viernes, 25 de agosto de 2017

¿Se puede ser feliz sin Dios?

“Me pregunto a menudo cuál es la paz que puede habitar en el corazón del hombre que rechaza a Dios…Sin Dios el hombre está desgarrado, angustiado, intranquilo, agitado, y no puede lograr el descanso interior… La existencia moderna es una vida apuntalada y totalmente edificada sobre el ruido, el artificio y el trágico rechazo de Dios….Dios está en el fondo del hombre, en las regiones silenciosas de su ser…(Robert Sarah, “La fuerza del silencio” p. 292-293).

“Considera lo más hermoso y grande de la tierra..., lo que place al entendimiento y a las otras potencias..., y lo que es recreo de la carne y de los sentidos...
Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. —Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas..., nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! —¡tuyo!— tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa... y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía”
(San Josemaría Escrivá, “Camino” n. 432).

“¡Qué poco es una vida para ofrecerla a Dios!... (San Josemaría Escrivá, “Camino” n. 420).
 “El amor no se impone: no puede imponerse. Y, como Dios es amor infinito, su respeto y delicadeza nos desconciertan…Hay un mandamiento divino que nos ordena a amarle…” (Robert Sarah, “La fuerza del silencio” p. 338)


COMENTARIO

El que cree que Dios existe no puede pensar que se puede ser feliz sin Dios. No va con la lógica, sería un contra sentido y mucho más cuando ese Dios de la fe nos pide que le amemos sobre todas las cosas. El primer mandamiento ya es la prueba clara de que no se puede ser feliz sin Dios.

Y ¿a qué se debe la felicidad del gentil?, del hombre que no conoce a Dios. La respuesta es muy sencilla, se debe a la gracia o protección que Dios da por el mérito de los santos o de las personas cercanas que saben amar y crean un espacio de amor.
El ambiente de felicidad que crea el que ama a Dios es una gran protección para el que no ha hecho méritos todavía. Es algo semejante a un niño en casa de sus padres. Un niño vive feliz por todo lo que recibe de sus padres.

Pero Dios quiere nuestros méritos, precisamente porque nos ama. Somos felices cuando correspondemos con el esfuerzo personal. Los demás nos pueden dar un ambiente de felicidad donde todo parece fácil, puede haber momentos de bonanza durante la juventud pero si no se corresponde al amor con amor se pierde la paz y la alegría.

El que dice que es feliz sin Dios apenas se da cuenta que es Dios el que lo sostiene y se le debe advertir para que salda de esa frescura, porque si no lo hace maltratará lo que ha recibido y luego lo perderá.


Muchos fueron que felices en el pasado al alejarse de Dios lo perdieron todo, algunos lo recuerdan con nostalgia y ponen al pie de sus fotos antiguas: “cuando todo era felicidad”. (P. Manuel Tamayo)

jueves, 17 de agosto de 2017

EL TIEMPO ES CORTO Y AJENO

“El hombre moderno pretende convertirse en señor de su tiempo, en el responsable único de su existencia, su futuro y su bienestar. Quiere planificar su vida y controlar su destino. Se organiza como si Dios no existiera. No tiene necesidad de Él. Sin embargo Dios invita a la confianza, a la paciencia y a un lento camino hacia la aniquilación del mal, que requiere una larga y ardua batalla” (Robert Sarah, La fuerza del silencio, p. 255).

“Hoy hay quien vive como si nunca debiera morir o como si todo acabara con la muerte; algunos se comportan considerando que el hombre es el único artífice de su destino, como si Dios no existiera, llegando a negar, en ocasiones, que haya espacio para Él en nuestro mundo. Los grandes éxitos de la técnica y de la ciencia, que han mejorado notablemente las condiciones de vida de la humanidad, no ofrecen soluciones a las preguntas más profundas del espíritu humano. Sólo la apertura al misterio de Dios, que es Amor, puede saciar la sed de verdad y de felicidad de nuestro corazón, sólo la perspectiva de la eternidad puede dar auténtico valor a los acontecimientos históricos y sobre todo al misterio de la fragilidad humana, del sufrimiento y de la muerte” (Benedicto XVI, homilía en la fiesta de la Asunción).

