miércoles, 7 de diciembre de 2016

LA CORTEDAD DE LOS DESCONFIADOS

La confianza es la seguridad que alguien tiene en otra persona o en algo. Es una cualidad propia de los seres vivos, especialmente los seres humanos. Es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse del no-control del otro y del tiempo”. (Laurence Cornu).
“La confianza, como el arte, nunca proviene de tener todas las respuestas, sino de estar abierto a todas las preguntas” (Wallace Stevens).
“La confianza transforma a las personas y gracias a esta transformación crecemos y evolucionamos, por tanto, abrámonos a la confianza y así, confiaremos más en nosotros mismos y en los demás” (Ana Molina).
 “Se es realmente feliz cuando se tiene  mucha confianza en Dios, confianza en los demás y desconfianza en nosotros mismos” (San Josemaría Escrivá de Balaguer).

COMENTARIO

Es mejor confiar que desconfiar. El ímpetu de la desconfianza conduce a la terquedad y hace crecer el voluntarismo con una suerte de pasión que le quita a la inteligencia su amplitud. El hombre ha recibido una inteligencia para amar y el más inteligente es el que se sitúa bien para tener con las personas la máxima delicadeza y comprensión que pueda.

La apertura del inteligente está libre de miedos y temores. “El que tiene miedo no sabe querer” y lo que se opone al miedo no es una actitud dura y severa, sino más bien una conducta fina y delicada, llena de serenidad y de mucha confianza.

La confianza da paz porque es consecuencia del amor a los demás. Al que confía le gusta que el otro gane, que sea libre, que disfrute, que tenga oportunidades y que sea feliz de verdad. El desconfiado piensa mal, no da oportunidades, quiere controlarlo todo, amarra y crea a su alrededor una extensa maraña burocrática de procedimientos y esquemas teóricos.

El desconfiado suele hablar de lo que se debe hacer y se queja de lo que no se hace. Su vida gira en ese círculo que termina siendo vicioso,  y con esa cerrazón se le hace difícil solucionar los problemas que critica. Además con mucha frecuencia adopta el papel del perro del hortelano, ni come ni deja comer.

Parece increíble cuando comprobamos que las autopistas de nuestro país están llenas de rompemuelles y con letreros que indican que se debe ir a 30 Km/h, (los que colocan esos letreros parece que saben muy poco de autopistas y velocidades).  

La razón de esas limitaciones es la desconfianza en los conductores. Los que piensan que todo debe estar sujeto a controles y prohibiciones evidentemente no confían en las personas.

Lo más grave es que este tipo de mentalidad los anula para adquirir las mejores virtudes de los seres humanos, que son las que tienen relación con la confianza en los demás.

El desconfiado suele ser partidario de una educación represiva donde la obligación sería la respuesta ideal para que todo salga bien.

Esta cortedad de visión quita condiciones para para la enseñanza, ya que la transformaría en un conjunto de reglas severas para tener amarradas a las personas, y confundiría la autoridad con el autoritarismo o la tiranía.

Un líder o maestro desconfiado habla constantemente de las sanciones, prohibiciones, expulsiones, como si el éxito de la educación dependiera de acertados castigos y de una estricta severidad. 


La confianza no es una dejadez, ni el permisivismo, ni la manga ancha, es más bien un aprecio al valor de cada persona, que podría estar todavía en potencia. El que confía es un descubridor de talentos, que no hace aspavientos con los errores que se cometen y sabe persuadir, recurriendo a la misma persona para que se esfuerce, luche y consiga ella misma salir adelante. Tendrá paciencia para esperar, el tiempo que haga falta, para que el equivocado cambie. Al final tendrá la alegría de haber confiado y el premio será la conquista de la amistad de muchas personas. (P. Manuel Tamayo).

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