sábado, 24 de agosto de 2024

 LA DÉCADA DEL GRAN ESTIRÓN

El Opus Dei en el Perú: crecimiento en los años 80

 

Si cuando vino San Josemaría al Perú, el Opus Dei en esta región cumplía la mayoría de edad, los años 80 fueron para nosotros, los de la madurez y expansión.

El 82 el Papa Juan Pablo II había erigido el Opus De en prelatura personal. Don Álvaro del Portillo nos decía que el camino se había convertido en una autopista y ahora podíamos correr más rápido.

 

Crecimiento y expansión

Las expansiones y el crecimiento los vimos a lo largo de esos años en todo el mundo.

Las vocaciones en el Opus Dei se multiplicaron en todas partes. Fueron muchos chicos los que pidieron la admisión en “Olivares” y en otros centros.

La labor con sacerdotes, de la sociedad sacerdotal de la Santa Cruz, iba en aumento, con la ordenación de sacerdotes peruanos, en los seminarios donde había obispos del Opus Dei.

 

La Virgen del Campus en la UDEP

En Piura la tarde del miércoles 17 de noviembre de 1982 fue inaugurada y bendecida la ermita de la Sagrada Familia que preside el campus de la Universidad de Piura.

Se trataba de un acontecimiento especial; su santidad Juan Pablo II envió su bendición. Lo hizo a través de una misiva dirigida a don Álvaro del Portillo, a la sazón, gran canciller de la Universidad de Piura.

La noche anterior había ‘llovido a cántaros’, era el preámbulo del fenómeno El Niño de 1983. Sin embargo, nada impidió la inauguración de la Ermita, engalanada con las imágenes, a tamaño natural, de la Virgen Madre del Amor Hermoso, San José y el Niño.

Las imágenes fueron donadas en 1981 por monseñor Álvaro del Portillo, fiel sucesor de San Josemaría quien había expresado:

“He querido hacer yo lo mismo que nuestro Fundador hizo con la Universidad de Navarra. ¡Yo no tengo nada!, pero hago un regalo. Son figuras que enamoran —escribía — y que hacen prorrumpir en piropos a los Tres: ¡Que Ellos nos protejan y nos bendigan siempre!”

Desde 1982, numerosas delegaciones de escolares, docentes, universitarios, familias, personas particulares y hasta novios se acercan a los pies de la Virgen del Amor Hermoso a dejar flores y oraciones, especialmente en el mes de mayo. También ahí, cientos de estudiantes de la Universidad recibieron el sacramento de la Confirmación, en esos años; y decenas de misas han sido celebradas bajo este mismo marco.

Se multiplicaron eventos y publicaciones

En Lima, aparecieron varias publicaciones: folletos de Nuestro Tiempo con homilías de San Josemaría y diversos escritos ascéticos y doctrinales.

Utilizábamos en catecismo de San Pio X, que era recomendado por San Josemaría, y para el que quería profundizar usaba el de San Pio V, que era el catecismo para párrocos. En otros ambientes se utilizaba el catecismo de Mons. Pélach, que era el nacional.

Enrique Lulli (Supernumerario ya fallecido) tenía una imprenta en el centro de Lima en la misma empresa donde vendía máquinas de escribir Olimpia, eran las que estaban de moda. Allí se publicaban los folletos de Nuestro Tiempo y de SIR de la diócesis de Abancay, también las hojas informativas y las estampas de la devoción del Fundador del Opus Dei.

 

Otras iniciativas de difusión

Se fundó el Ateneo Latinoamericano para sacerdotes y se publicaron varios artículos, una revista, y al final, un catecismo de la doctrina social de la Iglesia, con la participación de varios especialistas.

Con unos amigos fundamos una asociación que se llamaba PROMAR, producciones Marketig, para difundir la doctrina de la Iglesia frente a los errores que aparecían en la época por la teología de la liberación y la mala aplicación del concilio Vaticano II en lo referente a la familia, y a favor del aborto y el control de la natalidad, con métodos anticonceptivos artificiales.

