sábado, 3 de febrero de 2024

 EL MILAGRO DE YAUYOS 

En 1956, mientras mis amigos y yo jugábamos en el patio del colegio de los SSCC Recoleta que estaba en el centro de Lima entre las avenidas Wilson y Uruguay, el Papa Pio XII le pidió a San Josemaría para que el Opus Dei atendiera un territorio de misión.

San Josemaría después de explicarle al Romano Pontífice que el espíritu del Opus Dei era laical y dirigido a la santificación personal de todas las personas a través de su trabajo ordinario, aceptó la propuesta que el Papa le pedía y le dijo que el Opus Dei se quedaría con el territorio que nadie escogiera.

 Así empezó el milagro de Yauyos con una historia que recogerá muchos otros milagros que tuvieron una repercusión asombrosa, en muchos lugares del Perú y del mundo.

 

El nivel humano de los pioneros

Los comienzos de ese proyecto tuvieron un nivel humano y sobrenatural impresionante. San Josemaría se volcó totalmente, para que sus hijos, (los miembros del Opus Dei que se involucraron en el proyecto), lo hicieran con el propósito de ser santos, en una realidad totalmente distinta a lo que ellos habían soñado desde que se incorporaron al Opus Dei. Se puede decir que el Señor les cambió totalmente la vida, como ha ocurrido con la vida de muchos santos en la historia de la Iglesia. 

Esta historia de Yauyos, tejida con el heroísmo y la entrega de los primeros, ha pasado desapercibida en Lima y en las distintas provincias del Perú. No se hizo propaganda, se trabajó cara a Dios y con una esperanza en los medios que Dios, a través de la Madre del Amor Hermoso, les alcanzaba, para ser fieles y conseguir llegar a las metas altas propuestas por la Providencia para cada uno.

 

Un camino difícil, pero lleno de bendiciones

El lema del escudo del primer obispo prelado, Mons. Ignacio María Orbegoso, era “per aspera ad astra”, “por un camino áspero hasta las estrellas” y así ha sido la andadura de esta prelatura desde sus inicios hasta la fecha. 

Un camino difícil y complicado que se abrió, para que muchos lo recorrieran con la certeza de alcanzar las metas exigentes de una correcta vida cristiana.

San Josemaría no solo los alentó, sino que estuvo pendiente, casi a diario, de los que estaban en Yauyos, les encomendaba y les escribía con bastante frecuencia.

Son numerosas las cartas de San Josemaría a Mons. Orbegoso, y las respuestas del obispo prelado de Yauyos al Padre. Las cartas se conservan intactas y son un testimonio histórico de mucho valor.

 

La prelatura de Ayaviri

En esos años mis compañeros de colegio y yo, niños todavía, escuchábamos lo que nos contaban los sacerdotes de los Sagrados Corazones en el colegio de La Recoleta.

Nos llevaban al paraninfo del colegio de Belén, (que estaba al frente de nuestro colegio), y nos pasaban unas diapositivas a color de lo que estaban haciendo en la Prelatura que les habían encomendado en Ayaviri, Puno. Veíamos en esas fotos la heroicidad de los padres misioneros y la gran labor que hacían con los pobres de esos lugares.

Paralelamente nos hablaban de los “Corazones Valientes”, una institución de los misioneros seglares de los Sagrados Corazones, que motivaba a los que querían tener una experiencia misionera, para ayudar a un desarrollo armónico y progresivo en las regiones más apartadas del país. El colegio había organizado unos viajes con los chicos de media para que conocieran in situ la labor que estaban haciendo en Ayaviri.

 

Nuestra ayuda a las misiones

A nosotros, que estábamos todavía en primaria, nos hablaban de las misiones entregándonos estampas y una alcancía a cada uno, para conseguir limosnas para los niños pobres, sobre todo del África. A mi y a otros compañeros nos hicieron padrinos de unos niños africanos. Todavía tengo un diploma con el nombre de mi ahijado y una imagen de la Virgen.

Cuando entramos a media nos llevaban a labores sociales cercanas a Lima, en Reinoso (Callao), Chocas (cerca de Comas), y Puente piedra, donde los padres de los Sagrados Corazones tenían sus labores de ayuda social.

 

La historia de la Prelatura de Yauyos

En tercero de media y conocí el Opus Dei. En el Centro de la Obra nos contaban la historia de Yauyos, que nosotros escuchábamos como si fueran unas aventuras impresionantes lideradas por el Prelado, Mons. Orbegoso, a quien conocimos en la playa, cuando jugaba con nosotros partidos de fulbito, y cuando nos invitaba a jugar ping-pong en el obispado. Lo mirábamos con respeto y admiración como el líder de una gesta heroica increíble.

