LA SORPRESA
DE UNA MUERTE INESPERADA
"La muerte sigue sorprendiéndonos,
aunque llevamos conviviendo con ella toda la vida. La muerte,
pese a su antigüedad, es todavía un suceso brusco y desconcertante que nos
angustia y sacude subestimando su propia inmortalidad. Consternación, estupor,
asombro, conmoción, desconcierto, rabia, nunca hay consuelo ni
indulgencia para la realidad más objetiva y tangible.
Nunca oportuna, siempre indeseable, jamás anunciada, sin embargo constante, perpetua,
reiterativa e imperecedera. La repudiamos, la ignoramos, la
desafiamos incluso, pero comparece puntual cada día, cada hora, cada
segundo para consumar la vida y dar sentido a nuestra existencia. Y aun así no
la toleramos pese a su manifiesta certeza terrenal y espacial. Ni cuando llega
pronto ni cuando lo hace tarde, ni de día ni de noche, ni con sangre ni sin
ella. Poderosa, tenaz, silenciosa, agazapada en el devenir diario, asalta desde su oculta
guarida sin hacer preguntas ni expresar dudas. Quizás lo
que verdaderamente debiera asombrarnos es seguir vivos cada día" (Anónimo).
“La esperanza cristiana da
alivio al sufrimiento en el mundo, a tantos niños que sufren
por la guerra, al llanto de las madres, a los sueños rotos de tantos jóvenes, a
las penurias de tantos refugiados que afrontan viajes terribles. La esperanza
cristiana nos asegura que tenemos un Padre que llora y se apiada de sus hijos,
que nos espera para
consolarnos, porque conoce nuestros sufrimientos y ha
preparado para nosotros un futuro. La esperanza, nos lleva a creer con firmeza que la muerte y el
odio no tienen la última palabra sobre la vida humana. Que
el mal al final será eliminado como la cizaña del campo. Siempre habrá problemas, siempre habrá chismes, guerras,
enfermedades. Pero el grano crece y al
final el mal será eliminado". (Papa
Francisco en el Angelus).
COMENTARIO
Todos los días nos
levantamos con la esperanza de vivir pero podría llegarnos por sorpresa la
muerte de una manera repentina e inesperada. Sabemos que tenemos que morir pero
no sabemos cuándo y además solemos poner muy lejos ese momento porque nos
parece que todavía quedan muchas cosas por hacer en esta vida. Sin embargo nos
impresiona mucho cuando vemos que alguien, que
se levantó feliz para seguir viviendo, se encontró de pronto con su propia
muerte.
La Iglesia, de acuerdo a la prédica de Jesucristo,
nos recuerda que debemos estar bien preparados porque en cualquier momento
puede llegar nuestra partida de este mundo. A nadie le gusta morir, la muerte
es un trago amargo que produce sufrimiento; sin embargo la esperanza inmediata
de la Vida eterna borra todo pesimismo o desaliento y aleja el temor a morir
cuando Dios quiera.
La muerte no está
en nuestras manos, no es algo que podamos manejar como queramos. Depende de
Dios. Se muere de muchas maneras distintas. Algunas muertes parecen absurdas,
otras increíbles o asombrosas. Se muere por descuido, enfermedad, accidente, o
víctimas de una gran tragedia, por los efectos de un huracán o un terremoto por
ejemplo. Mueren niños, jóvenes, mayores o muy ancianos. A cualquier edad se
puede morir.
No hay que
preocuparse del momento, ni de la edad
que se tiene, porque cara a la eternidad da lo mismo vivir 9 ó 90 años, lo
importante es la Vida. Lo que más debe contar en esta vida es la preparación
para la Vida, es lo que le da sentido a todo lo que hacemos y es fundamental
para poder entender y amar, por encima de
todo, la voluntad de Dios.
La falta de
entendimiento para las formas de morir es grande cuando es escasa la fe. La fe
no es un cerrar los ojos a la realidad, al contrario, es una virtud que ilumina
nuestro entendimiento para tener una gran certeza en todo lo que Dios nos ha
revelado y que la Iglesia enseña; o sea que para acertar en los principales
conocimientos que el hombre debe adquirir, la fe tiene más valor que todas las
ciencias humanas juntas y que las experiencias más emblemáticas de los hombres.
Por eso se dice que una fe pequeñita mueve montañas.
Si hay fe ya no
importa la forma de morir, lo que importa es la forma de vivir, para seguir
viviendo con el premio del Amor. (P. Manuel Tamayo)
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