sábado, 29 de junio de 2024

LA AMISTAD SACERDOTAL 

Los amigos son para siempre

Lima, 1979

Se dice que es muy bueno tener un amigo sacerdote y yo añadiría que es muy bueno para un sacerdote joven tener un sacerdote amigo mayor. El año 1979 tenía 30 años, me parecía que eran muchos, sin embargo estaba todavía en los inicios, ganando cada día en más experiencia, con la ayuda y el ejempo de los que eran mayores que yo.

Entre los mayores siempre hay los que se acercan más, están a tu lado y tienen una gran confianza en ti. 

Como lo he contado en otras oportunidades, los primeros sacerdotes del Opus Dei que conocí, cuando ternía 14 años, fueron el P. Luis Tejerizo y el P. Antonio Ducay. Los veía super elegantes y con mucha llegada. El primero se reía mucho de nuestras ocurrencias y el segundo jugaba muy bien al fútbol. 

 

El sacerdote amigo

Don Antonio me invitaba a jugar partidos, yo siempre iba, no me perdía ninguno y en esos ambientes me fue tratando, me retaba para que metiera goles o para que me pusiera en el arco y tapara los suyos. Tenía bastante confianza y cercanía con él. 

Más tarde cuando fui a estudiar a Europa, el P. Manuel Botas se acercó a mi y me ayudó mucho cara a mi ordenación sacerdotal, quise que fuera mi padrino de ordenación, estuvo muy cercano a mis padres y se hizo amigo de ellos. 

Ya de regreso a Lima, después de mi ordenación me seguía escribiendo. Me animaba constantemente, me contaba muchas cosas y me decía que se apoyaba en mi. Me tuvo siempre mucha confianza y es algo que yo le agradezco bastante. Me regaló un Nuevo Testamento de Ballester, que años después se lo pasé a mi sobrino sacerdote. El P. Manuel Botas era un amigo incondicional.

En “Olivares” volví a conectar con el P. Antonio Ducay. Él estaba muy contento con mi ordenación y se acercaba para animarme y lanzarme a nuevos retos dentro de las labores que tenía encargadas. 

Me animó a escribir y me enseñaba cómo hacerlo. Estaba redactando un folleto sobre la fuerza de voluntad y me explicaba lo que quería decir y a quienes estaría dirigido. 

Me animó a que escribiera uno y, en base a un artículo que leí sobre la confesión, escribí mi primer folleto que se llamó: “El juez que perdona siempre”, el P. Ducay sacó también el suyo, en la colección de Nuevo Tiempo y se llamaba: “Voluntad fuerte”

En ese año era también encargado del cine, como en otras ocasiones. Mi encargo era conseguir películas que se iban a proyectar los domingos en Los Andes. El P. Ducay estaba pendiente y me sugería como podía mejorar mi encargo: poner el proyector a la distancia adecuada, lograr una pantalla más grande, etc. Me conversaba siempre de las películas y le gustaban las que había elegido. Yo estaba contento por eso.

Otro día me llevó a una de las oficinas de la Conferencia Episcopal peruana para que grabara unas prédicas, que podrían salir luego por la radio. Hice unas 5 ó 6 grabaciones. Todavía conservo una. Eran mis mis primeras prédicas grabadas. 

En 1979 el P. Ducay cumplió 50 años, a mi me parecía que eran muchísimos. En “Olivares” le hicimos una celebración especial con show musical y una gran piñata.  

Pasó cierto tiempo y un buen día invitaron a cenar a Jorge Putnam a “Olivares”, él era un chico que estudiaba arquitectura en la Universidad Ricardo Palma. No estuve en esa cena porque me encontraba en la escuela naval atendiendo a los cadetes. Me habían dejado mi comida preparada en el comedor; Jorge, sin saberlo, se la comió y cuando se lo advirtieron, miró a todos y dijo, muy suelto de huesos: “el P. Tamayo es de poco comer” , todos se echaron a reír y me lo contaron después. 

