miércoles, 28 de junio de 2017

EL REGALO DIVINO DE UNA SANA “TIMIDEZ”

“El temor del Señor es el principio de la sabiduría; los necios desprecian la sabiduría y la instrucción”. (Proverbios 1, 7).

“El don del temor a Dios es la disposición común que el Espíritu Santo pone en el alma para que se porte con respeto delante de la majestad de Dios y para que, sometiéndose a su voluntad, se aleje de todo lo que pueda desagradarle. El primer paso en el camino de Dios, es la huida del mal, que es lo que consigue este don y lo que le hace ser la base y el fundamento de todos los demás. Por el temor se llega al sublime don de la sabiduría. Se empieza a gustar de Dios cuando se le empieza a temer, y la sabiduría perfecciona recíprocamente este temor. El gusto de Dios hace que nuestro temor sea amoroso, puro y libre de todo interés personal”. (Católico, net)

“No se trata de un miedo, ni distancia, sino el humilde reconocimiento de la infinita grandeza del Creador. Es temor a ofender a Dios, reconociendo la propia debilidad. Sobre todo: temor filial, que es el amor a Dios. El alma se preocupa de no disgustarlo, de "permanecer" y de crecer en la caridad” (cfr Jn 15, 4-7).

La Santísima Virgen ante el anuncio del mensaje del ángel se conturbó… (Lc 1, 29).


COMENTARIO

La timidez en sí es calificada como algo que hay que superar, como una carencia de virtud. Puede ser también una manifestación de soberbia: esconderse y no intervenir por temor al qué dirán.

Sin embargo existe un don del Espíritu Santo que se llama temor de Dios. La Biblia en el libro de los Proverbios dice: “El temor de Dios es el principio de la sabiduría”. Cuando el hombre pone un pequeño esfuerzo por acercarse a Dios nota que el Señor está muy cerca de él protegiéndolo. Las protecciones de Dios son constantes y gratuitas. Lo único que pide el Señor es un seguimiento, que en otras palabras quiere decir vivir con el espíritu del evangelio. Este modo de vivir es armonioso y es el que mejor encaja en el ser humano.

Los hombres puede aprender muchas cosas en su vida, existen verdaderos genios que han desarrollado capacidades admirables. Por encima de las mejores capacidades que puedan desarrollar los seres humanos está la acción de Dios sobre cada persona. Esta acción que cuenta con el “permiso” del hombre que deja que Dios intervenga en su vida, le abre los mejores horizontes y le otorga una paz de unas dimensiones distintas. El hombre se siente sorprendido y agradecido de la enorme seguridad que siente teniendo a Dios al lado.

Ser consciente de esa grandeza va unida a un estado de sana “timidez” que podría traducirse en una prudencia para no desvariar ni tener coqueteos con lo frívolo y vulgar. Esa valiosa timidez otorga una suerte de prestigio, frente a los demás, de una persona sencilla y sin ambiciones egoístas. No se siente nunca el “dueño de la pelota” ni cae, por el otro extremo, en ánimos pusilánimes, ni en cobardías que lo frenan para hacer el bien.

Su valiosa timidez lo deja en libertad para no ser elegido en empresas que lo comprometan en tareas que exigen comportamientos de enfrentamientos constantes, o una cierta complicidad forzada para guardar una lealtad a procedimientos que defienden intereses de un grupo.


Al no tener esa actitud guerrera en sus manifestaciones y no querer sumarse a complicidades para quedar bien, se convierte en una persona de mucha fortaleza para defender lo que es más bueno, con una conducta fina, abierta y llena de comprensión que es un gran acierto para las relaciones humanas. Se convierte así en el mejor interlocutor para resolver los conflictos entre las personas y muchas cosas más. (P. Manuel Tamayo).

miércoles, 21 de junio de 2017

CONDUCTAS EXAGERADAS QUE CONDUCEN A LA DEPRESIÓN

“Muchas veces la angustia es expresión de un perfeccionamiento idealista y voluntarista que puede ser motivado por el miedo a quedar mal, a hacer el ridículo, a no hacerlo del todo bien. El miedo, en esos casos, hace referencia a unas expectativas exageradas que hacen de la propia vida, o de las vidas que dependen de nosotros una caminata angustiosa…Algunos intentan demostrar su propio valer entregándose a un trabajo intenso del que esperan y exigen reconocimiento…La raíz de este miedo es siempre el orgullo y la soberbia de no querer fallar y de tenerlo todo bajo control…La humildad es la virtud necesaria para vivir con paz en medio de las limitaciones o faltas propias y ajenas.”  (Tony Mifsud, sj, Una espiritualidad desde la fragilidad, p.50)

