jueves, 28 de septiembre de 2017

LA SORPRESA DE UNA MUERTE INESPERADA

"La muerte sigue sorprendiéndonos, aunque llevamos conviviendo con ella toda la vida. La muerte, pese a su antigüedad, es todavía un suceso brusco y desconcertante que nos angustia y sacude subestimando su propia inmortalidad. Consternación, estupor, asombro, conmoción, desconcierto, rabia, nunca hay consuelo ni indulgencia para la realidad más objetiva y tangible. Nunca oportuna, siempre indeseable, jamás anunciada, sin embargo constante, perpetua, reiterativa e imperecedera.  La repudiamos, la ignoramos, la desafiamos incluso, pero comparece puntual cada día, cada hora, cada segundo para consumar la vida y dar sentido a nuestra existencia. Y aun así no la toleramos pese a su manifiesta certeza terrenal y espacial. Ni cuando llega pronto ni cuando lo hace tarde, ni de día ni de noche, ni con sangre ni sin ella. Poderosa, tenaz, silenciosa, agazapada en el devenir diario, asalta desde su oculta guarida sin hacer preguntas ni expresar dudas. Quizás lo que verdaderamente debiera asombrarnos es seguir vivos cada día" (Anónimo).
“La esperanza cristiana da alivio al sufrimiento en el mundo, a tantos niños que sufren por la guerra, al llanto de las madres, a los sueños rotos de tantos jóvenes, a las penurias de tantos refugiados que afrontan viajes terribles. La esperanza cristiana nos asegura que tenemos un Padre que llora y se apiada de sus hijos, que nos espera para consolarnos, porque conoce nuestros sufrimientos y ha preparado para nosotros un futuro. La esperanza, nos lleva a creer con firmeza que la muerte y el odio no tienen la última palabra sobre la vida humana. Que el mal al final será eliminado como la cizaña del campo. Siempre habrá problemas, siempre habrá chismes, guerras, enfermedades. Pero el grano crece y al final el mal será eliminado" (Papa Francisco en el Angelus).


COMENTARIO

Todos los días nos levantamos con la esperanza de vivir pero podría llegarnos por sorpresa la muerte de una manera repentina e inesperada. Sabemos que tenemos que morir pero no sabemos cuándo y además solemos poner muy lejos ese momento porque nos parece que todavía quedan muchas cosas por hacer en esta vida. Sin embargo nos impresiona mucho cuando vemos que alguien, que se levantó feliz para seguir viviendo, se encontró de pronto con su propia muerte.

La Iglesia, de acuerdo a la prédica de Jesucristo, nos recuerda que debemos estar bien preparados porque en cualquier momento puede llegar nuestra partida de este mundo. A nadie le gusta morir, la muerte es un trago amargo que produce sufrimiento; sin embargo la esperanza inmediata de la Vida eterna borra todo pesimismo o desaliento y aleja el temor a morir cuando Dios quiera.

La muerte no está en nuestras manos, no es algo que podamos manejar como queramos. Depende de Dios. Se muere de muchas maneras distintas. Algunas muertes parecen absurdas, otras increíbles o asombrosas. Se muere por descuido, enfermedad, accidente, o víctimas de una gran tragedia, por los efectos de un huracán o un terremoto por ejemplo. Mueren niños, jóvenes, mayores o muy ancianos. A cualquier edad se puede morir.

No hay que preocuparse del momento, ni de la edad que se tiene, porque cara a la eternidad da lo mismo vivir 9 ó 90 años, lo importante es la Vida. Lo que más debe contar en esta vida es la preparación para la Vida, es lo que le da sentido a todo lo que hacemos y es fundamental para poder entender y amar, por encima de todo, la voluntad de Dios.

La falta de entendimiento para las formas de morir es grande cuando es escasa la fe. La fe no es un cerrar los ojos a la realidad, al contrario, es una virtud que ilumina nuestro entendimiento para tener una gran certeza en todo lo que Dios nos ha revelado y que la Iglesia enseña; o sea que para acertar en los principales conocimientos que el hombre debe adquirir, la fe tiene más valor que todas las ciencias humanas juntas y que las experiencias más emblemáticas de los hombres. Por eso se dice que una fe pequeñita mueve montañas.


