martes, 20 de noviembre de 2018


LA HIDALGUÍA DE RECONOCER LA PROPIA CULPA (I)

 “El mea culpa es la expresión que está en una parte de una oración tradicional de la liturgia de la rito romano conocida en latín como el Confiteor (y traducida como el «yo confieso» o el «yo pecador»), en el cual el individuo reconoce sus defectos y pecados ante Dios. El mea culpa del Confiteor ha venido a convertirse en el imaginario popular, ya no es simplemente una confesión de pecados, sino también una admisión de su naturaleza dañina y la buena voluntad de hacer una compensación por ella. También se suele usar como la expresión: «entonar el mea culpa», que significa reconocer errores y pecados propios (Wikipedia).
“Muchos hombres no pueden soportar su sentimiento de culpa y por eso lo niegan. Y cuanto más lo nieguen, tanto más enferman psíquicamente. Mañana o pasado mañana también colapsarán corporalmente” (J. Kentenich, Textos pedagógicos).
“¡Cuánto cuesta hoy encontrar personas que se hagan responsables de lo que hacen! Nadie quiere hoy ser culpable de nada.  Muchos dicen: Alguien tiene la culpa, no yo.  La gente suele buscar siempre la aprobación de su conducta. Y si alguien resulta herido debe ser culpa de otro, del mundo, de Dios, de la vida.  El eludir la propia culpa continuamente acaba haciendo daño. Cada persona debe ser responsable de sus errores, caídas y de sus pecados. Reconocer la propia culpa es un acto de sinceridad y honestidad que libera a la persona. Saber que uno no es perfecto y que se equivoca con frecuencia es aceptar con sencillez la verdad. Solo se puede amar de verdad cuando se reconoce la propia culpa por los errores o pecados cometidos” (Carlos Padilla Esteban, en Aleteia).


COMENTARIO

En una sociedad donde la mentira y la hipocresía son habituales es muy difícil que las personas sean sinceras para reconocer los errores y admitir la culpa de los daños causados.

Todos quieren arreglar las cosas para que su “imagen” resulte siempre aceptable y es entonces cuando la “basura” o las pruebas, las esconden debajo de la alfombra, o se esfuerzan para enterrarlas en un sitio donde nadie las pueda encontrar. Cuentan que los cadáveres de algunas víctimas de las mafias italianas estuvieron ocultos en los encofrados de los edificios construidos.


La triste lejanía de la verdad
Está demás decir que en un ambiente relativista, donde tiene peso la autonomía de la conciencia, la persona que no tiene la verdad, la inventa y busca darle peso y categoría a lo que ha creado, exigiendo que los demás respeten esa “verdad” suya que realmente no tiene sustento.

Los más jóvenes y los adolescentes creen que tienen derecho a no decir a dónde van o con quién han estado. Con ese modo de proceder van generando, sin darse cuenta, una doble vida que les convierte en hipócritas.

Lo penoso es cuando los papás o los educadores no se dan cuenta, son permisivos y piensan que todo está correcto porque deben actuar de acuerdo al consenso colectivo de las mayorías.


Incoherencias en la conducta moral 
Las incoherencias son consecuencia de un aprendizaje formal para cumplir con unas exigencias externas. Hoy es fácil acostumbrarse a hacer las cosas sin haber entendido la finalidad de lo que se está haciendo y no hacer problema.

En los tiempos actuales los chicos suelen respetar las reglas de una formación religiosa, y al mismo tiempo, sin que exista una malicia (no piensan que están engañando), buscan hacerla compatible con una vida de desarreglos que les parece de lo más normal.

Una muestra de incoherencia es la de aquellos que tienen en sus establecimientos de trabajo, colgados en la pared, un crucifijo y muy cerca de él un almanaque con una señorita desnuda. No perciben que no pueden prenderle una vela a un santo y otra al diablo.

Es evidente que en muchos lugares se ha perdido el sentido cristiano de la vida y la mentalidad relativista ha generado un modo de percibir las cosas con falencias graves en criterios morales donde se han multiplicado las incoherencias.

Asusta y clama al cielo cuando nos enteramos que en Europa existen grupos que están a favor de la pedofilia, y en nuestro país da mucha pena descubrir padres de familia, que se dicen católicos practicantes, dando dinero a sus hijos adolescentes para que inicien su vida sexual con prostitutas.

Gran sorpresa se llevó un adolescente escolar que iba a Misa y se confesaba con frecuencia cuando se enteró que estaba muy mal tener relaciones sexuales habituales con chicas. En su cabeza no unía la formación cristiana que recibía en su casa y en su colegio, con esa práctica que le parecía de lo más normal porque así se vivía siempre, -según él - en los ambientes que frecuentaba.


El crecimiento de la ignorancia religiosa
La gran ignorancia religiosa de estos tiempos crea estas situaciones de doble vida sin que exista verdadera conciencia de lo que se está haciendo.

Estos modos de enfocar las cosas consideran a la culpa como un mal que no se puede permitir. No quieren ver en ciertos pecados una culpabilidad y van diciendo que esas acciones, que la Iglesia señala como pecado, ya no lo son, porque como todos las hacen, se han convertido en lo más normal del mundo.


La valentía de reconocer la verdad
Las cosas no se pueden quedar así, es necesario y urgente que descubran la verdad y que reconozcan la culpabilidad de lo que hicieron mal. 

Reconocer los errores y pecados no lleva a la esclavitud o a ser considerados como “apestosos” La verdad siempre lleva a la libertad y las vidas humanas se pueden recomponer.

Los que echan la culpa a los demás deben pensar que ellos también son capaces de cometer esos errores y tal vez otros peores. San Josemaría Escrivá decía: “Yo soy capaz de cometer los errores y los horrores que el hombre más vil de la tierra pueda cometer” (P. Manuel Tamayo)



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