Otro día el P. Ducay, que había ido de paseo a la playa, trajo percebes para el aperitivo de un día de fiesta que estaba próximo. Llego ese día y sacaron las percebes. ¡Nadie comió!, todos éramos limeños y muy jóvenes. Las percebes nos parecían unos gusanos horribles. 

El P. Ducay estaba asombrado de nuestro desprecio a ese alimento que era muy cotizado y querido en España, según decía él. No hubo manera. La fuente regreso intacta sin que ninguno de nosotros probara algo. 

 

Una amistad que no se pierde

El P. Ducay estuvo poco tiempo con nosotros, se trasladó a Piura y fue capellán en la Universidad particular, hasta que volvió a Lima después de unos años. 

Ambos seguimos escribiendo artículos y libros. El P. Ducay tiene varias publicaciones: 

§  San Josemaría en el Perú

§  Jesucristo: la aventura de Dios en la tierra

§  El hombre que fundó el Opus Dei

§  ¿Milagros y coversiones?

§  Álvaro del Portollo, Sembrador de paz y alegría

§  Desde la calle. Relatos que no olvidaré.

§  Enrique Pélach, 50 años de Los Andes en el Perú.

*Se pueden encontrar gratis en: Ducaylibros.org

 

El P. Ducay me anima mucho con mis artículos y mis actividades mediáticas que continúan, igual que las suyas, en los portales de internet. 

Es muy grato tener un amigo sacerdote que siempre te apoya de un modo incondicional, es algo que yo valoro mucho y agradezco. (P. Manuel Tamayo).

 

 

sábado, 22 de junio de 2024

EN EL UMBRAL DE UNA NUEVA DÉCADA

Lima, 1979

A todos nos sorprendió que el Papa Juan Pablo II viajara a República Dominicana, Bahamas y México. Fue algo realmente apoteósico. No estábamos acostumbrados a que el Papa visitara otros países.

No nos perdimos los detalles del viaje por la televisión y por unos sono-visos que se armaron y que circularon por muchas casas. Organizábamos reuniones especiales para ver al Papa a todo color. Todo era novedad, nos encantaba que sea así y disfrutábamos mucho. Juan Pablo II, en muy poco tiempo, se ganó la simpatía de todo el mundo.

 

Los ambientes juveniles en “Olivares”

Para la gran mayoría de chicos que venían por la casa era la primera vez que veían un mundial de fútbol a todo color. Creo que importaba más ver los partidos que los triunfos o derrotas de los mismos.

Además en ese mundial empezamos bien y terminamos mal, como ha ocurrido otras tantas veces, pero esta vez Argentina quedó campeón mundial cuando nos derrotó 6 a 0 en el último partido. Algunos acusaron al equipo peruano de haber hecho algún arreglo con los Argentinos. Nunca se aclararon las cosas. Nosotros no dejábamos de jugar fútbol todas las semanas.

El año 79 organizamos varios paseos con los chicos. Gracias a esas actividades empezaron a venir más chicos: Juan Carlos Checley Soria, Gustavo Llave, Rolando Castro, Gabriel Flores, Jorge Luis Hoyos, Beto Machuca, entre otros.

En el verano estuvimos de convivencia en Las Norias, (Piura). El director era Pablo Pérez (numerario, médico, actualmente vive en Piura), estaba también Ignacio Benavent Trullenque (numerario, Ingeniero, vive en Piura), el P. Juan Antonio Ugarte (que fue Arzobispo del Cuzco, vive en Lima) y chicos de distintos colegios y universidades.

Estuvieron con nosotros en Las Norias ese verano: Carlos Santa María, Manuel Tudela, Jaime Calderón, Emilio Arizmendi, Gustavo Llave, Pepe Serna, entre otros.

Una de las actividades de la convivencia fue un concurso de balsas. Hicimos varios grupos y cada uno tenía que hacer una balsa y competir bajando por el río Piura más arriba de los Ejidos hasta las Norias. Se puso una fecha y todos nos pusimos a fabricar nuestra balsa. La de Pablo Pérez era a base de bidones y le puso como nombre: “La Babilonia”, otro se valió de unos troncos para fabricar una especie de canoa, otro utilizó una piti-tabla y armó encima una estructura de madera, los que estaban en mi grupo conseguimos tres cámaras y amarramos tres palos en forma de triángulo.