Si hay fe ya no importa la forma de morir, lo que importa es la forma de vivir, para seguir viviendo con el premio del Amor. (P. Manuel Tamayo)

viernes, 22 de septiembre de 2017

En: <cumfiducia.blogspot.com> hemos subido el artículo que transcribimos.
Atentamente
P. Manuel Tamayo
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EL SOBREPESO ESTRUCTURAL

“Cuando pienso en la Iglesia de Alemania, percibo una fe viva y un compromiso a favor de Dios y de los hombres que brota de los corazones. Pero por otra parte, sigue existiendo el poder de las burocracias, la teorización de la fe, la politización y la ausencia de un dinamismo vivo, que a menudo parece verse asfixiado por tanto sobrepeso estructural. (Benedicto XVI, “Ultimas conversaciones con Peter Seewald”, p. 75)

“El bien no se garantiza con estructuras…Las personas deben edificar sobre Jesucristo.” (Papa Francisco, Spe Salvi, p. 38)

“La Iglesia no necesita “burócratas” o “diligentes funcionarios” sino “misioneros apasionados” que abran el corazón al fuego del Espíritu Santo para anunciar el mensaje consolador de Jesús de modo audaz y fervoroso” (Papa Francisco, Alocución).

"Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos." (Papa Francisco, Evangelium Gaudium n. 49).

“No se puede reducir el evangelio a concebir la Iglesia como una burocracia que se autobeneficia, como tampoco esta se puede reducir a una organización dirigida, con modernos criterios empresariales, por una casta clerical” (Papa Francisco, en Colombia, setiembre 2017)
“En el Opus Dei lo importante no son los edificios sino las personas” (Mons. Fernando Ocariz, Roma, abril 2017).

“me interesan más los pájaros que la jaula” (Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer).


COMENTARIO

Cuando se pierde el sentido de la vida se pierde el sentido común y se cae en el temor y la inseguridad. Se generan situaciones originales donde las personas se aferran a  estructuras ideadas por ellos mismos como mecanismos de defensa y protección, creando una mentalidad sistemática donde los procedimientos y controles adquieren un valor preponderante.

Se produce un choque entre lo natural y una oficialidad exagerada, y muchas veces obsoleta, anclada en un pasado que ahora ya no tiene sentido y que además pretende pasar por natural lo que está enquistado en la mente de algunas personas que han hecho una costumbre con sus modos y maneras de ver la realidad, para protegerse de lo que parece novedoso.

En algunas personas, fundamentalmente mayores, puede producirse un natural rechazo por lo nuevo, con razones convincentes, cuando lo novedoso carece de experiencia y puede ser peligroso. Los argumentos de la tradición son fundamento que garantizan la direccionalidad de lo que es esencial en el ser humano.

Habiendo reconocido el valor de la Tradición, que junto con la Revelación, son  cimientos para la fe, es necesario respetar la libertad de cada persona para que puedan ser auténticos testimonios de una vida ejemplar.

Los tiempos van cambiando, como la historia lo demuestra,  y las personas tenemos que procurar que los cambios sean para mejorar. El ser humano debe estar en ascenso. Eso es lo que pretende la Iglesia por mandato de Jesucristo. La redención es para la liberación de todo lo que es malo.

La prédica de la Iglesia continúa hasta el fin de los tiempos con la misma doctrina que enseñó Jesucristo y que seguirá siendo vigente hasta el fin de los tiempos. Decía San Josemaría: “no es la doctrina la que debe adaptarse a los tiempos sino son los tiempos los que deben adaptarse a la luz del Salvador” y muchos siglos antes San Agustín decía: “¿los tiempos son malos? vivamos bien y los tiempos serán buenos, nosotros somos los tiempos”

Es necesario advertir, y el Papa Francisco lo está haciendo convenientemente, para que las personas no se aferren a los medios como si fueran fines y pongan el peso en los modos, las costumbres, o en los procedimientos y sistemas, y no en las personas, con sus circunstancias y su libertad.

