jueves, 29 de diciembre de 2016

MUCHO MÁS QUE DECIR: “GRACIAS”

“Si alguna vez te has preguntado como corresponder a un amor como el de Dios, la manera más clara en que podemos hacerlo es amándolo como nos pide que lo amemos; no es difícil, solo basta con tener presente todo lo que ha hecho por nosotros, como es que ha llenado esos vacíos que nadie más puede llenar, porque no hubo, no hay y no habrá nunca nadie que nos ame más de lo que Él nos ama”. (Maite Leija)

"No hay deber más necesario que el de dar las gracias.  Al expresar nuestro agradecimiento por lo recibido estamos  reconociendo -y sobre todo sintiendo- lo dichosos y bendecidos que somos, de manera tal, que los mayores beneficiados con nuestro agradecimiento sincero somos nosotros mismos, al llenarnos de buenos sentimientos”. (Marco Tulio Cicerón).

“¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco?” (San Josemaría Escrivá, Camino n. 425).

COMENTARIO

La valoración del agradecimiento está en la correspondencia que tiene dos aspectos muy claros y definidos: la cercanía al que nos amó y la correspondencia a lo que nos enseñó. Cuando alguien ha sido querido y valorado se debe aplicar la famosa frase: “amor con amor se paga”, decir “gracias” no basta.

Para que una relación humana de gratuidad sea correcta,  es necesario que el donante ame al que lo está beneficiando, que no solamente le entregue algo sino que se interese por su vida y que la donación concreta sea un acto de amor.

De la misma manera el que es beneficiado no debe mirar solo el beneficio recibido, debe abrir su corazón al donante que lo está queriendo, para recibir no solo un regalo, sino el afecto de un corazón amigo. Esto último es más importante que lo recibido.

Los regalos y los afectos humanos no deben quedarse en la benevolencia. Eso es muy poco y de escasa categoría humana. En las relaciones humanas las virtudes son las que dan el nivel de calidad y hacen a las personas felices y libres de verdad.

Lamentablemente en estos tiempos los beneficiados cogen el beneficio, dicen gracias y se retiran, no les interesa para nada la cercanía del donante. Lo mismo ocurre con la gran mayoría de donantes: entregan una mercancía y se llenan de alegría cuando alguien se beneficia con ella, sin que nazca ningún interés por la vida y felicidad de esas personas que recibieron el beneficio.

Lo que está faltando es el amor al prójimo en el donante y en el beneficiado. El amor hace que la relación sea distinta y perdurable. Cuando hay amor se produce una empatía que no es apego, es más bien una sintonía, un entendimiento, un afán de ayudarse a ser mejores que nunca termina. Surge así una amistad incondicional donde hay siempre reciprocidad y correspondencia. El cariño persiste y todos ganan. (P. Manuel Tamayo).


jueves, 22 de diciembre de 2016

IMPREVISTOS Y LOCURAS DIVINAS

¿Hay locura más grande que echar a voleo el trigo dorado en la tierra para que se pudra? –Sin esa generosa locura no habría cosecha (Camino, 834).

¿No gritaríais de buena gana a la juventud que bulle alrededor vuestro: ;locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón... y muchas veces lo envilecen..., dejad eso y venid con nosotros tras el Amor? (Camino, 790).

«Quiero decir que demos una importancia primaria y fundamental a la "espontaneidad apostólica de la persona", a su libre y responsable iniciativa, guiada por la acción del Espíritu; y no a las estructuras organizativas, mandatos, tácticas y planes impuestos desde el vértice, en sede de gobierno” (San Josemaría Escrivá).


COMENTARIO

Los planes de Dios son distintos a lo de los hombres. El hombre, en su lógica racional, cree que las cosas saldrán bien con una buena planificación y se esmera en buscar los mejores sistemas tratando de que nada falle y que todo esté previsto. Dedica tiempo en organizar reuniones, establecer parámetros, poner controles, fabricar teorías procurando ser lo más objetivo posible en atención a la realidad y a las circunstancias.

En cambio Dios, que es más inteligente y lo sabe todo, en su relación con los hombres es imprevisible y misterioso. Envía a su Hijo a la tierra sin resolver ni prever absolutamente nada, en Belén nadie se enteraba y por lo tanto nadie lo recibió, tuvo que nacer en un establo junto a los animales. A José no le dijo antes que la Virgen estaba en cinta por obra del Espíritu Santo, el Niño Jesús se “escapa” de su casa, sin pedir permiso a sus padres, para enseñar a los doctores, a Juan Bautista no le da nada para que prepare su vida pública. Las preparaciones más importantes de la historia suelen ser en el desierto donde no hay nada (de Juan Bautista y de Jesús).

Los hombres en cambio lo preparan todo con lógica humana, como sucede con todos los acontecimientos importantes de la tierra.

Dios actúa de otro modo: valora más la monedita de la viuda que los grandes dineros de los fariseos, acepta al leproso y a los grandes pecadores arrepentidos y no escucha a los que se jactan de su buena conducta, entrega a través de su madre la Virgen María los grandes mensajes para el mundo a tres niños en Fátima, escoge las piedras desechadas por los hombres como piedras principales para construir.