Llegó el día de la partida. Salimos a las 12 del día y llegamos a las 12 de la madrugada totalmente agotados. Tuvimos que pasar por muchos obstáculos, tratando de evitar los troncos con espinas que habían en el recorrido y los continuos remolinos. Varios naufragaron y tuvieron que continuar a nado, otros, que ya no podían más recurrieron a “La Babilonia” para poder llegar. Todo fue agotador pero quedamos muy contentos con esa aventura que parecía increíble.

Regresamos a Lima muy contentos. El trato y la labor con chicos se fue extendiendo más con las actividades de verano. Los partidos de fulbito, todos los domingos, tenían mucho jale. Ya no podíamos jugar en la cancha de Los Andes porque estaban construyendo un nuevo edificio. Alternábamos los partidos semanales entre el Saeta y las canchas que estaban en la costa verde. Preparamos también un curso de orientación profesional para el último mes del verano con el objetivo de llegar a más colegios. “Olivares” estaba siempre lleno de chicos, procurábamos conversar con ellos para animarles a ser mejores personas y buenos cristianos. Venían más a las meditaciones, aunque el oratorio era muy pequeño, teníamos que abrir las puertas de living para que entraran todos. La esperanza de seguir creciendo era grande. (P. Manuel Tamayo)

sábado, 15 de junio de 2024

 VISITAS ENTUSIASMANTES Y EDIFICANTES

Lima, 1977 – 1978

Vicente Rodríguez Casado, historiador español, fundador de la Universidad de la Rábida en España, miembro del Opus Dei desde 1936, americanista, con muchos estudios y escritos de la historia de nuestro país, nos visitaba con frecuencia, se alojaba en “Tradiciones” y algunas veces pasaba a “Olivares” cuando le invitábamos a las tertulias.

Los mayores, cuando se referían a él, le llamaban Don Vicentón, por su enorme gordura, a la que él mismo le sacaba partido para hacer la vida agradable a los demás. Tenía una simpatía desbordante, habitualmente estaba rodeado de chicos que le seguían con mucho interés, porque era como un libro abierto. A todos nos parecía muy interesante y divertido lo que contaba. 

Con él salíamos muchas veces de paseo, le gustaba ir al muelle de pescadores de Chorrillos donde nos invitaba a comer pescado fresco, recién salido del mar, y a tener una agradable conversación que, si no lo advertíamos, se prolongaba y no terminaba nunca. 

En cualquier sitio siempre encontrabamos un lugar para sentarnos a escucharle, tenía un modo genial de llegar a cada uno, era profundo y divertido a la vez, nos hablaba de la historia universal, de los filósofos, de personajes que había conocido, de la situación actual del mundo; nos motivaba para que aumentara nuestro amor a la Iglesia, y nos contaba, desde luego, muchas anécdotas que vivió con San Josemaría y con el Beato Álvaro del Portillo, a quienes les tenía una gran devoción. 

Todo era entusiasmante y divertido con Don Vicentón, que bromeaba con su propia gordura. Un día fue a un sastre para que le hiciera una ropa de baño, porque no encontraba una de su talla. El sastre, para medirle la cintura le pidió que sujetara la cinta métrica para poder dar la vuelta. Él, y los que le acompañaban no dejaban de reír. Todos los años esperábamos con mucha ilusión la llegada de Don Vicentón.

 

La andadura de “Olivares”

1977 fue el primer año de actividad en la casa cubierta con una enredadera, que el el segundo semestre pasó a llamarse “Olivares”. 

En el país se vivía todavía los últimos años del General Morales Bermudez, que había prometido elecciones democráticas para 1980. Había un desconcierto general en el país por la situación económica. Para salir adelante el ministro de economía Walter Piazza, anunció un paquetazo que motivó un paro nacional.

En 1978, Morales Bermudez convoca a una asamblea constituyente, para que se elabore una nueva constitución que remplace a la de 1933. Fue nombrado, por elecciónes, Víctor Raúl Haya de la Torre, presidente de la Asamblea a sus 83 años. La nueva constitución fue promulgada en 1979 y entró en vigencia en 1980.

