miércoles, 21 de septiembre de 2016

LA EDAD,  ¿del pavo o de la crueldad?

Se denomina crueldad a una acción cruel e inhumana que genera dolor y sufrimiento en otro ser. Es también falta de misericordia ante el sufrimiento de otro ser. (Diccionario)

“Las personas deshumanizadas no dedican ni siquiera minutos para conocerse a sí mismos y pensar, ¿en que le he faltado a mis semejantes? Su falta de sensibilidad para con el prójimo los empujan a involucrarse en actividades en donde solo existen oportunidades de obtener beneficios personales. Esta clase de seres humanos tienen un comportamiento egoísta, caracterizado insensible al dolor ajeno. No poseen una sensibilidad social.  Se observan a diario en individuos que no saben dedicarse a los demás y solo piensan en destacar ellos”. (Amparo Balbuena)

“La edad del pavo se da entre los 15 y 18 años, (podría prolongarse en algunos casos hasta los 25),  es el momento en el que se produce un choque generacional difícil de comprender para los padres y las persona mayores. Se producen cambios repentinos que causan desconcierto… La “edad del pavo” suele venir acompañada de una conducta diferente, difícil y distante, por parte del adolescente. La mayoría, en esta fase, se muestra rebelde a los consejos de los mayores y están fuertemente unidos a los consensos juveniles. El grupo de amigos se convierte en el eje principal de sus relaciones sociales, donde aumenta el interés por las personas del otro sexo y alejan de las consignas de los adultos cuestionando diversos temas que antes no habían tocado”. (Vid. Gordon Allport, Tratado sobre la personalidad)


COMENTARIO

No se puede decir que la crueldad tenga una edad, sin embargo varios papás dicen de sus hijos adolescentes: “antes era un niño correcto, obediente, ordenado y ahora no sé que le pasa, se ha vuelto rebelde, indiferente y hasta cruel…llega tarde, no nos dice dónde está  y no se da cuenta cuanto nos hace sufrir” 

Yo no la llamaría “la edad de la crueldad” es más bien la edad del “pavo” del chico que se cree que ya es alguien y quiere tomar decisiones por su cuenta, sin consultar a nadie. Algunos se vuelves toscos y huraños, otros parecen autistas, porque se cierran en sus mundos sin decir nada.

El egoísmo, que suele crecer de una manera desproporcionada en esas edades, los hace insensibles; están tan pendientes de sí mismos que no se dan cuenta de lo que les pasa a los demás, tampoco les importa demasiado. Viven ciegos pensando que su modo de ser y de actuar es el correcto y que los demás lo deberían respetar.

Estas situaciones pueden agravarse cuando en el adolescente existe una severa falta de comunicación. El mutismo tiende a  bloquear a la persona,  introduciéndola en una “cueva” de propiedad exclusiva para su propia intimidad; no se da cuenta que esa conducta de incomunicación va limando poco a poco los cimientos seguros de su propia vida.

El que no se comunica no ve bien la realidad, vivirá su ilusión metido en una “burbuja”  que un día estallará y verá que había vivido dentro de una fantasía que solo le trajo conflictos y dejó heridas a las personas que realmente lo querían.

Otros chicos viven sueltos dentro de una algarabía juvenil que les impide escuchar la voz de la conciencia,  y la dejan de lado para una futura oportunidad, que nunca llega.
Guardan para “después” los consejos y exhortaciones que reciben de sus padres y maestros y hacen promesas que no pueden cumplir porque están en el “huaico”  de las “horas locas” de esos ambientes de consenso juvenil.

Para ellos es un tiempo difícil de la vida porque todo está en proceso de desarrollo. En esas circunstancias las ilusiones y proyectos deberían entrar en un programa exigente de responsabilidad que les haga “sentar cabeza” cuanto antes.  


En esas etapas borrascosas no se les puede abandonar, es necesario estar cerca para ayudarles a superar esos momentos críticos, señalándoles, de un modo positivo y con mucho cariño, los medios y los recursos que tienen para luchar y conquistar las virtudes que mejorarán la calidad de sus vidas como personas.

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