viernes, 1 de marzo de 2024

 PAMPLONA, CLIMA SANO

En la década de los años 70

En los años 70 Pamplona era una ciudad pequeña con un casco antiguo donde estaba la Catedral y algunos edificios que empezaban a construirse en los barrios del contorno.

El Colegio Mayor Aralar, donde vivía, estaba en la calle Aoiz n. 2, muy cerca del seminario diocesano, que ya estaba vacío. Nos contaban, que antes del Concilio Vaticano II el seminario funcionaba muy bien. Era bastante grande. Llegaron a estar al mismo tiempo hasta 500 seminaristas.

 

Después del Concilio Vaticano II

Con algunas reformas, que se aplicaron en aquellas épocas, en el post-concilio, y que tanto preocuparon a San Josemaría, ese seminario, y muchos otros en el mundo, se quedaron vacíos y con escasas posibilidades de volver a los números anteriores.

Nosotros, desde Aralar, íbamos a jugar a las canchas deportivas del seminario de Pamplona, porque quedaban a una cuadra de la casa. En aquellos lugares, cuando contemplábamos los edificios vacíos, no dejábamos de encomendar para que pasara ese tiempo de crisis y que las vocaciones sacerdotales volvieran a florecer.

 

El crecimiento de la Universidad de Navarra

Estando en Pamplona fui testigo del crecimiento de la Universidad de Navarra, que iba ganando en prestigio internacional. El número de alumnos había aumentado considerablemente. Ver chicos que venían de distintos países y de todos los continentes era algo que me llenaba de satisfacción.

Me daba cuenta de lo importante que era la formación cultural y cristiana que impartía la universidad y que se hacía extensiva a muchos países que veían con buenos ojos el crecimiento de esa casa de estudios, porque fortalecía la familia, las empresas y las instituciones, en todos los ámbitos de la sociedad.

 

Personajes ejemplares

En Navarra tuve la oportunidad de conocer y de conversar con Don Eduardo Ortiz de Landázuri, un médico, supernumerario del Opus Dei, que fue uno de los fundadores de la Universidad. Un hombre santo, buenísimo en el trato, y aunque yo tenía 23 años él me trataba como si fuera un personaje importante. Con él te sentías muy bien y aprendías mucho, era gratísimo estar a su lado.

Mi director de tesis doctoral en Teología fue el P. Jesús Ferrér, se había ordenado sacerdote hacía pocos años, pero ya era, al menos para mi, bastante mayor. Él nos contaba con detalle como fue el inicio de la facultad de medicina en la Universidad de Navarra, cuando no había recursos. Todo había sido asombrosamente milagroso. El P. Jesús me acompañó hasta después de mi ordenación sacerdotal, que fue cuando sustenté mi tesis en la Facultad de Teología.

Cada uno de esos personajes, emblemáticos para mi, de los inicios de la Universidad de Navarra, contaban sus historias y nos tenían embelesados.

Las historias eran emocionantes y motivaban la acción de gracias a Dios. Así se entendía con más claridad, lo que solía repetir San Josemaría: “el Señor está empeñado en que la Obra se realice” y afirmaba, con una fe muy grande, que el Opus Dei existiría mientras haya hombres sobre la tierra.

San Josemaría, el santo de lo ordinario, era el Gran Canciller y no dejó de rezar para que la Universidad, sea un espacio para el desarrollo de la cultura humana y cristiana, donde muchos, profesores y alumnos, puedan encontrar los medios para santificarse y santificar a los demás, con el prestigio profesional y la caridad cristiana.

Para mi era un privilegio poder ver y conocer a personas del Opus Dei, de los primeros tiempos, que estaban santificando su trabajo con una fe grande y un sentido apostólico extraordinario.

 

La fiesta de San Fermín

En aquellos años por toda España circulaba un dicho que era a la vez divertido y significativo: “Pamplona clima sano” pero había que agregar algo más. El dicho completo era: “Pamplona clima sano, curas en invierno y toros en verano”

En efecto, el encierro y la corrida de San Fermín, que tiene su canción (el Riau Riau), es la más famosa fiesta de Pamplona, que se celebra en el mes de julio y en pleno verano.

En aquellos años la fiesta se centraba en la afición taurina y en el encierro de los toros que corrían alocadamente por las calles junto a los mozos, vestidos de blanco, con un pañuelo rojo al cuello, antes de entrar en la plaza para la corrida.

