domingo, 22 de octubre de 2023

 SANTIDAD DURANTE LA GUERRA

San Josemaría y otros santos en la guerra civil española

¿No le parece que ha sido una guerra sin razón? ¿No le parece que España es lo suficientemente grande para que convivamos todos... aún con maneras diferentes de pensar (San Josemaría, sobre la guerra).

“Si se ha de amar también a los enemigos, me refiero a los que nos colocan entre sus enemigos: yo no me siento enemigo de nadie ni de nada”

 “Caridad siempre, con todos... Violencia, nunca. No la comprendo, no me parece apta ni para convencer ni para vencer... El error se combate con la oración, con la gracia de Dios, con razonamientos desapasionados, ¡estudiando y haciendo estudiar!, y, repito, con la caridad. Por eso, cuando alguno intentara maltratar a los equivocados, estad seguros de que sentiré el impulso interior de ponerme junto a ellos, para seguir por amor de Dios la suerte que ellos sigan” (San Josemaría Escrivá).

 

COMENTARIO

A finales de los años 60 estuve en Roma con San Josemaría y Don Álvaro del Portillo. No fueran poco las ocasiones en las que les oí hablar de las guerras que habían ocurrido unos años antes en España y en todo el mundo, donde murieron millones de personas.

Quienes nos contaban de las guerras, porque habían estado en ellas, intentaban abrirnos los ojos para que nos diéramos cuenta de las atrocidades que se cometen en los conflictos bélicos y que no existe justificación alguna para que los seres humanos se maten entre ellos.

La Iglesia siempre ha rezado por la paz y San Josemaría nos decía que nosotros debíamos ser “sembradores de paz y de alegría” en todo el mundo. Sus palabras tienen vigencia, quizá ahora más que nunca.

 

Situaciones de guerra

Durante la guerra civil española San Josemaría tuvo que esconderse para que no lo mataran. Fue una guerra contra la religión. El Beato Álvaro del Portillo (primer Obispo Prelado del Opus Dei) nos contaba que se incendiaron muchas iglesias y que los milicianos disparaban contra las imágenes y perseguían a los católicos para matarlos solo por el hecho de ser católicos.

Un día, durante la guerra civil española, Don Álvaro estaba conversando con un amigo suyo en un lugar donde había una imagen de un santo. Al instante entran los milicianos armados para maltratarlos. En medio de un diálogo, cargado de insultos y de improperios, un miliciano que estaba fumando coloca su cigarrillo encendido en la boca del santo de la imagen y se burla. El amigo de Don Álvaro, indignado, retira el cigarrillo de la imagen y lo tira al suelo. El miliciano furioso saca su arma y lo mata, delante de Don Álvaro. Es el odio de la guerra contra la religión. Algo diabólico.

 

Matar para defender y matar por odio

Si cualquiera de nosotros está con un amigo y de pronto entra un agresor para matar a nuestro amigo y nosotros, segundos antes que cometa su crimen, le disparamos y lo matamos; si no teníamos otra alternativa, no hemos cometido ninguna falta, no lo matamos por odio, hemos defendido a nuestro amigo de ser asesinado en ese instante. Tenemos derecho a defendernos de los agresores.

Es distinto cuando hay odio en los corazones de las personas por distintas razones: heridas del pasado, resentimientos, sentimientos de venganza, fanatismos, afán de conquista con acciones de violencia despiadadas.

 

El origen de los odios

Cuando las personas se alejan de Dios es fácil que se distorsione el amor al prójimo; del amor propio surgen las discusiones y las contiendas que pueden llevar a saldos trágicos, desde pequeñas escaramuzas a una gran guerra.

El hombre que ha perdido el sentido del perdón se convierte en una bestia, que no le importa la vida humana y arremete como sea con afán de destruir. El ser humano puede ser peor que un animal en su agresividad. Los animales no matan tanto como los hombres.

Nos contaban en Roma, que después de terminar la guerra civil española, San Josemaría tomó un taxi y resulta que el taxista era un comunista que odiaba a los católicos y más aún, a los sacerdotes. En el trayecto San Josemaría, sin saber que el taxista era un enemigo de la guerra, le empezó a preguntar sobre su familia, su esposa y sus hijos. El taxista al girar y ver que era sacerdote, le dijo furioso: “ojalá le hubieran matado en la guerra”. San Josemaría antes de bajar le pagó más del doble y el taxista lo miró extrañado y antes que dijera nada San Josemaría, entregándole el dinero, le dijo: “el resto es para que le compre chocolates a sus hijos” y se bajó.

