LA DIGNIDAD DEL HOMBRE CULPABLE (II)
“El ser humano
tiene derecho a ser juzgado culpable e incluso a pedir que se le condene: si lo
consideramos una simple víctima de determinadas circunstancias, junto con la
culpa le robamos la dignidad, porque pertenece a la esencia del hombre el poder
hacerse culpable. Al ser humano no solo le pertenece la libertad de hacerse
culpable, sino también la responsabilidad de superar la culpa cometida” (Max Scheler).
“Una
persona (realmente) arrepentida, recupera su dignidad. Así, por ejemplo, una
persona que no duda en mentir siempre que le conviene, pierde (parte de) su
dignidad, en el sentido de que no puede esperar que los demás respeten su
palabra, es decir, que le crean cuando asegure algo, respeto del que sí que es
digna toda persona que tenga claro que no debe mentir (a quien no se merezca
que le mientan). Ahora bien, si el mentiroso comprende que su actitud no es
racional y se arrepiente (realmente) de ella, recupera su dignidad, porque
ahora ya es digno de crédito. De hecho, afirmar que su arrepentimiento es real
es equivalente a afirmar que la persona ya es digna de crédito, lo cual, a su
vez, es equivalente a afirmar que ha recuperado la dignidad que había perdido
con sus mentiras” (filosofía, Universidad de Valencia).
“Debemos confiar en la misericordia de Dios:
Dios es más grande que nuestro pecado...Dios es más grande que todos los
pecados que podamos cometer... Y su amor es un océano en el que podemos
sumergirnos sin miedo de ahogarnos. Perdonar, para Dios, significa darnos la
certeza de que no nos abandona nunca, cualquier cosa sea lo que nos
reprochemos, Él es siempre más grande que todo” (Papa Francisco,
Boletín de la Santa Sede, marzo de
2016).
“Entierra con la penitencia, en el hoyo
profundo que abra tu humildad, tus negligencias, ofensas y pecados. —Así
entierra el labrador, al pie del árbol que los produjo, frutos podridos,
ramillas secas y hojas caducas. —Y lo que era estéril, mejor, lo que era
perjudicial, contribuye eficazmente a una nueva fecundidad. Aprende a sacar, de
las caídas, impulso: de la muerte, vida” (san Josemaría
Escrivá, Camino, 211).
COMENTARIO
Una persona culpable y condenada no es una
persona fracasada.
Ninguna autoridad en el mundo tiene derecho a
maltratar al capturado y mucho menos a desear que se “pudra” en un calabozo.
Ningún ser humano puede desear el mal a otro por muy graves que hayan sido sus
faltas.
Las leyes de un país no solo deben proteger la
integridad física del condenado sino que deben facilitarle la presencia
personas capacitadas para ayudar a los reos en sus requerimientos (que se encuentren atendidos en sus
necesidades, que puedan tener una asistencia psicológica, médica y espiritual,
si las circunstancias lo requieren).
Es verdad que se han podido cometer muchos
errores para una persona llegue a situaciones que se consideran lamentables,
pero en estos casos, cuando “la leche ya
está derramada” se debe hacer todo lo posible, y en
muchos casos es urgente, poner los
medios para conseguir una pronta rehabilitación de la persona caída, ofreciéndole
los recursos convenientes para ese objetivo.
La Iglesia, que
suele tener una pastoral para los condenados, tiene una experiencia muy rica.
En la historia se han logrado grandes conversiones; personas que no solo se
reinsertan nuevamente en la vida social, sino que se convierten en verdaderos
líderes para hacer el bien.
La ayuda humana
para el desarrollo de las virtudes
Es que todos los hombres, en su naturaleza, tienen en potencia unas virtudes que pueden
desarrollar bien con la ayuda de los demás (el
cariño, la comprensión, la atención, la asistencia, el acompañamiento, la
misericordia). Los mismos errores cometidos y las situaciones adversas han
servido de acicate para crecer y fortalecerse cuando hay rectitud de intención,
se quiere rectificar y hacer las cosas bien.
La historia es elocuente para enseñarnos todo
lo que un ser humano perseguido y maltratado puede conseguir. En muchas
situaciones apremiantes, cuando parecía que todo estaba perdido, pudieron
llegar los recursos más increíbles que le dieron la vuelta a todo.
La escasez, la cárcel, el hambre junto al el
deseo universal de libertad pudieron ser
motivaciones importantes para dejar de lado las malas costumbres
adquiridas y cambiar realmente de vida.
“Yo
te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los
desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad,
traición, calumnia, cárcel...” (San
Josemaría, Camino n. 194).
Quién no recuerda en su etapa escolar, cuando
alguna vez lo expulsaron de la clase y uno se quedaba fuera con una sensación
de impotencia esperando que el profesor le quitara el castigo, para volver otra
vez a la situación de normalidad dentro del aula. En el momento de la expulsión
la sensibilidad aumentaba y uno se sentía como debilitado y un poco perdido.
Muchas veces esos impases originaban un propósito de cambio. Algunos educadores
sabían aprovechar estas situaciones para hacer reflexionar al alumno castigado,
que al reconocer la propia debilidad,
pedía perdón y prometía no volver a caer en esa falta.
Es muy cierto que de las caídas se puede sacar
impulso. Todo ser humano, por muy grandes
que sean sus miserias, puede cambiar y lograr ser una persona muy buena y
grandiosa. Es bueno recordar que Jesucristo murió por todos, sin excluir a
ninguno. (P. Manuel Tamayo)
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