sábado, 16 de marzo de 2024

 CON SAN JOSEMARÍA EN PAMPLONA

                        1972-1974

Cuando estaba estudiando mi licenciatura de Teología en la Universidad de Navarra tuve la oportunidad de estar muy cerca a San Josemaría los años 72 y 74.

El año 1972 San Josemaría estuvo en muchas ciudades de España en una actividad intensa con tertulias multitudinarias, que él llamó catequesis. En todas pidió muchas oraciones por la Iglesia y el Papa y por el Papa siguiente, que iba a venir.

Eran momentos difíciles. La Iglesia que intentaba una adaptación del Concilio Vaticano II a las realidades de la época. Fueron unos años de aggionamento, (ponerse al día), que causaron muchas situaciones de caos y desconcierto, con una acelerada desacralización: ventas de objetos de culto, ornamentos, imágenes, valiosas pinturas del arte cristiano, a lo que se sumó una cuantiosa pérdida de vocaciones en todo el mundo. Se cerraron conventos y seminarios.  

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que algunos eclesiásticos y unos pocos teólogos, motivados por ideologías imanentistas, querían modernizarla, sin advertir la existencia de errores incompatibles con la vida y las costumbres de la tradición cristiana. Esa insistencia, que contaba con el apoyo de algunas instituciones causó una grave crisis, que perduró varios años.

San Josemaría nos decía que tenía obligación de hablar, de levantar la voz, para que no se perdieran las almas, confundidas con esas teorías repletas de herejías, que ya la Iglesia había condenado en los siglos anteriores. Nos animaba a ser fieles al querer de Dios, y no callarnos, “el infierno está lleno de bocas cerradas” nos decía. Que había que ser sinceros, “salvajemente sinceros” para decir la verdad y vivir con ella, sin miedo.

 

Devoción al Papa San Pío X

En aquellos años nos recomendaba leer el catecismo de San Pío X, un Papa santo, que luchó contra el “modernismo” que intentaba extenderse en los primeros años del siglo XX con una ideología atea, que expulsaba a Dios de la conciencia y de la sociedad.  San Pio X fue un Papa valiente que consiguió defender a la Iglesia de los errores perniciosos del modernismo.

San Josemaría le tenía una gran devoción a Pio X, en Villa Tevere hay un oratorio dedicado a él. También pude ver y me arrodillé, con mucha emoción, en el reclinatorio que uso Pio X. En él se habían arrodillado muchos santos: Pio X, San Josemaría, Juan Pablo I, San Juan Pablo II, el Beato Álvaro del Portillo y muchos otros. Nos contaron que San Josemaría tenía un solideo del Papa santo, y cuando estaba solo se lo colocaba para pedirle al Señor más años de gravedad. Cuando era más joven le pedía al Señor que le otorgara 80 años de gravedad, para sacar adelante la misión que le había encomendado.

 

En el Colegio Mayor Aralar

Cuando San Josemaría iba a Pamplona se alojaba en la zona de invitados del Colegio Mayor Aralar.  

Esos años fueron para mi como una prolongación de los de Roma, con una diferencia significativa, en el Colegio Romano no salía de la casa (por los estudios que tenía que sacar adelante). Igual, San Josemaría estaba siempre en Roma, con algunas excepciones, como el viaje que hizo a México el año 70; pero el 72, fue diferente, quiso visitar varias ciudades de España en un recorrido que motivaba salida y expansión de todos, para llegar a más sitios.

Nosotros, desde Aralar, hacíamos algo parecido, salvando las distancias; íbamos a ciudades cercanas, con aires de expansión, había que llevar la doctrina de Cristo, igual que los apóstoles, por todos los rincones de la tierra, para que la gente se encuentre con la verdad, que les haría libres y felices. Y lo comprobábamos siempre. No hay mejor experiencia que la de ver a una persona que descubre a Dios y cambia totalmente su vida, convirtiéndose en un instrumento de Dios para salvar las almas.

Esas pequeñas expansiones desde Alarar hasta las periferias, marcaron nuestra vida, encendieron en nosotros la chispa, que sigue prendida, por la presencia del Espíritu Santo para que podamos “encender los caminos de la tierra con el fuego de Cristo” que procuramos llevar siempre en el corazón.

 

Junto a San Josemaría

Teníamos a San Josemaría al lado, en la misma casa, y él nos animaba mucho haciéndonos ver que hacen falta santos para arreglar el mundo. Un día nos dijo: “No olvidéis que estáis comenzando, pero tampoco debéis ignorar que, en todo el mundo, hay gente que os ve con un cariño enorme, y otros con una antipatía…proporcionada. Con un cariño grande os miran todos los que aman a la Iglesia; con una antipatía, los que no la aman. Los buenos hijos de Dios esperan mucho de vosotros, y yo espero más que todos juntos” (Aralar, junio de 1972).