Las personas no son para los sistemas sino los sistemas para las personas. El Papa Benedicto XVI advertía: “hay muchos en la Iglesia que son fieles a las estructuras eclesiales y no son fieles a Dios” Si se pierde el amor a Dios se pierde todo, las personas sistemáticas sin amor, terminan siendo crueles, se alejan del prójimo, lo maltratan, se aíslan y complican la vida de los demás. (P. Manuel Tamayo).

miércoles, 13 de septiembre de 2017

MISIÓN SIN RUIDO

“Para acceder a Dios, el hombre primero debe conocerse…El hombre no puede esperar conocer a Dios sin haberse encontrado a sí mismo… El silencio es un elemento necesario en la vida de cualquier hombre. Permite el recogimiento del alma. Protege al alma de la pérdida de su identidad. Previene al alma frente a la tentación de apartarse de sí misma para ocuparse de lo externo, lejos de Dios…Buscamos el silencio porque buscamos a Dios…” (Cardenal Robert Sarah, “La fuerza del silencio” pp.321-324).

“La luz no hace ruido. Si queremos acercarnos a esa fuente de luz, debemos adoptar una actitud de contemplación…Cristo nos pide que seamos luz. No nos insta a conquistar el mundo, sino a mostrar a los hombres, el camino, la verdad y la vida… La Liturgia no es lugar para festejos humanos, ni para las pasiones, ni para retahílas de palabras disonantes, sino para la sola adoración. Hoy el ruido invade demasiadas facetas de la vida de los hombres. La Iglesia cometería un grave error si añadiera más ruido al ruido…el Espíritu Santo no habla alto, como no lo hacen tampoco Jesús ni su Padre….Los mártires no respondían a los ataques defendiéndose, sino callando, viven una vida escondida con Cristo en Dios (Col 3,3).” (Cardenal Robert Sarah, op. cit.pp. 374-378).

“La Iglesia vive hoy pruebas externas e internas sin parangón. Es como si un terremoto quisiera destruir sus cimientos doctrinales y su enseñanza moral multisecular… En los países tradicionalmente cristianos la Iglesia se ve violentamente sacudida por una apostasía generalizada. ( Cardenal Robert Sarah, op. cit. pp. 378-379).


COMENTARIO

No se puede edificar sobre un pantano. Antes de construir hay que mirar bien el terreno y los que deben ver son los constructores. Quien va a edificar debe ser idóneo, más si se trata de una misión divina. Si se construye sin una base sólida esa casa se viene abajo.

Las misiones no se apoyan en los sistemas, tampoco en las planificaciones y modos de hacerla, aunque todo pueda estar pensado de acuerdo a las costumbres de la época, a las conductas específicas de cada persona, o a la indiosincracia de los lugares. Toda misión se debe apoyar en la santidad de las personas que la hacen. Lo primero que importa, y casi lo único, es la santidad de vida.

La persona piadosa que tiene un trato íntimo con Dios sabe perfectamente lo que debe hacer y hacia dónde debe apuntar para lograr la conversión de las personas. Siempre buscara como referencia, a Jesucristo con sus 30 años de vida oculta y sus tres años de vida pública. La misión de salida de Cristo la realizó después de sus 30 años de vida oculta en casa de sus padres.

La misión de los pastores que salieron de Belén fue consecuencia de haber conocido al Niño Dios y a la Sagrada familia. El haber estado en ese hogar les bastó para salir felices y anunciar la buena nueva.
La familia es el lugar principal para la educación y formación de las personas. La familia, que es la Iglesia doméstica, es la principal motivación para la misión. Desde la familia se está de salida para buscar a los que se encuentran alejados y traerlos a los caminos del Señor.

La familia no hace ruido, es respetuosa. En la casa se cultiva el ambiente de paz y alegría cuando se es consciente que Dios está en el hogar y en el corazón de nuestros seres queridos. Los padres rezadores hacen la gran misión con los hijos, y juntos, dentro de la Iglesia, son los apóstoles que predican con el ejemplo de unas relaciones humanas llenas de cariño, comprensión y perdón. En una familia cristiana se nota claramente el espíritu del evangelio.

De las familias cristianas surgen muchas vocaciones cuando los padres entienden que los hijos no son suyos sino hijos de Dios. El hijo que sale de la casa para servir a Dios no ha roto con la familia, está mucho más unido a ella en una misión que sus padres y él entienden, cuando hay un trato íntimo con Dios. Es una misión que exige del sacrificio y una total dedicación. 


