viernes, 28 de diciembre de 2018


UN AÑO PARA SUPLIR

Suplir para remediar o compensar una carencia, un daño o una falta con algo, (Diccionario).

Suplir es también sustituir a una persona o una cosa en un puesto o función (Diccionario).

Suplir por el hecho o circunstancia en que alguien o algo es necesario (Diccionario).

Se suple cuando se consigue la eliminación de una diferencia o desigualdad entre personas o cosas, mediante una acción destinada a establecer una proporción justa entre ellas (Diccionario).

Se suple cuando se repara un daño o perjuicio causado a una persona. Cuando se devuelve y se compensa a la persona dañada (diccionario).

“El término suplente es utilizado en el idioma castellano para definir aquel o aquello que suple o reemplaza a otro en sus actividades. En cualquier trabajo o profesión, el suplente es quien cuenta con todos los conocimientos y habilidades, de aquel al cual está reemplazando, de esta manera se evita que surja algún inconveniente en el trabajo que se está realizando. En el contexto educativo y en el deportivo es muy usual la utilización de los suplentes y en donde estos, representan profesionales que asumen el compromiso de continuar una actividad específica, tal cual como si fuera el titular. Las suplencias por lo general se originan a causa de alguna enfermedad, lesión o cualquier otro contratiempo que sufra el titular y que le imposibilita ejercer su trabajo temporalmente” (general S, definista).


COMENTARIO

Al empezar el año todos vemos la urgente necesidad de los cambios en el país y en el mundo.
Para que las cosas vayan bien son necesarios los cambios. Si se quiere mejorar no hay más remedio que cambiar. Si el agua se queda estancada se convierte en agua sucia.

Cuando se trata de las cosas materiales es fácil entender que la modernidad trae objetos mejor elaborados y de mejor calidad por los avances lógicos de la tecnología, y estos objetos nuevos sustituyen a los antiguos.

Sin embargo hay otros objetos que deben permanecer porque su valor es perenne y siguen siendo de gran utilidad para todos. Las personas deben saber bien qué es lo que debe permanecer y qué es lo que se debe cambiar.


El cambio de las personas
Si una persona quiere mejorar es necesario que cambie. Todos necesitamos que nos ayuden otros a ser mejores, nadie se da a sí mismo lo que no tiene.
Cuando se trata del cambio de personas en puestos de trabajo o en cargos de gobierno los motivos pueden ser diversos, algunos cambian porque se enfermaron, otros porque les llegó la edad de la jubilación, otros por voluntad propia, o por alguna circunstancia que los obliga, o porque terminó el contrato. También se cambia al que hizo mal un trabajo o al corrupto que cometió un desfalco.
Los cambios deben ser siempre saludables y para el bien de las personas. Siempre hay que mirar bien para no perjudicar a nadie.

Los cambios que dan alegría
Los primeros que desean el cambio son los papás.  Todo papá desea que su hijo cambie  para que sea mejor y para que sea bueno, además tanto el papá como la mamá quieren que sus hijos sean mejores que ellos. Disfrutan al ver el éxito de sus propios hijos.

Al buen maestro le ocurre lo mismo, desea que el alumno que formó sea mejor que él. Cuando ocurren estos cambios en los ámbitos familiares y educativos todo el mundo se alegra. El éxito del hijo o del alumno es algo que llena de satisfacción.


Ser justos para decidir un cambio
Cambiar a una persona puede ser conveniente, pero no es fácil hacerlo. Se necesita franqueza y valentía para decirlo, buscando siempre el bien y la libertad de la persona.

Los cambios deben ser acertados y justos. Cuando hay corrupción los cambios no son justos, porque todo puede estar “amarrado” por una “elite” o por una “mafia” que lo tiene todo controlado. Lo estamos viendo el algunos países y en muchos sistemas públicos o privados. Quienes están bajo esas “autoridades” sufren las consecuencias de las grandes injusticias que van extendiéndose cada día más a todos los sectores de la sociedad.

