jueves, 29 de septiembre de 2016

EL MIEDO POR LOS HIJOS ADOLESCENTES

Fue por miedo y no por bondad que surgieron los padres permisivos. Es  el miedo a que los hijos no los quieran por lo poco que los ven, el que los anima a  ponerles muy pocos límites y a darles gusto en todo. Es el miedo a que no les cuenten sus cosas el que los hace igualarse con ellos y dejar de ser padres  para convertirse en compinches. Es el miedo a disgustarlos el que los hace  permitir que vayan a fiestas y lugares que no deben, y con quien no deben. Es el miedo a que los tachen de anticuados el que los hace permitir que se vistan en forma indecente, que se entretengan con música y juegos violentos o que  tomen licor. Es el miedo a que fallen o sufran, el que los empuja a ayudarles más de lo  debido y a asumir sus problemas como propios. Sin embargo, a lo deberían tenerle más miedo los padres, es a que los hijos fracasen porque no saben hacer ningún esfuerzo, a que escojan el mal camino porque se acostumbraron a que todo les está permitido; y a que no sepan amar porque aprendieron a recibir y no a dar; es decir, a que carezcan de lo que necesitan para llegar a ser personas estructuradas, seguras de si mismas y correctas, atributos indispensables para triunfar. (León Trahtemberg, La Industria, Chiclayo, 23 de Octubre de 2011).
El adolescente tiende a pensar que va a conseguir su “libertad” distanciándose de sus padres, evitando asistir a comidas o encuentros familiares y pasando todo el tiempo posible con sus amigos o aislándose en su habitación. Esto suele ser fuente de conflictos con el resto de la familia que no entiende ese cambio repentino, ni cuál es el motivo por el que tiene que renunciar a estar cerca de ellos. En estos casos lo mejor es llegar a un acuerdo razonado con el hijo y ganar su confianza…. Hay que tener en cuenta que un adolescente se considera adulto (y no lo es, aunque haya cumplido la mayoría de edad), él siempre pensará que debe conseguir lo que  quiere y entonces buscará, con relativa frecuencia, “arrancar” el permiso de sus padres para conseguir sus objetivos. Muchas veces se comporta con ellos de forma arisca por miedo a no conseguir lo que él quiere. Los padres deben buscar la manera de hacerle saber que quisieran lo mejor para él, pero que como adulto también debería ser razonable y responsable de sus actos(Compendio sobre la educación del adolescente, Bekia Padres).


COMENTARIO

La educación del hogar depende fundamentalmente de la conducta que hayan tenido los padres en sus propias vidas. Para que los padres tengan autoridad con los hijos, que no significa severidad o mano dura, primero tienen que ser ejemplo de coherencia. Que los hijos vean lo que predican los padres. La rectitud de intención es indispensable para la educación. Todos los papás tienen defectos y cometen errores a la hora de educar. Los hijos también lo saben y aprenden a querer a sus padres con esas limitaciones. Los padres no deben presentarse a los hijos con una aureola de perfección. Lo perfecto es enemigo de lo bueno. Los hijos deben ver que los padres luchan para superar sus propios defectos y corregir los errores que han cometido. En el hogar no debe faltar el perdón y la acción de gracias. Para que haya verdadera comunicación el perdón y la acción de gracias debe ser habitual y real. En la casa no se debe actuar, no deben existir posturas o posiciones. En el hogar todo debe ser sencillo y transparente, unos deben encajar en otros con una integración cuyo sustento es el amor. El amor auténtico no debe ser posesivo sino de entrega (vivir para el otro). El sacrificio que hacen los padres por los hijos es para que los hijos sean sacrificados como ellos. Los hijos no deben acostumbrarse a recibir, deben aprender a dar, desde muy niños, a ser generosos. Se equivocan los padres cuando les dan todo a sus hijos. Estarían fabricando unos “príncipes” que después se irán de la casa sin valorar ni agradecer todos los sacrificios que se han hecho por ellos (P. Manuel Tamayo).


miércoles, 21 de septiembre de 2016

LA EDAD,  ¿del pavo o de la crueldad?

