CREENCIAS ENTRAÑABLES
“Los seres humanos
tenemos necesidad de unas ideas dominantes, o principios, conforme a los cuales
obrar en nuestra vida. Si los principios son falsos, nuestra vida resultará
equivocada. Por eso existe la necesidad de discernir lo verdadero de lo falso” (Alfredo Castillo Ramírez,
Profundidades, p. 14).
“El optimismo
cristiano hunde sus raíces en la fe, se alimenta de la esperanza y llega a
plenitud por el amor. No es un sentimiento circunstancial o pasajero. Quien
vive de fe y la actualiza con frecuencia moverá montañas, hará frente a las
dificultades y contratiempos” (Antonio Fuentes Mendiola, “Aprender a Madurar” p. 238).
“Rectitud de
corazón y buena voluntad: con estos dos elementos y la mirada puesta en cumplir
lo que Dios quiere, verás hechos realidad tus ensueños de Amor y saciadas tus
hambres de almas” (San Josemaría Escrivá, “Camino” n. 490).
COMENTARIO
Quienes nos quieren
de verdad nos dicen lo que debemos saber para ser felices en las distintas
etapas de nuestra vida y de acuerdo a lo que podemos captar.
En la infancia
nuestros padres y abuelos nos contaban cuentos, algunos clásicos, otros inventados, con la intención de
entretenernos y de que podamos aprender algo para ser buenos. Aquellas
historietas solían tener una moraleja que
removía nuestra capacidad, en potencia,
para ser buenas personas. Si el cuento no terminaba con una moraleja nuestros
padres la añadían para que aprendiéramos a valorar lo que es sano y correcto.
No todos los
cuentos o historietas que nos contaban eran verdad sin embargo nosotros lo creíamos
todo, no nos hacían ningún daño, al contrario, necesitábamos oír esas fantasías
entusiasmantes para crecer con el cariño que ponían nuestros seres queridos que
se afanaban en darnos lo mejor, para que
seamos felices de verdad.
Cuando nos decían
que el Niño Dios leía nuestras cartas para traernos regalos en Navidad, las
escribíamos con mucha fe y mucho cariño; por supuesto que paralelamente a esas
peticiones tenía que acompañar nuestra buena conducta. En la nochebuena nos
acostábamos temprano para encontrarnos al día siguiente los regalos que el Niño
Dios había dejado mientras dormíamos.
Estas creencias
infantiles son entrañable y hacen mucho bien a los niños en todo el mundo.
Cuando más adelante se descubre que los regalos no los trae el Niño Dios, ni Papa Noel, nadie se siente engañado o
defraudado, al contrario, se recuerdan esas vivencias con verdadera nostalgia y
motivan a tener un profundo agradecimiento.
En el proceso de
nuestro crecimiento, cuando las personas
que nos aman quieren lo mejor para nosotros, empezamos a distinguir
claramente la fantasía de la realidad y así nuestros seres queridos nos cuentan
cuentos irreales y al mismo tiempo nos enseñan las verdades más profundas de
nuestra religión, sin que se produzca una confusión en nuestras mentes
infantiles.
A la hora de
enseñarnos las verdades de la fe, nuestros seres queridos nos transmiten algo
que ellos viven.
La potencia obedencial, que está en nuestra
naturaleza, recepciona perfectamente aquella verdad, que nos hace crecer espiritualmente
y aunque nosotros no lleguemos a tener
un entendimiento claro de lo que sucede, la recepción siempre se da con realeza
y fuerza; es algo que queda impreso para siempre y fluye hacia el exterior. La
transmisión se da con una certeza llena de alegría, que tampoco sabemos
explicar.
Los cuentos y
fantasías infantiles caminan al lado de las certezas de fe que recibimos de
nuestros padres. Como no recordar con nostalgia las veces que dejábamos nuestro
diente de leche caído en el borde del zócalo pensando que un ratoncito nos
dejaría una propina. Nuestros padres se entretenían con nosotros con esos “engaños” que eran totalmente favorables
para nuestra felicidad infantil.
A ninguna inteligencia
normal se le ocurriría pensar que nuestros padres y las personas que nos
querían de verdad nos engañaban con los cuentos y con los misterios de la
religión.
Ambas transmisiones
suelen darse dentro de la normalidad del hogar en todas las familias del mundo,
cuando se vive una realidad de amor.
Es un motivo más
para valorar la gran sabiduría que se encierra en una familia dentro del hogar,
cuando todos se quieren de verdad. (P. Manuel Tamayo).
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