sábado, 26 de agosto de 2023

 COMO ME QUERÍA SAN JOSEMARÍA

Cuando tenía 14 años un compañero de colegio me invitó a un Centro del Opus Dei. Estudiaba en el colegio SSCC Recoleta y fui por primera vez, con varios compañeros de mi clase, a una charla, que daba Juan Luis Cipriani, que a la sazón era un estudiante de la UNI.

Como éramos “chibolos” nos correspondía ir al Saeta, un club de niños que estaba en la calle Diez Canseco de Miraflores, frente a Monterrey. Era el año 1963. En ese club había una mesa de ping pong en la habitación más grande, una pequeña salita donde daban las charlas y un patio muy pequeño donde había un tablero de basket para jugar quinelas.

Iba al club con mis amigos todos los sábados; después del ping pong llegaba muy elegante José Ramón de Dolarea, un abogado español que nos daba unas charlas y luego nos invitaba a una meditación que se predicaba en la residencia Los Andes de la Av. Pardo, que era la única casa del Opus Dei que había en el Perú.

 

Residencia Los Andes en 1963

En Los Andes nos hablaban mucho del Padre Josemaría Escrivá de Balaguer, el Fundador del Opus Dei. Mis amigos y yo, chicos aún, escuchábamos con atención y poco a poco iba creciendo en nosotros una admiración y un afecto por el Fundador del Opus Dei.

Era un Padre que decía que todos podíamos ser santos, y a nosotros nos proponían un programa de santidad. Teníamos una ilusión grande, mis amigos y yo, porque esa meta conjugaba perfectamente con nuestras aficiones deportivas; nos invitaban a jugar partidos de fútbol todas las semanas y se organizaban paseos con mucha frecuencia. A mi me gustaba tocar guitarra, formaba parte, con unos compañeros de colegio, de una banda musical. Eran muy frecuentes las tertulias con las canciones que estaban de moda en los gloriosos años 60.

 

En Roma, con San Josemaría

Nunca me imaginé que a la vuelta de unos años más, cuando tenía 20, iba a vivir en la misma casa que el Fundador del Opus Dei.

Mi llegada a Roma fue para mi algo increíble y cuando vi a San Josemaría por primera vez me quedé asombrado, él tenía 67 años y parecía que tenía mi edad, me inspiraba una gran confianza. Su mirada y su sonrisa penetraban en el alma. Estaba frente a un santo que derrochaba cariño y conquistaba a todos.

Mirándolo a él aumentaba mi deseo de ser santo. Me preguntó: “¿de dónde eres?” - Le dije: “de Lima, Padre”- Fue en una reunión repleta de muchachos de varios países donde todos éramos, más o menos, coetáneos. Al oír mi respuesta San Josemaría les dijo a los demás: “sabéis que en el Perú las frutas son muy grandes, no son como las de aquí, que son pequeñitas…” Luego dirigiéndose a mi me dijo bromeando: “ojalá tú crezcas como las frutas de tu país”

Esos años romanos fueron los mejores de mi vida. Constantemente veíamos a San Josemaría y en algunas temporadas todos los días. Él nos decía que podíamos verle cuando quisiéramos y que nos atendería enseguida. Nos conocía muy bien, sabía detalles de nuestra familia y muchas veces nos preguntaba cómo estaban. Nos aconsejaba para que quisiéramos mucho a nuestros papás, decía que el cuarto mandamiento del Decálogo tendría que ser el dulcísimo precepto.

 

Con una banda de guitarras eléctricas y batería

Me faltó tiempo para crear, desde el primer año romano, una banda musical, con chicos de otros países. Un día ensayamos una canción y se la cantamos a San Josemaría en el aula magna repleta de gente. La canción, que estaba de moda, era: “La lluvia caerá”. Al terminar de cantar San Josemaría dijo en voz alta: “estos han dicho cantando que “el mundo está cambiando y que cambiará más, ¡no saben lo que están diciendo!” San Josemaría nos abría los ojos para que nos diéramos cuenta que el mundo podría cambiar para bien si realmente somos santos y si no lo somos el mundo iría peor.

 

Viéndonos jugar fútbol

Creo que en Roma jugué todos los partidos de fútbol que se programaban, al menos una vez por semana y era admirable ver a San Josemaría en una esquina de la cancha observando el partido. A él no le gustaba el fútbol, pero como nos quería tanto iba a vernos jugar. Cuando veía que estaba, trataba de lucirme con las jugadas y desde luego meter un gol. Me encantaba que el Padre lo celebrara.

