sábado, 9 de marzo de 2024

 GRATITUD A LOGROÑO

La vocación de San Josemaría

Logroño me trae recuerdos muy entrañables que son un motivo constante de acción de gracias. Tuve la suerte de estar en esa ciudad de la Rioja en los años 72,73 y 74.

En el Colegio Mayor Aralar de Pamplona nos reuníamos todos los lunes por las noches para contarnos como nos había ido en las distintas labores apostólicas de las ciudades que dependían de Pamplona: Vitoria, San Sebastián, Tudela, Tolosa, Irún, Lodosa, Miranda y Logroño (espero no olvidarme de ninguna).

Yo iba de Pamplona a Logroño todos los viernes, algunas veces en un R4, cuando estaba disponible y otras veces en “La Estellesa”, el bus que salía de la estación de buses de Pamplona y me llevaba hasta Logroño pasando por Estella.

Llegaba al Club Glera, en la calle Miguel Villanueva, que estaba en la plaza del Espolón, donde luce el monumento del caballo del Espartero. El club quedaba en el tercer piso de un edificio que daba al parque.

 

Una historia entrañable

Cuando me dijeron para ir a Logroño me ilusioné mucho porque conocía algo de la historia de San Josemaría. Sabía que allí estuvo de adolescente y fue el lugar donde el Señor le hizo ver que quería de él.

Allí fue donde San Josemaría vio al carmelita descalzo caminando por la nieve y de la impresión se propuso hacer algo más por Dios.

San Josemaría vivía con sus padres en la calle Sagasta. Conocí la casa, la estaba ocupando la familia Marraco.

Los hermanos José y Javier Marraco, eran escolares que asistían al club Glera, junto a otros chicos como Pipe Domingo, Javier Lacorzana, Fernando Terrés, Javier Revuelta, José Antonio Capellán Rioja, Javier Moreno y muchos más que ahora no recuerdo.

 

El Club Glera, en la década de los 70

En el Glera había meditación todos los sábados, la predicaba algún sacerdote que venía de Pamplona con nosotros o le pedíamos a los de Logroño como el Padre Enrique de la Lama (ya fallecido) o el Padre José María Yanguas, que ahora es obispo y vive en Cuenca. Ellos también atendían a los chicos.

Después de la meditación nos íbamos de tertulia a la sala de estar, que estaba en el otro extremo de la casa, desde allí había una bonita vista a la plaza, que siempre estaba llena de gente.

Con mucha frecuencia organizábamos cenas frías con tortilla de patatas, chorizo, chistorra, con una barra de pan, queso, y acompañado de algún vinito, que no podía faltar.

Los domingos por las mañanas, después de hacer un rato de oración, asistíamos a la Santa Misa la Redonda (Catedral) o en la parroquia de Santiago.

Eran los templos frecuentados por San Josemaría y su familia que nos traían emotivos recuerdos de los años en los que el Santo de lo ordinario se estaba planteando su entrega total a Dios.

Fue en Logroño cuando conversó con su padre para contarle que quería ser sacerdote, para cumplir con lo que Dios le pedía, y en esa misma ciudad ingresó al seminario, después de haber hablado con un abad de la colegiata que su padre le presentó.

Estar en la misma ciudad donde San Josemaría se planteaba cosas tan profundas, era muy emocionante; yo procuraba hacerles ver a los logroñeses que estaban en un lugar privilegiado.

 

Con los chicos del Club Glera

Los chicos respondían bien y en esos años cerca de una veintena se planteó entregar su vida a Dios. Me impresionó mucho ver en Logroño la disponibilidad de los chicos y de las personas mayores que colaboraban con nosotros.

Recuerdo la cercanía y amistad de Andrés Gonzales Cuevas, un empresario que ponía todo para sacar adelante el club y de muchas familias generosas que nos facilitaban todo lo que hiciera falta.

Desde el Glera hicimos convivencias en Ezcaray, y acudíamos también a un parador nacional que lo utilizábamos como casa de retiro, estaba cerca de Santo Domingo de la Calzada, de allí era José Antonio Capellán Rioja que se ordenó sacerdote unos años después, también se ordenaron, Javier Revuelta, que era de esa zona y los hermanos José y Javier Marraco, de Logroño.

En otra ocasión hicimos retiros en la Efa (Escuela Familia Agraria) de Lodosa. De esa tierra era famoso un supernumerario, Pepe Esparza, que hacía reír con sus chistes a san Josemaría, era muy divertido y lo solían invitar a las convivencias de sacerdotes para que los removiera a todos con el don de lenguas que tenía.

Otro personaje de esas tierras riojanas era Use Bazán, un numerario que conocía a medio mundo, cuando le escribían una postal muchos ponían solo USE y los carteros sabían de quien se trataba. Años más tarde se ordenó de sacerdote.  

En épocas más recientes los retiros se hacían en en Obanos, a 20 Km de Pamplona, era una casa pequeñita, pero muy simpática y acogedora.

Los domingos por la tarde, después de algunas actividades de catequesis o de visita a pobres con los chicos, solíamos ir a Cantabria, un club deportivo y familiar donde podíamos jugar fútbol y bañarnos en la piscina.

Al atardecer corríamos a la estación de buses para retornar a Pamplona, eran más de 80 Km de recorrido, llegábamos de noche y al día siguiente a clases a la facultad de Teología.

Solíamos ir desde Aralar: Juanchi Pérez, Fernando Yarza, Rafael Miner, Mauricio Uribe, Peter Irgand, Javier Peñaloza, entre otros. (P. Manuel Tamayo)

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