“Aceptar el perdón es proclamar el señorío de Dios en la vida nuestra y de los demás…” (Tony Mifsud..op. cit. p. 51)

“La dulzura es un gran camino para corregir, la severidad no” (San Francisco de Sales)

“Las reprensiones dulces y cordiales tienen más eficacia para corregir que los enfados y los enojos…Quedarse obsesionado con el propio pecado o con los pecados de otros es, simplemente, una expresión de soberbia que deja encarcelado al que la tiene…La buena noticia de Jesús no es que somos pecadores sino que somos pecadores perdonados…Aceptar el perdón es reconocer el pecado, pero confiar totalmente en la gracia de Dios” (Tony Mifsud..op. cit. p.52).


COMENTARIO

La letra de una canción de los años 70 decía que muchas veces uno queda atrapado en su propia telaraña. Esto puede ocurrir con los propios ideales cuando existe un afán grande y desmedido de destacar a como de lugar.  Querer llegar a unas metas que a la larga resultan inalcanzables y alejadas de la realidad, podría generar un estado de esclavitud perenne hacia una depresión severa.

Cuando en las exigencias disciplinares de un trabajo o de una institución faltan motivos humanos, que hagan la vida grata y benévola a las personas, el que se siente presionado no atenderá a razones de conveniencia o a explicaciones sobre las bondades de ese severo proceder, le puede parecer más bien que ese marcaje es como una aplanadora que lo aplasta y le quita la libertad.

Las correcciones duras, el exceso de control y los marcajes terminan dañando a las personas. Los más buenos para no contristar forzarán motores con una actitud tolerante llevando en el fondo el deseo de que esa situación cambie cuanto antes, cuando no pueden más caen en la depresión. Suele suceder con los temperamentos anancásticos de los que tienden al perfeccionismo.


Conocer la realidad, tener sentido común y aceptar el perdón son condiciones esenciales para tener paz y lograr unas buenas relaciones de amistad con las personas. Y es el reflejo más claro de la virtud de la humildad. El humilde es el que mejor comprende a los demás y habla siempre bien de su prójimo valorando mucho a cada persona.  

jueves, 15 de junio de 2017

¿QUÉ HACER PARA SER MUY BUENO?

“El proceso de auto-aceptación de la fragilidad humana constituye un primer y elemental paso para el crecimiento de todo ser humano. No obstante, este proceso no siempre encuentra su apoyo en los valores culturales, que a veces tienden a desviar la autorealización en términos de poder, fama, dinero…reduciendo lo humano a una sola dimensión”. (Tony Mifsud, SJ, “Una espiritualidad desde la fragilidad” p. 47).

 “Nadie te ha dicho que seas menos de lo que eres, sino que reconozcas como eres; solo al aceptar lo que eres puedes comenzar a ser mejor de lo que eres; no olvides que al dártelas de perfecto vas pregonando tu primer defecto. No importa que tengas miedo, sino que lo vivas allí donde lo tengas que vivir. Y no huyendo: mejor ser cojo en el camino que buen corredor fuera de él” (Carlos Díaz, La felicidad que hay en la fragilidad, p. 35).

“La gracia no sustituye ni prescinde de la condición humana sino que construye sobre ella… Aceptarse tal como uno es y no como debería ser es fundamental. Pensarse a partir de un superyó o de un yo ideal es comenzar desde lo que uno no es. Lo que se desea ser es una meta, pero el camino para llegar a ella es aceptar la propia realidad… Un individuo que entiende su valor como persona humana no se engaña a sí mismo buscando ser lo que no es, ni se destruye a sí mismo mediante al auto-desprecio. El primer paso para poder conocerse es aproximarse sin juzgarse. Mirarse sin evaluarse. El afán de juzgarse puede impedir una mirada honesta de sí mismo ya que corre el peligro de mirar desde el deber y no desde lo que realmente soy. En la medida en que uno va conociéndose a sí mismo su comprensión para los demás crecerá” (Tony Mifsud, SJ, “Una espiritualidad desde la fragilidad” p. p. 48-49).

“Quien no se conoce a sí mismo proyectará necesariamente sobre Dios sus apasionados deseos y sus necesidades reprimidas. Convierte su encuentro con la divinidad en una simple e ingenua proyección de sus propios deseos…El buen conocimiento de sí mismo lo liberará de ilusiones falsas y abrirá sus ojos a una visión clara y libre de la realidad…” (Tony Mifsud, SJ, “Una espiritualidad desde la fragilidad” p. 49).


