LAS HERIDAS DE UN EXCESIVO REGLAMENTARISMO
“Entendemos
por personalidad anancásticas aquel
tipo de personalidad que se caracteriza por una preocupación patológica por el
orden y el perfeccionismo. De la misma manera estas personas se distinguen por la necesidad
de control tanto propio como del entorno y una falta de
flexibilidad y apertura mental, aunque todo esto interfiera en su día a día o
en su eficiencia laboral y social”, (Isabel Rovira Salvador).
“En cuanto a
las relaciones interpersonales, los individuos con personalidad anancástica expresan sus afectos de una
manera altamente controlada y forzada, y pueden sentirse muy incómodos en
presencia de otras personas emocionalmente expresivas. Sus relaciones
cotidianas se caracterizan por ser formales y serias, lo que puede dar lugar a
situaciones incómodas para las otras personas que los perciben como rígidos y
excesivamente hoscos”… Preocupación
excesiva por los detalles, las reglas, las listas, el orden, la organización
y/o los horarios hasta el punto de afectar a la actividad o tarea principal”. (Isabel Rovira Salvador).
“Además, no
sólo suelen ser exigentes consigo mismos, sino también con las personas que
tienen a su alrededor, si éstos no están a la altura de sus exigencias llegan a
sentirse muy frustradas”, (Isabel Rovira Salvador).
“Pueden llegar a ser muy controladores
con las personas que tienen cerca, ya que también quieren que los demás den lo
mejor de sí mismos y sean igual de “perfectos” que ellos. Esto les puede llevar
a ser bastante duros con las personas con las que tiene un alto nivel de
confianza, llegando incluso a lastimarla sin darse cuenta debido a sus altos
niveles de exigencia… No es que se crean mejor
que los demás, pero piensan que debido a su alto nivel de exigencia y
responsabilidad podrán realizar los trabajos o cualquier otra función mejor que
otras personas.” (Yolanda Cristina Sánchez
Sánchez).
COMENTARIO
Cuando son muchas las
personas unidas en un estricto reglamentarismo
pueden originar ambientes duros y severos donde hay muy poco margen de
libertad, y al igual que en los países de regímenes totalitarios, podrían
ejercer una presión, de tal magnitud,
entre los subordinados, que provoque el consabido síndrome de Estocolmo: cercanía para no hacer problema sin estar
de acuerdo.
El anancástico es una persona que está convencida en que su modo de
proceder es correcto y que está respetando la libertad de las personas que
trata. El que lo observa ve alguien muy pegado a las reglas, responsable,
honrado, fiel a los procedimientos y sistemas que aprendió muy bien para ser
eficaz y totalmente inamovible en sus esquemas rígidos.
La ceguera del perfeccionista
El anancástico no cree que su conducta hiera a los demás y que en
ocasiones pueda convertirse en una auténtica crueldad para los que están a su
lado. Es un poco temeroso, no se fía fácilmente de las personas y suele hacerlo
todo con una prudente discreción, porque piensa que él las hace mejor y tiene
argumentos suficientes para decir que los demás cometen errores.
Cuando un anancástico llega a un sitio nuevo
empieza a cambiarlo todo, lo hace poco a poco sin hacer aspavientos “escobita nueva barre mejor”, mientras
avanza va descubriendo defectos en los que le han precedido para justificar sus
decisiones. Está convencido que los que estuvieron antes hicieron cosas
originales que él no tiene porqué atender o continuar y sin más las deja de
lado.
Su aproximación a los
controles y a las estructuras es tan notable que logra convertirse en un
excelente funcionario, fiel a los sistemas pero no tan cercano a las personas.
Necesita para sus relaciones humanas los procedimientos y los lugares
apropiados. No puede salirse del libreto. Lo peor es cuando exige a los demás
pasar por “el aro” de sus parámetros, que los establece como si fueran ley.
Si son muchos los unidos en
estos procedimientos pueden crear en la gente una considerable crisis de
identidad, porque forzarían a hacer las cosas solamente porque se deben hacer,
como ellos dicen, y así calificarán a las personas no por lo que son, o sus circunstancias, sino por su
relación con los sistemas establecidos.
Su perfeccionismo puede
crecer de tal manera que no logra conocer bien a la persona que trata, porque
la miran a través del esquema estructural que tienen en su cabeza; a la larga
con su conducta, tan exagerada y
desubicada, provoca el alejamiento de los demás, lo buscan solo los que
tienen una necesidad con él y lo consideran útil para resolver sus problemas,
después lo dejan solo. No pudo lograr una verdadera amistad.
Los anancásticos son personas que tienen cierta crisis en el amor y se
han quedado enganchados a unos medios que han usado siempre para trabajar y
para cumplir con sus obligaciones y allí ponen su esperanza. Piensan que es
estricto cumplimiento de esos medios les va a devolver los frutos que han
perdido.
Es necesario reconocer que estamos
ante una situación de soberbia oculta, por ese convencimiento de autovaloración
que hace que el anancástico que se
cierre siempre en sus trece. Por esta cerrazón y ceguera se convierte en
una persona difícil de tratar.
¿Qué se puede hacer?
Conversar serenamente para hacerle ver la dureza de sus procedimientos aunque
él crea que es amable con las personas y que lleva las cosas de un modo
correcto.
En los ambientes donde existe
un perfeccionismo de rigor, se hace apremiante, y a veces urgente, disminuir los controles y reglamentos a lo
estrictamente necesario. Conseguir variar ciertos acostumbramientos para evitar
rigideces y manías de querer hacer siempre lo mismo y de una única manera,
cuando pueden haber otros modos, o se ve que no es necesario que eso se tenga
en cuenta.
Que los ambientes sean
abiertos y libres donde se pueda respirar y todos puedan exponer con mucha paz
y aceptación sus opiniones y sus modos de hacer las cosas, sin que encuentren
comentarios o rostros de desaprobación, o bromas desatinadas que no vienen al caso, y
que expresan también, de alguna manera,
una censura, en los ambientes donde se estila el buen trato. Son modos de no estar de acuerdo expresados con una sonrisa altanera de falsa
“comprensión” que dejan herida a la persona que el anancástico de turno considera
“desencajada”. (P. Manuel Tamayo)
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