 

Tener la oportunidad de escuchar a un santo que nos quería a cada uno, porque nos conocía bien, fue un gran privilegio. San Josemaría nunca nos obligó a nada, pero nos transmitió el amor a Dios que tenía en su corazón y la doctrina segura que nos fortalecía y nos daba libertad, con él soñábamos y volábamos a grandes alturas, para extender el amor a Dios por donde pasábamos.

 

El 13 de junio del 72 nos dijo en Aralar, antes de continuar su viaje a Madrid: “Creo que Dios Nuestro Señor ha concedido a los hombres dos regalos grandísimos: uno sobrenatural, la gracia, esa ayuda que nos permite vivir sobre la arena movediza de la tierra sin hundirnos; y otro natural, que es la libertad; la libertad personal vale más que todo en la tierra, después de la gracia de Dios. No se la quitéis a nadie. ¡Defendedla!”

 

Antes del viaje a América del sur

En 1974, antes de partir para América de Sur, San Josemaría estuvo unos días en Pamplona, se alojó también en Aralar y asistió a la Universidad de Navarra para entregarle el doctorado honoris causa a Mons. Hengsbach y al Doctor Jérome Lejeune. 

Estuve presente ese día en edificio central de la Universidad. La ceremonia de investidura se iniciaba con el cortejo de académicos, con sus togas y vestes desfilaban hacia el aula magna. Yo me encontraba de pie junto a la escalera por donde iban a descender. Empezaron a bajar los académicos con un rigoroso orden protocolar y al final venía San Josemaría con su atuendo de Gran Canciller. Para sorpresa mía, al verme se salió de la fila y se acercó a mi, pensé que se sentiría mal pero no fue así, me dijo: “qué bien te veo, pero mírame a mi con todos estos arreos” y luego continuó en el cortejo saludando a la gente que se encontraba en el camino. 

Cuando terminó la ceremonia, antes de salir de la universidad, lo “secuestramos” entre todos para cantarle “Chapala”, una canción que le emocionaba mucho porque recordaba su viaje a México visitando a la Virgen de Guadalupe.

Volvimos todos al Colegio Mayor Aralar. Ese año nos íbamos a ordenar 44 numerarios. Jesús Alfaro había regresado del Perú para unirse a la convivencia.  

En Aralar tuvimos otra tertulia con el Padre, recuerdo que un colombiano, Germán Arbelaez, (ya fallecido) se había dejado una potente barba y San Josemaría le gastó una broma: “¡mira qué barbita!”  le dijo al verlo y el Rector que era el Padre Juan Vera (ya fallecido), comentó: “es como el canto del cisne, porque se ordena este verano” y San Josemaría mirándolo con mucho cariño le dijo: ¡Qué alegría, hijo mío! Dios te bendiga, has de ser muy santo”

Gracias a Dios, San Josemaría, el santo de lo ordinario, nos hizo volar alto, enseñándonos todos los medios que Nuestro Señor Jesucristo nos alcanzaba para ser libres de verdad.

Los años de Pamplona fueron maravillosos para todos los que estuvimos allí, llenándonos inmerecidamente, de tantas cosas buenas, que eran verdaderos tesoros que, gracias a Dios, procuramos conservar para poder contarles a los que vienen después, que estuvimos con uno de los santos más grandes de la historia. (P. Manuel Tamayo)

sábado, 9 de marzo de 2024

 GRATITUD A LOGROÑO

La vocación de San Josemaría

Logroño me trae recuerdos muy entrañables que son un motivo constante de acción de gracias. Tuve la suerte de estar en esa ciudad de la Rioja en los años 72,73 y 74.

En el Colegio Mayor Aralar de Pamplona nos reuníamos todos los lunes por las noches para contarnos como nos había ido en las distintas labores apostólicas de las ciudades que dependían de Pamplona: Vitoria, San Sebastián, Tudela, Tolosa, Irún, Lodosa, Miranda y Logroño (espero no olvidarme de ninguna).

Yo iba de Pamplona a Logroño todos los viernes, algunas veces en un R4, cuando estaba disponible y otras veces en “La Estellesa”, el bus que salía de la estación de buses de Pamplona y me llevaba hasta Logroño pasando por Estella.

