DE LA ORDENACIÓN SACERDOTAL
1974,
En los tiempos de la catequesis en América de San Josemaría
Ser sacerdote no es fácil, es todo un
proceso donde hay luces, sombras, descubrimientos, pasos que se van dando, con idas
y venidas llenas de incertidumbre, hasta darnos cuenta, si somos honrados y leales, que nos encontramos en una situación de
respuesta y correspondencia a una llamada que viene de Dios.
Dios puede llamar a cualquier persona
que Él elija y puede “romper” los planes o los programas que esa misma persona
ha elaborado para su vida personal. De hecho, así suele suceder.
Todos hemos tenido otros planes, hasta
que Dios se metió en nuestras vidas y los cambió. Uno poco a poco va
descubriendo el querer de Dios y va dándose cuenta que efectivamente eso que
Dios quería era lo adecuado y lo mejor. Dios sabe más y además es Él el que nos
ha creado con las condiciones para lo que nos pide.
Al principio no se ve así, incluso uno
piensa: ese camino no es para mi;
pero, gracias a Dios y a las personas que Él envía para darnos luces, nos vamos
dando cuenta que efectivamente sí, hemos sido llamados para algo más alto de lo
que pensábamos. Es entonces cuando nos asustamos. Nos entra un miedo terrible, que
luego termina siendo uno de los principales síntomas de la vocación que Dios
nos da. Cuando la aceptamos y decimos que sí, se nos pasa el miedo.
La propuesta
En 1973 me llamó el rector de Aralar y
me dijo de parte del Padre, Mons. Escrivá de Balaguer, si el año siguiente
estaría dispuesto para ordenarme sacerdote.
Como ya lo había contado, el año 70 le
había manifestado mi disposición de ser sacerdote a San Josemaría y él me dijo
que le daba mucha alegría, pero que después, cuando pasaran los años, me
preguntarían de nuevo, y si decía que no, también le daría mucha alegría,
porque amaba mucho la libertad.
Yo estaba totalmente dispuesto, en
ningún momento tuve dudas, y así sigue
siendo toda la vida, tener la disposición de hacer lo que Dios quiera es
algo fijo. Con el tiempo he descubierto que esa decisión, firme y contundente, es como si exclamara: “¡soy libre!” No hay
mejor manera de conseguir la libertad, que hacer la voluntad de Dios. Este año
cumplo 50 de sacerdote y he sido, gracias a Dios, cada día más feliz.
Al decir que sí, que estaba dispuesto, me entró una alegría con un poco de “tembleque”, algo semejante a lo que
sentía en la partida de los 100 mts planos, en mis épocas de atleta, la alegría
de estar allí y la responsabilidad de la carrera, de la que dependía el posible
triunfo.
La grandiosidad del
sacerdocio
El sacerdocio era algo grandioso, e
inmerecido, que generaba una gran responsabilidad para poder ser, como quería
San Josemaría un sacerdote santo, docto,
alegre y deportista, un sacerdote 100 x 100.
Junto a mi, otros 43 profesionales se
ordenarían en las mismas fechas, eran de distintos países y de diferentes
edades entre los 25 y 50 años. Yo era de los más jóvenes.
Las ordenaciones estaban fechadas para
el 4 de Agosto, fiesta del Cura de Ars, en la iglesia de Montalegre en
Barcelona. Antes tendríamos dos convivencias de preparación. La primera en
Aralar (Pamplona), entre mayo y
junio, la segunda en Castelldaura (Premia
del Mar, Barcelona), en el mes de Julio.
Los procedimientos
previos a la ordenación
En Pamplona nos dieron la dirección de
un sastre para la confección de las sotanas. Los alumnos más jóvenes del
Colegio Mayor Aralar estaban conmocionados cuando les dimos la noticia de
nuestra próxima ordenación.
El año anterior, se habían ordenado 50
sacerdotes del Opus Dei en Madrid, entre ellos el P. Marcos D´Ángelo. Para
nuestra promoción vino de Lima Jesús Alfaro, que se sumó a la primera
convivencia que tuvimos en Aralar.
Fueron días de preparación para conocer
bien la liturgia, aprender a predicar y a celebrar la Santa Misa.
En las tertulias, después del almuerzo, acudía
un invitado para contarnos algo de la historia de la Obra o de la labor
apostólica de alguna ciudad o región.
