viernes, 16 de agosto de 2024

 LA PARTIDA DE MI PADRE

1982

Tenía 33 años, la edad de Cristo, tocó la puerta de Tradiciones Eduardo Calle, un supernumerario joven que iba a buscar al P. Jaime Payeras. Me pasaron la voz, porque mi hermano Augusto me había comentado que llevó a la imprenta de Eduardo (todos le llamaban Coco) unos poemas suyos y Coco le había dicho que éramos parientes. Efectivamente su mamá se apellidaba Sother Moller y era prima de mis abuelos Tamayo y Vargas Moller, de origen arequipeño.

 

Redescubriendo a mis parientes

Esa tarde conversé largo con Coco y me contaba que alguna vez, cuando era adolescente fue con sus padres a mi casa cuando nosotros éramos niños. Empecé a recordar que había unos parientes mayores que visitaban a mis papás con relativa frecuencia cuando vivíamos en la Av. Uruguay en el centro de Lima. Recordé que el papá de Coco fumaba como “chino en quiebra” porque cuando se iban los ceniceros quedaban llenos de puchos. Mi papá también fumaba los famosos cigarrillos Inca.

Coco era un hombre sencillo, risueño y muy generoso, me contó anécdotas de sus hermanos Elba y Willy y de las salidas a pasear que tenía con Federico Prieto (periodista, numerario del Opus Dei) y su hermano Matías, que eran vecinos en un barrio del distrito de San Isidro. Fue Federico el que lo conectó con el Opus Dei.

A partir de esa conversación en trato que tuve con Coco fue intenso. Unos días después me visitó su hermana Elba. Vino a “Olivares” con uno de sus hijos: Francisco González que era un escolar de 3ero de media, con la intención de inscribirlo en las actividades del Centro. Pancho empezó a venir por “Olivares” y enganchó rápidamente con los chicos.

El cáncer de mi padre

En casa de mi familia no iban tan bien las cosas porque a mi papá le descubrieron un cáncer gástrico después de una operación en el hospital de la FAP, donde tenían el seguro los magistrados del Poder Judicial.

El médico que lo operó nos dio la noticia directamente y de una manera un poco torpe. Abrió la puerta del lugar donde le estábamos esperando y dijo abruptamente: “el Dr. Tamayo tiene un Adeno carcinoma mucoide metastásico. Tumor primario gástrico, con una esperanza de vida de 6 meses” Nos quedamos fríos, mirándonos la cara unos a otros y tratando de comprimir una profunda tristeza que inevitablemente explotaba después de la noticia. Mi madre era la más mortificada y no podía evitar su llanto. Tuve que sacar, ¿no se de dónde?, fuerzas, para poder llevarlo todo sin que se armaran tragedias.

Mi padre se sometió dócilmente a los tratamientos, que eran lógicamente paliativos, con la ayuda de un médico amigo del mismo hospital, que iba frecuentemente a la casa. Antes tuvimos que prepararle un dormitorio especial en los bajos, para que tuviera todas las comodidades posibles al alcance. Mi padre que era amante del fútbol veía los partidos de las eliminatorias para el mundial España 82, eso le distraía algo en medio de sus dolores que eran constantes.

 

La compañía de Gonzalo Chocano

Con mucha frecuencia, desde “Olivares” le llevaba la comunión. Me acompañaba Gonzalo Chocano (numerario; ahora Padre Chocano, vive en Canadá).

Gonzalo había venido a reforzar la labor con gente joven en “Olivares”, acababa de terminar la carrera de arquitectura y resulta que también éramos parientes. Mi bisabuelo Augusto Tamayo Chocano, que fue alcalde de Arequipa era también bisabuelo de Gonzalo. Él me acompañaba para llevarle la comunión a mi papá y me apoyaba en esos momentos más difíciles cuando veía que ya no había nada que hacer y se acercaba el día de su partida.

Tenía en “Olivares” a dos parientes menores que yo: Gonzalo Chocano y Pancho González y un montón de chicos de colegio, otros universitarios que habían ingresado recientemente a la universidad, eran como se dice en Lima: “cachimbos”: Javier Chocano (hermano de Gonzalo), Andrés Echevarría (ahora Padre Echevarría que vive en Piura), Ky Hyung (hijo de Mambo Park), José Eduardo Valdez, Halord Noriega, César Aza, entre otros.

Desde mi ordenación hasta la fecha me había dedicado fundamentalmente a la gente joven en distintas actividades con chicos de colegio, universitarios de primeros años, cadetes de la escuela naval y el trato con sacerdotes, que iba cada día en aumento. Había tenido algún bautizo, los matrimonios los podía contar con los dedos de una mano y hasta ahora no había tenido ninguna experiencia con enfermos graves y tampoco con difuntos.

Hasta que llegó el día. Acababa de fallecer la mamá de un chico conocido y había que ir a rezar un responso, porque el sacerdote que le correspondía ir estaba ausente.

Era la primera vez y llamé a Gonzalo para que me acompañara. A él le dije que estuviera atento porque era la primera vez que iba a rezar un responso.

Cuando es la primera vez uno se imagina de todo y los nervios pueden entorpecer la calidad de la atención.

Llegamos a la casa de la finada que estaba todavía en la cama. Era un cuarto pequeño y la familia, bastante numerosa, estaba al borde de la cama, en silencio y compungidos.

Entramos con Gonzalo y nos sumamos al silencio, nadie decía nada. Yo tenía en ritual señalado, el agua bendita y la estola. Esperaba que alguien dijera algo para empezar a rezar. Nadie decía nada. Me coloqué la estola, abrí el ritual y empecé a rezar la oración a toda velocidad, bendije a la difunta, eché agua bendita y cerré el ritual. Había terminado el responso.