A pesar de ver la lógica divina el hombre sigue empecinado y terco en su sistema de organizarse y entonces a lo largo de su vida irá viendo que las cosas salen de otra manera. Recuerdo cuando San Josemaría decía que las vocaciones salen debajo de las piedras. Cuando los seres humanos, muy orondos, se esfuerzan en planificar las vocaciones que vendrían al servicio de Dios,  se llevan un “chasco” porque aparecen de los lugares más imprevistos y de los modos que nunca jamás pensamos.

El hombre quiere resolverlo todo con las matemáticas mientras Dios escribe con reglones torcidos. Además, como decía San Juan Pablo II, “el hombre que habla del hombre sin Dios se va contra el hombre” Sin Dios no quiere decir sin fe, sino el hecho de no conocer los planes de Dios, que son distintos a los planes de los hombres.

Si consideramos las cosas a la luz de la fe, teniendo en cuenta estas realidades, entenderemos mejor la vida de los santos. Cada uno de ellos tiene su personalidad, no se parecen nada y tienen sus “chifladuras”, suelen romper esquemas, hacen locuras y por eso son incomprendidos, con abundantes críticas de los demás, incluso de los que están más cerca.  (P. Manuel Tamayo)



jueves, 15 de diciembre de 2016

LA POBRE IMPOSICIÓN DEL AMARRÓN

El amarrón  es inseguro y por eso quiere imponer; lo más probable es que exista en él un patrón de desconfianza y suspicacia general hacia los otros, de tal forma que las intenciones de los demás las interpreta como maliciosas. Son personalidades un poco trastornadas que apenas se dan cuenta de lo que padecen.  Suelen ser anomalías que  se arrastran desde la juventud pero que crecen y se notan más en la edad adulta.
Los que sufren este trastorno tienden a imaginarse que los demás quieren aprovecharse de él, que le quieren hacer daño o engañarlo, aunque no tengan ninguna prueba que apoye esos argumentos que esgrimen; los crean con la imaginación y los sueltan como si fueran reales. Dudan, con relativa frecuencia, acerca de la lealtad o la fidelidad de las personas, y se esmeran en controlarlo todo para encontrar pruebas que justifiquen sus posturas.  
Cuando alguien se muestra cordial o amable, se sorprenden,  pero no confían, porque temen que pueda aprovecharse de ellos, o que difunda informaciones en contra.  
Creen “descubrir” intenciones o significados ocultos que son amenazantes. Sospechan y no se fían,  quieren  amarrarlo  todo siendo reiterativos en las advertencias para que se les haga caso.
Estos sujetos, normalmente,  guardan  rencores y son incapaces de olvidar los “maltratos” que creen sufrir, por la mala conducta de los demás. Hacen propósitos radicales y están dispuestos al contrataque cuando piensan que alguien los ofendió.
Estas limitaciones entran dentro de los trastornos paranoides de la personalidad. Quien los padece no confía en los demás y termina siendo autosuficiente y autónomo en sus decisiones y con un alto grado de control sobre los que lo rodean. (Dr. Gómez Jarabo, Director de biopsicología)

COMENTARIO
Hay gente que pone el reflector en lo que las personas deben hacer para que todo salga bien y no se fijan ni atienden a las mismas personas.

Esta conducta que a primera vista parece correcta y acertada, podría generar limitaciones en las relaciones personales y entorpecer el acierto para una correcta jerarquía de valores en los asuntos humanos, que debe tener siempre como prioridad la consideración de cada persona con sus circunstancias particulares.

El ir de frente al reglamento o a lo establecido no da garantía de acierto. Existen matices que solo se contemplan si la cabeza está más dirigida a las personas que a las actividades que tendrían que hacer las personas. La intervención severa resulta peor si las personas están “fallando” en los deberes que tendrían que cumplir.

La solución no se consigue con una conducta rígida y dura, tampoco con la permisividad de dejar pasar. Algunas veces puede parecer que se trata de una cuestión de disciplina, que se arregla con una fuerte voz de mando o con la aplicación de un castigo, pero si nos fijamos bien, nos daremos cuenta que ese no es el camino correcto.

Lo primero que se requiere para arreglar los problemas humanos son las virtudes fundamentales, que son las que  ayudan a comprender y a querer bien a las personas. Comprender es un arte que procede de un amor intenso y ordenado que se manifiesta en una conducta serena, donde abunda la paz, la confianza y la alegría.

El que comprende sabe  situarse en los distintos puntos de vista de las personas para descubrir lo que cada una lleva su interioridad:  lo qué está buscando, cuáles son sus sentimientos, qué es lo que más quiere. Este conocimiento lo consigue amando. Si no hay amor no hay nada. Ni la experiencia, ni la ciencia, ni un lógico razonamiento sirven si faltara el amor al prójimo.