Con PROMAR sacamos unos folletitos de bolsillo con preguntas y respuestas: “Paternidad responsable” “el amor limpio” “cómo leer la biblia”.

Hicimos varios eventos y participamos en debates televisivos, enfrentándonos a las ideologías liberales que eran respaldadas por IMPARES y el movimiento “Manuela Ramos”

En PROMAR estaban: el Dr. Luis Giusti La Rosa, que fue senador y luego fundador de CEPRAFORENA, un centro de orientación familiar que enseñaba a las parejas a usar, cuando era necesario, los métodos naturales de control de natalidad.

PROMAR trajo a John y Evelyn Billings, fundadores del método Billings, a un evento que realizamos con bastante éxito, en el auditorio del Colegio Santa Úrsula de Miraflores.

También participaron en los eventos de PROMAR los doctores: Edgard Tejada y Raúl Cantella y otros expertos en temas de familia como Alan Patroni y el P. Antonio Ducay.

Se formó un equipo de gente para los trabajos administrativos y de organización con las señoras: Teresa Figuerola (mi hermana), Mari Cármen Cárdenas, Darinka Trivelli, Carmen Venegas, Marcela Aza, Loren Calle, entre otras;  y personas de otras instituciones que defendían la familia y la vida.

 

La situación del país

En el Perú las cosas no caminaban bien, el terrorismo iba en aumento, sobre todo en provincias y con incursiones en Lima a través de Sendero Luminoso y el MRTA. Empezaron asesinando a policías.

Por otro lado el fenómeno del niño del 82 tuvo su peor momento en el 83, sobre todo en los departamentos del norte. En Lima, en los meses de verano, hacía un calor infernal.

También nos afectó bastante la guerra de las Malvinas. El gobierno de Belaunde envió soldados a combatir para solidarizarnos con Argentina.

 

Una buena noticia que nos asustó un poco

En julio de 1983 estábamos de convivencia en Larboleda (Chosica) y el P. Pazós, después de la Misa y antes del desayuno nos dio una noticia, que luego salió en los periódicos, el Papa había nombrado obispo auxiliar de Ayacucho a un sacerdote numerario, el P. Juan Antonio Ugarte, que estaba en Piura.

No estábamos acostumbrados a que se nombrara un obispo del Opus Dei, habían pasado dos décadas de los nombramientos anteriores y pensábamos que todo quedaría allí; tampoco nos gustaba mucho perder un sacerdote para las labores de la Obra y lo que supondría la atención del obispo elegido.

A pesar de todo era un motivo de acción de gracias y el P. Pazos bromeaba con los sacerdotes jóvenes que estábamos allí: “pongan sus barbas a remojar…” nos decía, con una sonrisa irónica. La verdad que en aquellos años poco nos preocupaba esa posibilidad, pero cuando recordábamos que San Josemaría había dicho hace muchos años: “Perú será un obispero” nos entraba un poco de tembleque. Este mismo año en Roma el Papa ordenó sacerdote a Ricardo García. Otra noticia grata que fue motivo de acción de gracias, (P. Manuel Tamayo).

 

viernes, 16 de agosto de 2024

 LA PARTIDA DE MI PADRE

1982

Tenía 33 años, la edad de Cristo, tocó la puerta de Tradiciones Eduardo Calle, un supernumerario joven que iba a buscar al P. Jaime Payeras. Me pasaron la voz, porque mi hermano Augusto me había comentado que llevó a la imprenta de Eduardo (todos le llamaban Coco) unos poemas suyos y Coco le había dicho que éramos parientes. Efectivamente su mamá se apellidaba Sother Moller y era prima de mis abuelos Tamayo y Vargas Moller, de origen arequipeño.

 

Redescubriendo a mis parientes

Esa tarde conversé largo con Coco y me contaba que alguna vez, cuando era adolescente fue con sus padres a mi casa cuando nosotros éramos niños. Empecé a recordar que había unos parientes mayores que visitaban a mis papás con relativa frecuencia cuando vivíamos en la Av. Uruguay en el centro de Lima. Recordé que el papá de Coco fumaba como “chino en quiebra” porque cuando se iban los ceniceros quedaban llenos de puchos. Mi papá también fumaba los famosos cigarrillos Inca.