Muchas veces, por alguna circunstancia, urge cambiar a alguien, aunque sea difícil encontrar a la persona idónea para el reemplazo. Se requiere mucho tino y sensatez para decidir el momento.
Es lamentable ver que en algunos ambientes laborales se crearon círculos viciosos donde los mismos se turnan para ocupar los principales cargos. Nadie quiere irse y “negocian” entre ellos los puestos claves. Este “enquistamiento” social enferma a la institución o a la empresa y pone a las personas en una situación de deterioro total, unos entran a la mafia y otros callan por temor de represalias. Así ocurre hoy.


El perfil bajo de los buenos
Los buenos no quieren entrar para que no los impliquen en los “arreglos” que han establecido los anteriores. Los que cambian no deberían ser los de siempre, a no ser que existan elementos suficientes de idoneidad y honradez demostrados por la vida y el itinerario de las personas que ocupan el puesto, o de las que deciden en el cambio de las demás.



Buena disposición para trabajar y cambiar
En todos los trabajos es necesaria la rectitud moral del que labora, que consiste en estar dispuesto a cambiar para mejorar y también para, en su momento, pueda ceder el puesto a otro que viene a reemplazarlo; como el futbolista que sale de la cancha para darle la opción al suplente. Siempre se pone al suplente con la intención de que lo haga mejor.

Da lo mismo ser suplente o titular con tal de estar en el equipo y jugar siempre para ganar. Todos nos proponemos darle el triunfo al Perú con los cambios que sean necesarios para que las cosas caminen bien.

Esta vez empezamos un año donde hay mucho que suplir, ojalá se den los cambios convenientes y acertados. (P.  Manuel Tamayo)


FELIZ AÑO NUEVO 2019
QUE LAS FAMILIAS PUEDAN EDUCAR BIEN A SUS HIJOS
PARA HACER GRANDE A NUESTRO PERÚ

domingo, 23 de diciembre de 2018


LA FUERZA DEL REDENTOR
“La Redención la hizo el mismo Jesucristo al ofrecerse voluntariamente a Dios Padre por medio de su pasión, muerte y resurrección, para restituir la gracia a la humanidad esclava del pecado por la desobediencia de nuestros primeros padres Adán y Eva” (Diccionario)
 “Redención (del prefijo re, de nuevo, y émere, comprar), literalmente significa comprar de nuevo. Se aplica al pago para obtener de la libertad un esclavo o cautivo, o bien para volver a adquirir o recomprar algo que se había vendidoempeñado o hipotecado.(Wikipedia).
“Permitidme narrar un suceso de mi vida personal, ocurrido hace ya muchos años. Un día un amigo de buen corazón, pero que no tenía fe, me dijo, mientras señalaba un mapamundi: mire, de norte a sur, y de este a oeste. ¿Qué quieres que mire?, le pregunté. Su respuesta fue: el fracaso de Cristo. Tantos siglos, procurando meter en la vida de los hombres su doctrina, y vea los resultados. Me llené, en un primer momento, de tristeza: es un gran dolor, en efecto, considerar que son muchos los que aún no conocen al Señor y que, entre los que le conocen, son muchos también los que viven como si no lo conocieran.
Pero esa sensación duró sólo un instante, para dejar paso al amor y al agradecimiento, porque Jesús ha querido hacer a cada hombre cooperador libre de su obra redentora. No ha fracasado: su doctrina y su vida están fecundando continuamente el mundo. La redención, por El realizada, es suficiente y sobreabundante”. 
(San Josemaría Escrivá, “Es Cristo que pasa” n. 129).

