SANTIDAD DURANTE LA GUERRA
San Josemaría y otros santos en la guerra civil
española
¿No le parece
que ha sido una guerra sin razón? ¿No le parece que España es lo
suficientemente grande para que convivamos todos... aún con maneras diferentes
de pensar (San Josemaría, sobre la guerra).
“Si se ha de
amar también a los enemigos, me refiero a los que nos colocan entre sus
enemigos: yo no me siento enemigo de nadie ni de nada”
“Caridad siempre, con todos... Violencia,
nunca. No la comprendo, no me parece apta ni para convencer ni para vencer...
El error se combate con la oración, con la gracia de Dios, con razonamientos
desapasionados, ¡estudiando y haciendo estudiar!, y, repito, con la caridad.
Por eso, cuando alguno intentara maltratar a los equivocados, estad seguros de
que sentiré el impulso interior de ponerme junto a ellos, para seguir por amor
de Dios la suerte que ellos sigan” (San Josemaría Escrivá).
COMENTARIO
A
finales de los años 60 estuve en Roma con San Josemaría y Don Álvaro del
Portillo. No fueran poco las ocasiones en las que les oí hablar de las guerras
que habían ocurrido unos años antes en España y en todo el mundo, donde
murieron millones de personas.
Quienes
nos contaban de las guerras, porque
habían estado en ellas, intentaban abrirnos los ojos para que nos diéramos
cuenta de las atrocidades que se cometen en los conflictos bélicos y que no
existe justificación alguna para que los seres humanos se maten entre ellos.
La
Iglesia siempre ha rezado por la paz y San Josemaría nos decía que nosotros
debíamos ser “sembradores de paz y de alegría” en todo el mundo. Sus
palabras tienen vigencia, quizá ahora más que nunca.
Situaciones de guerra
Durante
la guerra civil española San Josemaría tuvo que esconderse para que no lo
mataran. Fue una guerra contra la religión. El Beato Álvaro del Portillo (primer
Obispo Prelado del Opus Dei)
nos contaba que se incendiaron muchas iglesias y que los milicianos disparaban
contra las imágenes y perseguían a los católicos para matarlos solo por el
hecho de ser católicos.
Un
día, durante la guerra civil española,
Don Álvaro estaba conversando con un amigo suyo en un lugar donde había una
imagen de un santo. Al instante entran los milicianos armados para
maltratarlos. En medio de un diálogo, cargado
de insultos y de improperios, un miliciano que estaba fumando coloca su
cigarrillo encendido en la boca del santo de la imagen y se burla. El amigo de
Don Álvaro, indignado, retira el cigarrillo de la imagen y lo tira al suelo. El
miliciano furioso saca su arma y lo mata, delante de Don Álvaro. Es el odio de
la guerra contra la religión. Algo diabólico.
Matar para defender y matar por odio
Si
cualquiera de nosotros está con un amigo y de pronto entra un agresor para
matar a nuestro amigo y nosotros, segundos
antes que cometa su crimen, le disparamos y lo matamos; si no teníamos otra alternativa, no
hemos cometido ninguna falta, no lo matamos por odio, hemos defendido a nuestro
amigo de ser asesinado en ese instante. Tenemos derecho a defendernos de los
agresores.
Es
distinto cuando hay odio en los corazones de las personas por distintas
razones: heridas del pasado,
resentimientos, sentimientos de venganza, fanatismos, afán de conquista con
acciones de violencia despiadadas.
El origen de los odios
Cuando
las personas se alejan de Dios es fácil que se distorsione el amor al prójimo;
del amor propio surgen las discusiones y las contiendas que pueden llevar a
saldos trágicos, desde pequeñas escaramuzas a una gran guerra.
El
hombre que ha perdido el sentido del perdón se convierte en una bestia, que no
le importa la vida humana y arremete como sea con afán de destruir. El ser
humano puede ser peor que un animal en su agresividad. Los animales no matan
tanto como los hombres.
