viernes, 28 de julio de 2017

LAS MALAS ALERGIAS DEL ESPÍRITU

“El ridículo no existe para el que lo hace mejor” (San Josemaría Escrivá).

“Para alegrar a los demás se canta, se baila…nunca se dice que no se sabe o que no se puede” (San Josemaría Escrivá).

“Una madre le dice a su hijo: ¡te comería a besos! (San Josemaría Escrivá).

“Cuando era más joven me colocaba lejos de las viejitas que rezaban en el templo y ahora de mayor me conmueven” (San Josemaría Escrivá).

“De pequeño dos cosas me avergonzaban mucho: besar a las amigas de mi mamá y ponerme ropa nueva…me metía debajo de la cama y mi madre venía a sacarme y me decía: Josemaría, vergüenza solo para pecar” (San Josemaría Escrivá de Balaguer).


COMENTARIO

El sentimiento de incomodidad producido por el temor a hacer el ridículo ante alguien, o sentir el disgusto de que alguien haga o diga cosas que se piensa que son ridículas y de poca categoría humana, puede obedecer a una desviación del espíritu originada por una timidez o una fobia.

Toda persona, en su proceso de formación debe ir superando unos miedos o temores que si no se superan originarían alergias que son deformaciones del espíritu y podrían ser causantes de una limitación seria en el ejercicio habitual de las relaciones humanas que podría ocasionar a que un individuo cometa constantes faltas contra la justicia con una severa discriminación, de la que no es consciente.

Las personas que padecen de fobia social y que tienen un temor exagerado de hacer el ridículo frente a los demás, limitan tremendamente sus intervenciones y buscarán justificaciones que lo respalden, creyendo que la virtud está en no intervenir.

Cuando se tiene miedo al ridículo se evitan situaciones donde se piensa que uno corre el peligro de exponerse a perder su prestigio frente a los demás. La persona apresada por su propia timidez o por una fobia, se niega a intervenir para no sentirse un poco mal frente a una posible situación embarazosa que se imagina.

A diferencia de las personas que son simplemente tímidas, los afectados por la fobia social, o por un miedo excesivo al ridículo se ven limitados en su interacción con otras personas. Solo desean interactuar con amistades bien seleccionadas por ellos mismos. Además, sus miedos no se producen en un lapso acotado, sino que pueden prolongarse en el tiempo y durante toda la vida.

Esta deformación y limitación les lleva a sentir leporía por intervenciones de otros en determinadas actuaciones. Quisieran apartarse o no pueden ni quieren ver las actuaciones de personas sencillas, que no tienen pudor de expresar sus sentimientos. Les cuesta ver que los sentimientos humanos se expresen de una manera espontánea y pública. Ellos tienden a ser tremendamente reservados y cerrados en sus manifestaciones exteriores.

Lo malo es cuando piensan que lo que hacen ellos es virtud y lo que hacen las personas sencillas que expresan sus sentimientos en público es ridículo y vergonzoso.

La respuesta afectiva hacia los demás depende de la propia habilidad de empatizar con los pensamientos y las intenciones ajenas. Y, además, es importante saber que todos reaccionamos de maneras diferentes y hay que saber aceptar y valorar las distintas reacciones y modos de actuar que tienen las personas.

Huelga decir que no nos estamos refiriendo al sentido estético de lo que es armonioso y virtuoso, que siempre es objetivo y puede ser emblemático en todas las épocas, como lo podemos apreciar en las manifestaciones artísticas clásicas que el mundo de todos los tiempos valora  (P. Manuel Tamayo)



sábado, 22 de julio de 2017

LA DICTADURA DEL RUIDO PARÁSITO

“Nuestro mundo ha dejado de escuchar a Dios, porque no deja de hablar a un ritmo y a una velocidad letales para no decir nada. La civilización moderna no sabe estar callada. Vive en permanente monólogo. La sociedad posmoderna rechaza el pasado y considera el presente un vil objeto de consumo: contempla el futuro entre los rayos de un progreso casi obsesivo. Su sueño, convertido en triste realidad, ha sido encerrar el silencio en un calabozo húmedo y oscuro. A partir de entonces se instaura una dictadura de la palabra, una dictadura del énfasis verbal. En ese escenario sombrío solo queda una llaga purulenta de palabras mecánicas, sin relieve, sin verdad y sin fundamento. Muchas veces la verdad no es más que una creación mediática engañosa y consolidada por imágenes y testimonios inventados”  (Cardenal Robert Sarah, “La fuerza del silencio” p. 87).