El 78 también nace mi sobrino Manuel Figuerola, el segundo hijo de mi hermana Teresa. Mis papás estaban felices con su segundo nieto.

 

Una fructífera bendición

Estando en “Olivares” un día me llama por teléfono Ángel Lui (miembro Agregado del Opus Dei, ya fallecido) y me pide que vaya a su tienda de electro domésticos para bendecirla. Agarre la estola y el agua bendita y me fui con sotana al centro de Lima donde estaba su tienda. Resulta que Ángel había invitado a varios colegas suyos para esa pequeña ceremonia, que se prolongó, porque luego sacó unos carritos con comida y bebidas. En la conversación, después de la bendición, Ángel les dijo a sus colegas que yo estaba montando un centro para formar estudiantes y los motivó para que hicieran donaciones. Esa noche llegué a Olivares con un televisor nuevo, una plancha, una tostadora y otros aparatos que ahora no recuerdo.

Esos regalos entusiasmaron a los chicos, sobre todo el televisor, que era el primero que teníamos a color y era una novedad para todos. Además se acercaba el mundial de Argentina de 1978.

Este año llegaron de España al Perú dos numerarios jóvenes para reforzar las labores de la Obra: Jaime Millás y Antonio Abruña.

 

Los cambios del 78

1978 fue un año muy movido y de muchos cambios. De profesor de religión en el colegio Markham hacía mis pininos en las clases que daba a chicos de familias pudientes. No era sencillo, me encontré con situaciones familiares difíciles de arreglar y me dí cuenta que el ímpetu juvenil que traía no era suficiente. 

Ese año cumplía 30 y me parecía que ya era un “peso pesado”, tal vez porque estaba rodeado habitualmente de adolescentes. Fue el año en que pasé a ser capellán de la escuela naval junto al P. Jaime Payeras. Allí empieza otra historia.

 

Más chicos en “Olivares”

Gracias a los concursos culturales y a un curso de orientación profesional a Olivares llegaron chicos de diversos colegios de Lima, todos los domingos teníamos partidos en la cancha de fulbito del Saeta y cada mes proyectábamos las películas de tertulias de San Josemaría en la cabaña de madera que había en el jardín. Venían los papás de los chicos y se iban muy contentos. Poco a poco se iban haciendo amigos de la casa.

 

Los Papas del 78 

En Agosto de 1978 muere Paulo VI, el Papa de nuestra adolescencia, y enseguida se organiza el Cónclave donde sale elegido, el 26 de Agosto, Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa. 

A finales de setiembre tuvimos con los chicos de “Olivares” una convivencia en Valle Grande (Cañete). Fue algo entusiasmante; parte del curso cultural se realizó allí, junto a las meditaciones, charlas y tertulias musicales, con las canciones que estaban de moda. No faltaron los partidos de fulbito inter escolar, que ilusionaban a todos. 


Una noticia increíble

La mañana del 28 de setiembre me encontraba arreglando la cancha de fulbito y veo que se me acerca Ignacio Benavent (numerario del Opus Dei, que ahora reside en Piura), con una cara un poco descompuesta y me dice: “el Papa ha muerto” . Lo miré y le dije: “ya lo se” pensando que se refería a Paulo VI que había fallecido el mes anterior: “¡No! ¡es Juan Pablo I quien ha muerto! me dijo levantado la voz. Me quedé helado. La noticia parecía increíble.

Al regresar a Olivares tuvimos una tertulia con Don Vicentón, nos habló del amor que San Josemaría tenía por la Iglesia y el Papa. Nos dijo en aquella ocasión, que no quería ver las películas de las tertulias de San Josemaría porque le emocionaban demasiado. 