Coco era un hombre sencillo, risueño y muy generoso, me contó anécdotas de sus hermanos Elba y Willy y de las salidas a pasear que tenía con Federico Prieto (periodista, numerario del Opus Dei) y su hermano Matías, que eran vecinos en un barrio del distrito de San Isidro. Fue Federico el que lo conectó con el Opus Dei.

A partir de esa conversación en trato que tuve con Coco fue intenso. Unos días después me visitó su hermana Elba. Vino a “Olivares” con uno de sus hijos: Francisco González que era un escolar de 3ero de media, con la intención de inscribirlo en las actividades del Centro. Pancho empezó a venir por “Olivares” y enganchó rápidamente con los chicos.

El cáncer de mi padre

En casa de mi familia no iban tan bien las cosas porque a mi papá le descubrieron un cáncer gástrico después de una operación en el hospital de la FAP, donde tenían el seguro los magistrados del Poder Judicial.

El médico que lo operó nos dio la noticia directamente y de una manera un poco torpe. Abrió la puerta del lugar donde le estábamos esperando y dijo abruptamente: “el Dr. Tamayo tiene un Adeno carcinoma mucoide metastásico. Tumor primario gástrico, con una esperanza de vida de 6 meses” Nos quedamos fríos, mirándonos la cara unos a otros y tratando de comprimir una profunda tristeza que inevitablemente explotaba después de la noticia. Mi madre era la más mortificada y no podía evitar su llanto. Tuve que sacar, ¿no se de dónde?, fuerzas, para poder llevarlo todo sin que se armaran tragedias.

Mi padre se sometió dócilmente a los tratamientos, que eran lógicamente paliativos, con la ayuda de un médico amigo del mismo hospital, que iba frecuentemente a la casa. Antes tuvimos que prepararle un dormitorio especial en los bajos, para que tuviera todas las comodidades posibles al alcance. Mi padre que era amante del fútbol veía los partidos de las eliminatorias para el mundial España 82, eso le distraía algo en medio de sus dolores que eran constantes.

 

La compañía de Gonzalo Chocano

Con mucha frecuencia, desde “Olivares” le llevaba la comunión. Me acompañaba Gonzalo Chocano (numerario; ahora Padre Chocano, vive en Canadá).

Gonzalo había venido a reforzar la labor con gente joven en “Olivares”, acababa de terminar la carrera de arquitectura y resulta que también éramos parientes. Mi bisabuelo Augusto Tamayo Chocano, que fue alcalde de Arequipa era también bisabuelo de Gonzalo. Él me acompañaba para llevarle la comunión a mi papá y me apoyaba en esos momentos más difíciles cuando veía que ya no había nada que hacer y se acercaba el día de su partida.

Tenía en “Olivares” a dos parientes menores que yo: Gonzalo Chocano y Pancho González y un montón de chicos de colegio, otros universitarios que habían ingresado recientemente a la universidad, eran como se dice en Lima: “cachimbos”: Javier Chocano (hermano de Gonzalo), Andrés Echevarría (ahora Padre Echevarría que vive en Piura), Ky Hyung (hijo de Mambo Park), José Eduardo Valdez, Halord Noriega, César Aza, entre otros.

Desde mi ordenación hasta la fecha me había dedicado fundamentalmente a la gente joven en distintas actividades con chicos de colegio, universitarios de primeros años, cadetes de la escuela naval y el trato con sacerdotes, que iba cada día en aumento. Había tenido algún bautizo, los matrimonios los podía contar con los dedos de una mano y hasta ahora no había tenido ninguna experiencia con enfermos graves y tampoco con difuntos.

Hasta que llegó el día. Acababa de fallecer la mamá de un chico conocido y había que ir a rezar un responso, porque el sacerdote que le correspondía ir estaba ausente.

