EL POPULISMO Y LA VERACIDAD
“El populismo es una filosofía política que promueve
los derechos y el poder del pueblo en su lucha contra una élite privilegiada. “Populismo” se ha
convertido en un término de combate profundamente ideologizado”. (Wikipedia).
“Lo
que tienen en común los líderes populistas es la estrategia política. Esta
estrategia se basa en un liderazgo personalista muy fuerte, se trata de un
líder que llega al poder y se mantiene ahí con base en vínculos no organizados
con una masa heterogénea de seguidores. Por lo tanto, los elementos típicos del
populismo son el liderazgo personalista y la falta de institucionalización del
vínculo con los votantes”, (Kurt
Weyland).
“Los
populistas –como no tienen vínculo institucional– consideran a las otras
instituciones como amenazas, como limitaciones a su poder y quieren disminuir
la independencia de estas instituciones, tratan de hegemonizar el poder
político. También, dado que no tienen un vínculo institucional con los
seguidores, tratan de aumentar su aceptación a través de la polarización, donde
nosotros (los populistas) somos “los buenos” y la oposición no es una
competencia leal sino “los enemigos”. Esta idea de que la oposición está
conformada por “los enemigos” acarrea una tendencia hegemónica muy fuerte, que
a su vez lleva a conflictos sociales y políticos intensos porque la oposición
también responde en términos intransigentes. En este sentido, la polarización
destruye el pluralismo y constituye una amenaza para la democracia”, (Kurt Weyland).
“La virtud de la veracidad puede ser considerada como una parte
de la justicia, pues tiene algunos rasgos comunes con esta virtud, como
la alteridad, ya que su acto consiste en manifestar algo a otro. Pero,
desde otro punto de vista, la veracidad difiere de la justicia en cuanto decir
la verdad no constituye una deuda legal, sino moral, es decir, basada en la honestidad”,
(Augusto Sarmiento en Almudi)
“Sin la verdad no sólo sería imposible la justicia en la
sociedad, sino también la misma esperanza de justicia. En la medida en que en
una sociedad se respeta la verdad, la persona puede esperar, cuando sea
necesario, que se le haga justicia; pero si la sociedad estuviese fundada en la
mentira, desaparecería toda esperanza. «Quien no respeta la verdad no puede
hacer el bien. Donde no se respeta la verdad no puede crecer la libertad, la
justicia y el amor. La verdad, sobre todo la sencilla, humilde y paciente
verdad de la vida diaria, es el fundamento de las demás virtudes (...). Cuando
la verdad no está presente, se desintegra el suelo social sobre el que nos apoyamos.
De ahí que esta virtud aparentemente tan inútil sea en realidad la virtud
fundamental de toda vida social”, (Augusto
Sarmiento en Almudi)
COMENTARIO
En la historia de
las civilizaciones podemos comprobar que el populismo poco tiene que ver con la
verdad.
Es más una
estrategia con arreglos, que muchas veces
está llena de trampas, para convencer al pueblo a tomar las decisiones
promovidas por los “líderes” de un consenso político que ha ido creciendo con
el espaldarazo un poder mediático a favor.
Estos falsos
líderes hacen creer a las mayorías que están defendiendo unos derechos legítimos
contra el peligro de las ambiciones torcidas de unos corruptos que quieren
tomar el poder. Lamentablemente muchos caen en la trampa y se creen el cuento.
Se entiende por
populismo a un pueblo levantado en protesta que es atizado por un líder que
pregona ideales sin que exista, en los
argumentos, un fondo de verdad que lo sustente.
Es una suerte de
voluntarismo colectivo que en ocasiones llega al fanatismo. El populista puede
entrar fácil a la confrontación y la violencia, tiende a ser tosco y agresivo,
otras veces irreverente y fácilmente incoherente.
Como se puede
comprobar, algunas sociedades están manejadas por las triquiñuelas y mentiras de un líder cuentista que quiere apoyarse en el pueblo para legitimar su
propuesta, ofreciendo cínicamente el oro
y el moro” y así ganar adeptos en las personas débilmente instruidas.
El populismo tiene
éxito cuando la verdad y el orden han sido arrinconados en una sociedad que
camina con dirigentes torcidos que solo buscan el poder para seguir medrando y
mangoneando para sus propios y burdos intereses.
Hay países enteros
que sufren las consecuencias de una falsa democracia conducida por mequetrefes que se han convertido en
verdaderos tiranos jugando a ser moralistas de un sistema de corrupción.
Lo increíble es que
en pleno siglo XXI muchos países vivan todavía bajo la bota de personajes
irreverentes y nada ejemplares, como si el mundo se hubiera llenado de mafias
que no se pueden derrotar y que se han enquistado en el poder per secula seculorum.
Algo habría que
hacer para enseñar a razonar y a elegir lo que es realmente mejor en las
personas y sistemas. Ese propósito tiene que ir necesariamente acompañado de la
voluntad de combatir el mal, venga de donde venga.
Y como viene
siempre de las personas, a cada uno le toca el imperioso deber de luchar para
conseguir eliminar de su propia interioridad lo que está torcido y no va de
acuerdo a lo que tiene que ser una persona. (P. Manuel Tamayo)
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