“El silencio es el portero de la vida interior” (San Josemaría Escrivá de Balaguer).


COMENTARIO

Existen dos ruidos, el que viene del exterior y el de nuestra cabeza. Ambos proceden del desorden. Lo que es bueno no es ruidoso. Entendemos ruidoso como algo que está a demasiado volumen y que perturba; o algo que está demás y no deja oír o pensar otros asuntos de más valor.

La belleza de la música se aprecia con un volumen moderado, en una orquesta puede haber en un momento determinado un tono elevado donde los instrumentos se lucen dentro de la lógica de una armonía, eso es normal y puede ser bellísimo y agradable.  Colocar el volumen alto de cualquier pieza, sin que tenga que ver con la armonía de una composición, suele ser una vulgaridad; lo que es chilloso es estridente, muchas veces huachafo y de muy poco valor.  

El volumen aumenta cuando se pierde la calidad de vida en una sociedad, por ejemplo en el tráfico,  Hacer circular un auto ruidoso es una falta de respeto con el resto de personas, tocar el claxon de un modo habitual es un signo de escasa cultura, tener la música muy alta en una fiesta es grotesco y burdo, es también además una falta de consideración con el vecindario. Elevar la voz puede ser insultante y una falta de respeto.

El ruido de la calle es molesto y perturbador. Muchos buscan espacios de silencio para descansar o conversar tranquilamente. Hoy todo se ha vuelto muy ruidoso, además hay demasiados atropellos. Los vendedores entran con agresividad para vender sus productos, hay gente que envía mensajes y videos en el WhatsApp, sin preguntarle al destinatario si quiere recibirlos o no; hay empresas que llaman por teléfono a cualquier hora ofertando algo e irrumpiendo en la vida de una persona que ni conocen. Los programas vivos de la televisión son un show de ruidos, parece que el que habla más es el que gana. La verborrea está a la orden del día y la ligereza crece en muchísimos más.

El mundo se ha vuelto superficial, en muchas personas ya no existe una jerarquía de valores, no importan las virtudes, uno puede estar sucio, mal vestido, sin afeitarse, totalmente despeinado, parecido a un gorila y no pasa nada. Los pantalones roídos, rotos y percudidos, el polo desteñido, el cuerpo lleno de tatuajes, toda una informalidad que es trasladada desde la casa a la calle. Se piensa que es una moda más y no se ve el reflejo de una crisis social que es bastante grave y preocupante, no es una época más, hay una decadencia, una pérdida, un ir para atrás en los temas trascendentes. Hay que estar ciego para no reconocer que todo esto pasa y que está muy mal y es necesario revertirlo cuanto antes.

En muchas casas no hay horario de levantarse ni de acostarse, los cuartos pueden estar desordenados con las camas destendidas y todo tirado por cualquier parte y no pasa nada. A lo formal y al pasado se le tira tierra, no interesa. El ir con terno o vestido, bien peinados resulta fuera de lugar y “ridículo”.

Hoy se vive un canto a la vulgaridad y a lo zafio, el lenguaje debe ser lisuriento para estar a tono, las bromas para que sean buenas, deben ser burlas que toquen defectos para cochinear al prójimo y salir con amigos significa muchas veces tomar hasta emborracharse si se quiere estar en onda con el resto y por supuesto las reuniones deben terminar en la madrugada y mejor si duran hasta el día siguiente. Absurdo y penoso.