Era la primera vez y llamé a Gonzalo para que me acompañara. A él le dije que estuviera atento porque era la primera vez que iba a rezar un responso.

Cuando es la primera vez uno se imagina de todo y los nervios pueden entorpecer la calidad de la atención.

Llegamos a la casa de la finada que estaba todavía en la cama. Era un cuarto pequeño y la familia, bastante numerosa, estaba al borde de la cama, en silencio y compungidos.

Entramos con Gonzalo y nos sumamos al silencio, nadie decía nada. Yo tenía en ritual señalado, el agua bendita y la estola. Esperaba que alguien dijera algo para empezar a rezar. Nadie decía nada. Me coloqué la estola, abrí el ritual y empecé a rezar la oración a toda velocidad, bendije a la difunta, eché agua bendita y cerré el ritual. Había terminado el responso.

Nadie decía nada. Todos en silencio. Gonzalo estaba frente a mi, al otro lado de la cama, me miraba, nos miramos los dos, y nadie decía nada, en ese momento los dos estábamos tensos.

Hasta que uno de los hijos de la finada se acercó a mi y dijo en voz alta: “¡Padre, así es la vida!!” y me miraba a los ojos para que le diera una respuesta, o alguna explicación. Yo lo miraba y no se me ocurría decir nada. Gonzalo no aguantó y soltó una carcajada y salió corriendo, yo dije: “¡disculpen!” y salí tras Gonzalo, tratando de aguantar la risa que me había contagiado, a la que se sumaba una tremenda vergüenza por el “papelón” que hicimos al salir de esa manera. Que habrá pensado esa familia de nosotros. Ese fue mi primer responso.

 

La muerte de mi padre

Después de semana santa del año 82 mi papá empeoró. El Padre Joaquín Diez lo confesó y le dio la Unción de los enfermos. Mis tíos y primos aparecieron por el hospital. Yo me turnaba con mis hermanos varones para estar al lado de mi padre; mi mamá iba todos los días, también mi hermana Teresa, que tenía dos niños pequeños esperaba el tercero. Rezábamos esperando el momento; a finales de abril mi papá entró en coma y el 29, día de Santa Catalina de Siena, mi padre expiró. Estábamos presentes mi hermano Augusto y yo.

Tuvimos el velorio en la parroquia de un sacerdote amigo, el P. Salvador Piñeiro (hoy obispo de Ayacucho). Celebré la Misa de cuerpo presente y prediqué la homilía con gran esfuerzo, concelebraron conmigo el P. Salvador Piñeiro y el P. Joaquín Diez, que siempre estuvo pendiente de nosotros. Asistió a la Misa el P. Vicente Pazos (en esos años: consiliario del Opus Dei).

El padre Pazos me llevó al cementerio en su carro y después del entierro me dejó en mi casa. Agradecí las oraciones y la presencia del P. Pazos y del P. Diez, así como la gente de mi Centro, y tantos familiares y amigos que estuvieron cerca. Fue un momento difícil pero el cariño y la compañía de la gente fue un apoyo importante para que todo camine bien.

 

El nacimiento de mis sobrinos

Unos días después, cuando se anunciaba el cumpleaños del Papa Juan Pablo II, me llamó mi mamá para anunciarme el nacimiento del tercer hijo de mi hermana Teresa. Había nacido José Luis Figuerola Tamayo (hoy sacerdote agregado del Opus Dei, incardinado en la Prelatura de Yauyos). Llegué a verlo en la incubadora a través de una ventana.

También mi hermano Guillermo tuvo su primer hijo, Carlos Manuel Tamayo. Mi mamá estaba contenta y fue un gran consuelo para ella.

 

Visitas a obispos

El 82 fue para mi un año de acontecimientos, se podría decir emblemático y tal vez histórico, por los motivos que relataremos más adelante.

Era un año de mucha oración y de muchos ofrecimientos. Pedía la beatificación de Mons. Josemaría Escrivá, con la oración de la estampa que me sabía de memoria.

