LA POBRE IMPOSICIÓN DEL AMARRÓN
El amarrón
es inseguro y por eso quiere imponer; lo más probable es que exista
en él un patrón de desconfianza y suspicacia general hacia los otros, de tal
forma que las intenciones de los demás las interpreta como maliciosas. Son
personalidades un poco trastornadas que apenas se dan cuenta de lo que
padecen. Suelen ser anomalías que se arrastran desde la juventud pero que
crecen y se notan más en la edad adulta.
Los que
sufren este trastorno tienden a imaginarse que los demás quieren aprovecharse
de él, que le quieren hacer daño o engañarlo, aunque no tengan ninguna prueba
que apoye esos argumentos que esgrimen; los crean con la imaginación y los
sueltan como si fueran reales. Dudan, con
relativa frecuencia, acerca de la lealtad o la fidelidad de las personas, y
se esmeran en controlarlo todo para encontrar pruebas que justifiquen sus
posturas.
Cuando
alguien se muestra cordial o amable, se sorprenden, pero no confían, porque temen que pueda
aprovecharse de ellos, o que difunda informaciones en contra.
Creen
“descubrir” intenciones o significados ocultos que son amenazantes. Sospechan y
no se fían, quieren amarrarlo todo siendo reiterativos en las
advertencias para que se les haga caso.
Estos
sujetos, normalmente, guardan rencores y son incapaces de olvidar los “maltratos” que creen sufrir, por la
mala conducta de los demás. Hacen propósitos radicales y están dispuestos al
contrataque cuando piensan que alguien los ofendió.
Estas limitaciones
entran dentro de los trastornos paranoides de la personalidad. Quien los padece
no confía en los demás y termina siendo autosuficiente y autónomo en sus
decisiones y con un alto grado de control sobre los que lo rodean. (Dr. Gómez Jarabo, Director de
biopsicología)
COMENTARIO
Hay gente que pone
el reflector en lo que las personas deben hacer para que todo salga bien y no
se fijan ni atienden a las mismas personas.
Esta conducta que a
primera vista parece correcta y acertada, podría generar limitaciones en las
relaciones personales y entorpecer el acierto para una correcta jerarquía de
valores en los asuntos humanos, que debe tener siempre como prioridad la
consideración de cada persona con sus circunstancias particulares.
El ir de frente al
reglamento o a lo establecido no da garantía de acierto. Existen matices que
solo se contemplan si la cabeza está más dirigida a las personas que a las
actividades que tendrían que hacer las personas. La intervención severa resulta
peor si las personas están “fallando” en los deberes que tendrían que cumplir.
La solución no se
consigue con una conducta rígida y dura, tampoco con la permisividad de dejar
pasar. Algunas veces puede parecer que se trata de una cuestión de disciplina,
que se arregla con una fuerte voz de mando o con la aplicación de un castigo, pero
si nos fijamos bien, nos daremos cuenta que ese no es el camino correcto.
Lo primero que se
requiere para arreglar los problemas humanos son las virtudes fundamentales,
que son las que ayudan a comprender y a querer
bien a las personas. Comprender es un arte que procede de un amor intenso y
ordenado que se manifiesta en una conducta serena, donde abunda la paz, la confianza
y la alegría.
El que comprende sabe situarse en los distintos puntos de vista
de las personas para descubrir lo que cada una lleva su interioridad: lo qué
está buscando, cuáles son sus sentimientos, qué es lo que más quiere. Este
conocimiento lo consigue amando. Si no hay amor no hay nada. Ni la experiencia,
ni la ciencia, ni un lógico razonamiento sirven si faltara el amor al prójimo.
Cuando una persona
es querida crecen sus condiciones para darse cuenta del aprecio que se le tiene,
entonces su disposición a favor aumenta considerablemente. La experiencia de
una persona que sabe querer con los adolescentes es elocuente. Fijarse en una persona y valorarla realmente, sin hacer alardes de obsequiosidad, es
la mejor llave para entrar en su interioridad. El que es querido agradece que
se meta su vida el que realmente lo quiere, no cualquiera. El éxito del que
sabe amar en la apertura de las personas se logra en el 99% de los casos.
En cambio el rígido
y severo tendrá siempre una venda y estará impedido para tener una apreciación
correcta de las personas, no encontrará la manera de acercarse y de ser
correspondido. Es que está sesgado
poniendo el reflector en lo que hay que hacer y en lo que deberían hacer los
demás.
Además, su certera
mentalidad de desconfianza lo empuja a
imponer, como sistema lógico para que las cosas caminen, y apenas se da cuenta de la tiranía que están ejerciendo con su drástica
conducta. Le parece que está actuando correctamente y entonces para tener
seguridad amarra todo lo que puede. Piensa que si las cosas no están amarradas todo se convierte en desorden
y caos.
Vive la angustia de
querer asegurarlo todo para que las cosas no
fallen, sin darse cuenta que ese modo de ser y de proceder lo aleja de las
personas.
Las cosas salen
adelante con el ejemplo y las virtudes de las personas en un clima amable de
libertad. (P. Manuel Tamayo).
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