 

Ahogar el mal en abundancia de bien

Isidoro Zorzano Ledesma, numerario del Opus Dei, él era argentino y muy amigo de San Josemaría. Durante la Guerra, Isidoro, por ser extranjero, tenía más libertad de movimiento que los demás y podía transmitirle a todos lo que San Josemaría predicaba. Lo asombroso era su memoria de “elefante”; sin ningún papel podía transmitir lo que el Padre había dicho en sus prédicas. Ahora Isidoro está en proceso de canonización.

Don José María Hernández Garnica, uno de los primeros sacerdotes numerarios, nos contaba que iba en un camión con todos los que iban a ser fusilados. Era de noche y de pronto el camión para y en medió de un silencio atroz, oye su apellido ¡Garnica! pronunciado por una voz de mando, se abre la puerta de la tolva y un soldado le hace un gesto para que baje. En medio de la oscuridad Don José María desciende del camión y este sigue su recorrido. Don José María se queda solo en medio de la oscuridad, no había nadie y todos los del camión fueron fusilados. Nunca supo porque, ni quien dio la orden para que bajara.

Protegidos y guiados por la Providencia

San Josemaría y aquellos primeros numerarios rezaban todos los días, procuraban ayudar a los demás, estaban alegres y tenían mucha esperanza, en medio de las limitaciones y peligros de la guerra. En cualquier momento podían morir, pero confiaban en Dios y estaban dispuestos para aceptar lo que el Señor había dispuesto para ellos.

Otro numerario, que era médico y mayor que los demás, era el que hacía gestiones y solucionaba los impases que aparecían a cada rato. No podían equivocarse en las decisiones que tomaban. Estaban escapándose de la zona roja para pasar a otro frente.

Era Don Juan Jiménez Vargas, con notable interés nos enseñaba unas dispositivas que explicaban todo lo que tuvieron que pasar para huir con vida y proteger a San Josemaría de los peligros de la guerra. Fue milagroso el cruce de los Pirineos para pasar a la zona libre.

Todos sabían lo que Dios le había pedido al Fundador del Opus Dei para que la Obra pudiera extenderse por todo el mundo y sentían la responsabilidad de protegerlo.

En muchas ocasiones le hemos oído contar de la guerra a Don Vicente Rodríguez Casado, un gran historiador, numerario del Opus Dei, que vivió en “carne propia” esos momentos duros de la guerra y fue testigo privilegiado de la santidad de vida de San Josemaría y de los que lo acompañaban.

Don Vicente Rodríguez hizo muchos viajes al Perú para dar clases en la Universidad de Piura y exponer, en otras instituciones, que lo invitaban a dar conferencias de su especialidad.

Hoy, en los lugares más difíciles, donde hay guerras, persecuciones, ideologías de violencia, delincuencia y terrorismo, es muy probable que existan santos ocultos que estén ejerciendo una misión divina impresionante.

Dios sabe más, a nosotros nos toca rezar con fe y esperanza,  unidos al Santo Padre y a muchos cristianos que están rezando, para que el Señor nos alcance a todos, la ansiada paz que hace falta en el mundo. (P. Manuel Tamayo).

 

martes, 10 de octubre de 2023

 “POR UNA GRIETA A ENTRADO EL HUMO DE SATANÁS EN EL TEMPLO DE DIOS”

Paulo VI, el 29 de Junio de 1972, 10mo. aniversario de su Pontificado.

 

“Sabemos que somos de Dios, y que el mundo entero yace en poder del maligno”                 (1 Juan, 5,19)

“Quien está unido a Jesucristo por el Amor, no se dejará nunca engañar por un manejo fraudulento de la Escritura Santa, porque sabe que es típica obra del diablo tratar de confundir la conciencia cristiana, discurriendo dolosamente con los mismos términos empleados por la eterna Sabiduría, intentando hacer de la luz tinieblas” (Texto perteneciente al punto 63 del libro 'Es Cristo que pasa' de Josemaría Escrivá de Balaguer, en el capítulo 'La conversión de los hijos de Dios').

 

COMENTARIO

Estaba en Roma el año 1972 cuando el Papa Paulo VI advierte de la presencia de Satanás dentro de la Iglesia. Me encontraba yo en el Colegio Romano de la Santa Cruz escuchando a San Josemaría Escrivá que nos advertía para no dejarnos llevar por el príncipe de la mentira.