En la familia cristiana hay un gran espíritu de libertad y de ágil entendimiento. No hacen falta muchas palabras, no es necesario pedir muchas explicaciones. Es todo rápido y sin ruido, con sonrisas que son reflejo de un intenso cariño de personas que se quieren y se apoyan con la oración. (P. Manuel Tamayo).

jueves, 7 de septiembre de 2017

LA IGLESIA, LA CASTIDAD Y LA HOMOSEXUALIDAD
La pastoral con personas homosexuales debe basarse en la verdad del Evangelio, sobre todo “de parte de los clérigos que hablan en nombre de la Iglesia”, “La Iglesia Católica ha sido criticada por muchos, incluyendo algunos de sus propios seguidores, por su respuesta pastoral a la comunidad LGBT. Esta crítica merece una respuesta: no para defender las prácticas de la Iglesia sin pensar, sino para determinar si nosotros, como discípulos del Señor, estamos llegando efectivamente a un grupo necesitado”.
“No debe haber ningún doble rasero con respecto a la virtud de la castidad, que, por más desafiante que sea, es parte de la buena nueva de Jesucristo para todos los cristianos. Para los solteros, sin importar sus atracciones, la fiel castidad requiere la abstención del sexo, esto puede parecer un estándar alto, especialmente hoy en día. Sin embargo, sería contrario a la sabiduría y la bondad de Cristo exigir algo que no se puede lograr”.
“Jesús nos llama a esta virtud porque Él ha hecho nuestros corazones para la pureza, así como él ha hecho nuestras mentes para la verdad. Con la gracia de Dios y nuestra perseverancia, la castidad no sólo es posible, sino que también será la fuente de la verdadera libertad”.
“No se necesita mirar muy lejos para ver las tristes consecuencias del rechazo al plan de Dios para la intimidad y el amor humanos. La liberación sexual que el mundo promueve no cumple su promesa. Más bien, la promiscuidad es la causa de tanto sufrimiento innecesario, de corazones rotos, de soledad y del tratamiento a los demás como medios para la satisfacción sexual. Como Madre, la Iglesia busca proteger a sus hijos del daño del pecado, como expresión de su caridad pastoral. En su enseñanza sobre la homosexualidad, la Iglesia guía a los fieles al distinguir sus identidades de sus atracciones y acciones. Primero están las personas mismas, que son siempre buenas porque son hijos de Dios. Luego hay las atracciones del mismo sexo, que no son pecaminosas si no son deseadas o actuadas, pero están en desacuerdo con la naturaleza humana”. Finalmente están las relaciones del mismo sexo, que son gravemente pecaminosas y perjudiciales para el bienestar de los que participan en ellas.
 “Gracias a Dios cada vez son más las personas que teniendo una tendencia homosexual testifican del poder de la gracia, de la nobleza y de la resiliencia del corazón humano, y de la verdad de la enseñanza de la Iglesia sobre la homosexualidad. Quizá sus inclinaciones del mismo sexo no han sido vencidas, pero han descubierto la belleza de la castidad y de las castas amistades. Su ejemplo merece respeto y atención, porque tienen mucho que enseñarnos a todos sobre cómo acoger mejor y acompañar a nuestros hermanos y hermanas en una auténtica caridad pastoral”. (Cardenal Rober Sarah, Prefecto de la congregación para el culto divino).

COMENTARIO
Dios ha creado al hombre para que esté junto a Él en el Reino de los Cielos. El fin de todo hombre es Dios y será feliz en la medida en que se aproxime a Él. Lo que impide estar cerca de Dios es el pecado. Todos los hombres somos pecadores. La naturaleza humana está dañada por el pecado y ese daño es una atracción o fuerza hacia el mal. San Pablo decía: “siento una ley en mis miembros que es distinta a la ley de mi mente, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte….porque no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero”
Lo absurdo del relativismo contemporáneo es que oscurece las nociones de bien y de mal. Al hombre de hoy le cuesta discernir entre lo bueno y lo malo. Es más, el que quiere aclarar las cosas para decir dónde se encuentra el bien o dónde se encuentra el mal, lo tachan de moralista. No está de moda querer hacer esas distinciones la sociedad exige usar otras categorías, por eso se ha generado una gran confusión.

