jueves, 15 de diciembre de 2016

LA POBRE IMPOSICIÓN DEL AMARRÓN

El amarrón  es inseguro y por eso quiere imponer; lo más probable es que exista en él un patrón de desconfianza y suspicacia general hacia los otros, de tal forma que las intenciones de los demás las interpreta como maliciosas. Son personalidades un poco trastornadas que apenas se dan cuenta de lo que padecen.  Suelen ser anomalías que  se arrastran desde la juventud pero que crecen y se notan más en la edad adulta.
Los que sufren este trastorno tienden a imaginarse que los demás quieren aprovecharse de él, que le quieren hacer daño o engañarlo, aunque no tengan ninguna prueba que apoye esos argumentos que esgrimen; los crean con la imaginación y los sueltan como si fueran reales. Dudan, con relativa frecuencia, acerca de la lealtad o la fidelidad de las personas, y se esmeran en controlarlo todo para encontrar pruebas que justifiquen sus posturas.  
Cuando alguien se muestra cordial o amable, se sorprenden,  pero no confían, porque temen que pueda aprovecharse de ellos, o que difunda informaciones en contra.  
Creen “descubrir” intenciones o significados ocultos que son amenazantes. Sospechan y no se fían,  quieren  amarrarlo  todo siendo reiterativos en las advertencias para que se les haga caso.
Estos sujetos, normalmente,  guardan  rencores y son incapaces de olvidar los “maltratos” que creen sufrir, por la mala conducta de los demás. Hacen propósitos radicales y están dispuestos al contrataque cuando piensan que alguien los ofendió.
Estas limitaciones entran dentro de los trastornos paranoides de la personalidad. Quien los padece no confía en los demás y termina siendo autosuficiente y autónomo en sus decisiones y con un alto grado de control sobre los que lo rodean. (Dr. Gómez Jarabo, Director de biopsicología)

COMENTARIO
Hay gente que pone el reflector en lo que las personas deben hacer para que todo salga bien y no se fijan ni atienden a las mismas personas.

Esta conducta que a primera vista parece correcta y acertada, podría generar limitaciones en las relaciones personales y entorpecer el acierto para una correcta jerarquía de valores en los asuntos humanos, que debe tener siempre como prioridad la consideración de cada persona con sus circunstancias particulares.

El ir de frente al reglamento o a lo establecido no da garantía de acierto. Existen matices que solo se contemplan si la cabeza está más dirigida a las personas que a las actividades que tendrían que hacer las personas. La intervención severa resulta peor si las personas están “fallando” en los deberes que tendrían que cumplir.

La solución no se consigue con una conducta rígida y dura, tampoco con la permisividad de dejar pasar. Algunas veces puede parecer que se trata de una cuestión de disciplina, que se arregla con una fuerte voz de mando o con la aplicación de un castigo, pero si nos fijamos bien, nos daremos cuenta que ese no es el camino correcto.

Lo primero que se requiere para arreglar los problemas humanos son las virtudes fundamentales, que son las que  ayudan a comprender y a querer bien a las personas. Comprender es un arte que procede de un amor intenso y ordenado que se manifiesta en una conducta serena, donde abunda la paz, la confianza y la alegría.

El que comprende sabe  situarse en los distintos puntos de vista de las personas para descubrir lo que cada una lleva su interioridad:  lo qué está buscando, cuáles son sus sentimientos, qué es lo que más quiere. Este conocimiento lo consigue amando. Si no hay amor no hay nada. Ni la experiencia, ni la ciencia, ni un lógico razonamiento sirven si faltara el amor al prójimo.

Cuando una persona es querida crecen sus condiciones para darse cuenta del aprecio que se le tiene, entonces su disposición a favor aumenta considerablemente. La experiencia de una persona que sabe querer con los adolescentes es elocuente.  Fijarse en una persona y valorarla realmente, sin hacer alardes de obsequiosidad, es la mejor llave para entrar en su interioridad. El que es querido agradece que se meta su vida el que realmente lo quiere, no cualquiera. El éxito del que sabe amar en la apertura de las personas se logra en el 99% de los casos.

En cambio el rígido y severo tendrá siempre una venda y estará impedido para tener una apreciación correcta de las personas, no encontrará la manera de acercarse y de ser correspondido.  Es que está sesgado poniendo el reflector en lo que hay que hacer y en lo que deberían hacer los demás.

Además, su certera mentalidad de desconfianza lo empuja a imponer, como sistema lógico para que las cosas caminen,  y apenas se da cuenta de la tiranía  que están ejerciendo con su drástica conducta. Le parece que está actuando correctamente y entonces para tener seguridad amarra todo lo que puede. Piensa que si las cosas no están amarradas todo se convierte en desorden y caos.

Vive la angustia de querer  asegurarlo todo para que las cosas no fallen, sin darse cuenta que ese modo de ser y de proceder lo aleja de las personas.


Las cosas salen adelante con el ejemplo y las virtudes de las personas en un clima amable de libertad. (P. Manuel Tamayo).

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