miércoles, 9 de agosto de 2017

EL PRIVILEGIO DE NO SER ELEGIDO POR LOS HOMBRES

“Fue despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción; y como uno de quien los hombres esconden el rostro, fue despreciado, y no le estimamos”. (Isaías 53)

“La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en la piedra angular” (Mt 21, 42-45).

“Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel...”  (San Josemaría Escrivá, Camino, n.194).


COMENTARIO

Jesucristo, el mejor modelo que tenemos, fue rechazado por los hombres: la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz”,(Juan 3,18).

Esta realidad no corresponde a los tiempos pasados, es también muy actual. Hoy muchas personas, conscientes o no, le dan las espaldas a Cristo, o lo ignoran. No lo quieren recibir en sus vidas. En los trabajos y en los horarios de muchas personas que se llaman cristianas, Jesucristo no tiene cabida. No lo ponen en primer lugar, lo de Dios no ocupa las horas estelares, está postergado o abandonado.
También existen en el mundo muchas personas muy buenas que no son elegidas por los hombres. Por mil circunstancias los criterios de elección de los que eligen están cargados de contingencias (políticas, conveniencias, antipatías, aprovechamientos, etc.).

En el difícil mundo de las relaciones humanas cuando a una persona no se le considera para formar parte de un trabajo, de un puesto o de un cargo importante, puede quedarse resentida y piense que se ha cometido una injusticia porque no se ha tenido en cuenta su capacidad, y en cambio, ha sido escogida otra persona, tal vez de menos talento o valía. Estas situaciones suelen ocurrir a menudo en el complicado mundo de las relaciones humanas.

Es verdad que a la hora de elegir pueden darse situaciones irregulares que obedecen a políticas o razones de conveniencia de los que tienen que escoger; entonces es fácil que se cometan desatinos y hasta injusticias. En muchos casos después hubo que cargar con los inconvenientes de una mala elección.

En la compleja maraña de las elecciones humanas se dan con bastante frecuencia criterios y presiones de todo tipo que ciegan a las personas que les toca decidir para elegir. Para ellos puede ser muy difícil salirse de ese huayco de consideraciones que amarran una lealtad incondicional hacia lo que ya se ha decidido de antemano por razones de conveniencia.

Sin embargo, Dios, que es justo y misericordioso, elije a miles de hombres con un criterio diferente al de los hombres, sin tener en cuenta jerarquías y reglamentos. Al contrario “ha escogido lo débil del mundo para confundir a los poderosos” (1 Cort. 25,27).

El que no es elegido por los hombres puede quedar libre de unos compromisos o responsabilidades y adquirir otros que serían consecuencia de una elección divina. Dios sí considera los talentos que Él mismo entregó para el cumplimiento de una misión. 

El campo de acción podría ser mucho más eficaz que el que tendría dentro de los parámetros del sistema que no lo eligió. “Gracias te doy porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla” (Mat 11, 25).


La misma experiencia nos hace ver que el hombre no sabe escoger a los mejores. Cuantas decepciones sufren los hombres que eligen a los hombres. Ser elegidos o premiados por los hombres es tremendamente relativo y no siempre corresponde a la verdad. En cambio cuando Dios elije no se equivoca pero exige siempre del hombre una correspondencia de lealtad y fidelidad. (P. Manuel Tamayo).  

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