Llegaba al Club Glera, en la calle Miguel Villanueva, que estaba en la plaza del Espolón, donde luce el monumento del caballo del Espartero. El club quedaba en el tercer piso de un edificio que daba al parque.

 

Una historia entrañable

Cuando me dijeron para ir a Logroño me ilusioné mucho porque conocía algo de la historia de San Josemaría. Sabía que allí estuvo de adolescente y fue el lugar donde el Señor le hizo ver que quería de él.

Allí fue donde San Josemaría vio al carmelita descalzo caminando por la nieve y de la impresión se propuso hacer algo más por Dios.

San Josemaría vivía con sus padres en la calle Sagasta. Conocí la casa, la estaba ocupando la familia Marraco.

Los hermanos José y Javier Marraco, eran escolares que asistían al club Glera, junto a otros chicos como Pipe Domingo, Javier Lacorzana, Fernando Terrés, Javier Revuelta, José Antonio Capellán Rioja, Javier Moreno y muchos más que ahora no recuerdo.

 

El Club Glera, en la década de los 70

En el Glera había meditación todos los sábados, la predicaba algún sacerdote que venía de Pamplona con nosotros o le pedíamos a los de Logroño como el Padre Enrique de la Lama (ya fallecido) o el Padre José María Yanguas, que ahora es obispo y vive en Cuenca. Ellos también atendían a los chicos.

Después de la meditación nos íbamos de tertulia a la sala de estar, que estaba en el otro extremo de la casa, desde allí había una bonita vista a la plaza, que siempre estaba llena de gente.

Con mucha frecuencia organizábamos cenas frías con tortilla de patatas, chorizo, chistorra, con una barra de pan, queso, y acompañado de algún vinito, que no podía faltar.

Los domingos por las mañanas, después de hacer un rato de oración, asistíamos a la Santa Misa la Redonda (Catedral) o en la parroquia de Santiago.

Eran los templos frecuentados por San Josemaría y su familia que nos traían emotivos recuerdos de los años en los que el Santo de lo ordinario se estaba planteando su entrega total a Dios.

Fue en Logroño cuando conversó con su padre para contarle que quería ser sacerdote, para cumplir con lo que Dios le pedía, y en esa misma ciudad ingresó al seminario, después de haber hablado con un abad de la colegiata que su padre le presentó.

Estar en la misma ciudad donde San Josemaría se planteaba cosas tan profundas, era muy emocionante; yo procuraba hacerles ver a los logroñeses que estaban en un lugar privilegiado.

 

Con los chicos del Club Glera

Los chicos respondían bien y en esos años cerca de una veintena se planteó entregar su vida a Dios. Me impresionó mucho ver en Logroño la disponibilidad de los chicos y de las personas mayores que colaboraban con nosotros.

Recuerdo la cercanía y amistad de Andrés Gonzales Cuevas, un empresario que ponía todo para sacar adelante el club y de muchas familias generosas que nos facilitaban todo lo que hiciera falta.

Desde el Glera hicimos convivencias en Ezcaray, y acudíamos también a un parador nacional que lo utilizábamos como casa de retiro, estaba cerca de Santo Domingo de la Calzada, de allí era José Antonio Capellán Rioja que se ordenó sacerdote unos años después, también se ordenaron, Javier Revuelta, que era de esa zona y los hermanos José y Javier Marraco, de Logroño.

En otra ocasión hicimos retiros en la Efa (Escuela Familia Agraria) de Lodosa. De esa tierra era famoso un supernumerario, Pepe Esparza, que hacía reír con sus chistes a san Josemaría, era muy divertido y lo solían invitar a las convivencias de sacerdotes para que los removiera a todos con el don de lenguas que tenía.

Otro personaje de esas tierras riojanas era Use Bazán, un numerario que conocía a medio mundo, cuando le escribían una postal muchos ponían solo USE y los carteros sabían de quien se trataba. Años más tarde se ordenó de sacerdote.  

En épocas más recientes los retiros se hacían en en Obanos, a 20 Km de Pamplona, era una casa pequeñita, pero muy simpática y acogedora.

Los domingos por la tarde, después de algunas actividades de catequesis o de visita a pobres con los chicos, solíamos ir a Cantabria, un club deportivo y familiar donde podíamos jugar fútbol y bañarnos en la piscina.

Al atardecer corríamos a la estación de buses para retornar a Pamplona, eran más de 80 Km de recorrido, llegábamos de noche y al día siguiente a clases a la facultad de Teología.

