GRATITUD A LOGROÑO
La
vocación de San Josemaría
Logroño me trae recuerdos muy entrañables que son un motivo constante de acción de gracias. Tuve la suerte de estar en esa ciudad de la Rioja en los años 72,73 y 74.
En el Colegio Mayor Aralar de Pamplona
nos reuníamos todos los lunes por las noches para contarnos como nos había ido
en las distintas labores apostólicas de las ciudades que dependían de Pamplona:
Vitoria, San Sebastián, Tudela, Tolosa,
Irún, Lodosa, Miranda y Logroño (espero no olvidarme de ninguna).
Yo iba de Pamplona a Logroño todos los
viernes, algunas veces en un R4, cuando estaba disponible y otras veces en “La
Estellesa”, el bus que salía de la estación de buses de Pamplona y me llevaba
hasta Logroño pasando por Estella.
Llegaba al Club Glera, en la calle Miguel Villanueva, que
estaba en la plaza del Espolón, donde luce el monumento del caballo del
Espartero. El club quedaba en el tercer piso de un edificio que daba al parque.
Una historia entrañable
Cuando me dijeron para ir a Logroño me
ilusioné mucho porque conocía algo de la historia de San Josemaría. Sabía que
allí estuvo de adolescente y fue el lugar donde el Señor le hizo ver que quería
de él.
Allí fue donde San Josemaría vio al
carmelita descalzo caminando por la nieve y de la impresión se propuso hacer
algo más por Dios.
San Josemaría vivía con sus padres en la
calle Sagasta. Conocí la casa, la estaba ocupando la familia Marraco.
Los hermanos José y Javier Marraco, eran
escolares que asistían al club Glera, junto a otros chicos como Pipe Domingo, Javier Lacorzana, Fernando
Terrés, Javier Revuelta, José Antonio Capellán Rioja, Javier Moreno y
muchos más que ahora no recuerdo.
El Club Glera, en la década de los 70
En el Glera había meditación todos los
sábados, la predicaba algún sacerdote que venía de Pamplona con nosotros o le
pedíamos a los de Logroño como el Padre Enrique de la Lama (ya fallecido) o el
Padre José María Yanguas, que ahora es obispo y vive en Cuenca. Ellos también
atendían a los chicos.
Después de la meditación nos íbamos de
tertulia a la sala de estar, que estaba en el otro extremo de la casa, desde
allí había una bonita vista a la plaza, que siempre estaba llena de gente.
Con mucha frecuencia organizábamos cenas
frías con tortilla de patatas, chorizo, chistorra, con una barra de pan, queso,
y acompañado de algún vinito, que no podía faltar.
Los domingos por las mañanas, después de hacer un rato de oración,
asistíamos a la Santa Misa la Redonda (Catedral) o en la parroquia de Santiago.
Eran los templos frecuentados por San
Josemaría y su familia que nos traían emotivos recuerdos de los años en los que
el Santo de lo ordinario se estaba
planteando su entrega total a Dios.
Fue en Logroño cuando conversó con su
padre para contarle que quería ser sacerdote, para cumplir con lo que Dios le
pedía, y en esa misma ciudad ingresó al seminario, después de haber hablado con
un abad de la colegiata que su padre le presentó.
Estar en la misma ciudad donde San
Josemaría se planteaba cosas tan profundas, era muy emocionante; yo procuraba
hacerles ver a los logroñeses que estaban en un lugar privilegiado.
Con los chicos del Club
Glera
Los chicos respondían bien y en esos
años cerca de una veintena se planteó entregar su vida a Dios. Me impresionó
mucho ver en Logroño la disponibilidad de los chicos y de las personas mayores
que colaboraban con nosotros.
Recuerdo la cercanía y amistad de Andrés Gonzales Cuevas, un empresario
que ponía todo para sacar adelante el club y de muchas familias generosas que
nos facilitaban todo lo que hiciera falta.
Desde el Glera hicimos convivencias en Ezcaray, y acudíamos también a un parador
nacional que lo utilizábamos como casa de retiro, estaba cerca de Santo Domingo
de la Calzada, de allí era José Antonio Capellán Rioja que se ordenó sacerdote
unos años después, también se ordenaron, Javier Revuelta, que era de esa zona y
los hermanos José y Javier Marraco, de Logroño.
En otra ocasión hicimos retiros en la
Efa (Escuela Familia Agraria) de Lodosa. De esa tierra era famoso un
supernumerario, Pepe Esparza, que
hacía reír con sus chistes a san Josemaría, era muy divertido y lo solían
invitar a las convivencias de sacerdotes para que los removiera a todos con el
don de lenguas que tenía.
Otro personaje de esas tierras riojanas
era Use Bazán, un numerario que
conocía a medio mundo, cuando le escribían una postal muchos ponían solo USE y
los carteros sabían de quien se trataba. Años más tarde se ordenó de sacerdote.
En épocas más recientes los retiros se
hacían en en Obanos, a 20 Km de Pamplona, era una casa pequeñita, pero muy
simpática y acogedora.
Los domingos por la tarde, después de algunas actividades de catequesis
o de visita a pobres con los chicos, solíamos ir a Cantabria, un club deportivo y familiar donde podíamos jugar fútbol
y bañarnos en la piscina.
Al atardecer corríamos a la estación de
buses para retornar a Pamplona, eran más de 80 Km de recorrido, llegábamos de
noche y al día siguiente a clases a la facultad de Teología.
Solíamos ir desde Aralar: Juanchi Pérez, Fernando Yarza, Rafael Miner,
Mauricio Uribe, Peter Irgand, Javier Peñaloza, entre otros. (P. Manuel Tamayo)
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