IMPREVISTOS Y LOCURAS DIVINAS
¿Hay locura más grande que echar a voleo el
trigo dorado en la tierra para que se pudra? –Sin esa generosa locura no habría
cosecha (Camino,
834).
¿No gritaríais de buena gana a la juventud
que bulle alrededor vuestro: ;locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el
corazón... y muchas veces lo envilecen..., dejad eso y venid con nosotros tras
el Amor? (Camino,
790).
«Quiero
decir que demos una importancia primaria y fundamental a la "espontaneidad
apostólica de la persona", a su libre y responsable iniciativa, guiada por
la acción del Espíritu; y no a las estructuras organizativas, mandatos,
tácticas y planes impuestos desde el vértice, en sede de gobierno” (San Josemaría Escrivá).
COMENTARIO
Los planes de Dios
son distintos a lo de los hombres. El hombre, en su lógica racional, cree que
las cosas saldrán bien con una buena planificación y se esmera en buscar los
mejores sistemas tratando de que nada falle y que todo esté previsto. Dedica
tiempo en organizar reuniones, establecer parámetros, poner controles, fabricar
teorías procurando ser lo más objetivo posible en atención a la realidad y a
las circunstancias.
En cambio Dios, que es más inteligente y lo sabe todo,
en su relación con los hombres es imprevisible y misterioso. Envía a su Hijo a
la tierra sin resolver ni prever absolutamente nada, en Belén nadie se enteraba
y por lo tanto nadie lo recibió, tuvo que nacer en un establo junto a los
animales. A José no le dijo antes que la Virgen estaba en cinta por obra del
Espíritu Santo, el Niño Jesús se “escapa” de su casa, sin pedir permiso a sus
padres, para enseñar a los doctores, a Juan Bautista no le da nada para que
prepare su vida pública. Las preparaciones más importantes de la historia
suelen ser en el desierto donde no hay nada (de Juan Bautista y de Jesús).
Los hombres en
cambio lo preparan todo con lógica humana, como sucede con todos los
acontecimientos importantes de la tierra.
Dios actúa de otro
modo: valora más la monedita de la viuda que los grandes dineros de los
fariseos, acepta al leproso y a los grandes pecadores arrepentidos y no escucha
a los que se jactan de su buena conducta, entrega a través de su madre la
Virgen María los grandes mensajes para el mundo a tres niños en Fátima, escoge
las piedras desechadas por los hombres como piedras principales para construir.
A pesar de ver la
lógica divina el hombre sigue empecinado y terco en su sistema de organizarse y
entonces a lo largo de su vida irá viendo que las cosas salen de otra manera.
Recuerdo cuando San Josemaría decía que las vocaciones salen debajo de las
piedras. Cuando los seres humanos, muy
orondos, se esfuerzan en planificar las vocaciones que vendrían al servicio
de Dios, se llevan un “chasco” porque aparecen de los lugares
más imprevistos y de los modos que nunca jamás pensamos.
El hombre quiere
resolverlo todo con las matemáticas mientras Dios escribe con reglones
torcidos. Además, como decía San Juan Pablo II, “el hombre que habla del hombre sin Dios se va contra el hombre”
Sin Dios no quiere decir sin fe, sino el hecho de no conocer los planes de Dios,
que son distintos a los planes de los hombres.
Si consideramos las
cosas a la luz de la fe, teniendo en cuenta estas realidades, entenderemos mejor
la vida de los santos. Cada uno de ellos tiene su personalidad, no se parecen
nada y tienen sus “chifladuras”,
suelen romper esquemas, hacen locuras y por eso son incomprendidos, con
abundantes críticas de los demás, incluso de los que están más cerca. (P. Manuel Tamayo)
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