COMENTARIO
Si en estas Navidades nos detenemos un poco para mirar el mundo, nos llenamos de pena porque parece que todo es un fracaso: peleas, guerras, odios rivalidades, egoísmos, maltratos, murmuraciones, envidias, calumnias, mentiras, corrupción, ataques a la familia, narcotráfico, desfalcos, asaltos, robos, injusticias, terrorismo. Un mundo de depredadores que empeora con escándalos que claman al cielo y hacen sufrir a las personas.
Frente a la coyuntura actual son muchos los que se preguntan: ¿y cómo paramos todo esto?, ¿hasta dónde vamos a llegar? Algunos han“tirado la toalla” y no saben qué hacer, mientras las cosas siguen su andadura con un ritmo de “locura”, a veces frenético, donde la lógica y el sentido común han perdido la brújula.
¿Qué pasó? La respuesta no puede ser otra: se ha expulsado a Dios; primero de los corazones de cada persona, después de los hogares y al final de la sociedad.
Sin Dios, cada día que pasa, empeoran las personas y los gobernantes terminan yéndose contra Dios. “¡Cómo se amotinan las gentes y las naciones hacen planes vanos” (Sagrada Escritura, Salmo 2).
El mensaje de fondo de la Navidad: recibir a Dios que viene para librar al hombre del pecado, se ha perdido.
La prédica milenaria de la Iglesia, que es para todos los tiempos, nos anuncia que Jesús es el Mesías esperado para salvar al mundo, Él es el Salvador, el que nos rescata para que seamos libres y felices en este “valle de lágrimas”, que es la tierra, mientras nos preparamos para la felicidad eterna en el Cielo.
Muchos ya no reciben a Dios en sus corazones. Se usan los adornos y mensajes para una filantropía humana que fomenta más el egoísmo que la generosidad: la vanidad de sentirse generosos, regalando algo externo, para contentar y quedar bien, pero, muy probablemente, sin tener limpio el corazón para recibir a Dios: “si al punto de presentar tu regalo ves que tienes algo contra alguien, deja allí mismo tu regalo y vete a reconciliar primero” (Mateo, 5, 23-24).
Dios quiere que estemos limpios para que nuestros regalos no sean un “cumplido” que a la larga se pierde y todo quede igual o peor, porque en vez de ganar el amor podría ganar el egoísmo, la lejanía y después la soledad.
Los demás nos necesitan limpios para poder transmitir, desde nuestra interioridad, el regalo que siempre perdura: una vida de amor ordenada y honesta. Eso es lo que busca Dios de cada uno de nosotros y lo que buscan también, en el fondo, los demás.
Llamemos al Redentor con urgencia para que se meta en los corazones de las personas y las cambie. El mundo no necesita sistemas ni proyectos, necesita a Dios. No una idea de Dios sino el Dios real en la interioridad de cada uno. Solo así podremos arreglar las cosas, con fe, porque para Dios no hay imposibles, todo lo puede.  (P. Manuel Tamayo).


FELICES FIESTAS DE Navidad y año nuevo JUNTO A JESÚS, MARÍA Y JOSÉ, LA SAGRADA FAMILIA.

¡Que el señor los llene de bendiciones!

2018 - 2019

miércoles, 19 de diciembre de 2018


EL POPULISMO Y LA VERACIDAD

“El populismo es una filosofía política que promueve los derechos y el poder del pueblo en su lucha contra una élite privilegiada. “Populismo” se ha convertido en un término de combate profundamente ideologizado”. (Wikipedia).

“Lo que tienen en común los líderes populistas es la estrategia política. Esta estrategia se basa en un liderazgo personalista muy fuerte, se trata de un líder que llega al poder y se mantiene ahí con base en vínculos no organizados con una masa heterogénea de seguidores. Por lo tanto, los elementos típicos del populismo son el liderazgo personalista y la falta de institucionalización del vínculo con los votantes”, (Kurt Weyland).

“Los populistas –como no tienen vínculo institucional– consideran a las otras instituciones como amenazas, como limitaciones a su poder y quieren disminuir la independencia de estas instituciones, tratan de hegemonizar el poder político. También, dado que no tienen un vínculo institucional con los seguidores, tratan de aumentar su aceptación a través de la polarización, donde nosotros (los populistas) somos “los buenos” y la oposición no es una competencia leal sino “los enemigos”. Esta idea de que la oposición está conformada por “los enemigos” acarrea una tendencia hegemónica muy fuerte, que a su vez lleva a conflictos sociales y políticos intensos porque la oposición también responde en términos intransigentes. En este sentido, la polarización destruye el pluralismo y constituye una amenaza para la democracia”, (Kurt Weyland).