Cuando una persona es querida crecen sus condiciones para darse cuenta del aprecio que se le tiene, entonces su disposición a favor aumenta considerablemente. La experiencia de una persona que sabe querer con los adolescentes es elocuente.  Fijarse en una persona y valorarla realmente, sin hacer alardes de obsequiosidad, es la mejor llave para entrar en su interioridad. El que es querido agradece que se meta su vida el que realmente lo quiere, no cualquiera. El éxito del que sabe amar en la apertura de las personas se logra en el 99% de los casos.

En cambio el rígido y severo tendrá siempre una venda y estará impedido para tener una apreciación correcta de las personas, no encontrará la manera de acercarse y de ser correspondido.  Es que está sesgado poniendo el reflector en lo que hay que hacer y en lo que deberían hacer los demás.

Además, su certera mentalidad de desconfianza lo empuja a imponer, como sistema lógico para que las cosas caminen,  y apenas se da cuenta de la tiranía  que están ejerciendo con su drástica conducta. Le parece que está actuando correctamente y entonces para tener seguridad amarra todo lo que puede. Piensa que si las cosas no están amarradas todo se convierte en desorden y caos.

Vive la angustia de querer  asegurarlo todo para que las cosas no fallen, sin darse cuenta que ese modo de ser y de proceder lo aleja de las personas.


Las cosas salen adelante con el ejemplo y las virtudes de las personas en un clima amable de libertad. (P. Manuel Tamayo).

miércoles, 7 de diciembre de 2016

LA CORTEDAD DE LOS DESCONFIADOS

La confianza es la seguridad que alguien tiene en otra persona o en algo. Es una cualidad propia de los seres vivos, especialmente los seres humanos. Es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse del no-control del otro y del tiempo”. (Laurence Cornu).
“La confianza, como el arte, nunca proviene de tener todas las respuestas, sino de estar abierto a todas las preguntas” (Wallace Stevens).
“La confianza transforma a las personas y gracias a esta transformación crecemos y evolucionamos, por tanto, abrámonos a la confianza y así, confiaremos más en nosotros mismos y en los demás” (Ana Molina).
 “Se es realmente feliz cuando se tiene  mucha confianza en Dios, confianza en los demás y desconfianza en nosotros mismos” (San Josemaría Escrivá de Balaguer).

COMENTARIO

Es mejor confiar que desconfiar. El ímpetu de la desconfianza conduce a la terquedad y hace crecer el voluntarismo con una suerte de pasión que le quita a la inteligencia su amplitud. El hombre ha recibido una inteligencia para amar y el más inteligente es el que se sitúa bien para tener con las personas la máxima delicadeza y comprensión que pueda.

La apertura del inteligente está libre de miedos y temores. “El que tiene miedo no sabe querer” y lo que se opone al miedo no es una actitud dura y severa, sino más bien una conducta fina y delicada, llena de serenidad y de mucha confianza.

La confianza da paz porque es consecuencia del amor a los demás. Al que confía le gusta que el otro gane, que sea libre, que disfrute, que tenga oportunidades y que sea feliz de verdad. El desconfiado piensa mal, no da oportunidades, quiere controlarlo todo, amarra y crea a su alrededor una extensa maraña burocrática de procedimientos y esquemas teóricos.

El desconfiado suele hablar de lo que se debe hacer y se queja de lo que no se hace. Su vida gira en ese círculo que termina siendo vicioso,  y con esa cerrazón se le hace difícil solucionar los problemas que critica. Además con mucha frecuencia adopta el papel del perro del hortelano, ni come ni deja comer.

Parece increíble cuando comprobamos que las autopistas de nuestro país están llenas de rompemuelles y con letreros que indican que se debe ir a 30 Km/h, (los que colocan esos letreros parece que saben muy poco de autopistas y velocidades).  

La razón de esas limitaciones es la desconfianza en los conductores. Los que piensan que todo debe estar sujeto a controles y prohibiciones evidentemente no confían en las personas.

Lo más grave es que este tipo de mentalidad los anula para adquirir las mejores virtudes de los seres humanos, que son las que tienen relación con la confianza en los demás.

El desconfiado suele ser partidario de una educación represiva donde la obligación sería la respuesta ideal para que todo salga bien.

Esta cortedad de visión quita condiciones para para la enseñanza, ya que la transformaría en un conjunto de reglas severas para tener amarradas a las personas, y confundiría la autoridad con el autoritarismo o la tiranía.

Un líder o maestro desconfiado habla constantemente de las sanciones, prohibiciones, expulsiones, como si el éxito de la educación dependiera de acertados castigos y de una estricta severidad. 


La confianza no es una dejadez, ni el permisivismo, ni la manga ancha, es más bien un aprecio al valor de cada persona, que podría estar todavía en potencia. El que confía es un descubridor de talentos, que no hace aspavientos con los errores que se cometen y sabe persuadir, recurriendo a la misma persona para que se esfuerce, luche y consiga ella misma salir adelante. Tendrá paciencia para esperar, el tiempo que haga falta, para que el equivocado cambie. Al final tendrá la alegría de haber confiado y el premio será la conquista de la amistad de muchas personas. (P. Manuel Tamayo).