Nadie decía nada. Todos en silencio. Gonzalo estaba frente a mi, al otro lado de la cama, me miraba, nos miramos los dos, y nadie decía nada, en ese momento los dos estábamos tensos.

Hasta que uno de los hijos de la finada se acercó a mi y dijo en voz alta: “¡Padre, así es la vida!!” y me miraba a los ojos para que le diera una respuesta, o alguna explicación. Yo lo miraba y no se me ocurría decir nada. Gonzalo no aguantó y soltó una carcajada y salió corriendo, yo dije: “¡disculpen!” y salí tras Gonzalo, tratando de aguantar la risa que me había contagiado, a la que se sumaba una tremenda vergüenza por el “papelón” que hicimos al salir de esa manera. Que habrá pensado esa familia de nosotros. Ese fue mi primer responso.

 

La muerte de mi padre

Después de semana santa del año 82 mi papá empeoró. El Padre Joaquín Diez lo confesó y le dio la Unción de los enfermos. Mis tíos y primos aparecieron por el hospital. Yo me turnaba con mis hermanos varones para estar al lado de mi padre; mi mamá iba todos los días, también mi hermana Teresa, que tenía dos niños pequeños esperaba el tercero. Rezábamos esperando el momento; a finales de abril mi papá entró en coma y el 29, día de Santa Catalina de Siena, mi padre expiró. Estábamos presentes mi hermano Augusto y yo.

Tuvimos el velorio en la parroquia de un sacerdote amigo, el P. Salvador Piñeiro (hoy obispo de Ayacucho). Celebré la Misa de cuerpo presente y prediqué la homilía con gran esfuerzo, concelebraron conmigo el P. Salvador Piñeiro y el P. Joaquín Diez, que siempre estuvo pendiente de nosotros. Asistió a la Misa el P. Vicente Pazos (en esos años: consiliario del Opus Dei).

El padre Pazos me llevó al cementerio en su carro y después del entierro me dejó en mi casa. Agradecí las oraciones y la presencia del P. Pazos y del P. Diez, así como la gente de mi Centro, y tantos familiares y amigos que estuvieron cerca. Fue un momento difícil pero el cariño y la compañía de la gente fue un apoyo importante para que todo camine bien.

 

El nacimiento de mis sobrinos

Unos días después, cuando se anunciaba el cumpleaños del Papa Juan Pablo II, me llamó mi mamá para anunciarme el nacimiento del tercer hijo de mi hermana Teresa. Había nacido José Luis Figuerola Tamayo (hoy sacerdote agregado del Opus Dei, incardinado en la Prelatura de Yauyos). Llegué a verlo en la incubadora a través de una ventana.

También mi hermano Guillermo tuvo su primer hijo, Carlos Manuel Tamayo. Mi mamá estaba contenta y fue un gran consuelo para ella.

 

Visitas a obispos

El 82 fue para mi un año de acontecimientos, se podría decir emblemático y tal vez histórico, por los motivos que relataremos más adelante.

Era un año de mucha oración y de muchos ofrecimientos. Pedía la beatificación de Mons. Josemaría Escrivá, con la oración de la estampa que me sabía de memoria.

Ese año me habían encargado visitar a algunos obispos para conversarles sobre la vida santa del Fundador del Opus Dei y la misión que tenía la Obra en el mundo para servir a la Iglesia.

Visité a Mons. Ariz que era obispo auxiliar de Lima. Él me contó que conocía bien el Opus Dei, porque cuando estuvo de obispo en Puerto Maldonado pidió que fuera a su judiriscción un médico del Opus Dei y San Josemaría le pidió al Dr. José Francisco Oñaindía para que fuera. Decía Mons. Ariz que era muy bueno y la gente lo conocía como el casto José, porque era el único medico decente y honrado, según decían los de esa región. 

También tuve que ir hasta San Ramón, en la ceja de selva, para visitar a un obispo franciscano y explicarle como era el carisma del Opus Dei. Todos me recibían con bastante amabilidad, pero no tanto como el P. Andrés Aldasoro, religioso de los Sagrados Corazones, que había sido profesor mío en el colegio de La Recoleta. Lo visitaba cuando era párroco en Chaclacayo y me quedaba un buen rato conversando con él. Notaba que le encantaba ver a un sacerdote joven. Hay que anotar en esos años los sacerdotes jóvenes éramos muy escasos.

 

El tiempo traía más trabajo y noticias inesperadas

Al mes de fallecido mi padre celebré la Misa con la asistencia de la familia y varias amistades. A partir de ese día y hasta la fecha he celebrado todos los años una Misa por los fieles difuntos de la familia y amigos, en el mes de noviembre.

Pasaron los días y el “Olivares” fuimos de excursión a Huánuco y Tingo María. Coco Calle me prestó su camioneta, una pequeña mini bus y nos fuimos con los chicos, entre ellos Pancho Gonzales, sobrino de Coco y mío y Gonzalo Chocano. Gracias a Dios todo salió muy bien. Regresamos contentos y descansados, con más ganas de seguir trabajando.

Un día que estaba atendiendo una actividad en Larboleda, me tocan la puerta de la habitación cuando todavía no había amanecido, sería las 4.00 de la madrugada; al salir me dicen que tenía una llamada urgente en el teléfono. Salgo a contestar y era la voz de Elba Calle, la hermana de Coco, “acaba de fallecer mi esposo de un ataque al corazón”, lo decía llorando desconsolada. Me apuré todo lo que pude y me fui a verlos. Responso, consuelos y correrías.

Después del velorio y del entierro me reuní con Coco Calle y fabricamos un plan familiar para poder resolver la orientación de los más jóvenes, al haber perdido a dos cabezas de familia, mi papá y el cuñado de Coco. (P. Manuel Tamayo).

 

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