LA UTOPÍA DEL ÉXITO
Hoy vivimos en una época en la que el éxito ha sido endiosado
como una condición indispensable para ser reconocido y aceptado por el grupo
humano. El éxito ha llegado a formar parte ineludible de la construcción de la
identidad personal. Soy alguien si tengo éxito en la sociedad o en el grupo del
que formo parte. La cultura promueve el éxito como el objetivo y la meta de la
autorrealización, entendida más bien en términos individualistas y sin la
correspondiente referencia social.
En otras palabras, la noción del éxito no se entiende de manera
relacional e interpersonal (por ejemplo, ayudar a los otros, servir a los
demás...), sino más bien en clave narcisista (cómo asciendo en la escala del
reconocimiento social). Por tanto, el éxito no se considera tanto en términos
de servicio cuanto en cuotas de poder social. El ser alguien se confunde con el
conseguir algo. La idea es que hay que ganar a toda costa, sin margen de error
ni, mucho menos, con lugar a la derrota. Lo más lamentable es que esta
necesidad de éxito ha tocado las fibras más íntimas del código social moderno.
Esta mentalidad corre el riesgo de terminar en un gran fracaso,
porque niega una profunda condición antropológica. La persona humana es un ser
social y no puede, simplemente, realizarse sin referencia a los demás, porque
vivir es convivir. Por tanto, la
autorrealización solo acontece en la auto-trascendencia. El yo solo se reconoce como tal
en el encuentro con el tú, y ambos se realizan en la medida en que se logra conformar un nosotros, donde
el yo y el tú se sienten respetados,
aceptados y corresponsables el uno del otro…
No basta considerar los proyectos vitales desde una perspectiva
individual para poder evaluar la propia vida y los correspondientes
comportamientos como exitosos, porque las expectativas de los demás sobre uno
también tienen una importancia y una relevancia que condiciona la propia
determinación. La noción de éxito es, a la vez, personal y social. (Tony Mifsud, SJ, Una espiritualidad desde la fragilidad” p. 25).
COMENTARIO
Las ambiciones de muchos jóvenes están motivadas por
planteamientos engañosos, fundamentalmente económicos, para mantener un status
aparentemente alto en la sociedad. Los requerimientos tocan las fibras del ego para exaltarlo, y el joven cree, con una seguridad imperturbable, que
esas metas que le propone la sociedad economisista, son las que lo harán feliz.
La triste realidad es elocuente. Lo vemos todos los días, aunque
muchos, sumergidos en su propio yo, no tienen capacidad para darse cuenta.
Reciben tanta información de lo que poco
vale que con ella se forma una cortina gruesa que les quita la sensibilidad
de lo trascendente y espiritual.
La miopía social para los valores ha hecho migrar a muchos hacia
los placeres y diversiones, como metas asequibles para todos los gustos y
bolsillos. Es una desorientación brutal, guiada por una brújula imantada por el
eros, que conduce al descalabro que
rompe la esencia del ser humano.
Lamentablemente vemos que hoy muchas personas ponen una cara
bonita para presentarse en sociedad, escondiendo roturas de consideración, que
lo encadenan en una esclavitud de tristeza y desánimo. Lo paradójico es que se utilizan disfraces
para disfrutar en las fiestas, como si todo estuviera bien, es una suerte de
voluntarismo en busca de una felicidad que nunca llega.
El que solo busca su beneficio y satisfacción, aunque diga que se preocupa por los demás,
no puede llegar a tener paz y alegría. Es fácil que su vida esté llena de amargura,
con un desasosiego que lo vuelve conflictivo. No quiere pelear pero termina
peleando con todos.
El amor propio lleva al egoísmo y el egoísta puede estar ciego.
No se da cuenta de sus limitaciones. Anda, con muchas ansias, buscando su propia
satisfacción, como el goloso que busca siempre el siguiente caramelo sin poder parar. Y esos caramelos lo van envenenando
paulatinamente.
Quién ama y busca la plata para sentirse bien puede haber caído
ya en el primer escalón de la corrupción, sin percatarse de su grave desviación y situación.
Una sociedad que habitualmente fomenta la avaricia materialista,
está contribuyendo, a marchas forzadas,
a empobrecer y a empequeñecer la vida espiritual del hombre; si no se corrige a
tiempo, la persona codiciosa terminará expulsando a Dios y a los valores
trascendentes de su vida, y para más inri
le molestará que Dios entre en la vida
de otras personas. (P.
Manuel Tamayo).
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