MISA, EXPLOSIÓN Y FUGA
en mis bodas de oro sacerdotales
Un ruido impetuoso nos sorprendió, después de comulgar, durante la Misa de
mis bodas de oro sacerdotales en la parroquia de Nuestra Señora del Pilar en
San Isidro.
Fue algo insólito, que nunca había visto, en unas circunstancias tan emblemáticas y
solemnes, de una celebración en la que participaban 15 sacerdotes y unas 500
personas, que llenaban las bancas de la Iglesia. Nos quedamos absortos al oír
un ruido que parecía el inicio de un terremoto pero como nada se movía, y el ruido continuaba, no acertábamos a
saber a qué se debía.
Menos mal, y gracias a Dios, que, en esos minutos, quedamos todos en una
suerte de ignorancia invencible, y eso nos permitió terminar la Misa sin ningún
contratiempo, aunque nos llamó la atención que un sacerdote, algo nervioso, apagara las velas antes
de tiempo.
A la hora de la
recepción
El susto más grande vino después, cuando
los bomberos entraron al salón de recepción y ordenaron una evacuación
inmediata. Intuíamos que algo grave pasaba pero no nos dábamos cuenta de la
magnitud de lo que podría haber ocurrido.
Resulta que fuera en la calle, un obrero
estaba haciendo una reparación con una máquina y por error le dio a un tubo de
gas y ocasionó una explosión. Fue como un volcán en erupción que duró bastante
tiempo con una fuga de gas que se extendía por las casas y por supuesto en la
Iglesia.
Evacuaron primero al vecindario y luego
descubrieron que la Iglesia estaba llena de gente y vinieron a evacuarnos
cuando se iniciaba la recepción.
El olor a gas iba siendo cada vez más
fuerte mientras salíamos casi corriendo del salón parroquial hacia la calle y
alejarnos un par de cuadras del lugar del incidente.
La inconciencia de un
milagro
Muchas veces no percibimos los milagros
que Dios hace para robustecer nuestra fe y para crecer en su amor.
Cuando los bomberos nos explicaron lo
que pudo hacer pasado, me di cuenta que se había producido un milagro.
Una sola chispita por el encendido de un
motor o la llamada de un celular pudo haber producido una deflagración, o sea la combustión y la expansión violenta del fuego
que nos hubiera alcanzado a todos en milésimas de segundos. Tal como ocurrió
hace unos años en Villa el Salvador.
Gracias a Dios pudimos salir, sin los saludos y sin el aperitivo de la
recepción, sanos y salvos, muy
felices por la Santa Misa, pero con una sensación de algo inconcluso, y con
bastantes interrogantes en la mente. Es probable que muchos no se dieron cuenta
del riesgo que pasamos.
Los cambios de la
Providencia
Mirando un poco para atrás me di cuenta
que la Providencia estaba actuando desde mucho antes. Hace unos meses pedí la
Iglesia para celebrar la Santa Misa de las Bodas de Oro a las 11.00 am, porque
a todos nos parecía la hora ideal.
En la oficina parroquial nos dijeron que
a las 11 celebraba siempre el Padre Clemente Sobrado y que era mejor no moverle
su Misa y que la mía podría ser a las 10.00 am. Así quedamos.
Unas semanas después me llaman para
decirme que el párroco desea que la Misa sea a las 9.00 am, porque sería más
larga y podría perjudicar los otros horarios. No nos gustó mucho, nos parecía
muy temprano, pero, después de darle muchas vueltas, aceptamos. Yo quería
celebrar en el Pilar.
Gracias a Dios fue a las 9.00 am. Así pude celebrar la Misa entera sin
contratiempos. ¿Qué hubiera pasado si se
quedaba en el horario de las 10.00 am? Nos hubiéramos quedado sin Misa.
Los saludos fueron en una especie de
maratón de salida, me llevaban en
volandas, hasta que salimos del salón y en la calle los bomberos, muy nerviosos, nos gritaban para que nos
alejáramos del lugar.
Interrogantes, dudas y
suposiciones
Unos minutos después de haber evacuado
empecé a recibir cientos de mensajes por WhatsApp
con preguntas de los que habían estado en la Santa Misa: Padre, ¿Por qué ha ocurrido esto?
Esperaban una respuesta trascendente, no
la explicación del incidente, que ya lo podían leer en las redes.
Algunos decían que al diablo no le había
gustado la Misa y originó la explosión, pero falló en la hora y no se salió con
la suya.
Otros decían que era una señal divina
para que no nos olvidáramos de rezar por los sacerdotes y por la Iglesia.
A mi se me pasó por la cabeza que el
Señor me quería cuidar especialmente el día de mis bodas de oro, para que los
saludos y las alabanzas humanas no me perjudicaran haciéndome crecer en vanidad
y en amor propio. Así toda la gloria era para Dios, exclusivamente para Él, que
es lo que hicimos en la Santa Misa.
Dejo como recuerdo un consejo que nos dio
San Josemaría, que yo me lo aplico a mi, y puede servir para todos los que me
acompañaron:
“Para Dios toda la gloria…” “Exprime con tu voluntad, ayudado por la
gracia, cada una de tus acciones, para en ellas no quede nada que huela a
humana soberbia, a complacencia de tu yo” (Camino, 784) “Si la vida no tuviera como fin dar gloria a Dios, sería despreciable,
más aún aborrecible”
P. Manuel Tamayo
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