El único que nos puede librar del mal es Dios, pero quiere contar con nuestro concurso. Que nuestra decisión sea libre y voluntaria. Dios llama a todos los hombres a la virtud y todos hemos nacido para las virtudes. Para llegar a ellas es necesaria la gracia de Dios. Por muy fuerte que sean nuestras tendencias contamos con la gracia de Dios suficiente para orientarlas bien y vivir en paz. El desenfreno nunca lleva a la libertad. Hay miles de testimonios que lo confirman. (P. Manuel Tamayo)

viernes, 1 de septiembre de 2017

EL AMOR A DIOS Y LA INFORMALIDAD

“Dios es grande…yo no emplearía la palabra familiaridad de Dios. Cuando alguien te es familiar, te permites prácticamente todo y cuidas menos tus gestos y tus palabras. Con Dios no podemos permitirnos ese comportamiento, aunque sea nuestro Padre…Dios es Amor. Al Amor nos acercamos como algo sagrado, con reto y adoración….resulta sorprendente el intento de entablar relaciones sensibles con lo divino en la que esté ausente la veneración” (Robert Sarah, “La fuerza del silencio, pp 348-349).

“La liturgia no es lugar para los festejos humanos, ni para las pasiones, ni para retahílas de palabras disonantes, sino parea la sola adoración. Hoy el ruido invade demasiadas facetas de la vida de los hombres. La Iglesia cometería un grave error si añadiera más ruido al ruido” (Robert Sarah, “La fuerza del silencio” p. 375).


COMENTARIO

Hace unos días el Prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocariz estuvo en un encuentro con familias en Barcelona. Una señora muy emocionada por la presencia del Prelado le dijo que ella y muchos de los que se encontraban allí se sentían como en el cielo. El prelado de respondió rápidamente, con mucho cariño y mucha gracia a la vez: “¿Qué idea del cielo más limitada tienes?”

El Cielo es algo grandioso e inimaginable, está fuera y por encima de todas las categorías humanas. El universo entero, que es espectacular, no es nada al lado del cielo. Es el premio que Dios nos quiere dar si nos portamos bien, nos quiere tener a su lado. Para llegar allí solo se requiere amar bien. Y el buen amor tiene un gran nivel humano de limpieza y elegancia, se expresa con una armonía y una belleza que alegra el corazón y lo dilata para seguir amando más hasta el desborde, con una riqueza única que hace felices a todos.

La informalidad y el desorden no van con ese nivel de amor. Al hombre hay que elevarlo y no minimizarlo. La gracia que Dios alcanza es levante. A cada uno le corresponde luchar para alcanzar el nivel de amor exigido. No surge de la espontaneidad ni de un sentimiento melifluo.

Hoy mucha gente quiere “bajar” a Dios a modos de trato informales que pudieran parecer de más amor y son bastante limitados. Algunos creen que a Dios hay que ponerlo a nivel de un trato de “patas, compadres o chocheras” creyendo que ese “nivel” de confianza es lo máximo para tratar a las personas que verdaderamente aprecian.

El que sabe amar conoce bien que los niveles de amor son mucho más altos que los de las relaciones informales y que además en esas alturas se goza de una libertad y alegría admirables.

El hombre frente a Dios se arrodilla y hasta se postra en señal de adoración. Esa conducta de humildad le permite conocer bien lo que es el amor de Dios y es una motivación para poner todos los esfuerzos y tratar de llegar a esos niveles altos de amor. El cuidado y la elegancia de la liturgia en la Iglesia es una clara manifestación de amor a Dios. El ruido, lo chabacano y lo informal se convierten en impedimentos para conocer realmente a Dios y poder amarlo sobre todas las cosas.


El que sabe amar a Dios sabe también amar al prójimo. El prójimo necesita con urgencia del amor a Dios de las personas que saben amar. El trato humano del que ama a Dios es elegante, muy respetuoso y fino, sencillo y sin alardes de ningún tipo. Es el trato que toda persona desea. (P. Manuel Tamayo)