UN SANTO QUE DIO SU VIDA POR LA IGLESIA
“Para mí, después de la Trinidad Santísima y de nuestra Madre la
Virgen, en la Jerarquía del amor, viene el Papa. No puedo olvidar que fue S.S.
Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad
parecía a más de uno una herejía como tampoco se me olvida que las primeras
palabras de cariño y afecto que recibí en Roma, en 1946, me las dijo el
entonces Mons. Montini. Tengo también muy grabado el encanto afable y paterno
de Juan XXIII, todas las veces que tuve ocasión de visitarle. Una vez le dije:
"en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no,
un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Su Santidad..." Y el
Santo Padre Juan se reía, emocionado. ¿Qué quiere que le diga? Siempre los
Romanos Pontífices, todos, han tenido con el Opus Dei comprensión y cariño”.
(San Josemaría, Lealtad con la Iglesia)
Nuestra Santa Madre la Iglesia, en magnífica extensión de amor,
va esparciendo la semilla del Evangelio por todo el mundo. Desde Roma a la
periferia. Al colaborar tú en esa expansión, por el orbe entero, lleva la
periferia al Papa, para que la tierra toda sea un solo rebaño y un solo Pastor:
¡un solo apostolado! (San Josemaría,
Conversaciones, 46)
Ofrece la oración, la expiación y la acción por esta finalidad:
«ut sint unum!» –para que todos los cristianos tengamos una misma voluntad, un
mismo corazón, un mismo espíritu: para que «omnes cum Petro ad Iesum per
Mariam!» –que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María. (San Josemaría, Forja 638)
COMENTARIO
Gracias a Dios tuve la dicha de vivir en
Roma junto a San Josemaría Escrivá en los últimos años de su vida. Yo tenía 21
años y San Josemaría me enseñó, con su
ejemplo y sus palabras, a querer mucho a la Iglesia y al Papa. Recalcaba
muchas veces, para que se nos grabara
bien, que la Iglesia está asistida por el Espíritu Santo y que era santa, que
el Papa es el Vice Cristo y que había que amarlo mucho, sea quien sea.
Los otros jóvenes que estaban conmigo en
Roma teníamos más o menos la misma edad, unos
más otros menos, y participábamos de los mismos ambientes en la casa
central del Opus Dei. Estuve en Roma de 1969 a 1972. Esos años fueron para mi
gloriosos e inolvidables. Estar allí con gente buenísima y valiosísima era una
verdadera fortuna.
Rezar por la santidad de
los sacerdotes
San Josemaría nos hablaba constantemente
de la Iglesia y nos decía que teníamos que rezar todos los días por la santidad
de los sacerdotes, desde el Papa hasta el último que se haya ordenado en la última
diócesis del mundo.
Un día, después del desayuno, en una
tertulia donde estaríamos unas 120 personas, todos apretados y alrededor de San
Josemaría nos pedía encarecidamente que recemos mucho por la Iglesia y por el
Papa.
Al terminar la tertulia la mayoría salió
a dar un paseo por Roma. Nos animaban a salir para visitar los lugares
históricos más importantes del centro de la cristiandad. Ese domingo me quedé
en casa conversando con un chico colombiano sobre los últimos discos de música
moderna que habían salido. Estábamos en el living y de pronto apareció San
Josemaría acompañado del Beato Álvaro del Portillo. El colombiano y yo nos
íbamos a retirar pensando que San Josemaría tendría allí una reunión, pero él
nos dijo que nos quedáramos. Y estuvimos los 4 juntos. San Josemaría mirándome
a los ojos me dijo: “tienes cara de Pascua”, -luego lo miró a Don Álvaro, y dijo: “yo perdí la inocencia cuando llegué a Roma” – Después,
dirigiéndose a mi de nuevo me dijo: “si de lo que el Padre ha dicho esta mañana tú quieres más a la Iglesia
y al Papa, tú habrás hecho una buena cosa y yo habré cumplido con mi misión”
La Iglesia necesita de
nuestras oraciones
Nosotros jóvenes la pasábamos en grande
en Roma, quizá con bastante inocencia, porque no alcanzábamos a darnos cuenta
de los problemas que pudieran haber y que le afectaban tanto a San Josemaría.
Nos dábamos cuenta que sufría mucho. Nunca nos dijo algo que suscitara en
nosotros una aversión o un pesimismo frente a situaciones dolorosas. Todo lo
que nos decía motivaba el amor a Dios, la comprensión y el amor a los demás.
San Josemaría era una potencia
suplicante para pedir por la Iglesia, con una esperanza tan grande que contagiaba
a todos los que le escuchaban o se acercaban a él.
San Josemaría en esos años, ofrecía su
vida por la Iglesia y salió de Roma para pedir oraciones a miles de personas
que visitó en España y en América. En esos años hizo innumerables romerías a
los santuarios de la Virgen.
Unidad y Fidelidad
Cuando vino a América en su primer viaje
el año 70 le pidió a la Virgen de Guadalupe en México que nos ayudara a todos
en la Iglesia a estar unidos y a ser fieles. Y en el Perú, en 1974, les pidió a
los sacerdotes que cuidaran sus seminarios para que florezcan muchas vocaciones
sacerdotales.
En 4 de Agosto de 1974, fiesta del Santo
Cura de Ars, me ordené sacerdote, junto a 44 profesionales del Opus Dei y al
año siguiente, el 26 de junio de 1975, San Josemaría entregó su alma a Dios a
la hora del Angelus mirando el cuadro
de la Virgen de Guadalupe. Había ofrecido su vida por la Iglesia y el Señor la
aceptó. (P. Manuel Tamayo)
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