“La virtud de la veracidad puede ser considerada como una parte de la justicia, pues tiene algunos rasgos comunes con esta virtud, como la alteridad, ya que su acto consiste en manifestar algo a otro. Pero, desde otro punto de vista, la veracidad difiere de la justicia en cuanto decir la verdad no constituye una deuda legal, sino moral, es decir, basada en la honestidad”, (Augusto Sarmiento en Almudi)

“Sin la verdad no sólo sería imposible la justicia en la sociedad, sino también la misma esperanza de justicia. En la medida en que en una sociedad se respeta la verdad, la persona puede esperar, cuando sea necesario, que se le haga justicia; pero si la sociedad estuviese fundada en la mentira, desaparecería toda esperanza. «Quien no respeta la verdad no puede hacer el bien. Donde no se respeta la verdad no puede crecer la libertad, la justicia y el amor. La verdad, sobre todo la sencilla, humilde y paciente verdad de la vida diaria, es el fundamento de las demás virtudes (...). Cuando la verdad no está presente, se desintegra el suelo social sobre el que nos apoyamos. De ahí que esta virtud aparentemente tan inútil sea en realidad la virtud fundamental de toda vida social”, (Augusto Sarmiento en Almudi)


COMENTARIO

En la historia de las civilizaciones podemos comprobar que el populismo poco tiene que ver con la verdad.

Es más una estrategia con arreglos, que muchas veces está llena de trampas, para convencer al pueblo a tomar las decisiones promovidas por los “líderes” de un consenso político que ha ido creciendo con el espaldarazo un poder mediático a favor.

Estos falsos líderes hacen creer a las mayorías que están defendiendo unos derechos legítimos contra el peligro de las ambiciones torcidas de unos corruptos que quieren tomar el poder. Lamentablemente muchos caen en la trampa y se creen el cuento.

Se entiende por populismo a un pueblo levantado en protesta que es atizado por un líder que pregona ideales sin que exista, en los argumentos, un fondo de verdad que lo sustente.
Es una suerte de voluntarismo colectivo que en ocasiones llega al fanatismo. El populista puede entrar fácil a la confrontación y la violencia, tiende a ser tosco y agresivo, otras veces irreverente y fácilmente incoherente.

Como se puede comprobar, algunas sociedades están manejadas por las triquiñuelas y mentiras de un líder cuentista que quiere apoyarse en el pueblo para legitimar su propuesta, ofreciendo cínicamente el oro y el moro” y así ganar adeptos en las personas débilmente instruidas.

El populismo tiene éxito cuando la verdad y el orden han sido arrinconados en una sociedad que camina con dirigentes torcidos que solo buscan el poder para seguir medrando y mangoneando para sus propios y burdos intereses.

Hay países enteros que sufren las consecuencias de una falsa democracia conducida por mequetrefes que se han convertido en verdaderos tiranos jugando a ser moralistas de un sistema de corrupción.  
Lo increíble es que en pleno siglo XXI muchos países vivan todavía bajo la bota de personajes irreverentes y nada ejemplares, como si el mundo se hubiera llenado de mafias que no se pueden derrotar y que se han enquistado en el poder per secula seculorum.

Algo habría que hacer para enseñar a razonar y a elegir lo que es realmente mejor en las personas y sistemas. Ese propósito tiene que ir necesariamente acompañado de la voluntad de combatir el mal, venga de donde venga.

Y como viene siempre de las personas, a cada uno le toca el imperioso deber de luchar para conseguir eliminar de su propia interioridad lo que está torcido y no va de acuerdo a lo que tiene que ser una persona. (P. Manuel Tamayo)

martes, 4 de diciembre de 2018


LAS HERIDAS DE UN EXCESIVO REGLAMENTARISMO

“Entendemos por personalidad anancásticas aquel tipo de personalidad que se caracteriza por una preocupación patológica por el orden y el perfeccionismo. De la misma manera estas personas se distinguen por la necesidad de control tanto propio como del entorno y una falta de flexibilidad y apertura mental, aunque todo esto interfiera en su día a día o en su eficiencia laboral y social”, (Isabel Rovira Salvador).

