viernes, 1 de septiembre de 2017

EL AMOR A DIOS Y LA INFORMALIDAD

“Dios es grande…yo no emplearía la palabra familiaridad de Dios. Cuando alguien te es familiar, te permites prácticamente todo y cuidas menos tus gestos y tus palabras. Con Dios no podemos permitirnos ese comportamiento, aunque sea nuestro Padre…Dios es Amor. Al Amor nos acercamos como algo sagrado, con reto y adoración….resulta sorprendente el intento de entablar relaciones sensibles con lo divino en la que esté ausente la veneración” (Robert Sarah, “La fuerza del silencio, pp 348-349).

“La liturgia no es lugar para los festejos humanos, ni para las pasiones, ni para retahílas de palabras disonantes, sino parea la sola adoración. Hoy el ruido invade demasiadas facetas de la vida de los hombres. La Iglesia cometería un grave error si añadiera más ruido al ruido” (Robert Sarah, “La fuerza del silencio” p. 375).


COMENTARIO

Hace unos días el Prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocariz estuvo en un encuentro con familias en Barcelona. Una señora muy emocionada por la presencia del Prelado le dijo que ella y muchos de los que se encontraban allí se sentían como en el cielo. El prelado de respondió rápidamente, con mucho cariño y mucha gracia a la vez: “¿Qué idea del cielo más limitada tienes?”

El Cielo es algo grandioso e inimaginable, está fuera y por encima de todas las categorías humanas. El universo entero, que es espectacular, no es nada al lado del cielo. Es el premio que Dios nos quiere dar si nos portamos bien, nos quiere tener a su lado. Para llegar allí solo se requiere amar bien. Y el buen amor tiene un gran nivel humano de limpieza y elegancia, se expresa con una armonía y una belleza que alegra el corazón y lo dilata para seguir amando más hasta el desborde, con una riqueza única que hace felices a todos.

La informalidad y el desorden no van con ese nivel de amor. Al hombre hay que elevarlo y no minimizarlo. La gracia que Dios alcanza es levante. A cada uno le corresponde luchar para alcanzar el nivel de amor exigido. No surge de la espontaneidad ni de un sentimiento melifluo.

Hoy mucha gente quiere “bajar” a Dios a modos de trato informales que pudieran parecer de más amor y son bastante limitados. Algunos creen que a Dios hay que ponerlo a nivel de un trato de “patas, compadres o chocheras” creyendo que ese “nivel” de confianza es lo máximo para tratar a las personas que verdaderamente aprecian.

El que sabe amar conoce bien que los niveles de amor son mucho más altos que los de las relaciones informales y que además en esas alturas se goza de una libertad y alegría admirables.

El hombre frente a Dios se arrodilla y hasta se postra en señal de adoración. Esa conducta de humildad le permite conocer bien lo que es el amor de Dios y es una motivación para poner todos los esfuerzos y tratar de llegar a esos niveles altos de amor. El cuidado y la elegancia de la liturgia en la Iglesia es una clara manifestación de amor a Dios. El ruido, lo chabacano y lo informal se convierten en impedimentos para conocer realmente a Dios y poder amarlo sobre todas las cosas.


El que sabe amar a Dios sabe también amar al prójimo. El prójimo necesita con urgencia del amor a Dios de las personas que saben amar. El trato humano del que ama a Dios es elegante, muy respetuoso y fino, sencillo y sin alardes de ningún tipo. Es el trato que toda persona desea. (P. Manuel Tamayo)

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