martes, 4 de diciembre de 2018


LAS HERIDAS DE UN EXCESIVO REGLAMENTARISMO

“Entendemos por personalidad anancásticas aquel tipo de personalidad que se caracteriza por una preocupación patológica por el orden y el perfeccionismo. De la misma manera estas personas se distinguen por la necesidad de control tanto propio como del entorno y una falta de flexibilidad y apertura mental, aunque todo esto interfiera en su día a día o en su eficiencia laboral y social”, (Isabel Rovira Salvador).

“En cuanto a las relaciones interpersonales, los individuos con personalidad anancástica expresan sus afectos de una manera altamente controlada y forzada, y pueden sentirse muy incómodos en presencia de otras personas emocionalmente expresivas. Sus relaciones cotidianas se caracterizan por ser formales y serias, lo que puede dar lugar a situaciones incómodas para las otras personas que los perciben como rígidos y excesivamente hoscos”… Preocupación excesiva por los detalles, las reglas, las listas, el orden, la organización y/o los horarios hasta el punto de afectar a la actividad o tarea principal”. (Isabel Rovira Salvador).

“Además, no sólo suelen ser exigentes consigo mismos, sino también con las personas que tienen a su alrededor, si éstos no están a la altura de sus exigencias llegan a sentirse muy frustradas”, (Isabel Rovira Salvador).

“Pueden llegar a ser muy controladores con las personas que tienen cerca, ya que también quieren que los demás den lo mejor de sí mismos y sean igual de “perfectos” que ellos. Esto les puede llevar a ser bastante duros con las personas con las que tiene un alto nivel de confianza, llegando incluso a lastimarla sin darse cuenta debido a sus altos niveles de exigencia… No es que se crean mejor que los demás, pero piensan que debido a su alto nivel de exigencia y responsabilidad podrán realizar los trabajos o cualquier otra función mejor que otras personas.(Yolanda Cristina Sánchez Sánchez).

COMENTARIO
Cuando son muchas las personas unidas en un estricto reglamentarismo pueden originar ambientes duros y severos donde hay muy poco margen de libertad, y al igual que en los países de regímenes totalitarios, podrían ejercer una presión, de tal magnitud, entre los subordinados, que provoque el consabido síndrome de Estocolmo: cercanía para no hacer problema sin estar de acuerdo.
El anancástico es una persona que está convencida en que su modo de proceder es correcto y que está respetando la libertad de las personas que trata. El que lo observa ve alguien muy pegado a las reglas, responsable, honrado, fiel a los procedimientos y sistemas que aprendió muy bien para ser eficaz y totalmente inamovible en sus esquemas rígidos.
La ceguera del perfeccionista
El anancástico no cree que su conducta hiera a los demás y que en ocasiones pueda convertirse en una auténtica crueldad para los que están a su lado. Es un poco temeroso, no se fía fácilmente de las personas y suele hacerlo todo con una prudente discreción, porque piensa que él las hace mejor y tiene argumentos suficientes para decir que los demás cometen errores.
Cuando un anancástico llega a un sitio nuevo empieza a cambiarlo todo, lo hace poco a poco sin hacer aspavientos “escobita nueva barre mejor”, mientras avanza va descubriendo defectos en los que le han precedido para justificar sus decisiones. Está convencido que los que estuvieron antes hicieron cosas originales que él no tiene porqué atender o continuar y sin más las deja de lado. 
Su aproximación a los controles y a las estructuras es tan notable que logra convertirse en un excelente funcionario, fiel a los sistemas pero no tan cercano a las personas. Necesita para sus relaciones humanas los procedimientos y los lugares apropiados. No puede salirse del libreto. Lo peor es cuando exige a los demás pasar por “el aro” de sus parámetros, que los establece como si fueran ley.
Si son muchos los unidos en estos procedimientos pueden crear en la gente una considerable crisis de identidad, porque forzarían a hacer las cosas solamente porque se deben hacer, como ellos dicen, y así calificarán a las personas no por lo que son, o sus circunstancias, sino por su relación con los sistemas establecidos.
Su perfeccionismo puede crecer de tal manera que no logra conocer bien a la persona que trata, porque la miran a través del esquema estructural que tienen en su cabeza; a la larga con su conducta, tan exagerada y desubicada, provoca el alejamiento de los demás, lo buscan solo los que tienen una necesidad con él y lo consideran útil para resolver sus problemas, después lo dejan solo. No pudo lograr una verdadera amistad.
Los anancásticos son personas que tienen cierta crisis en el amor y se han quedado enganchados a unos medios que han usado siempre para trabajar y para cumplir con sus obligaciones y allí ponen su esperanza. Piensan que es estricto cumplimiento de esos medios les va a devolver los frutos que han perdido.
Es necesario reconocer que estamos ante una situación de soberbia oculta, por ese convencimiento de autovaloración que hace que el anancástico que se cierre siempre en sus trece.  Por esta cerrazón y ceguera se convierte en una persona difícil de tratar.
¿Qué se puede hacer? Conversar serenamente para hacerle ver la dureza de sus procedimientos aunque él crea que es amable con las personas y que lleva las cosas de un modo correcto.
En los ambientes donde existe un perfeccionismo de rigor, se hace apremiante, y a veces urgente, disminuir los controles y reglamentos a lo estrictamente necesario. Conseguir   variar ciertos acostumbramientos para evitar rigideces y manías de querer hacer siempre lo mismo y de una única manera, cuando pueden haber otros modos, o se ve que no es necesario que eso se tenga en cuenta.
Que los ambientes sean abiertos y libres donde se pueda respirar y todos puedan exponer con mucha paz y aceptación sus opiniones y sus modos de hacer las cosas, sin que encuentren comentarios o rostros de desaprobación, o  bromas desatinadas que no vienen al caso, y que expresan también, de alguna manera, una censura, en los ambientes donde se estila el buen trato.  Son modos de no estar de acuerdo  expresados con una sonrisa altanera de falsa “comprensión” que dejan herida a la persona que el anancástico de turno considera “desencajada”. (P. Manuel Tamayo)




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