“En cuanto a las relaciones interpersonales, los individuos con personalidad anancástica expresan sus afectos de una manera altamente controlada y forzada, y pueden sentirse muy incómodos en presencia de otras personas emocionalmente expresivas. Sus relaciones cotidianas se caracterizan por ser formales y serias, lo que puede dar lugar a situaciones incómodas para las otras personas que los perciben como rígidos y excesivamente hoscos”… Preocupación excesiva por los detalles, las reglas, las listas, el orden, la organización y/o los horarios hasta el punto de afectar a la actividad o tarea principal”. (Isabel Rovira Salvador).

“Además, no sólo suelen ser exigentes consigo mismos, sino también con las personas que tienen a su alrededor, si éstos no están a la altura de sus exigencias llegan a sentirse muy frustradas”, (Isabel Rovira Salvador).

“Pueden llegar a ser muy controladores con las personas que tienen cerca, ya que también quieren que los demás den lo mejor de sí mismos y sean igual de “perfectos” que ellos. Esto les puede llevar a ser bastante duros con las personas con las que tiene un alto nivel de confianza, llegando incluso a lastimarla sin darse cuenta debido a sus altos niveles de exigencia… No es que se crean mejor que los demás, pero piensan que debido a su alto nivel de exigencia y responsabilidad podrán realizar los trabajos o cualquier otra función mejor que otras personas.(Yolanda Cristina Sánchez Sánchez).

COMENTARIO
Cuando son muchas las personas unidas en un estricto reglamentarismo pueden originar ambientes duros y severos donde hay muy poco margen de libertad, y al igual que en los países de regímenes totalitarios, podrían ejercer una presión, de tal magnitud, entre los subordinados, que provoque el consabido síndrome de Estocolmo: cercanía para no hacer problema sin estar de acuerdo.
El anancástico es una persona que está convencida en que su modo de proceder es correcto y que está respetando la libertad de las personas que trata. El que lo observa ve alguien muy pegado a las reglas, responsable, honrado, fiel a los procedimientos y sistemas que aprendió muy bien para ser eficaz y totalmente inamovible en sus esquemas rígidos.
La ceguera del perfeccionista
El anancástico no cree que su conducta hiera a los demás y que en ocasiones pueda convertirse en una auténtica crueldad para los que están a su lado. Es un poco temeroso, no se fía fácilmente de las personas y suele hacerlo todo con una prudente discreción, porque piensa que él las hace mejor y tiene argumentos suficientes para decir que los demás cometen errores.
Cuando un anancástico llega a un sitio nuevo empieza a cambiarlo todo, lo hace poco a poco sin hacer aspavientos “escobita nueva barre mejor”, mientras avanza va descubriendo defectos en los que le han precedido para justificar sus decisiones. Está convencido que los que estuvieron antes hicieron cosas originales que él no tiene porqué atender o continuar y sin más las deja de lado. 
Su aproximación a los controles y a las estructuras es tan notable que logra convertirse en un excelente funcionario, fiel a los sistemas pero no tan cercano a las personas. Necesita para sus relaciones humanas los procedimientos y los lugares apropiados. No puede salirse del libreto. Lo peor es cuando exige a los demás pasar por “el aro” de sus parámetros, que los establece como si fueran ley.
Si son muchos los unidos en estos procedimientos pueden crear en la gente una considerable crisis de identidad, porque forzarían a hacer las cosas solamente porque se deben hacer, como ellos dicen, y así calificarán a las personas no por lo que son, o sus circunstancias, sino por su relación con los sistemas establecidos.
Su perfeccionismo puede crecer de tal manera que no logra conocer bien a la persona que trata, porque la miran a través del esquema estructural que tienen en su cabeza; a la larga con su conducta, tan exagerada y desubicada, provoca el alejamiento de los demás, lo buscan solo los que tienen una necesidad con él y lo consideran útil para resolver sus problemas, después lo dejan solo. No pudo lograr una verdadera amistad.
Los anancásticos son personas que tienen cierta crisis en el amor y se han quedado enganchados a unos medios que han usado siempre para trabajar y para cumplir con sus obligaciones y allí ponen su esperanza. Piensan que es estricto cumplimiento de esos medios les va a devolver los frutos que han perdido.
Es necesario reconocer que estamos ante una situación de soberbia oculta, por ese convencimiento de autovaloración que hace que el anancástico que se cierre siempre en sus trece.  Por esta cerrazón y ceguera se convierte en una persona difícil de tratar.
¿Qué se puede hacer? Conversar serenamente para hacerle ver la dureza de sus procedimientos aunque él crea que es amable con las personas y que lleva las cosas de un modo correcto.
En los ambientes donde existe un perfeccionismo de rigor, se hace apremiante, y a veces urgente, disminuir los controles y reglamentos a lo estrictamente necesario. Conseguir   variar ciertos acostumbramientos para evitar rigideces y manías de querer hacer siempre lo mismo y de una única manera, cuando pueden haber otros modos, o se ve que no es necesario que eso se tenga en cuenta.
Que los ambientes sean abiertos y libres donde se pueda respirar y todos puedan exponer con mucha paz y aceptación sus opiniones y sus modos de hacer las cosas, sin que encuentren comentarios o rostros de desaprobación, o  bromas desatinadas que no vienen al caso, y que expresan también, de alguna manera, una censura, en los ambientes donde se estila el buen trato.  Son modos de no estar de acuerdo  expresados con una sonrisa altanera de falsa “comprensión” que dejan herida a la persona que el anancástico de turno considera “desencajada”. (P. Manuel Tamayo)