 

Paseando por las calles de Roma con San Josemaría

Un día el Padre me dijo: “¿qué tienes que hacer?” – Le dije lo que tenía que hacer y me dijo: “sigue no más, has lo que tengas que hacer”. Me dejó pensando. Al día siguiente me volvió a preguntar: “¿qué tienes que hacer?” – Yo me froté las manos y le dije: “¡nada!” – Él me miró y me preguntó: “¿Nada?” Y añadió enseguida: “si aquí hay mucho trabajo, diles que te den un encargo” – Me quedé sin saber qué decir. Yo sabía que San Josemaría estaba saliendo a pasear y buscaba que alguno lo acompañe. Pasaron unos días y me volvió a preguntar: “¿qué tienes que hacer? Le dije lo que tenía que hacer y añadí que tenía tiempo porque eso lo podría hacer más tarde. “Entonces me puedes acompañar” me dijo sonriendo, “¡claro Padre”!  y salimos caminando por las calles romanas San Josemaría, el beato Álvaro del Portillo, un colombiano y yo. Fue un paseo inolvidable.

Confidencia con San Josemaría

Fue a San Josemaría al que le dije que estaba dispuesto a ser sacerdote. Estábamos caminando juntos solo los dos y le dije de mi disposición, él enseguida me dijo lo siguiente: “me da mucha alegría lo que me dices, cuando pasen los años te preguntaremos y si me dices que no, también me das mucha alegría ¡Viva la Libertad!”

San Josemaría fue para mi un gran maestro del Amor a Dios y de la Libertad. Era un Padre y amigo a la vez, que me conocía muy bien y rezaba por mi. 

Unos años después en Pamplona, San Josemaría desfilaba en la Universidad de Navarra con el cortejo de catedráticos que se dirigían al aula magna para una ceremonia. Él era el gran canciller y venía, muy elegante con sus vestes académicas. Cuando me vió, se salió del desfile y se acercó a mi para saludarme y preguntarme cómo estaba.

Así era San Josemaría, un verdadero Padre que estaba pendiente de sus hijos a quienes quería de verdad con una Paternidad admirable. (P. Manuel Tamayo)

domingo, 20 de agosto de 2023

 UN SANTO QUE DIO SU VIDA POR LA IGLESIA

“Para mí, después de la Trinidad Santísima y de nuestra Madre la Virgen, en la Jerarquía del amor, viene el Papa. No puedo olvidar que fue S.S. Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad parecía a más de uno una herejía como tampoco se me olvida que las primeras palabras de cariño y afecto que recibí en Roma, en 1946, me las dijo el entonces Mons. Montini. Tengo también muy grabado el encanto afable y paterno de Juan XXIII, todas las veces que tuve ocasión de visitarle. Una vez le dije: "en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Su Santidad..." Y el Santo Padre Juan se reía, emocionado. ¿Qué quiere que le diga? Siempre los Romanos Pontífices, todos, han tenido con el Opus Dei comprensión y cariño”. (San Josemaría, Lealtad con la Iglesia)

Nuestra Santa Madre la Iglesia, en magnífica extensión de amor, va esparciendo la semilla del Evangelio por todo el mundo. Desde Roma a la periferia. Al colaborar tú en esa expansión, por el orbe entero, lleva la periferia al Papa, para que la tierra toda sea un solo rebaño y un solo Pastor: ¡un solo apostolado! (San Josemaría, Conversaciones, 46)

Ofrece la oración, la expiación y la acción por esta finalidad: «ut sint unum!» –para que todos los cristianos tengamos una misma voluntad, un mismo corazón, un mismo espíritu: para que «omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!» –que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María. (San Josemaría, Forja 638)

COMENTARIO

Gracias a Dios tuve la dicha de vivir en Roma junto a San Josemaría Escrivá en los últimos años de su vida. Yo tenía 21 años y San Josemaría me enseñó, con su ejemplo y sus palabras, a querer mucho a la Iglesia y al Papa. Recalcaba muchas veces, para que se nos grabara bien, que la Iglesia está asistida por el Espíritu Santo y que era santa, que el Papa es el Vice Cristo y que había que amarlo mucho, sea quien sea.

Los otros jóvenes que estaban conmigo en Roma teníamos más o menos la misma edad, unos más otros menos, y participábamos de los mismos ambientes en la casa central del Opus Dei. Estuve en Roma de 1969 a 1972. Esos años fueron para mi gloriosos e inolvidables. Estar allí con gente buenísima y valiosísima era una verdadera fortuna.

 

Rezar por la santidad de los sacerdotes

San Josemaría nos hablaba constantemente de la Iglesia y nos decía que teníamos que rezar todos los días por la santidad de los sacerdotes, desde el Papa hasta el último que se haya ordenado en la última diócesis del mundo.

