jueves, 7 de septiembre de 2017

LA IGLESIA, LA CASTIDAD Y LA HOMOSEXUALIDAD
La pastoral con personas homosexuales debe basarse en la verdad del Evangelio, sobre todo “de parte de los clérigos que hablan en nombre de la Iglesia”, “La Iglesia Católica ha sido criticada por muchos, incluyendo algunos de sus propios seguidores, por su respuesta pastoral a la comunidad LGBT. Esta crítica merece una respuesta: no para defender las prácticas de la Iglesia sin pensar, sino para determinar si nosotros, como discípulos del Señor, estamos llegando efectivamente a un grupo necesitado”.
“No debe haber ningún doble rasero con respecto a la virtud de la castidad, que, por más desafiante que sea, es parte de la buena nueva de Jesucristo para todos los cristianos. Para los solteros, sin importar sus atracciones, la fiel castidad requiere la abstención del sexo, esto puede parecer un estándar alto, especialmente hoy en día. Sin embargo, sería contrario a la sabiduría y la bondad de Cristo exigir algo que no se puede lograr”.
“Jesús nos llama a esta virtud porque Él ha hecho nuestros corazones para la pureza, así como él ha hecho nuestras mentes para la verdad. Con la gracia de Dios y nuestra perseverancia, la castidad no sólo es posible, sino que también será la fuente de la verdadera libertad”.
“No se necesita mirar muy lejos para ver las tristes consecuencias del rechazo al plan de Dios para la intimidad y el amor humanos. La liberación sexual que el mundo promueve no cumple su promesa. Más bien, la promiscuidad es la causa de tanto sufrimiento innecesario, de corazones rotos, de soledad y del tratamiento a los demás como medios para la satisfacción sexual. Como Madre, la Iglesia busca proteger a sus hijos del daño del pecado, como expresión de su caridad pastoral. En su enseñanza sobre la homosexualidad, la Iglesia guía a los fieles al distinguir sus identidades de sus atracciones y acciones. Primero están las personas mismas, que son siempre buenas porque son hijos de Dios. Luego hay las atracciones del mismo sexo, que no son pecaminosas si no son deseadas o actuadas, pero están en desacuerdo con la naturaleza humana”. Finalmente están las relaciones del mismo sexo, que son gravemente pecaminosas y perjudiciales para el bienestar de los que participan en ellas.
 “Gracias a Dios cada vez son más las personas que teniendo una tendencia homosexual testifican del poder de la gracia, de la nobleza y de la resiliencia del corazón humano, y de la verdad de la enseñanza de la Iglesia sobre la homosexualidad. Quizá sus inclinaciones del mismo sexo no han sido vencidas, pero han descubierto la belleza de la castidad y de las castas amistades. Su ejemplo merece respeto y atención, porque tienen mucho que enseñarnos a todos sobre cómo acoger mejor y acompañar a nuestros hermanos y hermanas en una auténtica caridad pastoral”. (Cardenal Rober Sarah, Prefecto de la congregación para el culto divino).

COMENTARIO
Dios ha creado al hombre para que esté junto a Él en el Reino de los Cielos. El fin de todo hombre es Dios y será feliz en la medida en que se aproxime a Él. Lo que impide estar cerca de Dios es el pecado. Todos los hombres somos pecadores. La naturaleza humana está dañada por el pecado y ese daño es una atracción o fuerza hacia el mal. San Pablo decía: “siento una ley en mis miembros que es distinta a la ley de mi mente, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte….porque no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero”
Lo absurdo del relativismo contemporáneo es que oscurece las nociones de bien y de mal. Al hombre de hoy le cuesta discernir entre lo bueno y lo malo. Es más, el que quiere aclarar las cosas para decir dónde se encuentra el bien o dónde se encuentra el mal, lo tachan de moralista. No está de moda querer hacer esas distinciones la sociedad exige usar otras categorías, por eso se ha generado una gran confusión.

El único que nos puede librar del mal es Dios, pero quiere contar con nuestro concurso. Que nuestra decisión sea libre y voluntaria. Dios llama a todos los hombres a la virtud y todos hemos nacido para las virtudes. Para llegar a ellas es necesaria la gracia de Dios. Por muy fuerte que sean nuestras tendencias contamos con la gracia de Dios suficiente para orientarlas bien y vivir en paz. El desenfreno nunca lleva a la libertad. Hay miles de testimonios que lo confirman. (P. Manuel Tamayo)

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