Se denomina crueldad a una acción cruel e inhumana que genera dolor y sufrimiento en otro ser. Es también falta de misericordia ante el sufrimiento de otro ser. (Diccionario)

“Las personas deshumanizadas no dedican ni siquiera minutos para conocerse a sí mismos y pensar, ¿en que le he faltado a mis semejantes? Su falta de sensibilidad para con el prójimo los empujan a involucrarse en actividades en donde solo existen oportunidades de obtener beneficios personales. Esta clase de seres humanos tienen un comportamiento egoísta, caracterizado insensible al dolor ajeno. No poseen una sensibilidad social.  Se observan a diario en individuos que no saben dedicarse a los demás y solo piensan en destacar ellos”. (Amparo Balbuena)

“La edad del pavo se da entre los 15 y 18 años, (podría prolongarse en algunos casos hasta los 25),  es el momento en el que se produce un choque generacional difícil de comprender para los padres y las persona mayores. Se producen cambios repentinos que causan desconcierto… La “edad del pavo” suele venir acompañada de una conducta diferente, difícil y distante, por parte del adolescente. La mayoría, en esta fase, se muestra rebelde a los consejos de los mayores y están fuertemente unidos a los consensos juveniles. El grupo de amigos se convierte en el eje principal de sus relaciones sociales, donde aumenta el interés por las personas del otro sexo y alejan de las consignas de los adultos cuestionando diversos temas que antes no habían tocado”. (Vid. Gordon Allport, Tratado sobre la personalidad)


COMENTARIO

No se puede decir que la crueldad tenga una edad, sin embargo varios papás dicen de sus hijos adolescentes: “antes era un niño correcto, obediente, ordenado y ahora no sé que le pasa, se ha vuelto rebelde, indiferente y hasta cruel…llega tarde, no nos dice dónde está  y no se da cuenta cuanto nos hace sufrir” 

Yo no la llamaría “la edad de la crueldad” es más bien la edad del “pavo” del chico que se cree que ya es alguien y quiere tomar decisiones por su cuenta, sin consultar a nadie. Algunos se vuelves toscos y huraños, otros parecen autistas, porque se cierran en sus mundos sin decir nada.

El egoísmo, que suele crecer de una manera desproporcionada en esas edades, los hace insensibles; están tan pendientes de sí mismos que no se dan cuenta de lo que les pasa a los demás, tampoco les importa demasiado. Viven ciegos pensando que su modo de ser y de actuar es el correcto y que los demás lo deberían respetar.

Estas situaciones pueden agravarse cuando en el adolescente existe una severa falta de comunicación. El mutismo tiende a  bloquear a la persona,  introduciéndola en una “cueva” de propiedad exclusiva para su propia intimidad; no se da cuenta que esa conducta de incomunicación va limando poco a poco los cimientos seguros de su propia vida.

El que no se comunica no ve bien la realidad, vivirá su ilusión metido en una “burbuja”  que un día estallará y verá que había vivido dentro de una fantasía que solo le trajo conflictos y dejó heridas a las personas que realmente lo querían.

Otros chicos viven sueltos dentro de una algarabía juvenil que les impide escuchar la voz de la conciencia,  y la dejan de lado para una futura oportunidad, que nunca llega.
Guardan para “después” los consejos y exhortaciones que reciben de sus padres y maestros y hacen promesas que no pueden cumplir porque están en el “huaico”  de las “horas locas” de esos ambientes de consenso juvenil.

Para ellos es un tiempo difícil de la vida porque todo está en proceso de desarrollo. En esas circunstancias las ilusiones y proyectos deberían entrar en un programa exigente de responsabilidad que les haga “sentar cabeza” cuanto antes.  