Un día, después del desayuno, en una tertulia donde estaríamos unas 120 personas, todos apretados y alrededor de San Josemaría nos pedía encarecidamente que recemos mucho por la Iglesia y por el Papa.

Al terminar la tertulia la mayoría salió a dar un paseo por Roma. Nos animaban a salir para visitar los lugares históricos más importantes del centro de la cristiandad. Ese domingo me quedé en casa conversando con un chico colombiano sobre los últimos discos de música moderna que habían salido. Estábamos en el living y de pronto apareció San Josemaría acompañado del Beato Álvaro del Portillo. El colombiano y yo nos íbamos a retirar pensando que San Josemaría tendría allí una reunión, pero él nos dijo que nos quedáramos. Y estuvimos los 4 juntos. San Josemaría mirándome a los ojos me dijo: “tienes cara de Pascua”, -luego lo miró a Don Álvaro, y dijo: “yo perdí la inocencia cuando llegué a Roma” – Después, dirigiéndose a mi de nuevo me dijo: “si de lo que el Padre ha dicho esta mañana tú quieres más a la Iglesia y al Papa, tú habrás hecho una buena cosa y yo habré cumplido con mi misión”

 

La Iglesia necesita de nuestras oraciones

Nosotros jóvenes la pasábamos en grande en Roma, quizá con bastante inocencia, porque no alcanzábamos a darnos cuenta de los problemas que pudieran haber y que le afectaban tanto a San Josemaría. Nos dábamos cuenta que sufría mucho. Nunca nos dijo algo que suscitara en nosotros una aversión o un pesimismo frente a situaciones dolorosas. Todo lo que nos decía motivaba el amor a Dios, la comprensión y el amor a los demás.

San Josemaría era una potencia suplicante para pedir por la Iglesia, con una esperanza tan grande que contagiaba a todos los que le escuchaban o se acercaban a él.

San Josemaría en esos años, ofrecía su vida por la Iglesia y salió de Roma para pedir oraciones a miles de personas que visitó en España y en América. En esos años hizo innumerables romerías a los santuarios de la Virgen.

 

Unidad y Fidelidad

Cuando vino a América en su primer viaje el año 70 le pidió a la Virgen de Guadalupe en México que nos ayudara a todos en la Iglesia a estar unidos y a ser fieles. Y en el Perú, en 1974, les pidió a los sacerdotes que cuidaran sus seminarios para que florezcan muchas vocaciones sacerdotales.

En 4 de Agosto de 1974, fiesta del Santo Cura de Ars, me ordené sacerdote, junto a 44 profesionales del Opus Dei y al año siguiente, el 26 de junio de 1975, San Josemaría entregó su alma a Dios a la hora del Angelus mirando el cuadro de la Virgen de Guadalupe. Había ofrecido su vida por la Iglesia y el Señor la aceptó. (P. Manuel Tamayo)

martes, 15 de agosto de 2023

 OPINAR, NO INSULTAR Y PERDONAR

y Jesús se fue al monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. 10 Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? 11 Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más. (Juan 8, 1-11).

 

COMENTARIO

Los escribas y fariseos iban con la ley en la mano para que el Señor les dijera que había que cumplir la ley y por lo tanto esa mujer debería ser lapidada.

Ellos eran legalistas cien por cien, se tenía que cumplir al pie de la letra lo que decía la ley. Para ellos los aspectos humanos como la misericordia y el perdón no contaban. La mujer adúltera había caído en falta y merecía ejecución, porque así lo mandaba la ley.

 

Los maltratos de la legalidad

Si nos detenemos un momento para mirar la actitud de estos defensores de la ley, los estamos viendo ahora en los tiempos actuales, para ellos la misericordia y el perdón parecen no existir. La fidelidad estaría en el estricto cumplimiento de la ley a raja tabla.

Un viejo refrán dice: “para los enemigos la ley y para los amigos la epiqueya” (epiqueya es la interpretación prudente y moderada de la ley de acuerdo a las circunstancias y a cada persona).

En el evangelio que estamos comentando los justicieros ya estaban listos, con las piedras en las manos, para lapidar a la adultera, pero se sorprendieron con la actitud y las palabras de Jesús. “El que esté libre de pecado sea el primero en arrojar la piedra”

 

La arrogancia del que juzga

Mons. Álvaro del Portillo decía: “muchos de los que critican las conductas de las personas no sondean antes el propio corazón para ver cómo está”  

Hoy muchos jueces están peor que sus acusados y muchos de los que acusan, airados, e incluso con improperios, no les gusta que los acusen. Ellos creen que son los únicos que pueden acusar, o que tienen derecho para hacerlo.