Solíamos ir desde Aralar: Juanchi Pérez, Fernando Yarza, Rafael Miner, Mauricio Uribe, Peter Irgand, Javier Peñaloza, entre otros. (P. Manuel Tamayo)

viernes, 1 de marzo de 2024

 PAMPLONA, CLIMA SANO

En la década de los años 70

En los años 70 Pamplona era una ciudad pequeña con un casco antiguo donde estaba la Catedral y algunos edificios que empezaban a construirse en los barrios del contorno.

El Colegio Mayor Aralar, donde vivía, estaba en la calle Aoiz n. 2, muy cerca del seminario diocesano, que ya estaba vacío. Nos contaban, que antes del Concilio Vaticano II el seminario funcionaba muy bien. Era bastante grande. Llegaron a estar al mismo tiempo hasta 500 seminaristas.

 

Después del Concilio Vaticano II

Con algunas reformas, que se aplicaron en aquellas épocas, en el post-concilio, y que tanto preocuparon a San Josemaría, ese seminario, y muchos otros en el mundo, se quedaron vacíos y con escasas posibilidades de volver a los números anteriores.

Nosotros, desde Aralar, íbamos a jugar a las canchas deportivas del seminario de Pamplona, porque quedaban a una cuadra de la casa. En aquellos lugares, cuando contemplábamos los edificios vacíos, no dejábamos de encomendar para que pasara ese tiempo de crisis y que las vocaciones sacerdotales volvieran a florecer.

 

El crecimiento de la Universidad de Navarra

Estando en Pamplona fui testigo del crecimiento de la Universidad de Navarra, que iba ganando en prestigio internacional. El número de alumnos había aumentado considerablemente. Ver chicos que venían de distintos países y de todos los continentes era algo que me llenaba de satisfacción.

Me daba cuenta de lo importante que era la formación cultural y cristiana que impartía la universidad y que se hacía extensiva a muchos países que veían con buenos ojos el crecimiento de esa casa de estudios, porque fortalecía la familia, las empresas y las instituciones, en todos los ámbitos de la sociedad.

 

Personajes ejemplares

En Navarra tuve la oportunidad de conocer y de conversar con Don Eduardo Ortiz de Landázuri, un médico, supernumerario del Opus Dei, que fue uno de los fundadores de la Universidad. Un hombre santo, buenísimo en el trato, y aunque yo tenía 23 años él me trataba como si fuera un personaje importante. Con él te sentías muy bien y aprendías mucho, era gratísimo estar a su lado.

Mi director de tesis doctoral en Teología fue el P. Jesús Ferrér, se había ordenado sacerdote hacía pocos años, pero ya era, al menos para mi, bastante mayor. Él nos contaba con detalle como fue el inicio de la facultad de medicina en la Universidad de Navarra, cuando no había recursos. Todo había sido asombrosamente milagroso. El P. Jesús me acompañó hasta después de mi ordenación sacerdotal, que fue cuando sustenté mi tesis en la Facultad de Teología.

Cada uno de esos personajes, emblemáticos para mi, de los inicios de la Universidad de Navarra, contaban sus historias y nos tenían embelesados.

Las historias eran emocionantes y motivaban la acción de gracias a Dios. Así se entendía con más claridad, lo que solía repetir San Josemaría: “el Señor está empeñado en que la Obra se realice” y afirmaba, con una fe muy grande, que el Opus Dei existiría mientras haya hombres sobre la tierra.

San Josemaría, el santo de lo ordinario, era el Gran Canciller y no dejó de rezar para que la Universidad, sea un espacio para el desarrollo de la cultura humana y cristiana, donde muchos, profesores y alumnos, puedan encontrar los medios para santificarse y santificar a los demás, con el prestigio profesional y la caridad cristiana.

Para mi era un privilegio poder ver y conocer a personas del Opus Dei, de los primeros tiempos, que estaban santificando su trabajo con una fe grande y un sentido apostólico extraordinario.

 

La fiesta de San Fermín

En aquellos años por toda España circulaba un dicho que era a la vez divertido y significativo: “Pamplona clima sano” pero había que agregar algo más. El dicho completo era: “Pamplona clima sano, curas en invierno y toros en verano”

En efecto, el encierro y la corrida de San Fermín, que tiene su canción (el Riau Riau), es la más famosa fiesta de Pamplona, que se celebra en el mes de julio y en pleno verano.

En aquellos años la fiesta se centraba en la afición taurina y en el encierro de los toros que corrían alocadamente por las calles junto a los mozos, vestidos de blanco, con un pañuelo rojo al cuello, antes de entrar en la plaza para la corrida.