Fuimos afortunados porque San Josemaría
llegó a Pamplona mientras nos encontrábamos de convivencia y se alojó en
Aralar. Pudimos tener con él varias tertulias, se le veía muy contento de ver a
sus hijos que estaban próximos a ser ordenados. Nosotros sabíamos que estaba
rezando mucho y que, en el mundo entero, gente de diversos países, estaban
pidiendo por nosotros. ¡Qué privilegio!
Otros acontecimientos en
esas fechas
Las ordenaciones de ese año coincidieron
con el mundial de fútbol en Alemania. Los 44 ordenandos fuimos en un autobús
desde Pamplona a Barcelona, paramos en un restaurante del camino para almorzar
y vimos uno de los partidos del mundial a todo color.
En esos años los colores de la
televisión eran muy fuertes, destacaba mucho la camiseta naranja de los
holandeses y el verde intenso del césped.
En el camino nos detuvimos en
Torreciudad, que estaba a punto de
inaugurarse, le pedimos a la Virgen por nuestra ordenación y la fidelidad
de todos los sacerdotes.
Convivencia en
Castelldaura
Cuando llegamos a Castelldaura, nos
quedamos asombrados de la belleza de esa casa de retiros que estaba rodada de
jardines amplios y con muchas flores y una vista preciosa al mar que se veía en
el horizonte.
La casa era bastante grande, a cada uno nos
tocó un cuarto individual. Estuvimos muy bien atendidos y entre clases, charlas
y ensayos, había tiempo para jugar fútbol y darnos un buen chapuzón en la
piscina.
Desde Castelldaura salíamos en tren a
Barcelona para comprarnos la ropa de sacerdote que faltaba: camisas, pantalones y medias negras. Salíamos
en pequeños grupos de 5 ó 6; los vendedores se asombraban porque todos pedíamos
el mismo tipo de ropa y de color negro. Alguno pensaría que nos habían
contratado como mozos de algún restaurante o que éramos miembros de una banda
musical. No teníamos tiempo para dar demasiadas explicaciones y seguramente
tampoco entenderían mucho. Así, con esas
ocurrencias, nos divertíamos bastante.
Las órdenes menores
Don Florencio Sánchez Bella, que era el Consiliario de España, estuvo
con nosotros. Nos predicó un retiro y con él recibimos las órdenes menores.
En 1974 ya se había abolido la tonsura y
el exorcismo.
La ordenación de diácono
El 28 de julio nos ordenamos de diáconos.
El día anterior los 44 estábamos vestidos de laicos, como correspondía hasta
esa fecha. Ese día, después de la tertulia de la noche, nos fuimos a acostar y
al día siguiente teníamos que salir de las habitaciones con la sotana puesta.
El ambiente era una mezcla de alegría,
nerviosismo y nos tranquilizábamos haciendo bromas. Al salir de las
habitaciones en sotana todos nos reíamos de los demás, fueron varios minutos de
carcajadas durante el desayuno y luego todos serios subiendo al autobús para ir
a la ceremonia de ordenación.
Mis papás llegaron a Barcelona unos días
después de mi ordenación de diácono. Los fui a recibir al aeropuerto en sotana
y pensaron que ya me habían ordenado sacerdote y que ellos habían llegado tarde.
Les expliqué que todo estaba en orden y que la ordenación de presbíteros sería,
como estaba previsto, el 4 de Agosto.
La ordenación de
sacerdote
El tiempo se pasó volando, mis padres
estuvieron muy bien atendidos por una pareja de supernumerarios.
El 4 de Agosto de 1974, el Cardenal Narcís Jubany,
Arzobispo de Barcelona, nos impuso
las manos, a los 44 profesionales del Opus Dei, ordenándonos de sacerdote. La
ceremonia fue en la iglesia de Montalegre, que estaba totalmente llena.
Después de la ordenación, hubo una recepción,
para las familias y los invitados, en el IESE (Escuela de Negocios de Barcelona); luego los recién ordenados, tuvimos un almuerzo de fiesta en Castelldaura.
Al día siguiente salí en un carro
alquilado, con Jesús Alfaro y mis papás, hacia Pamplona, para la primera Misa
de Jesús y después a Bilbao, al colegio Gaztelueta,
donde celebré mi primera Misa. (P. Manuel Tamayo).
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