Al que llegaba a Pamplona en esas fechas, le invitaban a ver en encierro. Era un espectáculo bastante original. Si no estabas atento no veías nada: solo unos pocos toros y un gentío corría por una estrecha calle, después de escuchar el “chupinazo” (el cohete que daba inicio a la estampida). Los audaces corredores iban con periódico enrollado en la mano para golpear al toro y evitar una corneada fatal. Todo sucedía en minutos hasta que llegaban a la plaza.

Tuve la oportunidad de estar en un encierro viendo desde fuera ese espectáculo tan original y único de esas fiestas tradicionales.

En los tiempos actuales las cosas han cambiado mucho, ya no es igual que cuando estuve allí en los años 70.

Pamplona ha crecido bastante y en el verano se llena de gente hasta los topes. El turismo frívolo le ha quitado al espectáculo la solera que tenía, y ahora esa fiesta, lamentablemente, ha perdido su pulcritud y la elegancia que siempre tuvo. Se ha vuelto incluso peligrosa, por los excesos de licor y drogas de no pocos asistentes que vienen a divertirse desaforadamente y que incluso llegan a crear situaciones desagradables de desenfreno y de violencia. Pienso que la fiesta de San Fermín ha perdido el encanto que tenía en los años anteriores. He visto que se están poniendo los medios para evitar esos excesos. Ojalá se pueda volver a lo que había antes.

 

Pamplona, Ciudad universitaria

Volviendo a los años 70, todos decían que Pamplona era fundamentalmente una ciudad universitaria.

En el invierno, bastante frío, por cierto, era admirable ver la cantidad de universitarios, que procedían de diversos países del mundo, recorriendo los ambientes de las distintas facultades y colegios mayores en un hermoso campus, que se cuidaba como un tesoro de muchísimo valor. Todos colaborábamos para tener bella y limpia nuestra universidad.

Llamaba la atención la cantidad de sacerdotes que estaban estudiando en Pamplona filosofía, teología o derecho canónico. Se decía, con mucha gracia, que, si las personas que iban delante o detrás de ti no eran sacerdotes, entonces el sacerdote eras tú.

En efecto, en esos años, además, todos los sacerdotes iban elegantemente vestidos con sus sotanas. Los chicos jóvenes junto a los sacerdotes, que eran también jóvenes, (la mayoría), dibujaban dentro del campus un cuadro, que, al contemplarlo, motivaba el entusiasmo y la esperanza, porque se veía un futuro prometedor de gente muy buena.

Don Álvaro d’Ors, catedrático de humanidades, era, él solo, como toda una institución; con su porte señorial y convincente, nos decía que las columnas principales, en esos años, de la Universidad, eran las facultades de Medicina, Arquitectura, Teología y Derecho.

En efecto, de allí salieron profesionales de renombre para todos los continentes, que ayudaron en la creación de diversos proyectos de educación y de formación cristiana que ahora están dando fruto en diversos países del mundo.

 

Formación y expansión apostólica

A la Universidad de Piura, por ejemplo, llegaron de Navarra muchos catedráticos que colaboraron con el crecimiento y el prestigio de la Universidad, que tenía también, como Gran Canciller, al Fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá.

Estando en Pamplona, en aquellos años, con mucha frecuencia asistí a tertulias con aquellos catedráticos de los primeros tiempos que estaban unidos al gran Canciller, en el gran proyecto de santificar el mundo con el trabajo profesional.

Recuerdo haber visto en Pamplona el documental de 16 mm de la homilía que San Josemaría predicó en el campus de la universidad y que dio la vuelta al mundo. Sus palabras, pronunciadas el año 1967 nos motivaban a todos a ser los artífices de un cambio en el mundo con la doctrina de Cristo y a través de la santificación de la vida ordinaria:

“Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres”.  

“La vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...”

En Pamplona era fácil invitar a las tertulias con universitarios a los personajes, que ahora ya no están, y que fueron los grandes forjadores de la Universidad:  Isidoro Rasines, Ismael Sánchez Bella, Josemaría Casiaro, Eduardo Ortíz de Landazuri, Leonardo Polo, Francisco Ponz, Pedro Rodríguez, Pedro Amadeo Fuenmayor, Federico Suarez, Antonio Fontán, Alejandro Llano, Luca Branovich. Paco Gómez Antón, Lucas Francisco Mateo Seco, etc.

Al Perú vinieron, desde la Universidad de Navarra, en aquellos años: Ismael Sánchez Bella, Leonardo Polo, Paco Gómez Antón, Don Pedro Rodríguez, Lucas Francisco Mateo Seco y muchos otros que no recuerdo. (P: Manuel Tamayo).

 

 

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