Hay ruido, movimiento, un fuerte activismo, solo hay tiempo para esas cosas que son banales. La familia pierde, de Dios ni se acuerdan. Se olvidaron de la religión y para no quedar mal la atacan o se hacen agnósticos. Es la filosofía de la desinteligencia que violenta al ser humano y los desnaturaliza.
Muchos, jóvenes aún, viven en una burbuja, piensan que seguir “disfrutando” de ese modo es lo normal y no se dan cuenta de la pendiente por donde se deslizan hasta que llegará el momento del golpe y muchos dirán que para ellos fue algo inesperado. Ni se lo imaginaban.


El silencio es necesario para pensar, para reflexionar y también para escuchar. El que encuentra un espacio de silencio y lo sabe aprovechar bien es un afortunado. Está en condiciones de darse cuenta de las cosas y salir del huayco ruidoso que todo lo rompe y nada bueno da. (P. Manuel Tamayo)
CONDUCTAS EXAGERADAS QUE CONDUCEN A LA DEPRESIÓN
Muchas veces la angustia es expresión de un perfeccionamiento idealista y voluntarista que puede ser motivado por el miedo a quedar mal, a hacer el ridículo, a no hacerlo del todo bien. El miedo, en esos casos, hace referencia a unas expectativas exageradas que hacen de la propia vida, o de las vidas que dependen de nosotros una caminata angustiosa…Algunos intentan demostrar su propio valer entregándose a un trabajo intenso del que esperan y exigen reconocimiento…La raíz de este miedo es siempre el orgullo y la soberbia de no querer fallar y de tenerlo todo bajo control…La humildad es la virtud necesaria para vivir con paz en medio de las limitaciones o faltas propias y ajenas.” (Tony Mifsud, sj, Una espiritualidad desde la fragilidad, p.50)
“Aceptar el perdón es proclamar el señorío de Dios en la vida nuestra y de los demás…”(Tony Mifsud..op. cit. p. 51)
“La dulzura es un gran camino para corregir, la severidad no” (San Francisco de Sales)
“Las reprensiones dulces y cordiales tienen más eficacia para corregir que los enfados y los enojos…Quedarse obsesionado con el propio pecado o con los pecados de otros es, simplemente, una expresión de soberbia que deja encarcelado al que la tiene…La buena noticia de Jesús no es que somos pecadores sino que somos pecadores perdonados…Aceptar el perdón es reconocer el pecado, pero confiar totalmente en la gracia de Dios”(Tony Mifsud..op. cit. p.52).
COMENTARIO
La letra de una canción de los años 70 decía que muchas veces uno queda atrapado en su propia telaraña. Esto puede ocurrir con los propios ideales cuando existe un afán grande y desmedido de destacar a como de lugar. Querer llegar a unas metas que a la larga resultan inalcanzables y alejadas de la realidad, podría generar un estado de esclavitud perenne hacia una depresión severa.
Cuando en las exigencias disciplinares de un trabajo o de una institución faltan motivos humanos, que hagan la vida grata y benévola a las personas, el que se siente presionado no atenderá a razones de conveniencia o a explicaciones sobre las bondades de ese severo proceder, le puede parecer más bien que ese marcaje es como una aplanadora que lo aplasta y le quita la libertad.
Las correcciones duras, el exceso de control y los marcajes terminan dañando a las personas. Los más buenos para no contristar forzarán motores con una actitud tolerante llevando en el fondo el deseo de que esa situación cambie cuanto antes, cuando no pueden más caen en la depresión. Suele suceder con los temperamentosanancásticos de los que tienden al perfeccionismo.
Conocer la realidad, tener sentido común y aceptar el perdón son condiciones esenciales para tener paz y lograr unas buenas relaciones de amistad con las personas. Y es el reflejo más claro de la virtud de la humildad. El humilde es el que mejor comprende a los demás y habla siempre bien de su prójimo valorando mucho a cada persona. (P. Manuel Tamayo)