El Fundador del Opus Dei, con una pedagogía admirable, nos aconsejaba sobre las lecturas, haciéndonos ver que no podíamos leer cualquier libro, incluso algunos que tenían autorización eclesiástica, porque estaban llenos de herejías.

Sus advertencias las transmitía en un clima familiar donde reinaba la paz y la alegría, porque estaba convencido que el Espíritu Santo asistía a la Iglesia y nos pedía rezar para que pasaran esos momentos que, calificaba como “tiempos de la prueba”; con muchos ánimos nos decía que después del invierno llega la primavera, y para que conociéramos bien lo que estaba pasando, nos aclaraba diciéndonos, en qué consistían esas desviaciones, de algunos miembros de la Iglesia, en temas de moral y de doctrina.

 

Tenía un amor grande por la Iglesia y por el Papa

Se notaba en el modo de decirnos las cosas, un amor grande a la Iglesia y al Papa. A mi me dijo en concreto, después de una tertulia y mirándome a los ojos: “Si de lo que el Padre ha dicho esta mañana, tú sacas el propósito de rezar más por la Iglesia y el Papa, tú habrás hecho una buena cosa y yo habré cumplido con mi misión”

Siempre nos advertía, para que no dejáramos de luchar, porque el demonio no se toma vacaciones y ataca por la espalda, hasta en los mejores momentos.  

 

Los que se apartaron del camino correcto

Sin hablar mal de nadie nos hacía ver cómo habían caído obispos, sacerdotes y teólogos en graves errores contra la doctrina que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo y que forma parte del Magisterio de la Iglesia, para ser enseñada en todos los tiempos.

Cuando el Papa Paulo VI comentó que “el humo de satanás ha entrado por las rendijas” se refería a un grupo eclesiásticos importantes, que apoyados por falsos teólogos, estaban enseñando herejías y pretendían hacer reformas en la Iglesia con la excusa de llegar a mucha más gente, porque así lo decían los “signos de los tiempos”.


Ideologías con errores doctrinales

Esta pretendida reforma que fue apoyada por la teología de la muerte de Dios y por la teología de la liberación, causó una debacle en la Iglesia, se cerraron muchos seminarios, varios sacerdotes y religiosos abandonaron su camino de entrega y se cometieron muchos abusos por la desacralización que hubo en aquellos años: se vendieron objetos litúrgicos, se quitaron imágenes de varias iglesias y se pretendió eliminar costumbres cristianas tradicionales.

San Josemaría al ver que muchos sacerdotes ya no enseñaban el catecismo y que habían perdido la gravedad sacerdotal, viviendo de cualquier manera, sufría mucho y lloraba: “se me pusieron malos los ojos... decía... y tuve que ir al oculista”

Nosotros, que éramos muy jóvenes, gracias a San Josemaría podíamos darnos cuenta de lo que estaba ocurriendo en la Iglesia, en aquellos años difíciles del postconcilio. Lo nuestro era rezar y seguir rezando sin parar y con una gran paz, para lograr, en la medida de nuestras posibilidades, una civilización donde pueda reinar Dios, Nuestro Señor. La ansiada y acariciada civilización del amor que era el sueño de dos grandes santos: San Josemaría y San Juan Pablo II.

 

Los errores del post concilio

El Concilio Vaticano II fue maravilloso, pero los enemigos de la Iglesia pretendieron utilizarlo para introducir errores contra la doctrina y la moral. Se quiso democratizar la Iglesia para que sirviera a intereses políticos. El enemigo siempre está al asecho sembrando odio y confusión para que los hombres se dividan y se peleen.

Como siempre nos queda rezar por la Iglesia, con más fe en el enorme poder que tiene la oración. Con la oración lograremos salvarnos y salvar a los demás, Hoy, tal vez más que nunca, la barca de Pedro, necesita de nuestras oraciones.

Tenemos además una gran protectora y defensora que es la Virgen María. Que todos podamos decir lo que de una manera contundente afirmó San Juan Pablo II: “La Virgen lo conseguirá” (P. Manuel Tamayo).

 

jueves, 5 de octubre de 2023

¡MANOLO MÁS!