COMENTARIO

 La humildad es la verdad y es una virtud que hay que cuidarla y quererla con toda el alma, para no vivir de una manera mentirosa, que podría ser también arrogante y estúpida, con gazmoñerías ridículas dentro de una sociedad muchas veces electrizada por corrientes que producen constantes cortos circuitos, y a la larga la caída de las torres más altas.

¡Cuantos se han venido abajo por no haber construido bien su vida con cimientos sólidos y seguros! La vida se construye de acuerdo a la verdad y luchando por la unidad de las personas en los ámbitos familiares y laborales. Nadie nació por equivocación, todos tienen un papel que cumplir en la vida. A cada uno le corresponde enterarse cuál es su sitio, para estar en ese lugar y no en otro.

Vemos claramente que hoy algunas ideologías, modas y costumbres, pueden influir negativamente en el crecimiento y progreso de las personas.

La sociedad contemporánea está llena de voluntaristas que aspiran, con un afán desorbitado, ocupar los mejores puestos para tener éxito. Alguien les vendió la idea de que el éxito consistía en tener el poder del dinero o de la fama, y que eso se obtenía a través de una lucha denodada y competitiva, que los colocaría en un pódium por encima de los demás, para ser un verdadero líder, emprendedor y ejecutivo,  pero egoísta, y en algunos casos cruel.

La aspiración de poder suele malear al hombre que luego, al adquirir un mando, terminará buscando su propia gloria sintiéndose dueño de situaciones, para imponer sus modos y procedimientos y conseguir que los demás hagan como él quiere.

Hay otros que buscan con ansias ocupar un puesto que no es para él, porque objetivamente no tiene condiciones. Antiguamente se decía: “lo que natura no da, Salamanca no presta” No se trata de una comparación entre listos y menos listos; se trata más bien de saber para qué sirve uno y para qué vino al mundo.
La soberbia ciega hace mentiroso al ser humano. El que habitualmente engaña puede creerse idóneo para ocupar los puestos que no deben ser para él (por eso oculta la verdad) y utilizando procedimientos deshonestos para colarse se siente capaz de llegar a la cumbre y permanecer en ella.

En el mundo, el escándalo lo están dado algunos gobernantes que se valen el poder para el beneficio propio sin que les preocupe la suerte de los demás. En pleno siglo XXI existen innumerables situaciones de injusticia que están congeladas por el abuso de unos pocos que tienen el poder.

La humildad es la verdad y es la virtud que sitúa al hombre de acuerdo a la realidad y lo hace vivir de un modo correcto.

Toda persona tiene una tarea que cumplir y ésta tiene siempre una relación directa con el prójimo. El prójimo está para que lo amemos, no para que lo juzguemos y critiquemos. El amor a los demás debe ser la principal motivación, pero ese amor debe ser sincero y limpio. Cuando el amor está ordenado brilla la justicia con la luz y la energía de la caridad.

Las vulgaridades y atrocidades que vemos hoy en ambientes libertarios,  donde todo vale porque no hay jerarquía de valores, da por resultado una sociedad agresiva, antiestética y bastante mediocre, donde se multiplican peleas que dejan una estela de miseria humana constante y muy preocupante.  Los lenguajes desaforados y zafios son una prueba de ello aunque a los más jóvenes, que no han vivido en otras épocas, les pueda parecer de lo más normal. Todos debemos estar de acuerdo en que el mundo necesita un cambio urgente de mentalidad y de vida.

Jesucristo vino al mundo para poner orden y para decirle al hombre que es hijo de Dios. Funda la Iglesia e instituye los sacramentos para que el ser humano tenga la oportunidad de purificarse y crecer de un modo correcto con la ayuda de la gracia divina.

La necesidad de Jesucristo y de los sacramentos es vital para un crecimiento correcto. Estas afirmaciones no minimizan al que no tienen fe porque son la expresión de que hay algo grandioso que puede conocer, y que es para su propio bien; también puede serle de ayuda para salir de los laberintos y enredos de las propias limitaciones.


