OPINAR, NO INSULTAR Y PERDONAR
8 1 y Jesús se fue
al monte de los Olivos. 2 Y por la
mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les
enseñaba. 3 Entonces los
escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y
poniéndola en medio, 4 le
dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. 5 Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a
tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? 6 Mas
esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el
suelo, escribía en tierra con el dedo. 7 Y
como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros
esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. 8 E inclinándose de nuevo hacia el suelo,
siguió escribiendo en tierra. 9 Pero
ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando
desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que
estaba en medio. 10 Enderezándose
Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los
que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? 11 Ella
dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no
peques más. (Juan 8, 1-11).
COMENTARIO
Los escribas y fariseos iban con la ley
en la mano para que el Señor les dijera que había que cumplir la ley y por lo tanto
esa mujer debería ser lapidada.
Ellos eran legalistas cien por cien, se
tenía que cumplir al pie de la letra lo que decía la ley. Para ellos los
aspectos humanos como la misericordia y el perdón no contaban. La mujer
adúltera había caído en falta y merecía ejecución, porque así lo mandaba la
ley.
Los maltratos de la
legalidad
Si nos detenemos un momento para mirar
la actitud de estos defensores de la ley, los
estamos viendo ahora en los tiempos actuales, para ellos la misericordia y
el perdón parecen no existir. La fidelidad estaría en el estricto cumplimiento
de la ley a raja tabla.
Un viejo refrán dice: “para
los enemigos la ley y para los amigos la epiqueya” (epiqueya es la interpretación prudente y moderada de la ley de acuerdo
a las circunstancias y a cada persona).
En el evangelio que estamos comentando los
justicieros ya estaban listos, con las piedras en las manos, para lapidar a la adultera,
pero se sorprendieron con la actitud y las palabras de Jesús. “El que esté libre de pecado sea el
primero en arrojar la piedra”
La arrogancia del que juzga
Mons. Álvaro del Portillo decía: “muchos de los que critican las conductas de las personas no sondean
antes el propio corazón para ver cómo está”
Hoy muchos jueces están peor que sus
acusados y muchos de los que acusan, airados,
e incluso con improperios, no les gusta que los acusen. Ellos creen que son
los únicos que pueden acusar, o que tienen derecho para hacerlo.
Las peleas de los acusadores
Es penoso ver las peleas de los grandes
acusadores, que van citando leyes a su favor para desprestigiar al otro. A
ellos habría que decirles que se retiren de esas contiendas donde llueven los
insultos, las acusaciones y los improperios y aprendan a perdonar y a pedir
perdón, como hizo Jesús.
Cuentan que Santo Toribio de Mogrovejo,
el segundo Arzobispo de Lima, quería mucho a sus sacerdotes y un día uno le
falló con una falta grave. Santo Toribio lo mandó llamar y este sacerdote pensó
que lo iba a castigar e incluso a expulsar del estado clerical.
Santo Toribio lo llevó hasta su cuarto y
se empezó a flagelar delante de él. Este pobre sacerdote le gritaba: “¡No Monseñor, no siga, por favor! ¡Estoy
muy arrepentido por todo lo que hice!” Y Santo
Toribio le dijo: “me has fallado porque no recé lo suficientemente por ti” “yo tengo la
culpa”
Santo Toribio sin ser culpable se creía
más culpable que el sacerdote que había caído en falta. A él lo perdonaba.
El que sabe amar, sabe
perdonar.
En esta escena del Evangelio, que
estamos comentando, el Señor le dice a la mujer adúltera: “Si ninguno te condenó yo tampoco te
condeno, vete, y no peques más”
Jesús misericordioso la perdona, le da otra
oportunidad. Ella se retira con el propósito firme de no pecar más.
En el mundo está faltando la
reconciliación y el perdón. Hay demasiadas condenas y poco perdón. Debería ser
al revés. Que abunde el perdón que es el camino de la reconciliación.
Somos personas distintas, con distintos
gustos y opiniones. Que sepamos ir de la mano del que no piensa como nosotros,
pero no dejemos que se encienda la ira que lleva al maltrato y a la violencia.
Eso, Dios no lo quiere.
Como dice un viejo refrán del de los
Boys Scouts: “Hagamos todo por amor y nada por la fuerza, ¡siempre lo mejor!” (P. Manuel Tamayo).
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