lunes, 26 de noviembre de 2018


LA DIGNIDAD DEL HOMBRE CULPABLE (II)

“El ser humano tiene derecho a ser juzgado culpable e incluso a pedir que se le condene: si lo consideramos una simple víctima de determinadas circunstancias, junto con la culpa le robamos la dignidad, porque pertenece a la esencia del hombre el poder hacerse culpable. Al ser humano no solo le pertenece la libertad de hacerse culpable, sino también la responsabilidad de superar la culpa cometida” (Max Scheler).

 “Una persona (realmente) arrepentida, recupera su dignidad. Así, por ejemplo, una persona que no duda en mentir siempre que le conviene, pierde (parte de) su dignidad, en el sentido de que no puede esperar que los demás respeten su palabra, es decir, que le crean cuando asegure algo, respeto del que sí que es digna toda persona que tenga claro que no debe mentir (a quien no se merezca que le mientan). Ahora bien, si el mentiroso comprende que su actitud no es racional y se arrepiente (realmente) de ella, recupera su dignidad, porque ahora ya es digno de crédito. De hecho, afirmar que su arrepentimiento es real es equivalente a afirmar que la persona ya es digna de crédito, lo cual, a su vez, es equivalente a afirmar que ha recuperado la dignidad que había perdido con sus mentiras” (filosofía, Universidad de Valencia).

“Debemos confiar en la misericordia de Dios: Dios es más grande que nuestro pecado...Dios es más grande que todos los pecados que podamos cometer... Y su amor es un océano en el que podemos sumergirnos sin miedo de ahogarnos. Perdonar, para Dios, significa darnos la certeza de que no nos abandona nunca, cualquier cosa sea lo que nos reprochemos, Él es siempre más grande que todo” (Papa Francisco, Boletín  de la Santa Sede, marzo de 2016).

“Entierra con la penitencia, en el hoyo profundo que abra tu humildad, tus negligencias, ofensas y pecados. —Así entierra el labrador, al pie del árbol que los produjo, frutos podridos, ramillas secas y hojas caducas. —Y lo que era estéril, mejor, lo que era perjudicial, contribuye eficazmente a una nueva fecundidad. Aprende a sacar, de las caídas, impulso: de la muerte, vida” (san Josemaría Escrivá, Camino, 211).


COMENTARIO

Una persona culpable y condenada no es una persona fracasada.

Ninguna autoridad en el mundo tiene derecho a maltratar al capturado y mucho menos a desear que se “pudra” en un calabozo. Ningún ser humano puede desear el mal a otro por muy graves que hayan sido sus faltas.

Las leyes de un país no solo deben proteger la integridad física del condenado sino que deben facilitarle la presencia personas capacitadas para ayudar a los reos en sus requerimientos (que se encuentren atendidos en sus necesidades, que puedan tener una asistencia psicológica, médica y espiritual, si las circunstancias lo requieren).