Es necesario reconocer la propia debilidad para ser libres y poder ayudar al prójimo con el aporte de una luz clara y un corazón limpio. San Pablo, el apóstol de las gentes, decía de un modo claro y contundente: “porque soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cort 12,2).  Dios es el que hace lo más importante, si el hombre reconoce su propia debilidad se pone en condiciones para ser fuerte y perseverante. Jesucristo advertía a sus mismos discípulos: “sin mi nada pueden hacer” (Juan 15,5).  Si quitamos a Dios el hombre se pelea y termina perdiéndolo todo.  Cristo es el mejor modelo para acertar en la vida siendo muy buenas personas. (P. Manuel Tamayo)

jueves, 8 de junio de 2017

LA UTOPÍA DEL ÉXITO

Hoy vivimos en una época en la que el éxito ha sido endiosado como una condición indispensable para ser reconocido y aceptado por el grupo humano. El éxito ha llegado a formar parte ineludible de la construcción de la identidad personal. Soy alguien si tengo éxito en la sociedad o en el grupo del que formo parte. La cultura promueve el éxito como el objetivo y la meta de la autorrealización, entendida más bien en términos individualistas y sin la correspondiente referencia social.

En otras palabras, la noción del éxito no se entiende de manera relacional e interpersonal (por ejemplo, ayudar a los otros, servir a los demás...), sino más bien en clave narcisista (cómo asciendo en la escala del reconocimiento social). Por tanto, el éxito no se considera tanto en términos de servicio cuanto en cuotas de poder social. El ser alguien se confunde con el conseguir algo. La idea es que hay que ganar a toda costa, sin margen de error ni, mucho menos, con lugar a la derrota. Lo más lamentable es que esta necesidad de éxito ha tocado las fibras más íntimas del código social moderno.

Esta mentalidad corre el riesgo de terminar en un gran fracaso, porque niega una profunda condición antropológica. La persona humana es un ser social y no puede, simplemente, realizarse sin referencia a los demás, porque vivir es convivir. Por tanto, la autorrealización solo acontece en la auto-trascendencia. El yo solo se reconoce como tal en el encuentro con el , y ambos se realizan en la medida en que se logra conformar un nosotros, donde el yo y el se sienten respetados, aceptados y corresponsables el uno del otro…
No basta considerar los proyectos vitales desde una perspectiva individual para poder evaluar la propia vida y los correspondientes comportamientos como exitosos, porque las expectativas de los demás sobre uno también tienen una importancia y una relevancia que condiciona la propia determinación. La noción de éxito es, a la vez, personal y social. (Tony Mifsud, SJ, Una espiritualidad desde la fragilidad” p. 25).


COMENTARIO

Las ambiciones de muchos jóvenes están motivadas por planteamientos engañosos, fundamentalmente económicos, para mantener un status aparentemente alto en la sociedad. Los requerimientos tocan las fibras del ego para exaltarlo, y el joven cree, con una seguridad imperturbable, que esas metas que le propone la sociedad economisista, son las que lo harán feliz.

La triste realidad es elocuente. Lo vemos todos los días, aunque muchos, sumergidos en su propio yo, no tienen capacidad para darse cuenta. Reciben tanta información de lo que poco vale que con ella se forma una cortina gruesa que les quita la sensibilidad de lo trascendente y espiritual.

La miopía social para los valores ha hecho migrar a muchos hacia los placeres y diversiones, como metas asequibles para todos los gustos y bolsillos. Es una desorientación brutal, guiada por una brújula imantada por el eros, que conduce al descalabro que rompe la esencia del ser humano.

Lamentablemente vemos que hoy muchas personas ponen una cara bonita para presentarse en sociedad, escondiendo roturas de consideración, que lo encadenan en una esclavitud de tristeza y desánimo.  Lo paradójico es que se utilizan disfraces para disfrutar en las fiestas, como si todo estuviera bien, es una suerte de voluntarismo en busca de una felicidad que nunca llega.

El que solo busca su beneficio y satisfacción, aunque diga que se preocupa por los demás, no puede llegar a tener paz y alegría. Es fácil que su vida esté llena de amargura, con un desasosiego que lo vuelve conflictivo. No quiere pelear pero termina peleando con todos.

El amor propio lleva al egoísmo y el egoísta puede estar ciego. No se da cuenta de sus limitaciones. Anda, con muchas ansias, buscando su propia satisfacción, como el goloso que busca siempre el siguiente caramelo sin poder parar. Y esos caramelos lo van envenenando paulatinamente.

Quién ama y busca la plata para sentirse bien puede haber caído ya en el primer escalón de la corrupción, sin percatarse de su grave desviación y situación.