Ese año me habían encargado visitar a algunos obispos para conversarles sobre la vida santa del Fundador del Opus Dei y la misión que tenía la Obra en el mundo para servir a la Iglesia.

Visité a Mons. Ariz que era obispo auxiliar de Lima. Él me contó que conocía bien el Opus Dei, porque cuando estuvo de obispo en Puerto Maldonado pidió que fuera a su judiriscción un médico del Opus Dei y San Josemaría le pidió al Dr. José Francisco Oñaindía para que fuera. Decía Mons. Ariz que era muy bueno y la gente lo conocía como el casto José, porque era el único medico decente y honrado, según decían los de esa región. 

También tuve que ir hasta San Ramón, en la ceja de selva, para visitar a un obispo franciscano y explicarle como era el carisma del Opus Dei. Todos me recibían con bastante amabilidad, pero no tanto como el P. Andrés Aldasoro, religioso de los Sagrados Corazones, que había sido profesor mío en el colegio de La Recoleta. Lo visitaba cuando era párroco en Chaclacayo y me quedaba un buen rato conversando con él. Notaba que le encantaba ver a un sacerdote joven. Hay que anotar en esos años los sacerdotes jóvenes éramos muy escasos.

 

El tiempo traía más trabajo y noticias inesperadas

Al mes de fallecido mi padre celebré la Misa con la asistencia de la familia y varias amistades. A partir de ese día y hasta la fecha he celebrado todos los años una Misa por los fieles difuntos de la familia y amigos, en el mes de noviembre.

Pasaron los días y el “Olivares” fuimos de excursión a Huánuco y Tingo María. Coco Calle me prestó su camioneta, una pequeña mini bus y nos fuimos con los chicos, entre ellos Pancho Gonzales, sobrino de Coco y mío y Gonzalo Chocano. Gracias a Dios todo salió muy bien. Regresamos contentos y descansados, con más ganas de seguir trabajando.

Un día que estaba atendiendo una actividad en Larboleda, me tocan la puerta de la habitación cuando todavía no había amanecido, sería las 4.00 de la madrugada; al salir me dicen que tenía una llamada urgente en el teléfono. Salgo a contestar y era la voz de Elba Calle, la hermana de Coco, “acaba de fallecer mi esposo de un ataque al corazón”, lo decía llorando desconsolada. Me apuré todo lo que pude y me fui a verlos. Responso, consuelos y correrías.

Después del velorio y del entierro me reuní con Coco Calle y fabricamos un plan familiar para poder resolver la orientación de los más jóvenes, al haber perdido a dos cabezas de familia, mi papá y el cuñado de Coco. (P. Manuel Tamayo).

 

miércoles, 7 de agosto de 2024

 MISA, EXPLOSIÓN Y FUGA

en mis bodas de oro sacerdotales

Un ruido impetuoso nos sorprendió, después de comulgar, durante la Misa de mis bodas de oro sacerdotales en la parroquia de Nuestra Señora del Pilar en San Isidro.

Fue algo insólito, que nunca había visto, en unas circunstancias tan emblemáticas y solemnes, de una celebración en la que participaban 15 sacerdotes y unas 500 personas, que llenaban las bancas de la Iglesia. Nos quedamos absortos al oír un ruido que parecía el inicio de un terremoto pero como nada se movía, y el ruido continuaba, no acertábamos a saber a qué se debía.

Menos mal, y gracias a Dios, que, en esos minutos, quedamos todos en una suerte de ignorancia invencible, y eso nos permitió terminar la Misa sin ningún contratiempo, aunque nos llamó la atención que un sacerdote, algo nervioso, apagara las velas antes de tiempo.

 

A la hora de la recepción

El susto más grande vino después, cuando los bomberos entraron al salón de recepción y ordenaron una evacuación inmediata. Intuíamos que algo grave pasaba pero no nos dábamos cuenta de la magnitud de lo que podría haber ocurrido.