Nos
contaban en Roma, que después de terminar la guerra civil española, San
Josemaría tomó un taxi y resulta que el taxista era un comunista que odiaba a
los católicos y más aún, a los sacerdotes. En el trayecto San Josemaría, sin saber
que el taxista era un enemigo de la guerra, le empezó a preguntar sobre su
familia, su esposa y sus hijos. El taxista al girar y ver que era sacerdote, le
dijo furioso: “ojalá le hubieran matado
en la guerra”. San Josemaría antes de bajar le pagó más del doble y el
taxista lo miró extrañado y antes que dijera nada San Josemaría, entregándole
el dinero, le dijo: “el resto es para que
le compre chocolates a sus hijos” y se bajó.
Ahogar el mal en abundancia de bien
Isidoro Zorzano Ledesma, numerario del Opus Dei, él era argentino y
muy amigo de San Josemaría. Durante la Guerra, Isidoro, por ser extranjero, tenía
más libertad de movimiento que los demás y podía transmitirle a todos lo que
San Josemaría predicaba. Lo asombroso era su memoria de “elefante”; sin ningún
papel podía transmitir lo que el Padre había dicho en sus prédicas. Ahora
Isidoro está en proceso de canonización.
Don José María Hernández Garnica, uno de
los primeros sacerdotes numerarios, nos contaba que iba en un camión con todos
los que iban a ser fusilados. Era de noche y de pronto el camión para y en
medió de un silencio atroz, oye su apellido ¡Garnica! pronunciado por
una voz de mando, se abre la puerta de la tolva y un soldado le hace un gesto
para que baje. En medio de la oscuridad Don José María desciende del camión y
este sigue su recorrido. Don José María se queda solo en medio de la oscuridad,
no había nadie y todos los del camión fueron fusilados. Nunca supo porque, ni
quien dio la orden para que bajara.
Protegidos y guiados por la Providencia
San
Josemaría y aquellos primeros numerarios rezaban todos los días, procuraban
ayudar a los demás, estaban alegres y tenían mucha esperanza, en medio de las
limitaciones y peligros de la guerra. En cualquier momento podían morir, pero
confiaban en Dios y estaban dispuestos para aceptar lo que el Señor había
dispuesto para ellos.
Otro
numerario, que era médico y mayor que los demás, era el que hacía gestiones y
solucionaba los impases que aparecían a cada rato. No podían equivocarse en las
decisiones que tomaban. Estaban escapándose de la zona roja para pasar a otro
frente.
Era Don Juan Jiménez Vargas, con notable
interés nos enseñaba unas dispositivas que explicaban todo lo que tuvieron que pasar
para huir con vida y proteger a San Josemaría de los peligros de la guerra. Fue
milagroso el cruce de los Pirineos para pasar a la zona libre.
Todos
sabían lo que Dios le había pedido al Fundador del Opus Dei para que la Obra
pudiera extenderse por todo el mundo y sentían la responsabilidad de protegerlo.
En
muchas ocasiones le hemos oído contar de la guerra a Don Vicente Rodríguez Casado, un gran historiador, numerario del
Opus Dei, que vivió en “carne propia” esos momentos duros de la guerra y fue
testigo privilegiado de la santidad de vida de San Josemaría y de los que lo
acompañaban.
Don
Vicente Rodríguez hizo muchos viajes al Perú para dar clases en la Universidad
de Piura y exponer, en otras
instituciones, que lo invitaban a dar conferencias de su especialidad.
Hoy,
en los lugares más difíciles, donde
hay guerras, persecuciones, ideologías de violencia, delincuencia y terrorismo,
es muy probable que existan santos ocultos que estén ejerciendo una misión
divina impresionante.
Dios
sabe más, a nosotros nos toca rezar con fe y esperanza, unidos al Santo Padre y a muchos cristianos
que están rezando, para que el Señor nos alcance a todos, la ansiada paz que
hace falta en el mundo. (P. Manuel Tamayo).
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