jueves, 3 de agosto de 2017

CREENCIAS ENTRAÑABLES

“Los seres humanos tenemos necesidad de unas ideas dominantes, o principios, conforme a los cuales obrar en nuestra vida. Si los principios son falsos, nuestra vida resultará equivocada. Por eso existe la necesidad de discernir lo verdadero de lo falso” (Alfredo Castillo Ramírez, Profundidades, p. 14).

“El optimismo cristiano hunde sus raíces en la fe, se alimenta de la esperanza y llega a plenitud por el amor. No es un sentimiento circunstancial o pasajero. Quien vive de fe y la actualiza con frecuencia moverá montañas, hará frente a las dificultades y contratiempos” (Antonio Fuentes Mendiola, “Aprender a Madurar” p. 238).

“Rectitud de corazón y buena voluntad: con estos dos elementos y la mirada puesta en cumplir lo que Dios quiere, verás hechos realidad tus ensueños de Amor y saciadas tus hambres de almas” (San Josemaría Escrivá, “Camino” n. 490).


COMENTARIO

Quienes nos quieren de verdad nos dicen lo que debemos saber para ser felices en las distintas etapas de nuestra vida y de acuerdo a lo que podemos captar.

En la infancia nuestros padres y abuelos nos contaban cuentos, algunos clásicos, otros inventados, con la intención de entretenernos y de que podamos aprender algo para ser buenos. Aquellas historietas solían tener una moraleja que removía nuestra capacidad, en potencia, para ser buenas personas. Si el cuento no terminaba con una moraleja nuestros padres la añadían para que aprendiéramos a valorar lo que es sano y correcto.

No todos los cuentos o historietas que nos contaban eran verdad sin embargo nosotros lo creíamos todo, no nos hacían ningún daño, al contrario, necesitábamos oír esas fantasías entusiasmantes para crecer con el cariño que ponían nuestros seres queridos que se afanaban en darnos lo mejor,  para que seamos felices de verdad.

Cuando nos decían que el Niño Dios leía nuestras cartas para traernos regalos en Navidad, las escribíamos con mucha fe y mucho cariño; por supuesto que paralelamente a esas peticiones tenía que acompañar nuestra buena conducta. En la nochebuena nos acostábamos temprano para encontrarnos al día siguiente los regalos que el Niño Dios había dejado mientras dormíamos.

Estas creencias infantiles son entrañable y hacen mucho bien a los niños en todo el mundo. Cuando más adelante se descubre que los regalos no los trae el Niño Dios, ni Papa Noel, nadie se siente engañado o defraudado, al contrario, se recuerdan esas vivencias con verdadera nostalgia y motivan a tener un profundo agradecimiento.

En el proceso de nuestro crecimiento, cuando las personas que nos aman quieren lo mejor para nosotros, empezamos a distinguir claramente la fantasía de la realidad y así nuestros seres queridos nos cuentan cuentos irreales y al mismo tiempo nos enseñan las verdades más profundas de nuestra religión, sin que se produzca una confusión en nuestras mentes infantiles.

A la hora de enseñarnos las verdades de la fe, nuestros seres queridos nos transmiten algo que ellos viven.

La potencia obedencial, que está en nuestra naturaleza, recepciona perfectamente aquella verdad, que nos hace crecer espiritualmente y aunque  nosotros no lleguemos a tener un entendimiento claro de lo que sucede, la recepción siempre se da con realeza y fuerza; es algo que queda impreso para siempre y fluye hacia el exterior. La transmisión se da con una certeza llena de alegría, que tampoco sabemos explicar.

Los cuentos y fantasías infantiles caminan al lado de las certezas de fe que recibimos de nuestros padres. Como no recordar con nostalgia las veces que dejábamos nuestro diente de leche caído en el borde del zócalo pensando que un ratoncito nos dejaría una propina. Nuestros padres se entretenían con nosotros con esos “engaños” que eran totalmente favorables para nuestra felicidad infantil.

A ninguna inteligencia normal se le ocurriría pensar que nuestros padres y las personas que nos querían de verdad nos engañaban con los cuentos y con los misterios de la religión.

Ambas transmisiones suelen darse dentro de la normalidad del hogar en todas las familias del mundo, cuando se vive una realidad de amor.


Es un motivo más para valorar la gran sabiduría que se encierra en una familia dentro del hogar, cuando todos se quieren de verdad. (P. Manuel Tamayo).

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