En esas etapas borrascosas no se les puede abandonar, es necesario estar cerca para ayudarles a superar esos momentos críticos, señalándoles, de un modo positivo y con mucho cariño, los medios y los recursos que tienen para luchar y conquistar las virtudes que mejorarán la calidad de sus vidas como personas.

martes, 13 de septiembre de 2016

¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

(En la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz)

“Dios, mío, Dios, mío, ¿`por qué me has abandonado?, es  el grito más desgarrador, que Jesús pronuncia desde la cruz, No es que se  sienta  abandonado de su Padre, todo lo contrario, su Padre está a su lado, pero Jesús como ser humano, experimenta  el dolor y la angustia normal del género humano, siente la inmensa soledad  al verse abandonado, por todos sus discípulos y amigos,  tiene un momento de sentimientos de soledad, pero más que sentirse abandonado, por el Padre Dios, se siente abandonado, por todos nosotros, que  lo rechazamos siempre”.  (El blog de Cristo, 4ta palabra desde la cruz).

“Se me escapaban las almas como se escapan las anguilas… se alejaban de mí, no decían nada…se iban sin despedir…fue grande mi dolor” (San Josemaría Escrivá, encuentros de 1972)


COMENTARIO

El dolor más grande que tuvo Jesús fue porque lo dejaron solo los que le debían más amor en el momento que más lo necesitaba. Los discípulos, que formó con tanto cariño y dedicación, lo abandonaron alejándose de él. Tal vez les pareció muy exigente lo que el Señor les pedía y no hicieron otra cosa que darle la espalda sin decirle absolutamente nada. Simplemente se fueron sin despedirse.

Este dolor del Señor se repite en la historia. Quienes realmente se identifican con Cristo y tienen celo ardiente por las almas sufren estos terribles dolores al ver que los que más quieren se alejan de lo que más vale, por miedo a una exigencia o por un apego del corazón que los distrae.

En cualquier circunstancia de nuestra vida el amor a Dios debe ocupar el primer lugar, si pasa a un segundo lugar el hombre terminará alejándose de Dios y su vida empezará a convulsionarse, y es peor si su corazón está “esclavizado” con un apego.

San Josémaría advertía: “si al corazón no se le da un amor noble, limpio y ordenado se venga y hace traición”  Nadie está inmune de ese peligro. El corazón se desordena cuando, en los hechos, Dios no ocupa el primer lugar. En toda acción humana el diablo, que es el príncipe de la mentira, interviene con tentaciones haciéndole ver al hombre un falso “paraíso” para que cambie la cruz (garantía del amor verdadero) por el placer de una atracción. Esa tentación puede cegar al hombre para que cambie el oro por un plato de lentejas.   

A Dios no se le debe abandonar nunca, al contrario, cada día hay que amarlo más. Las exigencias divinas están a favor de los hombres, nunca perjudican o esclavizan, al contrario el amor a Dios es el que más libertad y alegría da a los hombres. El corazón necesita tener en primer lugar a Dios para que todo lo demás se ordene y encuentre su sentido. (P. Manuel Tamayo)


miércoles, 7 de septiembre de 2016

EL ODIO AL MÁS BUENO

“El ateísmo encuentra su origen primero en el individualismo exacerbado…El universo individualista pasa a estar centrado únicamente en la persona…a Dios se le considera como alguien que pone obstáculos a la libertad” (Card Robert Sarah, Dios o nada, pp. 356)

“Dios es por esencia la bondad misma, a la que nadie puede odiar, ya que, por definición, el bien es lo que se ama. Por eso resulta imposible que quien ve por esencia a Dios le odie. Con respecto a sus efectos, hay algunos que no pueden ser contrarios a la voluntad humana; por ejemplo, ser, vivir, entender. Son cosas apetecibles y amables para todos, y son efectos de Dios. Por eso mismo, en cuanto Dios es aprehendido como autor de esos efectos, no puede ser odiado. Pero hay efectos que contrarían a la voluntad humana desordenada, como, por ejemplo, un castigo, la cohibición de los pecados por la ley divina que contraría a la voluntad depravada por el pecado. Ante la consideración de estos efectos puede haber quien odie a Dios, porque le considera como quien prohíbe pecados e inflige castigos” (Santo Tomás, Suma Teológica, q. 32). .