 

Testigo de un impactante milagro

Han pasado más de 60 años y pudo decir que he sido testigo de un gran milagro que tendrá, en el futuro de la Iglesia del Perú y universal, una repercusión mucho más grande que la actual. 

En todos estos años un puñado de sacerdotes, sembraron, en un territorio casi abandonado, la doctrina cristiana consiguiendo miles de bautizos, confirmaciones, matrimonios y vocaciones sacerdotales. 

San Josemaría y muchísima gente en todo mundo, del Opus Dei y cercanos a la Obra, rezaron con mucha fe por la Prelatura de Yauyos. Los frutos se multiplicaron y la prelatura se convirtió en el punto de ignición para que en otras circunscripciones eclesiásticas continuara una siembra de amor a Dios que, hasta ahora sigue creciendo; en unos años más, si se trabaja bien en esos campos, veremos una cosecha mucho más abundante. Hay que tener en cuenta que el Santo de lo ordinario rezó por todo esto.

 

Todavía no se ha recogido toda la cosecha 

Lo que se siembra no se pierde. En el fondo de muchas almas está la semilla que han colocado los que han rezado y han intervenido en la vida de muchas almas. Las circunstancias del mundo y de la época pueden traer huaicos que cubran esas semillas y pueda parecer que todo está perdido. Craso error. 

En los lugares donde hay un liderazgo de amor auténtico, que no es autoritarismo, sino de entrega y servicio total desinteresado, allí se deja  la semilla que hará crecer un fruto sabroso y envidiable en un futuro no muy lejano. 

En el fondo de las almas que estuvieron en esos territorios anida la semilla que dejaron sacerdotes fieles y entregados al plan de Dios. Se viene una nueva etapa de más siembra y abundante cosecha: muchas conversiones y una multiplicación de vocaciones.

Tal como, años atrás, lo anunció San Josemaría, cuando estuvo en nuestro país: “en el Perú y desde el Perú” Sus palabras no han perdido vigencia. Los sacerdotes que estuvieron presentes, muchos de ellos en el Cielo, fueron testigos de esta siembra de amor que se sigue prolongando con la protección de la Madre del Amor Hermoso, en un valle de gente sencilla, que San Josemaría calificó de bendito.

 

Unas pinceladas de la historia

El año 1957 con Mons. Ignacio María Orbegozo, vinieron de España para empezar en Yauyos los padres: Enrique Pélach (fue luego Obispo de Abancay), Frutos Berzal, Alfonso Fernández, José Pedro Gressa, Jesús María Sada, y en los años siguientes se sumaron 40 sacerdotes más.

“El 26 de Mayo de 1968 asumió Mons. Luis Sánchez Moreno Lira el gobierno de la Prelatura de Yauyos. Se iniciaba, junto con Chiclayo y Abancay, una “revolución” de orden espiritual, por la consecuencia que va a traer el trabajo de estos obispos en sus jurisdicciones…por la numerosa promoción de jóvenes al sacerdocio” (Héctor Francia, Breve reseña histórica de la Prelatura de Yauyos). 

El año 1974, cuando San Josemaría visita el Perú, estaban de seminaristas en la Prelatura de Yauyos Josemaría Ortega (luego fue obispo de Juli), Angel Ortega (hermano de Josemaría, ahora canónigo en la Catedral de Lima), Víctor Huapaya (canonista, párroco en Mala), y Luis Ubillús (Chiclayano ya fallecido). Fueron los primeros sacerdotes peruanos de la Prelatura de Yauyos ordenados el año 1978.

El año 2007, cuando la Prelatura cumplió 50 años (bodas de oro), ya se habían ordenado más de 200 sacerdotes. 

El clero de esta prelatura es joven. En ellos está el futuro de la Iglesia, junto a muchos otros, en distintas diócesis y prelaturas, que han tenido y siguen teniendo relación con Yauyos, porque han sido formados en el espíritu que San Josemaría y los primeros sacerdotes transmitieron en sus labores pastorales: el espíritu del evangelio y un amor muy grande a la Iglesia y al Papa.

San Josemaría les decía a los sacerdotes que debían ser santos y vínculos de unidad. Nos pedía a todos los sacerdotes para que seamos santos, doctos, alegres y deportistas. (P. Manuel Tamayo)

 

 

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