LA IGLESIA,
LA CASTIDAD Y LA HOMOSEXUALIDAD
La pastoral con personas homosexuales debe basarse en la verdad del Evangelio, sobre todo “de
parte de los clérigos que hablan en nombre de la Iglesia”, “La Iglesia Católica ha
sido criticada por muchos, incluyendo algunos de sus propios seguidores, por su
respuesta pastoral a la comunidad LGBT. Esta crítica merece una respuesta: no
para defender las prácticas de la Iglesia sin pensar, sino para determinar si
nosotros, como discípulos del Señor, estamos llegando efectivamente a un grupo
necesitado”.
“No debe haber ningún doble rasero con respecto a la virtud de
la castidad, que, por más desafiante que sea, es parte de la buena nueva de
Jesucristo para todos los cristianos. Para los solteros, sin importar sus
atracciones, la fiel castidad requiere la abstención del sexo, esto puede
parecer un estándar alto, especialmente hoy en día. Sin embargo, sería
contrario a la sabiduría y la bondad de Cristo exigir algo que no se puede
lograr”.
“Jesús nos llama a esta virtud porque Él ha hecho nuestros
corazones para la pureza, así como él ha hecho nuestras mentes para la verdad.
Con la gracia de Dios y nuestra perseverancia, la castidad no sólo es posible,
sino que también será la fuente de la verdadera libertad”.
“No se necesita mirar muy lejos para ver las tristes
consecuencias del rechazo al plan de Dios para la intimidad y el amor humanos. La
liberación sexual que el mundo promueve no cumple su promesa. Más bien, la
promiscuidad es la causa de tanto sufrimiento innecesario, de corazones rotos,
de soledad y del tratamiento a los demás como medios para la satisfacción
sexual. Como Madre, la Iglesia busca proteger a sus hijos del daño del pecado,
como expresión de su caridad pastoral. En su enseñanza sobre la homosexualidad,
la Iglesia guía a los fieles al distinguir sus identidades de sus atracciones y
acciones. Primero están las personas mismas, que son siempre buenas porque son
hijos de Dios. Luego hay las atracciones del mismo sexo, que no son pecaminosas
si no son deseadas o actuadas, pero están en desacuerdo con la naturaleza
humana”. Finalmente están las relaciones del mismo sexo, que son gravemente
pecaminosas y perjudiciales para el bienestar de los que participan en ellas.
“Gracias a Dios cada vez
son más las personas que teniendo una tendencia homosexual testifican del poder
de la gracia, de la nobleza y de la resiliencia del corazón humano, y de la
verdad de la enseñanza de la Iglesia sobre la homosexualidad. Quizá sus
inclinaciones del mismo sexo no han sido vencidas, pero han descubierto la
belleza de la castidad y de las castas amistades. Su ejemplo merece respeto y
atención, porque tienen mucho que enseñarnos a todos sobre cómo acoger mejor y
acompañar a nuestros hermanos y hermanas en una auténtica caridad pastoral”. (Cardenal Rober Sarah, Prefecto de la congregación para el
culto divino).
COMENTARIO
Dios ha creado al hombre para
que esté junto a Él en el Reino de los Cielos. El fin de todo hombre es Dios y
será feliz en la medida en que se aproxime a Él. Lo que impide estar cerca de
Dios es el pecado. Todos los hombres somos pecadores. La naturaleza humana está
dañada por el pecado y ese daño es una atracción o fuerza hacia el mal. San
Pablo decía: “siento una ley en
mis miembros que es distinta a la ley de mi mente, ¿quién me librará de este
cuerpo de muerte….porque no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero”
Lo absurdo del relativismo
contemporáneo es que oscurece las nociones de bien y de mal. Al hombre de hoy
le cuesta discernir entre lo bueno y lo malo. Es más, el que quiere aclarar las
cosas para decir dónde se encuentra el bien o dónde se encuentra el mal, lo
tachan de moralista. No está de moda querer hacer esas distinciones la sociedad
exige usar otras categorías, por eso se ha generado una gran confusión.
El único que nos puede librar
del mal es Dios, pero quiere contar con nuestro concurso. Que nuestra decisión
sea libre y voluntaria. Dios llama a todos los hombres a la virtud y todos
hemos nacido para las virtudes. Para llegar a ellas es necesaria la gracia de
Dios. Por muy fuerte que sean nuestras tendencias contamos con la gracia de
Dios suficiente para orientarlas bien y vivir en paz. El desenfreno nunca lleva
a la libertad. Hay miles de testimonios que lo confirman. (P. Manuel Tamayo)
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