COMENTARIO

¿Por qué hay tanto odio en el mundo a Dios, a la Iglesia y a los cristianos fieles a sus creencias?

En todas las épocas ha existido el odio a Dios en el mundo por la presencia del mal en el hombre que se aleja de Dios. Si el hombre no lucha, con la ayuda de Dios, contra su pecado, tarde o temprano se volverá contra Dios. Si el hombre que cae no se levanta, y permanece caído, el mal va creciendo en él y causando estragos: ataques a Dios ofendiéndolo gravemente, críticas a la Iglesia o a los ministros de Dios, dudas de lo sagrado o sobrenatural, frialdad y distanciamiento de los sacramentos, dudas de fe, posturas agnósticas y lejanía de la Iglesia, ateísmo y rechazo a la religión, odio a Dios y apoyo a las persecuciones contra la Iglesia y los cristianos.

En las distintas épocas de la historia se percibe el odio a Dios y a los más buenos:  Desde la persecución a Jesucristo, a los apóstoles y a los primeros cristianos, en los primeros tiempos de la historia, hasta las persecuciones actuales con matanzas diarias en el oriente y las ideologías contra la vida y la familia en occidente.

La Iglesia, en todas las épocas, ha enseñado que el fin último del ser humano es Dios.  Nos dice que todo hombre viene de Dios y existe para ir hacia Él,  y por lo tanto debe buscar a Dios para amarlo durante toda su vida aquí en la tierra.

En la catequesis, que enseña la Iglesia, se aprende que la persona se realiza correctamente cuando busca a Dios para amarlo sobre todas las cosas. Así lo dice la ley del Amor en el Nuevo Testamento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu fuerza, con toda tu mente y al prójimo como a ti mismo”

Si se tiene en cuenta la ley del Amor, no estarían en el mismo nivel el hombre de fe y el ateo. Si lo propio del hombre es el amor a Dios, el ateo estaría en desventaja, ya que no podría cumplir con su finalidad,  y además como el hombre está dañado por el pecado, y para amar a Dios necesita combatirlo, el ateo al no creer en el pecado le será muy difícil luchar contra esos males, porque no quiere contar con los recursos que Dios le alcanza para ganar esas en esas batallas contra el mal. Si se queda en esa situación es lógico que salga su interioridad un rechazo a Dios y de todo lo que tenga que ver con Él.

En cambio el creyente sabe que el pecado es irse contra Dios, y como no lo quiere ofender, se esfuerza para no caer y diría con San Pablo: “siento una ley en mis miembros que es distinta a la ley de mi mente y me encadena…¿quién me librará de este cuerpo de muerte? …porque no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero…”  Entonces el creyente se apoyará en Dios para evitar el pecado.
Dios no existe solo para los creyentes, existe para todos. El que niega la existencia de Dios está negando también su razón de ser y de existir.

El no creyente, al no combatir sus ofensas a Dios,  suele estar en una actitud de rechazo a Dios y a todo lo que procede de Él. El agnosticismo y el ateísmo no son posturas inocuas (que no hacen daño). La experiencia a nivel mundial es elocuente.

Así se explica el odio a Dios que ha existido siempre en el mundo, originando las guerras de religión, las persecuciones y las matanzas de creyentes, tan solo por el hecho de ser creyentes. El creyente también podría llegar a ese odio si descuida su lucha por estar cerca de Dios, primero se enfría, luego se aleja, luego piensa que no tiene necesidad de ayuda,  le entran las dudas, empieza a criticar a la Iglesia y va creciendo en su interioridad un amargo rechazo que luego se convierte en odio.


Es ilógico pero se da en la realidad: se termina odiando al más bueno, sin que haya hecho nada malo, tal como ocurrió con Nuestro Señor Jesucristo. (P. Manuel Tamayo).