“Permitidme narrar un suceso de mi vida personal, ocurrido hace ya muchos años. Un día un amigo de buen corazón, pero que no tenía fe, me dijo, mientras señalaba un mapamundi: mire, de norte a sur, y de este o oeste. ¿Qué quieres que mire?, le pregunté. Su respuesta fue: el fracaso de Cristo. Tantos siglos, procurando meter en la vida de los hombres su doctrina, y vea los resultados. Me llené, en un primer momento, de tristeza: es un gran dolor, en efecto, considerar que son muchos los que aún no conocen al Señor y que, entre los que le conocen, son muchos también los que viven como si no lo conocieran. Pero esa sensación duró sólo un instante, para dejar paso al amor y al agradecimiento, porque Jesús ha querido hacer a cada hombre cooperador libre de su obra redentora. No ha fracasado: su doctrina y su vida están fecundando continuamente el mundo. La redención, por El realizada, es suficiente y sobreabundante” (San Josemaría Escrivá, homilía sobre el Espíritu Santo).
COMENTARIO
A unos les queda poco tiempo, a otros un poco más y a todos se nos va el tiempo volando. Lo decimos habitualmente en nuestros comentarios. En muy poco tiempo se llega a la final. Una de las limitaciones juveniles es pensar que hay tiempo. La limitación más grave viene cuando el hombre se cree propietario del tiempo y se convierte en un pésimo administrador del mismo.
Es muy penoso ver la pérdida de tiempo que puede llevar a la pérdida de la Vida. El hombre no ha nacido para morir sino para vivir. El que se apodera del tiempo se muere con él, en cambio el que lo aprovecha, atendiendo a su finalidad, gozará para siempre.
La ridícula sandez del hombre que se cree listo cuestionando la trascendencia, es la caricatura de la decadencia y el hundimiento de todo lo que construya. Mientras las crisis continúan los hombres protestan con un ritornello que no para nunca, como si las cosas se fueran a componer por la bulla que se arma y no por la consciencia de ser mejor para que todo vaya bien.
La solución está en manos de cada uno. Dice un viejo refrán: “mal de muchos, consuelo de tontos” Alinearse con la corriente es quedarse en la mediocridad. El tiempo hay que aprovecharlo para ganar y no perder. No hay pérdida peor en el mundo que perder la Vida eterna por bagatelas que no valen nada, aunque brillen mucho, sería como los castillos de luces artificiales que intentan llegar al Cielo y caen quemados para perderse en cenizas malolientes. (P. Manuel Tamayo)


miércoles, 9 de agosto de 2017

EL PRIVILEGIO DE NO SER ELEGIDO POR LOS HOMBRES

“Fue despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción; y como uno de quien los hombres esconden el rostro, fue despreciado, y no le estimamos”. (Isaías 53)

“La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en la piedra angular” (Mt 21, 42-45).

“Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel...”  (San Josemaría Escrivá, Camino, n.194).


COMENTARIO

Jesucristo, el mejor modelo que tenemos, fue rechazado por los hombres: la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz”,(Juan 3,18).

Esta realidad no corresponde a los tiempos pasados, es también muy actual. Hoy muchas personas, conscientes o no, le dan las espaldas a Cristo, o lo ignoran. No lo quieren recibir en sus vidas. En los trabajos y en los horarios de muchas personas que se llaman cristianas, Jesucristo no tiene cabida. No lo ponen en primer lugar, lo de Dios no ocupa las horas estelares, está postergado o abandonado.
También existen en el mundo muchas personas muy buenas que no son elegidas por los hombres. Por mil circunstancias los criterios de elección de los que eligen están cargados de contingencias (políticas, conveniencias, antipatías, aprovechamientos, etc.).

En el difícil mundo de las relaciones humanas cuando a una persona no se le considera para formar parte de un trabajo, de un puesto o de un cargo importante, puede quedarse resentida y piense que se ha cometido una injusticia porque no se ha tenido en cuenta su capacidad, y en cambio, ha sido escogida otra persona, tal vez de menos talento o valía. Estas situaciones suelen ocurrir a menudo en el complicado mundo de las relaciones humanas.

Es verdad que a la hora de elegir pueden darse situaciones irregulares que obedecen a políticas o razones de conveniencia de los que tienen que escoger; entonces es fácil que se cometan desatinos y hasta injusticias. En muchos casos después hubo que cargar con los inconvenientes de una mala elección.

En la compleja maraña de las elecciones humanas se dan con bastante frecuencia criterios y presiones de todo tipo que ciegan a las personas que les toca decidir para elegir. Para ellos puede ser muy difícil salirse de ese huayco de consideraciones que amarran una lealtad incondicional hacia lo que ya se ha decidido de antemano por razones de conveniencia.

Sin embargo, Dios, que es justo y misericordioso, elije a miles de hombres con un criterio diferente al de los hombres, sin tener en cuenta jerarquías y reglamentos. Al contrario “ha escogido lo débil del mundo para confundir a los poderosos” (1 Cort. 25,27).

El que no es elegido por los hombres puede quedar libre de unos compromisos o responsabilidades y adquirir otros que serían consecuencia de una elección divina. Dios sí considera los talentos que Él mismo entregó para el cumplimiento de una misión. 

El campo de acción podría ser mucho más eficaz que el que tendría dentro de los parámetros del sistema que no lo eligió. “Gracias te doy porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla” (Mat 11, 25).


