sábado, 24 de febrero de 2024

 DE ROMA A PAMPLONA

En la década de los años 70 con San Josemaría

 

En junio de 1972 tuvimos una tertulia con San Josemaría en el soggiorno  de la Casa del Vícolo, en Villa Tévere. Para mí, y para todos los que nos íbamos de Roma, era una tertulia con “sabor” a despedida.

Uno de nosotros, quizá el más atrevido, le preguntó: “Padre, ¿que nos dice a los que nos vamos del Colegio Romano?”  San Josemaría rápidamente le contestó: “antes de irte pásate por el oratorio de Pentecostés y ve la inscripción que dice arriba del Sagrario: <consumatti in unum>, cuando estés en tu país recuerda que todos estamos unidos”

Ese año se había ido volando como los anteriores, entre los estudios, los encargos, las tertulias, los deportes y los veranos en Tor D´ aveia. Años inolvidables donde todos pudimos reforzar nuestros lazos de unidad con una causa común: ser santos en medio del mundo para llevar a mucha gente al Cielo. Estando en Roma, al lado de San Josemaría, y muchos otros santos, nos parecía estar en la antesala del Cielo.

 

Lo que vivimos en Roma

No hay palabras para expresar lo que vivimos y aprendimos en esos años romanos. Yo lo he contado en distintos sitios, y lo que pude decir, no llega a ser todo lo grandioso que fue. Es difícil transmitir unas vivencias donde lo sobrenatural parece lo más natural del mundo y si te descuidas el tiempo, que es efímero, se pasa y se acaba.

 

Si lo has aprovechado bien te llevas la certeza de haber vivido oteando el Cielo y te vas enriquecido en tu interioridad, con las semillas que Dios ha sembrado, para que tus méritos produzcan el fruto que se va a extender por todo el mundo.  No es poca cosa, ¡qué responsabilidad! y ¡cuánta cuenta nos pedirá Dios!!!

 

El viaje a España

Nuestro tren salía temprano de Stazione Términi. Ya estaban listas las maletas y en un pulmino, donde entramos como pudimos, salimos de Bruno Buozzi, muy emocionados de dejar esa casa histórica; nos fuimos cargados de los recuerdos inolvidables, que incluso después, se fueron acumulando a lo largo de los años, gracias a las constantes reflexiones, que eran inevitables, por haber vivido en un lugar privilegiado y en unos tiempos históricos. 

Las veces que he vuelto a Villa Tevere, el corazón se enciende rápidamente y la cabeza empieza a recordar, con una lucidez increíble, cada detalle de lo vivido y aprendido en esa casa, donde todos los que viven, se toman en serio querer ser santos en medio del mundo.

Cada vez que voy a Roma me parece que tengo los 20 años que tuve cuando llegué por primera vez. Es que Roma es la misma, no ha cambiado nada, las mismas calles, las mismas casas, los mismos ambientes… yo sí he cambiado. No es lo mismo tener 20 años que 75, aunque al llegar a Roma me sobran los 55 que hacen la diferencia.

 

Volviendo a 1972

Entramos al tren con las prisas que suelen haber en los viajes; pendientes de nuestras maletas y de todo lo que nos habían pedido que llevemos. En nuestras conversaciones se notaba el nerviosismo de la nueva aventura que empezaba para todos.  

Nuestro destino era la Universidad de Navarra, en Pamplona. Este tren nos llevó hasta Barcelona. Pasamos por Monterols, (el centro de estudios para numerarios), donde después del almuerzo, tuvimos una grata tertulia con los residentes, al final nos despedimos y recibimos la bendición de viaje por parte del capellán del Centro. Esta vez el viaje lo hicimos en bus hasta Pamplona.

 

 En el Colegio Mayor Aralar

Al llegar a Pamplona tenía todavía la nostalgia de Roma y una sensación de libertad, al sentirme preparado para triunfar; como si en Roma nos hubieran entrenado para, realizar ahora, la competencia esperada. Desde que llegué me sentía volar, con una ilusión muy grande por las labores apostólicas que allí me esperaban.

En el Colegio Mayor Aralar, donde me alojé tres años, nos dieron nuestras habitaciones, esta vez eran individuales, pero con un baño colectivo que estaba al final del pasillo. La casa, bastante grande, con dos pabellones, cada una con su oratorio, era bastante acogedora y tenía también mucha historia. San Josemaría había estado en muchas ocasiones.

En Aralar estaba de rector el P. Juan Vera, un médico andaluz simpatiquísimo y muy bueno, siempre pendiente de todos, con una sonrisa y un sentido de amabilidad que impresionaba. Se había ordenado sacerdote en 1971, en la misma promoción que el Prelado del Opus Dei, P. Fernando Ocariz. El P. Juan Vera falleció de cáncer el 2022 a los 76 años de edad.

Como éramos muchos jóvenes en el Colegio Mayor, nos dividieron en grupos. El director de mi grupo era Juan Belda, un personaje divertido, un poco mayor que nosotros, que estaba estudiando Teología en la Universidad de Navarra; después se ordenó sacerdote, doctor en filosofía y Teología, y ahora profesor de historia de la Teología.

Los chicos que habíamos dejado el Colegio Romano, y que tendríamos entre 22 y 24 años, vivíamos con chicos numerarios que estaban haciendo en Pamplona su centro de estudios y que tendrían de 18 a 20 años. El ambiente, cien por ciento juvenil, era gratísimo.

Ese mismo día de llegada, me llevaron a conocer el campus de la Universidad de Navarra y el Colegio Mayor Belagua. Todo estaba lleno de gente joven. Chicos adolescentes que estudiaban en la universidad y nosotros que nos matriculamos para hacer la licenciatura en Teología. Al día siguiente nos llevaron a conocer la Facultad que estaba a un costado de la Catedral en el centro mismo de Pamplona.

Ese año tuve como profesores a los Padres Pedro Rodríguez, José María Casiaro, Lucas Mateo Seco, Idelfonso Adeva, Fernando Sánchez Arjona, José María Martinez Doral, Amador García Bañón, Jesús Sancho, Evencio Cófreces, que fue mi director de la tesis de Licenciatura en Teología Moral. No recuerdo a todos.

Íbamos a clases por las mañanas caminando desde Aralar hasta la Catedral, cruzando todo Pamplona, no estaba tan cerca y en invierno teníamos que abrigarnos bastante porque las temperaturas eran muy bajas, tanto que un día la piscina de Aralar amaneció congelada, hasta se podía caminar por encima del hielo.

Por las tardes teníamos las labores apostólicas que dependían del Colegio Mayor Aralar y eran centro o clubes en distintas ciudades: Vitoria, Logroño, San Sebastián, etc. Enseguida conocí a Enrique Anglada y Jhonny Yarza, que me explicaron como iban las actividades apostólicas en Pamplona y en dónde podía ayudar. Después de resolver los asuntos académicos para empezar la licenciatura en Teología ya pude viajar con un grupo de Aralar a la ciudad de Logroño para apoyar al club juvenil Glera. (P. Manuel Tamayo)

 

 

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