Es verdad que se han podido cometer muchos errores para una persona llegue a situaciones que se consideran lamentables, pero en estos casos, cuando “la leche ya está derramada” se debe hacer todo lo posible,  y en muchos casos es urgente,  poner los medios para conseguir una pronta rehabilitación de la persona caída, ofreciéndole los recursos convenientes para ese objetivo.

La Iglesia, que suele tener una pastoral para los condenados, tiene una experiencia muy rica. En la historia se han logrado grandes conversiones; personas que no solo se reinsertan nuevamente en la vida social, sino que se convierten en verdaderos líderes para hacer el bien.


La ayuda humana para el desarrollo de las virtudes
Es que todos los hombres, en su naturaleza, tienen en potencia unas virtudes que pueden desarrollar bien con la ayuda de los demás (el cariño, la comprensión, la atención, la asistencia, el acompañamiento, la misericordia). Los mismos errores cometidos y las situaciones adversas han servido de acicate para crecer y fortalecerse cuando hay rectitud de intención, se quiere rectificar y hacer las cosas bien.

La historia es elocuente para enseñarnos todo lo que un ser humano perseguido y maltratado puede conseguir. En muchas situaciones apremiantes, cuando parecía que todo estaba perdido, pudieron llegar los recursos más increíbles que le dieron la vuelta a todo.

La escasez, la cárcel, el hambre junto al el deseo universal de libertad pudieron ser  motivaciones importantes para dejar de lado las malas costumbres adquiridas y cambiar realmente de vida.

“Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel...” (San Josemaría, Camino n. 194).

Quién no recuerda en su etapa escolar, cuando alguna vez lo expulsaron de la clase y uno se quedaba fuera con una sensación de impotencia esperando que el profesor le quitara el castigo, para volver otra vez a la situación de normalidad dentro del aula. En el momento de la expulsión la sensibilidad aumentaba y uno se sentía como debilitado y un poco perdido. Muchas veces esos impases originaban un propósito de cambio. Algunos educadores sabían aprovechar estas situaciones para hacer reflexionar al alumno castigado, que al reconocer la propia debilidad, pedía perdón y prometía no volver a caer en esa falta.  

Es muy cierto que de las caídas se puede sacar impulso. Todo ser humano, por muy grandes que sean sus miserias, puede cambiar y lograr ser una persona muy buena y grandiosa. Es bueno recordar que Jesucristo murió por todos, sin excluir a ninguno. (P. Manuel Tamayo)


martes, 20 de noviembre de 2018


LA HIDALGUÍA DE RECONOCER LA PROPIA CULPA (I)

 “El mea culpa es la expresión que está en una parte de una oración tradicional de la liturgia de la rito romano conocida en latín como el Confiteor (y traducida como el «yo confieso» o el «yo pecador»), en el cual el individuo reconoce sus defectos y pecados ante Dios. El mea culpa del Confiteor ha venido a convertirse en el imaginario popular, ya no es simplemente una confesión de pecados, sino también una admisión de su naturaleza dañina y la buena voluntad de hacer una compensación por ella. También se suele usar como la expresión: «entonar el mea culpa», que significa reconocer errores y pecados propios (Wikipedia).
“Muchos hombres no pueden soportar su sentimiento de culpa y por eso lo niegan. Y cuanto más lo nieguen, tanto más enferman psíquicamente. Mañana o pasado mañana también colapsarán corporalmente” (J. Kentenich, Textos pedagógicos).
“¡Cuánto cuesta hoy encontrar personas que se hagan responsables de lo que hacen! Nadie quiere hoy ser culpable de nada.  Muchos dicen: Alguien tiene la culpa, no yo.  La gente suele buscar siempre la aprobación de su conducta. Y si alguien resulta herido debe ser culpa de otro, del mundo, de Dios, de la vida.  El eludir la propia culpa continuamente acaba haciendo daño. Cada persona debe ser responsable de sus errores, caídas y de sus pecados. Reconocer la propia culpa es un acto de sinceridad y honestidad que libera a la persona. Saber que uno no es perfecto y que se equivoca con frecuencia es aceptar con sencillez la verdad. Solo se puede amar de verdad cuando se reconoce la propia culpa por los errores o pecados cometidos” (Carlos Padilla Esteban, en Aleteia).


