LA CORTEDAD DE LOS DESCONFIADOS
La confianza es la seguridad
que alguien tiene en otra persona o en algo. Es una cualidad propia de los
seres vivos, especialmente los seres humanos. Es una especie de
apuesta que consiste en no inquietarse del no-control
del otro y del tiempo”. (Laurence Cornu).
“La confianza, como el arte,
nunca proviene de tener todas las respuestas, sino de estar abierto a todas las
preguntas” (Wallace Stevens).
“La confianza transforma a
las personas y gracias a esta transformación crecemos y evolucionamos, por
tanto, abrámonos a la confianza y así, confiaremos más en nosotros mismos y en
los demás” (Ana Molina).
“Se es
realmente feliz cuando se tiene mucha
confianza en Dios, confianza en los demás y desconfianza en nosotros mismos” (San Josemaría
Escrivá de Balaguer).
COMENTARIO
Es mejor confiar
que desconfiar. El ímpetu de la desconfianza conduce a la terquedad y hace
crecer el voluntarismo con una suerte de pasión que le quita a la inteligencia
su amplitud. El hombre ha recibido una inteligencia para amar y el más
inteligente es el que se sitúa bien para tener con las personas la máxima
delicadeza y comprensión que pueda.
La apertura del
inteligente está libre de miedos y temores. “El
que tiene miedo no sabe querer” y lo que se opone al miedo no es una
actitud dura y severa, sino más bien una conducta fina y delicada, llena de
serenidad y de mucha confianza.
La confianza da paz
porque es consecuencia del amor a los demás. Al que confía le gusta que el otro
gane, que sea libre, que disfrute, que tenga oportunidades y que sea feliz de
verdad. El desconfiado piensa mal, no da oportunidades, quiere controlarlo
todo, amarra y crea a su alrededor una extensa maraña burocrática de
procedimientos y esquemas teóricos.
El desconfiado
suele hablar de lo que se debe hacer y se queja de lo que no se hace. Su vida
gira en ese círculo que termina siendo vicioso,
y con esa cerrazón se le hace difícil solucionar los problemas que
critica. Además con mucha frecuencia adopta el papel del perro del hortelano, ni come ni deja comer.
Parece increíble
cuando comprobamos que las autopistas de nuestro país están llenas de rompemuelles y con letreros que indican
que se debe ir a 30 Km/h, (los que colocan
esos letreros parece que saben muy poco de autopistas y velocidades).
La razón de esas
limitaciones es la desconfianza en los conductores. Los que piensan que todo
debe estar sujeto a controles y prohibiciones evidentemente no confían en las
personas.
Lo más grave es que
este tipo de mentalidad los anula para adquirir las mejores virtudes de los
seres humanos, que son las que tienen relación con la confianza en los demás.
El desconfiado
suele ser partidario de una educación represiva donde la obligación sería la
respuesta ideal para que todo salga bien.
Esta cortedad de
visión quita condiciones para para la enseñanza, ya que la transformaría en un
conjunto de reglas severas para tener amarradas a las personas, y confundiría
la autoridad con el autoritarismo o la tiranía.
Un líder o maestro
desconfiado habla constantemente de las sanciones, prohibiciones, expulsiones,
como si el éxito de la educación dependiera de acertados castigos y de una
estricta severidad.
La confianza no es
una dejadez, ni el permisivismo, ni la manga
ancha, es más bien un aprecio al valor de cada persona, que podría estar todavía
en potencia. El que confía es un descubridor de talentos, que no hace
aspavientos con los errores que se cometen y sabe persuadir, recurriendo a la
misma persona para que se esfuerce, luche y consiga ella misma salir adelante.
Tendrá paciencia para esperar, el tiempo
que haga falta, para que el equivocado cambie. Al final tendrá la alegría
de haber confiado y el premio será la conquista de la amistad de muchas
personas. (P. Manuel Tamayo).
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