Al que llegaba a Pamplona en esas fechas, le invitaban a ver en encierro. Era un espectáculo bastante original. Si no estabas atento no veías nada: solo unos pocos toros y un gentío corría por una estrecha calle, después de escuchar el “chupinazo” (el cohete que daba inicio a la estampida). Los audaces corredores iban con periódico enrollado en la mano para golpear al toro y evitar una corneada fatal. Todo sucedía en minutos hasta que llegaban a la plaza.

Tuve la oportunidad de estar en un encierro viendo desde fuera ese espectáculo tan original y único de esas fiestas tradicionales.

En los tiempos actuales las cosas han cambiado mucho, ya no es igual que cuando estuve allí en los años 70.

Pamplona ha crecido bastante y en el verano se llena de gente hasta los topes. El turismo frívolo le ha quitado al espectáculo la solera que tenía, y ahora esa fiesta, lamentablemente, ha perdido su pulcritud y la elegancia que siempre tuvo. Se ha vuelto incluso peligrosa, por los excesos de licor y drogas de no pocos asistentes que vienen a divertirse desaforadamente y que incluso llegan a crear situaciones desagradables de desenfreno y de violencia. Pienso que la fiesta de San Fermín ha perdido el encanto que tenía en los años anteriores. He visto que se están poniendo los medios para evitar esos excesos. Ojalá se pueda volver a lo que había antes.

 

Pamplona, Ciudad universitaria

Volviendo a los años 70, todos decían que Pamplona era fundamentalmente una ciudad universitaria.

En el invierno, bastante frío, por cierto, era admirable ver la cantidad de universitarios, que procedían de diversos países del mundo, recorriendo los ambientes de las distintas facultades y colegios mayores en un hermoso campus, que se cuidaba como un tesoro de muchísimo valor. Todos colaborábamos para tener bella y limpia nuestra universidad.

Llamaba la atención la cantidad de sacerdotes que estaban estudiando en Pamplona filosofía, teología o derecho canónico. Se decía, con mucha gracia, que, si las personas que iban delante o detrás de ti no eran sacerdotes, entonces el sacerdote eras tú.

En efecto, en esos años, además, todos los sacerdotes iban elegantemente vestidos con sus sotanas. Los chicos jóvenes junto a los sacerdotes, que eran también jóvenes, (la mayoría), dibujaban dentro del campus un cuadro, que, al contemplarlo, motivaba el entusiasmo y la esperanza, porque se veía un futuro prometedor de gente muy buena.

Don Álvaro d’Ors, catedrático de humanidades, era, él solo, como toda una institución; con su porte señorial y convincente, nos decía que las columnas principales, en esos años, de la Universidad, eran las facultades de Medicina, Arquitectura, Teología y Derecho.

En efecto, de allí salieron profesionales de renombre para todos los continentes, que ayudaron en la creación de diversos proyectos de educación y de formación cristiana que ahora están dando fruto en diversos países del mundo.

 

Formación y expansión apostólica

A la Universidad de Piura, por ejemplo, llegaron de Navarra muchos catedráticos que colaboraron con el crecimiento y el prestigio de la Universidad, que tenía también, como Gran Canciller, al Fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá.

Estando en Pamplona, en aquellos años, con mucha frecuencia asistí a tertulias con aquellos catedráticos de los primeros tiempos que estaban unidos al gran Canciller, en el gran proyecto de santificar el mundo con el trabajo profesional.

Recuerdo haber visto en Pamplona el documental de 16 mm de la homilía que San Josemaría predicó en el campus de la universidad y que dio la vuelta al mundo. Sus palabras, pronunciadas el año 1967 nos motivaban a todos a ser los artífices de un cambio en el mundo con la doctrina de Cristo y a través de la santificación de la vida ordinaria:

“Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres”.  

“La vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...”

En Pamplona era fácil invitar a las tertulias con universitarios a los personajes, que ahora ya no están, y que fueron los grandes forjadores de la Universidad:  Isidoro Rasines, Ismael Sánchez Bella, Josemaría Casiaro, Eduardo Ortíz de Landazuri, Leonardo Polo, Francisco Ponz, Pedro Rodríguez, Pedro Amadeo Fuenmayor, Federico Suarez, Antonio Fontán, Alejandro Llano, Luca Branovich. Paco Gómez Antón, Lucas Francisco Mateo Seco, etc.

Al Perú vinieron, desde la Universidad de Navarra, en aquellos años: Ismael Sánchez Bella, Leonardo Polo, Paco Gómez Antón, Don Pedro Rodríguez, Lucas Francisco Mateo Seco y muchos otros que no recuerdo. (P: Manuel Tamayo).