LA HIDALGUÍA DE RECONOCER LA PROPIA CULPA (I)
“El mea
culpa es la expresión que está en una parte de una oración tradicional de
la liturgia de
la rito romano conocida
en latín como el Confiteor (y traducida como el «yo confieso» o el «yo
pecador»), en el cual el individuo reconoce sus defectos y pecados ante Dios. El mea culpa del Confiteor ha
venido a convertirse en el imaginario popular, ya no es simplemente una confesión de pecados, sino también una admisión de su
naturaleza dañina y la buena voluntad de hacer una compensación por ella. También
se suele usar como la expresión: «entonar el mea culpa», que
significa reconocer errores y pecados propios (Wikipedia).
“Muchos
hombres no pueden soportar su sentimiento de culpa y por eso lo niegan. Y
cuanto más lo nieguen, tanto más enferman psíquicamente. Mañana o pasado mañana
también colapsarán corporalmente” (J. Kentenich, Textos pedagógicos).
“¡Cuánto
cuesta hoy encontrar personas que se hagan responsables de lo que hacen! Nadie quiere hoy
ser culpable de nada. Muchos dicen: Alguien
tiene la culpa, no yo. La gente
suele buscar siempre la aprobación de su conducta. Y si alguien resulta herido
debe ser culpa de otro, del mundo, de Dios, de la vida. El
eludir la propia culpa continuamente acaba haciendo daño. Cada persona debe ser responsable de
sus errores, caídas y de sus pecados. Reconocer la propia culpa es un acto de
sinceridad y honestidad que libera a la persona. Saber que uno no es perfecto y
que se equivoca con frecuencia es aceptar con sencillez la verdad. Solo se
puede amar de verdad cuando se reconoce la propia culpa por los errores o
pecados cometidos” (Carlos Padilla Esteban, en Aleteia).
COMENTARIO
En una sociedad
donde la mentira y la hipocresía son habituales es muy difícil que las personas
sean sinceras para reconocer los errores y admitir la culpa de los daños
causados.
Todos quieren
arreglar las cosas para que su “imagen” resulte siempre aceptable y es entonces
cuando la “basura” o las pruebas, las esconden debajo de la alfombra,
o se esfuerzan para enterrarlas en un sitio donde nadie las pueda encontrar. Cuentan
que los cadáveres de algunas víctimas de las mafias italianas estuvieron
ocultos en los encofrados de los edificios construidos.
La triste lejanía de la verdad
Está demás decir
que en un ambiente relativista, donde tiene peso la autonomía de la conciencia,
la persona que no tiene la verdad, la inventa y busca darle peso y categoría a lo
que ha creado, exigiendo que los demás respeten esa “verdad” suya que realmente
no tiene sustento.
Los más jóvenes y
los adolescentes creen que tienen derecho a no decir a dónde van o con quién
han estado. Con ese modo de proceder van generando, sin darse cuenta, una doble vida que les convierte en hipócritas.
Lo penoso es cuando
los papás o los educadores no se dan cuenta, son permisivos y piensan que todo
está correcto porque deben actuar de acuerdo al consenso colectivo de las
mayorías.
Incoherencias en la conducta moral
Las incoherencias
son consecuencia de un aprendizaje formal para cumplir con unas exigencias
externas. Hoy es fácil acostumbrarse a hacer las cosas sin haber entendido la
finalidad de lo que se está haciendo y no hacer problema.
En los tiempos
actuales los chicos suelen respetar las reglas de una formación religiosa, y al
mismo tiempo, sin que exista una malicia
(no piensan que están engañando), buscan hacerla compatible con una vida de
desarreglos que les parece de lo más normal.
Una muestra de
incoherencia es la de aquellos que tienen en sus establecimientos de trabajo, colgados en la pared, un crucifijo y muy
cerca de él un almanaque con una señorita desnuda. No perciben que no pueden
prenderle una vela a un santo y otra al diablo.
Es evidente que en
muchos lugares se ha perdido el sentido cristiano de la vida y la mentalidad
relativista ha generado un modo de percibir las cosas con falencias graves en
criterios morales donde se han multiplicado las incoherencias.
Asusta y clama al
cielo cuando nos enteramos que en Europa existen grupos que están a favor de la
pedofilia, y en nuestro país da mucha pena descubrir padres de familia, que se dicen católicos practicantes,
dando dinero a sus hijos adolescentes para que inicien su vida sexual con
prostitutas.
Gran sorpresa se
llevó un adolescente escolar que iba a Misa y se confesaba con frecuencia
cuando se enteró que estaba muy mal tener relaciones sexuales habituales con
chicas. En su cabeza no unía la formación cristiana que recibía en su casa y en
su colegio, con esa práctica que le parecía de lo más normal porque así se
vivía siempre, -según él - en los
ambientes que frecuentaba.
El crecimiento de la ignorancia religiosa
La gran ignorancia
religiosa de estos tiempos crea estas situaciones de doble vida sin que exista
verdadera conciencia de lo que se está haciendo.
Estos modos de
enfocar las cosas consideran a la culpa como un mal que no se puede permitir.
No quieren ver en ciertos pecados una culpabilidad y van diciendo que esas
acciones, que la Iglesia señala como
pecado, ya no lo son, porque como todos las hacen, se han convertido en lo
más normal del mundo.
La valentía de reconocer la verdad
Las cosas no se
pueden quedar así, es necesario y urgente que descubran la verdad y que
reconozcan la culpabilidad de lo que hicieron mal.
Reconocer los
errores y pecados no lleva a la esclavitud o a ser considerados como
“apestosos” La verdad siempre lleva a la libertad y las vidas humanas se pueden
recomponer.
Los que echan la
culpa a los demás deben pensar que ellos también son capaces de cometer esos
errores y tal vez otros peores. San Josemaría Escrivá decía: “Yo soy capaz de cometer los errores y los
horrores que el hombre más vil de la tierra pueda cometer” (P. Manuel Tamayo)
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