COMENTARIO

En una sociedad donde la mentira y la hipocresía son habituales es muy difícil que las personas sean sinceras para reconocer los errores y admitir la culpa de los daños causados.

Todos quieren arreglar las cosas para que su “imagen” resulte siempre aceptable y es entonces cuando la “basura” o las pruebas, las esconden debajo de la alfombra, o se esfuerzan para enterrarlas en un sitio donde nadie las pueda encontrar. Cuentan que los cadáveres de algunas víctimas de las mafias italianas estuvieron ocultos en los encofrados de los edificios construidos.


La triste lejanía de la verdad
Está demás decir que en un ambiente relativista, donde tiene peso la autonomía de la conciencia, la persona que no tiene la verdad, la inventa y busca darle peso y categoría a lo que ha creado, exigiendo que los demás respeten esa “verdad” suya que realmente no tiene sustento.

Los más jóvenes y los adolescentes creen que tienen derecho a no decir a dónde van o con quién han estado. Con ese modo de proceder van generando, sin darse cuenta, una doble vida que les convierte en hipócritas.

Lo penoso es cuando los papás o los educadores no se dan cuenta, son permisivos y piensan que todo está correcto porque deben actuar de acuerdo al consenso colectivo de las mayorías.


Incoherencias en la conducta moral 
Las incoherencias son consecuencia de un aprendizaje formal para cumplir con unas exigencias externas. Hoy es fácil acostumbrarse a hacer las cosas sin haber entendido la finalidad de lo que se está haciendo y no hacer problema.

En los tiempos actuales los chicos suelen respetar las reglas de una formación religiosa, y al mismo tiempo, sin que exista una malicia (no piensan que están engañando), buscan hacerla compatible con una vida de desarreglos que les parece de lo más normal.

Una muestra de incoherencia es la de aquellos que tienen en sus establecimientos de trabajo, colgados en la pared, un crucifijo y muy cerca de él un almanaque con una señorita desnuda. No perciben que no pueden prenderle una vela a un santo y otra al diablo.

Es evidente que en muchos lugares se ha perdido el sentido cristiano de la vida y la mentalidad relativista ha generado un modo de percibir las cosas con falencias graves en criterios morales donde se han multiplicado las incoherencias.

Asusta y clama al cielo cuando nos enteramos que en Europa existen grupos que están a favor de la pedofilia, y en nuestro país da mucha pena descubrir padres de familia, que se dicen católicos practicantes, dando dinero a sus hijos adolescentes para que inicien su vida sexual con prostitutas.

Gran sorpresa se llevó un adolescente escolar que iba a Misa y se confesaba con frecuencia cuando se enteró que estaba muy mal tener relaciones sexuales habituales con chicas. En su cabeza no unía la formación cristiana que recibía en su casa y en su colegio, con esa práctica que le parecía de lo más normal porque así se vivía siempre, -según él - en los ambientes que frecuentaba.


El crecimiento de la ignorancia religiosa
La gran ignorancia religiosa de estos tiempos crea estas situaciones de doble vida sin que exista verdadera conciencia de lo que se está haciendo.

Estos modos de enfocar las cosas consideran a la culpa como un mal que no se puede permitir. No quieren ver en ciertos pecados una culpabilidad y van diciendo que esas acciones, que la Iglesia señala como pecado, ya no lo son, porque como todos las hacen, se han convertido en lo más normal del mundo.


La valentía de reconocer la verdad
Las cosas no se pueden quedar así, es necesario y urgente que descubran la verdad y que reconozcan la culpabilidad de lo que hicieron mal. 

Reconocer los errores y pecados no lleva a la esclavitud o a ser considerados como “apestosos” La verdad siempre lleva a la libertad y las vidas humanas se pueden recomponer.

Los que echan la culpa a los demás deben pensar que ellos también son capaces de cometer esos errores y tal vez otros peores. San Josemaría Escrivá decía: “Yo soy capaz de cometer los errores y los horrores que el hombre más vil de la tierra pueda cometer” (P. Manuel Tamayo)