 

Las peleas de los acusadores

Es penoso ver las peleas de los grandes acusadores, que van citando leyes a su favor para desprestigiar al otro. A ellos habría que decirles que se retiren de esas contiendas donde llueven los insultos, las acusaciones y los improperios y aprendan a perdonar y a pedir perdón, como hizo Jesús.

Cuentan que Santo Toribio de Mogrovejo, el segundo Arzobispo de Lima, quería mucho a sus sacerdotes y un día uno le falló con una falta grave. Santo Toribio lo mandó llamar y este sacerdote pensó que lo iba a castigar e incluso a expulsar del estado clerical.

Santo Toribio lo llevó hasta su cuarto y se empezó a flagelar delante de él. Este pobre sacerdote le gritaba: “¡No Monseñor, no siga, por favor! ¡Estoy muy arrepentido por todo lo que hice!” Y Santo Toribio le dijo: “me has fallado porque no recé lo suficientemente por ti” “yo tengo la culpa”

Santo Toribio sin ser culpable se creía más culpable que el sacerdote que había caído en falta. A él lo perdonaba.

El que sabe amar, sabe perdonar.

En esta escena del Evangelio, que estamos comentando, el Señor le dice a la mujer adúltera: “Si ninguno te condenó yo tampoco te condeno, vete, y no peques más”

Jesús misericordioso la perdona, le da otra oportunidad. Ella se retira con el propósito firme de no pecar más.

En el mundo está faltando la reconciliación y el perdón. Hay demasiadas condenas y poco perdón. Debería ser al revés. Que abunde el perdón que es el camino de la reconciliación.

Somos personas distintas, con distintos gustos y opiniones. Que sepamos ir de la mano del que no piensa como nosotros, pero no dejemos que se encienda la ira que lleva al maltrato y a la violencia. Eso, Dios no lo quiere.

Como dice un viejo refrán del de los Boys Scouts: “Hagamos todo por amor y nada por la fuerza, ¡siempre lo mejor!”  (P. Manuel Tamayo).

viernes, 11 de agosto de 2023

 LA OBRA QUE DIOS TRANSMITIÓ A UN SANTO

En la década de los años 70 vivía en Roma en la misma casa donde vivía San Josemaría Escrivá de Balaguer. Éramos aproximadamente 120 muchachos. La media de edad estaría en los 25 años. Yo tenía 20.

Allí le escuche decir a San Josemaría que el Opus Dei era de Dios. Que él solo era el instrumento de Dios y que el 2 de Octubre de 1928 vio lo que el Señor quiso que fundara, y que existiría hasta el final de los tiempos.

Nos contó de las dificultades que hubieron en los comienzos para que se entendiera el Opus Dei, porque en esos años no se concebía que un laico pudiera ser santo. Para ser santo había que entrar en un convento y hacerse clérigo. Pero que el Señor le había dicho a él, que todos podemos ser santos y entonces San Josemaría difundió la llamada Universal a la Santidad.

Nos contó que cuando Don Álvaro del Portillo viajó a Roma para hacer las primeras gestiones en la Santa Sede, para la aprobación del Opus Dei, le recibió Mons. Montini, que después fue el Papa Paulo VI. Monseñor, al ver los papeles le dijo a Don Álvaro que habían llegado con un siglo de anticipación.

En aquellos años y también después algunos no entenderían el carácter secular de la Obra. San Josemaría tenía un gran amor a la libertad y nos decía que confiaba más en lo que nosotros le decíamos que si cien notarios afirmaran lo contrario.

Nos hablaba continuamente de responsabilidad personal y nos decía que la santidad era personal, no comunitaria, y si nosotros le decíamos que sí al Señor era porque nos daba la gana, y que esa era la razón más sobrenatural.

Rezaba y nos pedía oraciones para que se resolviera la situación jurídica del Opus Dei. Se rezó mucho y durante muchos años fueron apareciendo las aprobaciones, pero según San Josemaría, todavía no calzaban con lo que el Señor le había pedido y había que seguir rezando.

La Iglesia recogió lo que el Señor le pidió al Fundador del Opus Dei, y a través de la Constitución apostólica “Ut Sit” de un Papa Santo, San Juan Pablo II, fue entregada en forma de bula y datada el 28 de noviembre de 1982; con esta constitución se erige al Opus Dei como Prelatura personal bajo el nombre de "Prelatura de la Santa Cruz y del Opus Dei".

