LA EDAD, ¿del pavo o de la crueldad?
Se denomina crueldad a una acción cruel e inhumana que
genera dolor y sufrimiento en otro ser. Es también falta de misericordia ante
el sufrimiento de otro ser. (Diccionario)
“Las personas deshumanizadas no
dedican ni siquiera minutos para conocerse a sí mismos y pensar, ¿en que le he faltado a mis semejantes?
Su falta de sensibilidad para con el prójimo los empujan a involucrarse en
actividades en donde solo existen oportunidades de obtener beneficios
personales. Esta clase de seres humanos tienen un comportamiento egoísta, caracterizado
insensible al dolor ajeno. No poseen una sensibilidad social. Se observan a diario en individuos que no
saben dedicarse a los demás y solo piensan en destacar ellos”. (Amparo Balbuena)
“La edad del pavo se da entre los 15 y 18 años, (podría prolongarse en
algunos casos hasta los 25), es el momento en el que se produce
un choque generacional difícil de comprender para los padres y las persona
mayores. Se producen cambios repentinos que causan desconcierto… La “edad del pavo” suele venir acompañada
de una conducta diferente, difícil y
distante, por parte del adolescente. La mayoría, en esta fase, se muestra rebelde a los consejos de los mayores y
están fuertemente unidos a los consensos juveniles. El grupo de amigos se convierte en el eje principal de sus
relaciones sociales, donde aumenta el interés por las personas del otro sexo y
alejan de las consignas de los adultos cuestionando diversos temas que antes no
habían tocado”. (Vid. Gordon Allport, Tratado
sobre la personalidad)
COMENTARIO
No se puede decir
que la crueldad tenga una edad, sin embargo varios papás dicen de sus hijos
adolescentes: “antes era un niño
correcto, obediente, ordenado y ahora no sé que le pasa, se ha vuelto rebelde,
indiferente y hasta cruel…llega tarde, no nos dice dónde está y no se da cuenta cuanto nos hace
sufrir”
Yo no la llamaría “la edad de la crueldad” es más bien la
edad del “pavo” del chico que se cree
que ya es alguien y quiere tomar decisiones por su cuenta, sin consultar a
nadie. Algunos se vuelves toscos y huraños, otros parecen autistas, porque se cierran en sus mundos sin decir nada.
El egoísmo, que suele crecer de una manera desproporcionada
en esas edades, los hace insensibles; están tan pendientes de sí mismos que
no se dan cuenta de lo que les pasa a los demás, tampoco les importa demasiado.
Viven ciegos pensando que su modo de ser y de actuar es el correcto y que los
demás lo deberían respetar.
Estas situaciones
pueden agravarse cuando en el adolescente existe una severa falta de
comunicación. El mutismo tiende a bloquear
a la persona, introduciéndola en una
“cueva” de propiedad exclusiva para su propia intimidad; no se da cuenta que
esa conducta de incomunicación va limando poco a poco los cimientos seguros de
su propia vida.
El que no se
comunica no ve bien la realidad, vivirá su ilusión metido en una “burbuja” que un día estallará y verá que había vivido
dentro de una fantasía que solo le trajo conflictos y dejó heridas a las
personas que realmente lo querían.
Otros chicos viven
sueltos dentro de una algarabía juvenil que les impide escuchar la voz de la
conciencia, y la dejan de lado para una
futura oportunidad, que nunca llega.
Guardan para “después” los consejos y exhortaciones que
reciben de sus padres y maestros y hacen promesas que no pueden cumplir porque
están en el “huaico” de las “horas
locas” de esos ambientes de consenso juvenil.
Para ellos es un
tiempo difícil de la vida porque todo está en proceso de desarrollo. En esas
circunstancias las ilusiones y proyectos deberían entrar en un programa
exigente de responsabilidad que les haga “sentar
cabeza” cuanto antes.
En esas etapas borrascosas no se les puede abandonar, es
necesario estar cerca para ayudarles a superar esos momentos críticos,
señalándoles, de un modo positivo y con
mucho cariño, los medios y los recursos que tienen para luchar y conquistar
las virtudes que mejorarán la calidad de sus vidas como personas.
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