lunes, 26 de noviembre de 2018


LA DIGNIDAD DEL HOMBRE CULPABLE (II)

“El ser humano tiene derecho a ser juzgado culpable e incluso a pedir que se le condene: si lo consideramos una simple víctima de determinadas circunstancias, junto con la culpa le robamos la dignidad, porque pertenece a la esencia del hombre el poder hacerse culpable. Al ser humano no solo le pertenece la libertad de hacerse culpable, sino también la responsabilidad de superar la culpa cometida” (Max Scheler).

 “Una persona (realmente) arrepentida, recupera su dignidad. Así, por ejemplo, una persona que no duda en mentir siempre que le conviene, pierde (parte de) su dignidad, en el sentido de que no puede esperar que los demás respeten su palabra, es decir, que le crean cuando asegure algo, respeto del que sí que es digna toda persona que tenga claro que no debe mentir (a quien no se merezca que le mientan). Ahora bien, si el mentiroso comprende que su actitud no es racional y se arrepiente (realmente) de ella, recupera su dignidad, porque ahora ya es digno de crédito. De hecho, afirmar que su arrepentimiento es real es equivalente a afirmar que la persona ya es digna de crédito, lo cual, a su vez, es equivalente a afirmar que ha recuperado la dignidad que había perdido con sus mentiras” (filosofía, Universidad de Valencia).

“Debemos confiar en la misericordia de Dios: Dios es más grande que nuestro pecado...Dios es más grande que todos los pecados que podamos cometer... Y su amor es un océano en el que podemos sumergirnos sin miedo de ahogarnos. Perdonar, para Dios, significa darnos la certeza de que no nos abandona nunca, cualquier cosa sea lo que nos reprochemos, Él es siempre más grande que todo” (Papa Francisco, Boletín  de la Santa Sede, marzo de 2016).

“Entierra con la penitencia, en el hoyo profundo que abra tu humildad, tus negligencias, ofensas y pecados. —Así entierra el labrador, al pie del árbol que los produjo, frutos podridos, ramillas secas y hojas caducas. —Y lo que era estéril, mejor, lo que era perjudicial, contribuye eficazmente a una nueva fecundidad. Aprende a sacar, de las caídas, impulso: de la muerte, vida” (san Josemaría Escrivá, Camino, 211).


COMENTARIO

Una persona culpable y condenada no es una persona fracasada.

Ninguna autoridad en el mundo tiene derecho a maltratar al capturado y mucho menos a desear que se “pudra” en un calabozo. Ningún ser humano puede desear el mal a otro por muy graves que hayan sido sus faltas.

Las leyes de un país no solo deben proteger la integridad física del condenado sino que deben facilitarle la presencia personas capacitadas para ayudar a los reos en sus requerimientos (que se encuentren atendidos en sus necesidades, que puedan tener una asistencia psicológica, médica y espiritual, si las circunstancias lo requieren).

Es verdad que se han podido cometer muchos errores para una persona llegue a situaciones que se consideran lamentables, pero en estos casos, cuando “la leche ya está derramada” se debe hacer todo lo posible,  y en muchos casos es urgente,  poner los medios para conseguir una pronta rehabilitación de la persona caída, ofreciéndole los recursos convenientes para ese objetivo.

La Iglesia, que suele tener una pastoral para los condenados, tiene una experiencia muy rica. En la historia se han logrado grandes conversiones; personas que no solo se reinsertan nuevamente en la vida social, sino que se convierten en verdaderos líderes para hacer el bien.


La ayuda humana para el desarrollo de las virtudes
Es que todos los hombres, en su naturaleza, tienen en potencia unas virtudes que pueden desarrollar bien con la ayuda de los demás (el cariño, la comprensión, la atención, la asistencia, el acompañamiento, la misericordia). Los mismos errores cometidos y las situaciones adversas han servido de acicate para crecer y fortalecerse cuando hay rectitud de intención, se quiere rectificar y hacer las cosas bien.

La historia es elocuente para enseñarnos todo lo que un ser humano perseguido y maltratado puede conseguir. En muchas situaciones apremiantes, cuando parecía que todo estaba perdido, pudieron llegar los recursos más increíbles que le dieron la vuelta a todo.

La escasez, la cárcel, el hambre junto al el deseo universal de libertad pudieron ser  motivaciones importantes para dejar de lado las malas costumbres adquiridas y cambiar realmente de vida.

“Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel...” (San Josemaría, Camino n. 194).

Quién no recuerda en su etapa escolar, cuando alguna vez lo expulsaron de la clase y uno se quedaba fuera con una sensación de impotencia esperando que el profesor le quitara el castigo, para volver otra vez a la situación de normalidad dentro del aula. En el momento de la expulsión la sensibilidad aumentaba y uno se sentía como debilitado y un poco perdido. Muchas veces esos impases originaban un propósito de cambio. Algunos educadores sabían aprovechar estas situaciones para hacer reflexionar al alumno castigado, que al reconocer la propia debilidad, pedía perdón y prometía no volver a caer en esa falta.  

Es muy cierto que de las caídas se puede sacar impulso. Todo ser humano, por muy grandes que sean sus miserias, puede cambiar y lograr ser una persona muy buena y grandiosa. Es bueno recordar que Jesucristo murió por todos, sin excluir a ninguno. (P. Manuel Tamayo)


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