P. Manuel Botas Cuervo; con él comenzó el Opus Dei en el Perú.

El 9 de julio de 1953 llegó a Lima el P. Manuel Botas para comenzar la labor del Opus Dei en el Perú. Los que le recibieron lo instalaron en el hotel Bolívar, pero él enseguida dejó el hotel y alquiló un cuarto en el jirón Washington del centro de Lima.

Cuando visitó al Fundador del Opus Dei para despedirse, San Josemaría le escribió en su breviario: “¡Manolo más!”

 

Un hombre que sabía querer

El P. Manuel Botas era una bellísima persona, hizo en Lima muchísimos amigos de todas las edades. Con un don de gente admirable, era muy cercano a nosotros, nos trataba con afecto y nos abría horizontes, valorando la personalidad de cada uno. Todos nos sentíamos muy bien a su lado, nos calificaba con las mejores notas. Era de esas personas con la que te sentías libre para hacer lo que querías; además te facilitaba todo para que pudieras realizar tus iniciativas y trabajos.

Don Manuel, que así le llamábamos, era de las personas más generosas que he conocido, daba todo lo que podía para ayudar a los demás, excediéndose en unas atenciones increíbles.

 

Con una generosidad impresionante

En aquellos primeros años de la Obra en el Perú, Juan Luis Cipriani, que es ahora cardenal, era de la selección peruana de basket. Un día el equipo tuvo que viajar a Medellín para cumplir con un compromiso deportivo. Juan Luis se llevó una gran sorpresa cuando escuchó su nombre por los parlantes que le anunciaban la visita de un pariente. Era Don Manuel que había llegado a Medellín para estar un rato con él.

Don Manuel fue mi padrino en mi primera Misa. En aquellos años recibí de él los mejores consejos que siempre guardo con mucho cariño. Cuando llegué a Europa se preocupó de seguirme y de alentarme en los pasos que iba dando para mi ordenación sacerdotal. Me recibía en su casa y estaba atento para que no me faltara nada, además me prestaba su automóvil para hacer las gestiones que tenía pendientes.

Un día me regaló un Nuevo Testamento de Carmelo Ballester que él había usado varios años. Años después ese libro se lo pasé a mi sobrino sacerdote, y una vez, que tuvo la oportunidad de estar con Don Javier Echevarría, consiguió que pusiera unas palabras en la primera página.

 

Mis padres lo recordaban con mucho cariño

En torno a mi ordenación Don Manuel se volcó conmigo y con mis papás que viajaron desde el Perú a Barcelona para acompañarme. Don Manuel los llevaba a comer con sus amigos y algunas veces, me pasaba a recoger para ir con ellos.

En Bilbao, donde celebré mi primera Misa, estuvo en todo momento conmigo y con mis padres, hizo una gestión para que un fotógrafo hiciera unas fotos preciosas de ese día, para mí inolvidable. Antes de que mis padres regresaran a Lima me mandó dos álbumes con las magníficas fotos a color, uno para mí y el otro para mis papás.

A mi primera Misa, que tuvo lugar en el colegio Gaztelueta, invitó a las familias que empezaron la labor del Opus Dei en Bilbao. Ese día Don Manuel nos invitó a cenar a casa de la familia Ibarra donde estaba Carito Macmahon, a quien San Josemaría llamaba “la marquesa de la sangre y del espíritu” una gran colaboradora en los inicios de la labor del Opus Dei en Bilbao.

Cuando volví a Madrid, para acompañar a mis papás a tomar el avión de retorno a Lima, Don Manuel me invitó a su casa, al día siguiente por la mañana invitó a mis papás para que asistieran a la Misa que celebré en el oratorio. Después nos invitó a desayunar en el Centro.

Mis padres tenían el vuelo en la madrugada. Don Manuel me llamó a parte, me dio las lleves de su carro y me dijo que llevara a mis papás al aeropuerto. Además llamó a un Centro para pedir que un numerario me acompañara.

 

Siempre fue muy cercano

Así era Don Manuel de generoso. Después hemos seguido comunicándonos con relativa frecuencia, me escribía postales y siempre me preguntaba por mi familia. La última vez que lo ví fue en la Basilica de San Eugenio el 6 de Octubre del 2002, cuando fue la canonización de San Josemaría. Al año siguiente, el 20 de Octubre del 2003, falleció.

Estas líneas no son más que una pequeña semblanza de un gran hombre, una persona muy buena, un santo, que debe estar gozando de Dios en el Cielo (P. Manuel Tamayo).