Resulta que fuera en la calle, un obrero estaba haciendo una reparación con una máquina y por error le dio a un tubo de gas y ocasionó una explosión. Fue como un volcán en erupción que duró bastante tiempo con una fuga de gas que se extendía por las casas y por supuesto en la Iglesia.

Evacuaron primero al vecindario y luego descubrieron que la Iglesia estaba llena de gente y vinieron a evacuarnos cuando se iniciaba la recepción.

El olor a gas iba siendo cada vez más fuerte mientras salíamos casi corriendo del salón parroquial hacia la calle y alejarnos un par de cuadras del lugar del incidente.

 

La inconciencia de un milagro

Muchas veces no percibimos los milagros que Dios hace para robustecer nuestra fe y para crecer en su amor.

Cuando los bomberos nos explicaron lo que pudo hacer pasado, me di cuenta que se había producido un milagro.

Una sola chispita por el encendido de un motor o la llamada de un celular pudo haber producido una deflagración, o sea la combustión y la expansión violenta del fuego que nos hubiera alcanzado a todos en milésimas de segundos. Tal como ocurrió hace unos años en Villa el Salvador.

Gracias a Dios pudimos salir, sin los saludos y sin el aperitivo de la recepción, sanos y salvos, muy felices por la Santa Misa, pero con una sensación de algo inconcluso, y con bastantes interrogantes en la mente. Es probable que muchos no se dieron cuenta del riesgo que pasamos.

Los cambios de la Providencia

Mirando un poco para atrás me di cuenta que la Providencia estaba actuando desde mucho antes. Hace unos meses pedí la Iglesia para celebrar la Santa Misa de las Bodas de Oro a las 11.00 am, porque a todos nos parecía la hora ideal.

En la oficina parroquial nos dijeron que a las 11 celebraba siempre el Padre Clemente Sobrado y que era mejor no moverle su Misa y que la mía podría ser a las 10.00 am. Así quedamos.

Unas semanas después me llaman para decirme que el párroco desea que la Misa sea a las 9.00 am, porque sería más larga y podría perjudicar los otros horarios. No nos gustó mucho, nos parecía muy temprano, pero, después de darle muchas vueltas, aceptamos. Yo quería celebrar en el Pilar.

Gracias a Dios fue a las 9.00 am.  Así pude celebrar la Misa entera sin contratiempos. ¿Qué hubiera pasado si se quedaba en el horario de las 10.00 am? Nos hubiéramos quedado sin Misa.

Los saludos fueron en una especie de maratón de salida, me llevaban en volandas, hasta que salimos del salón y en la calle los bomberos, muy nerviosos, nos gritaban para que nos alejáramos del lugar.

 

Interrogantes, dudas y suposiciones

Unos minutos después de haber evacuado empecé a recibir cientos de mensajes por WhatsApp con preguntas de los que habían estado en la Santa Misa:  Padre, ¿Por qué ha ocurrido esto?

Esperaban una respuesta trascendente, no la explicación del incidente, que ya lo podían leer en las redes.

Algunos decían que al diablo no le había gustado la Misa y originó la explosión, pero falló en la hora y no se salió con la suya.

Otros decían que era una señal divina para que no nos olvidáramos de rezar por los sacerdotes y por la Iglesia.

A mi se me pasó por la cabeza que el Señor me quería cuidar especialmente el día de mis bodas de oro, para que los saludos y las alabanzas humanas no me perjudicaran haciéndome crecer en vanidad y en amor propio. Así toda la gloria era para Dios, exclusivamente para Él, que es lo que hicimos en la Santa Misa.

Dejo como recuerdo un consejo que nos dio San Josemaría, que yo me lo aplico a mi, y puede servir para todos los que me acompañaron:

“Para Dios toda la gloria…” “Exprime con tu voluntad, ayudado por la gracia, cada una de tus acciones, para en ellas no quede nada que huela a humana soberbia, a complacencia de tu yo” (Camino, 784) “Si la vida no tuviera como fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún aborrecible”

 

P. Manuel Tamayo