La misma experiencia nos hace ver que el hombre no sabe escoger a los mejores. Cuantas decepciones sufren los hombres que eligen a los hombres. Ser elegidos o premiados por los hombres es tremendamente relativo y no siempre corresponde a la verdad. En cambio cuando Dios elije no se equivoca pero exige siempre del hombre una correspondencia de lealtad y fidelidad. (P. Manuel Tamayo).  

jueves, 3 de agosto de 2017

CREENCIAS ENTRAÑABLES

“Los seres humanos tenemos necesidad de unas ideas dominantes, o principios, conforme a los cuales obrar en nuestra vida. Si los principios son falsos, nuestra vida resultará equivocada. Por eso existe la necesidad de discernir lo verdadero de lo falso” (Alfredo Castillo Ramírez, Profundidades, p. 14).

“El optimismo cristiano hunde sus raíces en la fe, se alimenta de la esperanza y llega a plenitud por el amor. No es un sentimiento circunstancial o pasajero. Quien vive de fe y la actualiza con frecuencia moverá montañas, hará frente a las dificultades y contratiempos” (Antonio Fuentes Mendiola, “Aprender a Madurar” p. 238).

“Rectitud de corazón y buena voluntad: con estos dos elementos y la mirada puesta en cumplir lo que Dios quiere, verás hechos realidad tus ensueños de Amor y saciadas tus hambres de almas” (San Josemaría Escrivá, “Camino” n. 490).


COMENTARIO

Quienes nos quieren de verdad nos dicen lo que debemos saber para ser felices en las distintas etapas de nuestra vida y de acuerdo a lo que podemos captar.

En la infancia nuestros padres y abuelos nos contaban cuentos, algunos clásicos, otros inventados, con la intención de entretenernos y de que podamos aprender algo para ser buenos. Aquellas historietas solían tener una moraleja que removía nuestra capacidad, en potencia, para ser buenas personas. Si el cuento no terminaba con una moraleja nuestros padres la añadían para que aprendiéramos a valorar lo que es sano y correcto.

No todos los cuentos o historietas que nos contaban eran verdad sin embargo nosotros lo creíamos todo, no nos hacían ningún daño, al contrario, necesitábamos oír esas fantasías entusiasmantes para crecer con el cariño que ponían nuestros seres queridos que se afanaban en darnos lo mejor,  para que seamos felices de verdad.

Cuando nos decían que el Niño Dios leía nuestras cartas para traernos regalos en Navidad, las escribíamos con mucha fe y mucho cariño; por supuesto que paralelamente a esas peticiones tenía que acompañar nuestra buena conducta. En la nochebuena nos acostábamos temprano para encontrarnos al día siguiente los regalos que el Niño Dios había dejado mientras dormíamos.

Estas creencias infantiles son entrañable y hacen mucho bien a los niños en todo el mundo. Cuando más adelante se descubre que los regalos no los trae el Niño Dios, ni Papa Noel, nadie se siente engañado o defraudado, al contrario, se recuerdan esas vivencias con verdadera nostalgia y motivan a tener un profundo agradecimiento.

En el proceso de nuestro crecimiento, cuando las personas que nos aman quieren lo mejor para nosotros, empezamos a distinguir claramente la fantasía de la realidad y así nuestros seres queridos nos cuentan cuentos irreales y al mismo tiempo nos enseñan las verdades más profundas de nuestra religión, sin que se produzca una confusión en nuestras mentes infantiles.

A la hora de enseñarnos las verdades de la fe, nuestros seres queridos nos transmiten algo que ellos viven.

La potencia obedencial, que está en nuestra naturaleza, recepciona perfectamente aquella verdad, que nos hace crecer espiritualmente y aunque  nosotros no lleguemos a tener un entendimiento claro de lo que sucede, la recepción siempre se da con realeza y fuerza; es algo que queda impreso para siempre y fluye hacia el exterior. La transmisión se da con una certeza llena de alegría, que tampoco sabemos explicar.

Los cuentos y fantasías infantiles caminan al lado de las certezas de fe que recibimos de nuestros padres. Como no recordar con nostalgia las veces que dejábamos nuestro diente de leche caído en el borde del zócalo pensando que un ratoncito nos dejaría una propina. Nuestros padres se entretenían con nosotros con esos “engaños” que eran totalmente favorables para nuestra felicidad infantil.

A ninguna inteligencia normal se le ocurriría pensar que nuestros padres y las personas que nos querían de verdad nos engañaban con los cuentos y con los misterios de la religión.

Ambas transmisiones suelen darse dentro de la normalidad del hogar en todas las familias del mundo, cuando se vive una realidad de amor.


Es un motivo más para valorar la gran sabiduría que se encierra en una familia dentro del hogar, cuando todos se quieren de verdad. (P. Manuel Tamayo).