Una sociedad que habitualmente fomenta la avaricia materialista, está contribuyendo, a marchas forzadas, a empobrecer y a empequeñecer la vida espiritual del hombre; si no se corrige a tiempo, la persona codiciosa terminará expulsando a Dios y a los valores trascendentes de su vida, y para más inri  le molestará que Dios entre en la vida de otras personas(P. Manuel Tamayo).

jueves, 1 de junio de 2017

ANTROPOLOGÍA DE LA RECIPROCIDAD

“La relación simultánea y asimétrica entre hombre y mujer configura una “antropología de la reciprocidad” que puede definirse como el sentido de una dinámica relacional que privilegia la solicitud por el otro…es esencialmente dialógica, un diálogo que puede llevar a la comunión, pero que presupone también una confrontación….no basta con ser dos; ni siquiera basta con estar con; es preciso el recíproco “ser para otro” La reciprocidad supera el nivel de la necesidad fisiológica…La reciprocidad se entiende cuando interesa a toda la persona y no solo a una de sus dimensiones… Disponerse al encuentro es la actitud de un espíritu a la vez emprendedor y acogedor: emprendedor, porque implica una acción sobre uno mismo en función del otro; acogedor, porque es la disponibilidad a la acción del otro sobre uno mismo. La actitud a la vez emprendedora y acogedora está encarnada en un cuerpo masculino y en uno femenino…En la recíproca disposición, emprendedora y acogedora, el hombre y la mujer experimentan, por la diferencia respecto del otro, su peculiar identidad”  (Aristide Fumagalli, “La cuestión del Gender” pp. 79-82).


COMENTARIO

La calidad de una persona se da en la calidad de sus relaciones, que tienen en cuenta las diferencias que hay entre los seres humanos. Frente a los miles de matices que habría que reconocer y conocer de las personas está la naturaleza biológica, que presenta dos sexos diferentes, el del hombre y el de la mujer.

Los sexos determinan una serie de condiciones que hacen distinto al hombre y a la mujer, en sus reacciones, percepciones, desarrollo físico y psíquico y papeles o roles específicos. En otras palabras hay cosas que son propias de los hombres y otras que son propias de las mujeres. Lo normal es que el hombre sea físicamente más fuerte que la mujer, y pueda realizar trabajos pesados, en cambio los trabajos más finos y delicados suelen hacerlos mejor las mujeres, aunque siempre hay excepciones.

En el orden de las relaciones personales es evidente que suele haber una atracción física de los hombres con respecto a las mujeres y viceversa. También suele ocurrir que las mujeres se fijan más en el hombre que es un poco mayor que ella. A la hora del matrimonio el hombre suele ser mayor que la mujer (aunque hay excepciones).

En el matrimonio el hombre descubre su complementariedad en la mujer y la mujer en el hombre. El hombre ve en la mujer alguien distinto a él en todo orden de cosas. Cuando más se conocen los esposos más cosas distintas encuentran. Si no aprendieron a quererse esas diferencias podrían ocasionar serios problemas, pero si aprendieron a quererse, encuentran en las diferencias la motivación principal del amor. Es el querer a esa persona que es distinta, si fuera igual el amor no sería tan grande.

La dinámica de la reciprocidad se alimenta del conocimiento y la valoración de las diferencias. Al verlas el hombre dice: “eso que es distinto de la esposa, me enriquece y me perfecciona” Allí está la complementariedad que abarca a toda la persona entera en sus aspectos físicos y espirituales. Al esposo le interesa todo lo de la esposa y viceversa no como un amor posesivo y celoso que controla, sino como el crisol de la libertad donde se ve a la otra persona feliz porque su amor es voluntario y lleno de fortaleza. Es un amor que se proyecta a la familia con una extensión increíble y desde allí a muchas relaciones de amistad. La reciprocidad es tremendamente productiva y tiene una luminosidad ejemplar. El cuadro de una familia numerosa y unida es el mejor testimonio que se puede ofrecer a la sociedad contemporánea. Los padres con su amor siembran en sus hijos la semilla de la fidelidad que luego dará sus frutos con la correspondencia de ellos, “amor con amor se paga” 

Todo hombre necesita de una mujer (una madre, una hermana, etc.) y toda mujer necesita de un hombre (un padre, un hermano, etc.) Son necesarios y complementarios los hombres y las mujeres. Son iguales en dignidad pero distintos para sus funciones y en los modos de ver la vida. El reconocimiento de esas diferencias es libertad para los dos y una gran motivación para la unidad en el amor.


La ideología de género produce desigualdades y conflictos graves entre los hombres y las mujeres que están escondidos, para colmo, dentro de una propaganda que pide a gritos igualdad de trato. Se podría decir que se trata de la mentira más grande del mundo, unida a una amenaza inquisidora para los que no están de acuerdo. (P. Manuel Tamayo)