Era lo que el Señor quería y que forma parte del Carisma del Opus Dei que el Señor transmitió a su Fundador.

San Josemaría es ahora un santo de la Iglesia católica. El Opus Dei, fundado por él, está ahora en todos los continentes del mundo y forman parte de él, miles de personas.

Nos decía San Josemaría constantemente que el Opus Dei nació para servir a la Iglesia como la Iglesia desea ser servida.

Todo lo que hay hoy en la Obra y lo que hacen los miembros del Opus Dei es un servicio constante a la Iglesia.

El 2028, el Opus Dei cumplirá 100 años.  San Paulo VI, canonizado por el Papa Francisco el 2018, dijo que había que esperar 100 años. Estamos en el umbral de esa fecha señalada por un Papa Santo.

Todos en el Opus Dei vivimos llenos de esperanza en esa fecha, con la certeza de recibir del Cielo las gracias necesarias para seguir realizando, con más fuerza y vitalidad, lo que San Josemaría llamó catequesis universal, y elevar las voces de la llamada universal a la Santidad.

San Josemaría nos decía constantemente: “Estas crisis mundiales son crisis de santos” (P. Manuel Tamayo)

sábado, 5 de agosto de 2023

 EL RELATIVISMO DE PILATOS

“El relativismo ético y moral afirma que no hay moral ni ética universal. Tanto el relativismo como el subjetivismo afirman que la verdad es relativa a cada individuo” (Diccionario).

Lavarse las Manos”. Usualmente utilizamos esta expresión para señalar el sentido de desentenderse de la responsabilidad en cualquier asunto. Ciertamente, al igual que desaparece la suciedad al lavarse las manos, metafóricamente también desaparece la responsabilidad. Del mismo modo, también utilizamos esta alusión cuando sabemos que alguien pretende eludir las consecuencias de las propias acciones. Lo triste, es que muchas acciones como las de Pilato, condenan a personas inocentes, y el que se lava las manos, se cree libre de culpa y se queda muy tranquilo”, (Pedro Donoso).

 

COMENTARIO

El que no conoce la verdad porque no quiere, se vuelve irresponsable y se denigra como persona. Todo ser humano tiene que conocer la verdad. La verdad le da libertad y una gran capacidad para resolver los asuntos.

El mal más grande se llama ignorancia y ésta puede ser culpable. Es culpable cuando uno tiene los medios para salir de ella y no quiere utilizarlos.

Cuando una sociedad cae en el relativismo es porque la verdad está escondida y no se la valora. Cuando sucede esto se pierde la noción del bien y del mal. Da todo lo mismo. La falta de conocimiento por no ir a la verdad es ignorancia, y como dice el refrán: “Del pecado de ignorancia el demonio saca ganancia” por eso es que la ignorancia se considera siempre como el peor de los males.

Pilatos tenía delante la Verdad y no la quiso reconocer, prefirió no perder el prestigio frente a las otras autoridades y actuó con lo que era en esos tiempos “lo políticamente correcto” Fue cobarde porque su conducta permitió que se cometiera una gran injusticia con el Hombre más bueno, nada menos que con el Hijo de Dios.

Lavarse las manos quiere decir: “yo no tengo nada que ver” “yo no quiero enterarme” “yo no me hago responsable” “yo no tengo la culpa”

El miedo a la verdad

Hoy muchas personas no asumen su papel, se quitan y no quieren complicarse la vida cuando ven que hay un ambiente de consenso con lo que es “políticamente correcto”, toman decisiones “políticas” que son injustas y que hacen daño. Huyen cobardemente, como Pilatos, de la responsabilidad de involucrarse.

La huida de los culpables

Hoy los que se escapan son legión, tiran la piedra y cierran los ojos. Se pueden observar en distintas ocasiones a multitudes despavoridas y desbocadas que arremeten contra lo que pueden arrojando piedras o quemando locales para luego huir cobardemente y echarle la culpa a las fuerzas del orden, que están cumpliendo su misión para protegernos.

Es indignante cuando se levanta una campaña que cubre a los verdaderos culpables que organizaron la violencia y se quiere castigar a los que llegaron para evitar los desmanes y proteger a la población.

Los Pilatos del siglo XXI

Por todas partes aparecen los Pilatos que se quieren lavar las manos y no les importa lo que le hagan a los demás. Solo buscan salvar su “pellejo” siendo los verdaderos culpables.

Estas mentalidades surgen en los ambientes relativistas donde la verdad está escondida y pesan más los argumentos de conveniencia, lo que es “políticamente correcto” aunque se cometan muchas injusticias. Quienes actúan así terminarán como Pilatos. (P. Manuel Tamayo).