A los pocos días fue el cónclave que eligió a Juan Pablo II, el 10 de Octubre de 1978. Don Vicentón estaba muy contento y nos dijo que era el Papa que la Iglesia necesitaba y que iba a darle la vuelta al mundo, el Papa que venía de lejos. No dudó en decirnos que San Josemaría había intercedido para que saliera. (P. Manuel Tamayo)

 

sábado, 8 de junio de 2024

 RECORRIENDO EL PERÚ PROFUNDO                              Lima,1976 - 1979

Desde que llegué a Lima, recién ordenado, con 26 años de edad, me pidieron que atienda a los sacerdotes de Abancay una vez al mes. El encargo me parecía increíble, ¿cómo podía atender a unos sacerdotes que eran mayores que yo en edad y en años de ordenación?                       

Eran sacerdotes que pertenecían a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y por lo tanto eran socios del Opus Dei y querían llevar dirección espiritual con un sacerdote de la Obra. Yo era el que había recibido ese encargo, sin tener ninguna experiencia. Hice las preguntas de rigor y preparé mi viaje.

 

Atención a los sacerdotes de la diócesis de Abancay

Salía en avión de Lima al CuzcoEn el aeropuerto de la ciudad imperial me recogía el P. Miguel Ángel Domínguez en un Volkswagen (escarabajo). En esos años la pista del Cuzco a Abancay era afirmada, el viaje duraba todo el día; para descansar un poco y comer algo, hacíamos una parada en Curahuasi (la tierra del Anis), allí la madre Rimey, la hermana de Mons. Enrique Pélach (Obispo de Abancay, ya fallecido), nos esperaba con un suculento almuerzo, que nos ponía en forma para llegar hasta la capital de Apurimac, al atardecer.

 

En Abancay me alojaban en el obispado. Mons. Pélach me recibía como si fuera una autoridad competente; yo no sabía como corresponder a tanta amabilidad. Al llegar me dijo: “lo primero que vamos a hacer es un recorrido turístico por Abancay”. Mientras íbamos en el carro me contaba que unos meses antes, le había hecho este mismo recorrido a Mons. Juan Landázuri, (a la sazón, Arzobispo de Lima, ya fallecido), y que al final del recorrido se puso a llorar de la emoción. Tragué un poco de saliva, como haciendo esfuerzos para que no me ocurriera lo mismo. Era el propósito que hice, en esos momentos emotivos, a los 26 años de edad.

 

El giro turístico

Mons. Pélach me llevó al orfanatorio llevado por unas religiosas alemanas, me explicó que llegaban niños recien nacidos abandonados por sus padres y que las religiosas los preparaban porque solían venir familias alemanas para adoptarlos y llevarselos a Alemania. Era realmente impresionante y conmovedor; ya se habían llevado varios niños que vivían en hogares cristianos y bien constituidos.

La segunda visita que hicimos fue al asilo de ancianos, que estaba muy bien puesto, limpio y elegante. A los ancianos se les veía contentos y agradecidos, por las atenciones que recibían.  Al lado del asilo había una panadería, “toda la diócesis come el pan que se elabora aquí”  me dijo Mons. Pélach, con un santo orgullo, delante de las personas que trabajaban allí.

El recorrido continuaba con el “hogar del estudiante”, eran dos casas muy bien puestas, una para chicos y otra para chicas. Ingresan aquí aquí, me explicaba el obispo de Abancay, los que son muy pobres y no tienen familia, ni casa para poder vivir. Lo admirable es que esos chicos estudiaban en la escuela por las mañanas y trabajaban por las tardes y con lo que ganaban contribuían al sostenimiento de la casa. Además ellos mismos trabajaban en la casa para tenerla limpia y presentable. Era realmente conmoveedor.

 

Llegamos al lugar, tal vez más impactante de todo el recorrido, donde estaban los leprosos. Abancay, en esos años, era zona endémica y por lo tanto la lepra no se había eliminado. Al leprosorio venían de distintos lugares para atenderse y recibir las medicinas y los tratamientos correspondientes. Mons. Pélach tenía unos médicos que se habían especializado recientemente en USA y contaba con ellos para curar a los leprosos y buscar la forma de eliminar ese flagelo en todo Apurimac.  Con los años lo consigió.

