¡MANOLO MÁS!
P. Manuel Botas Cuervo; con
él comenzó el Opus Dei en el Perú.
El 9 de julio de 1953 llegó a Lima el P.
Manuel Botas para comenzar la labor del Opus Dei en el Perú. Los que le
recibieron lo instalaron en el hotel Bolívar, pero él enseguida dejó el hotel y
alquiló un cuarto en el jirón Washington del centro de Lima.
Cuando visitó al Fundador del Opus Dei
para despedirse, San Josemaría le escribió en su breviario: “¡Manolo más!”
Un hombre que sabía
querer
El P. Manuel Botas era una bellísima
persona, hizo en Lima muchísimos amigos de todas las edades. Con un don de
gente admirable, era muy cercano a nosotros, nos trataba con afecto y nos abría
horizontes, valorando la personalidad de cada uno. Todos nos sentíamos muy bien
a su lado, nos calificaba con las mejores notas. Era de esas personas con la
que te sentías libre para hacer lo que querías; además te facilitaba todo para
que pudieras realizar tus iniciativas y trabajos.
Don Manuel, que así le llamábamos, era de las personas más generosas que he
conocido, daba todo lo que podía para ayudar a los demás, excediéndose en unas
atenciones increíbles.
Con una generosidad
impresionante
En aquellos primeros años de la Obra en
el Perú, Juan Luis Cipriani, que es ahora cardenal, era de la selección peruana
de basket. Un día el equipo tuvo que viajar a Medellín para cumplir con un
compromiso deportivo. Juan Luis se llevó una gran sorpresa cuando escuchó su
nombre por los parlantes que le anunciaban la visita de un pariente. Era Don
Manuel que había llegado a Medellín para estar un rato con él.
Don Manuel fue mi padrino en mi primera
Misa. En aquellos años recibí de él los mejores consejos que siempre guardo con
mucho cariño. Cuando llegué a Europa se preocupó de seguirme y de alentarme en
los pasos que iba dando para mi ordenación sacerdotal. Me recibía en su casa y
estaba atento para que no me faltara nada, además me prestaba su automóvil para
hacer las gestiones que tenía pendientes.
Un día me regaló un Nuevo Testamento de
Carmelo Ballester que él había usado varios años. Años después ese libro se lo
pasé a mi sobrino sacerdote, y una vez, que tuvo la oportunidad de estar con
Don Javier Echevarría, consiguió que pusiera unas palabras en la primera página.
Mis padres lo recordaban
con mucho cariño
En torno a mi ordenación Don Manuel se
volcó conmigo y con mis papás que viajaron desde el Perú a Barcelona para
acompañarme. Don Manuel los llevaba a comer con sus amigos y algunas veces, me
pasaba a recoger para ir con ellos.
En Bilbao, donde celebré mi primera
Misa, estuvo en todo momento conmigo y con mis padres, hizo una gestión para
que un fotógrafo hiciera unas fotos preciosas de ese día, para mí inolvidable.
Antes de que mis padres regresaran a Lima me mandó dos álbumes con las magníficas
fotos a color, uno para mí y el otro para mis papás.
A mi primera Misa, que tuvo lugar en el colegio Gaztelueta, invitó a las familias que
empezaron la labor del Opus Dei en Bilbao. Ese día Don Manuel nos invitó a cenar
a casa de la familia Ibarra donde estaba Carito Macmahon, a quien San Josemaría
llamaba “la marquesa de la sangre y del espíritu” una gran
colaboradora en los inicios de la labor del Opus Dei en Bilbao.
Cuando volví a Madrid, para acompañar a
mis papás a tomar el avión de retorno a Lima, Don Manuel me invitó a su casa,
al día siguiente por la mañana invitó a mis papás para que asistieran a la Misa
que celebré en el oratorio. Después nos invitó a desayunar en el Centro.
Mis padres tenían el vuelo en la
madrugada. Don Manuel me llamó a parte, me dio las lleves de su carro y me dijo
que llevara a mis papás al aeropuerto. Además llamó a un Centro para pedir que
un numerario me acompañara.
Siempre fue muy cercano
Así era Don Manuel de generoso. Después
hemos seguido comunicándonos con relativa frecuencia, me escribía postales y
siempre me preguntaba por mi familia. La última vez que lo ví fue en la
Basilica de San Eugenio el 6 de Octubre del 2002, cuando fue la canonización de
San Josemaría. Al año siguiente, el 20 de Octubre del 2003, falleció.
Estas líneas no son más que una pequeña semblanza de un gran hombre, una persona muy buena, un santo, que debe estar gozando de Dios en el Cielo (P. Manuel Tamayo).
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