COMO ME QUERÍA SAN JOSEMARÍA
Cuando tenía 14 años un compañero de
colegio me invitó a un Centro del Opus Dei. Estudiaba en el colegio SSCC
Recoleta y fui por primera vez, con varios compañeros de mi clase, a una
charla, que daba Juan Luis Cipriani, que a la sazón era un estudiante de la
UNI.
Como éramos “chibolos” nos correspondía
ir al Saeta, un club de niños que estaba en la calle Diez Canseco de
Miraflores, frente a Monterrey. Era el año 1963. En ese club había una mesa de
ping pong en la habitación más grande, una pequeña salita donde daban las
charlas y un patio muy pequeño donde había un tablero de basket para jugar
quinelas.
Iba al club con mis amigos todos los
sábados; después del ping pong llegaba muy elegante José Ramón de Dolarea, un
abogado español que nos daba unas charlas y luego nos invitaba a una meditación
que se predicaba en la residencia Los Andes de la Av. Pardo, que era la única
casa del Opus Dei que había en el Perú.
Residencia Los Andes en
1963
En Los Andes nos hablaban mucho del
Padre Josemaría Escrivá de Balaguer, el Fundador del Opus Dei. Mis amigos y yo,
chicos aún, escuchábamos con atención y poco a poco iba creciendo en nosotros
una admiración y un afecto por el Fundador del Opus Dei.
Era un Padre que decía que todos podíamos
ser santos, y a nosotros nos proponían un programa de santidad. Teníamos una
ilusión grande, mis amigos y yo,
porque esa meta conjugaba perfectamente con nuestras aficiones deportivas; nos
invitaban a jugar partidos de fútbol todas las semanas y se organizaban paseos
con mucha frecuencia. A mi me gustaba tocar guitarra, formaba parte, con unos compañeros de colegio, de una
banda musical. Eran muy frecuentes las tertulias con las canciones que estaban
de moda en los gloriosos años 60.
En Roma, con San
Josemaría
Nunca me imaginé que a la vuelta de unos
años más, cuando tenía 20, iba a
vivir en la misma casa que el Fundador del Opus Dei.
Mi llegada a Roma fue para mi algo
increíble y cuando vi a San Josemaría por primera vez me quedé asombrado, él
tenía 67 años y parecía que tenía mi edad, me inspiraba una gran confianza. Su
mirada y su sonrisa penetraban en el alma. Estaba frente a un santo que
derrochaba cariño y conquistaba a todos.
Mirándolo a él aumentaba mi deseo de ser
santo. Me preguntó: “¿de dónde eres?” -
Le dije: “de Lima, Padre”- Fue en una
reunión repleta de muchachos de varios países donde todos éramos, más o menos,
coetáneos. Al oír mi respuesta San Josemaría les dijo a los demás: “sabéis que en el Perú las frutas son muy
grandes, no son como las de aquí, que son pequeñitas…” Luego dirigiéndose a
mi me dijo bromeando: “ojalá tú crezcas
como las frutas de tu país”
Esos años romanos fueron los mejores de
mi vida. Constantemente veíamos a San Josemaría y en algunas temporadas todos
los días. Él nos decía que podíamos verle cuando quisiéramos y que nos atendería
enseguida. Nos conocía muy bien, sabía detalles de nuestra familia y muchas
veces nos preguntaba cómo estaban. Nos aconsejaba para que quisiéramos mucho a
nuestros papás, decía que el cuarto mandamiento del Decálogo tendría que ser el
dulcísimo precepto.
Con una banda de
guitarras eléctricas y batería
Me faltó tiempo para crear, desde el
primer año romano, una banda musical, con chicos de otros países. Un día
ensayamos una canción y se la cantamos a San Josemaría en el aula magna repleta
de gente. La canción, que estaba de moda, era: “La lluvia caerá”. Al terminar
de cantar San Josemaría dijo en voz alta: “estos
han dicho cantando que “el mundo está cambiando y que cambiará más, ¡no saben
lo que están diciendo!” San Josemaría nos abría los ojos para que nos
diéramos cuenta que el mundo podría cambiar para bien si realmente somos santos
y si no lo somos el mundo iría peor.
Viéndonos jugar fútbol
Creo que en Roma jugué todos los
partidos de fútbol que se programaban, al menos una vez por semana y era
admirable ver a San Josemaría en una esquina de la cancha observando el
partido. A él no le gustaba el fútbol, pero como nos quería tanto iba a vernos
jugar. Cuando veía que estaba, trataba de lucirme con las jugadas y desde luego
meter un gol. Me encantaba que el Padre lo celebrara.
Paseando por las calles
de Roma con San Josemaría
Un día el Padre me dijo: “¿qué tienes que hacer?” – Le dije lo
que tenía que hacer y me dijo: “sigue no
más, has lo que tengas que hacer”. Me dejó pensando. Al día siguiente me
volvió a preguntar: “¿qué tienes que
hacer?” – Yo me froté las manos y le dije: “¡nada!” – Él me miró y me preguntó: “¿Nada?” Y añadió enseguida: “si
aquí hay mucho trabajo, diles que te den un encargo” – Me quedé sin saber
qué decir. Yo sabía que San Josemaría estaba saliendo a pasear y buscaba que
alguno lo acompañe. Pasaron unos días y me volvió a preguntar: “¿qué tienes que hacer? Le dije lo que
tenía que hacer y añadí que tenía tiempo porque eso lo podría hacer más tarde. “Entonces me puedes acompañar” me dijo
sonriendo, “¡claro Padre”! y salimos caminando por las calles romanas
San Josemaría, el beato Álvaro del Portillo, un colombiano y yo. Fue un paseo
inolvidable.
Confidencia con San
Josemaría
Fue a San Josemaría al que le dije que
estaba dispuesto a ser sacerdote. Estábamos caminando juntos solo los dos y le
dije de mi disposición, él enseguida me dijo lo siguiente: “me da mucha alegría lo que me dices, cuando pasen los años te
preguntaremos y si me dices que no, también me das mucha alegría ¡Viva la
Libertad!”
San Josemaría fue para mi un gran
maestro del Amor a Dios y de la Libertad. Era un Padre y amigo a la vez, que me
conocía muy bien y rezaba por mi.
Unos años después en Pamplona, San Josemaría
desfilaba en la Universidad de Navarra con el cortejo de catedráticos que se
dirigían al aula magna para una ceremonia. Él era el gran canciller y venía,
muy elegante con sus vestes académicas. Cuando me vió, se salió del desfile y
se acercó a mi para saludarme y preguntarme cómo estaba.
Así era San Josemaría, un verdadero
Padre que estaba pendiente de sus hijos a quienes quería de verdad con una
Paternidad admirable. (P. Manuel Tamayo)
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