 

Terminamos la “gira turística” en los terrenos de los futuros seminarios mayor y menor. Me decía Mons. Pélach que San Josemaría lo había animado mucho con el seminario y que, si lo hacía bien, en unos años lo tendría lleno y saldrían de allí muchos sacerdotes, (es lo que ocurrió después, del seminario de Abancay salieron más de 100 sacerdotes). 


El clero diocesano de Abancay

Al volver a la casa pude conocer a varios sacerdotes que esperaban allí para el almuerzo: Miguel Guitard, Jesús Alonso, Miguel Angel Domingo, Calixto Cobo, entre otros. Todos españoles, el más joven era Miguel Angel, tendría unos 30 años de edad, 4 más que yo.

Después de estar un par de días en Abancay viajé con Mons. Pélach de regreso a Lima, vía Andahuaylas y Ayacucho. El camino era bastante largo, nada era asfaltado. Fuímos en una potente camioneta Dodge que tenía Monseñor para sus visitas pastorales en una diócesis bastante grande y extensa. 

Paramos para almorzar en San Gerónimo, allí estaba de párroco el P. Isidro Sala, (que después fue obispo de Abancay, ya fallecido), fuímos con él a la laguna de Pacucha donde se estaba proyectando una casa de retiros para la diócesis de Abancay. Ese día vino a vernos el P. Luciano Ruiz, que era párroco de Talavera, un pueblo cercano a San Gerónimo y Andahuaylas. Almorzó con nosotros y nos hizo pasar un rato muy agradable con sus chistes y ocurrencias, era un personaje muy divertido amante de la poesía, que también le gustaba a Mons Pélach. 


Viaje de retorno a Lima

Salimos al día siguiente hacia Lima, parando en el santuario de Cocharcas, un edificio imponente metido dentro de un cerro; le pedimos a la Virgen por el futuro de la diócesis de Abancay y las vocaciones. 

Cocharcas es un santuario histórico y bien concurrido. Los peregrinos viajan para visitar a la Virgen, a la que le tienen gran devoción en todo Apurimac. 

Seguimos el viaje, pasando sin parar, por Uripa y Chincheros, dos pueblos en contínua rivalidad. En uno de ellos se fundó el partido Acción Popular del presidente Fernando Belaunde Terry. 

Se hizo de noche. Mons. Pélach que era bastante poético, cantaba en el viaje y se detenía para mirar el cielo estrellado, era un espectáculo impactante ver en la oscuridad los millones de estrellas y planetas con una luz esplendorosa a pesar de los millones de años luz de distancia que nos separan.  Mirando esa grandeza se piensa que el ser humano es muy poca cosa y que Dios es muy grande, más grande que todos esos astros que se podían ver en una noche despejada. 

Nos detuvimos en Ayacucho y nos alojamos en el hotel de turistas. Al día siguiente, muy temprano por la mañana, continuamos nuestro viaje hasta Lima, recorriendo un camino sinuoso de tierra y cascajo, hasta llegar a la carretera Panamericana, a la altura de Pisco. 

Ese primer viaje fue una experiencia extraordinaria, donde pude aprender mucho de los sacerdotes y de cómo se vivía en esos lugares de la sierra.  Apurimac es uno de los departamentos más pobres del Perú. Sin embargo, hay historias, que la mayoría no conoce, y son tremendamente edificantes. 

 

Testigo de grandezas y riquezas humanas

Los siguientes viajes, que no fueron pocos, comprobé y fui testigo al ver muchas personas que dieron su vida para estar, vivir y sacar adelante a quienes estuvieron abandonados y olvidados, en los lugares más apartados de Los Andes y en situaciones de pobreza e indigencia que claman al Cielo. Todos estos viajes los realicé antes de que estallara la guerra terrible de sendero luminoso que dejó mucha más pobreza y desolación en estas tierras.

Dios tendrá en su gloria a quienes vivieron allí dandolo todo, con la esperanza de lograr el progreso y desarrollo de esos pueblos

De allí salieron cientos de sacerdotes que ahora están ejerciendo su ministerio en distintos lugares del Perú y también del extranjero. 

Urge seguir escribiendo historias, porque hay mucho que contar para agradecer. Todos estamos en deuda. (P. Manuel Tamayo).