jueves, 15 de junio de 2017

¿QUÉ HACER PARA SER MUY BUENO?

“El proceso de auto-aceptación de la fragilidad humana constituye un primer y elemental paso para el crecimiento de todo ser humano. No obstante, este proceso no siempre encuentra su apoyo en los valores culturales, que a veces tienden a desviar la autorealización en términos de poder, fama, dinero…reduciendo lo humano a una sola dimensión”. (Tony Mifsud, SJ, “Una espiritualidad desde la fragilidad” p. 47).

 “Nadie te ha dicho que seas menos de lo que eres, sino que reconozcas como eres; solo al aceptar lo que eres puedes comenzar a ser mejor de lo que eres; no olvides que al dártelas de perfecto vas pregonando tu primer defecto. No importa que tengas miedo, sino que lo vivas allí donde lo tengas que vivir. Y no huyendo: mejor ser cojo en el camino que buen corredor fuera de él” (Carlos Díaz, La felicidad que hay en la fragilidad, p. 35).

“La gracia no sustituye ni prescinde de la condición humana sino que construye sobre ella… Aceptarse tal como uno es y no como debería ser es fundamental. Pensarse a partir de un superyó o de un yo ideal es comenzar desde lo que uno no es. Lo que se desea ser es una meta, pero el camino para llegar a ella es aceptar la propia realidad… Un individuo que entiende su valor como persona humana no se engaña a sí mismo buscando ser lo que no es, ni se destruye a sí mismo mediante al auto-desprecio. El primer paso para poder conocerse es aproximarse sin juzgarse. Mirarse sin evaluarse. El afán de juzgarse puede impedir una mirada honesta de sí mismo ya que corre el peligro de mirar desde el deber y no desde lo que realmente soy. En la medida en que uno va conociéndose a sí mismo su comprensión para los demás crecerá” (Tony Mifsud, SJ, “Una espiritualidad desde la fragilidad” p. p. 48-49).

“Quien no se conoce a sí mismo proyectará necesariamente sobre Dios sus apasionados deseos y sus necesidades reprimidas. Convierte su encuentro con la divinidad en una simple e ingenua proyección de sus propios deseos…El buen conocimiento de sí mismo lo liberará de ilusiones falsas y abrirá sus ojos a una visión clara y libre de la realidad…” (Tony Mifsud, SJ, “Una espiritualidad desde la fragilidad” p. 49).


COMENTARIO

 La humildad es la verdad y es una virtud que hay que cuidarla y quererla con toda el alma, para no vivir de una manera mentirosa, que podría ser también arrogante y estúpida, con gazmoñerías ridículas dentro de una sociedad muchas veces electrizada por corrientes que producen constantes cortos circuitos, y a la larga la caída de las torres más altas.

¡Cuantos se han venido abajo por no haber construido bien su vida con cimientos sólidos y seguros! La vida se construye de acuerdo a la verdad y luchando por la unidad de las personas en los ámbitos familiares y laborales. Nadie nació por equivocación, todos tienen un papel que cumplir en la vida. A cada uno le corresponde enterarse cuál es su sitio, para estar en ese lugar y no en otro.

Vemos claramente que hoy algunas ideologías, modas y costumbres, pueden influir negativamente en el crecimiento y progreso de las personas.

La sociedad contemporánea está llena de voluntaristas que aspiran, con un afán desorbitado, ocupar los mejores puestos para tener éxito. Alguien les vendió la idea de que el éxito consistía en tener el poder del dinero o de la fama, y que eso se obtenía a través de una lucha denodada y competitiva, que los colocaría en un pódium por encima de los demás, para ser un verdadero líder, emprendedor y ejecutivo,  pero egoísta, y en algunos casos cruel.

La aspiración de poder suele malear al hombre que luego, al adquirir un mando, terminará buscando su propia gloria sintiéndose dueño de situaciones, para imponer sus modos y procedimientos y conseguir que los demás hagan como él quiere.

Hay otros que buscan con ansias ocupar un puesto que no es para él, porque objetivamente no tiene condiciones. Antiguamente se decía: “lo que natura no da, Salamanca no presta” No se trata de una comparación entre listos y menos listos; se trata más bien de saber para qué sirve uno y para qué vino al mundo.
La soberbia ciega hace mentiroso al ser humano. El que habitualmente engaña puede creerse idóneo para ocupar los puestos que no deben ser para él (por eso oculta la verdad) y utilizando procedimientos deshonestos para colarse se siente capaz de llegar a la cumbre y permanecer en ella.

En el mundo, el escándalo lo están dado algunos gobernantes que se valen el poder para el beneficio propio sin que les preocupe la suerte de los demás. En pleno siglo XXI existen innumerables situaciones de injusticia que están congeladas por el abuso de unos pocos que tienen el poder.

La humildad es la verdad y es la virtud que sitúa al hombre de acuerdo a la realidad y lo hace vivir de un modo correcto.

Toda persona tiene una tarea que cumplir y ésta tiene siempre una relación directa con el prójimo. El prójimo está para que lo amemos, no para que lo juzguemos y critiquemos. El amor a los demás debe ser la principal motivación, pero ese amor debe ser sincero y limpio. Cuando el amor está ordenado brilla la justicia con la luz y la energía de la caridad.

Las vulgaridades y atrocidades que vemos hoy en ambientes libertarios,  donde todo vale porque no hay jerarquía de valores, da por resultado una sociedad agresiva, antiestética y bastante mediocre, donde se multiplican peleas que dejan una estela de miseria humana constante y muy preocupante.  Los lenguajes desaforados y zafios son una prueba de ello aunque a los más jóvenes, que no han vivido en otras épocas, les pueda parecer de lo más normal. Todos debemos estar de acuerdo en que el mundo necesita un cambio urgente de mentalidad y de vida.

Jesucristo vino al mundo para poner orden y para decirle al hombre que es hijo de Dios. Funda la Iglesia e instituye los sacramentos para que el ser humano tenga la oportunidad de purificarse y crecer de un modo correcto con la ayuda de la gracia divina.

La necesidad de Jesucristo y de los sacramentos es vital para un crecimiento correcto. Estas afirmaciones no minimizan al que no tienen fe porque son la expresión de que hay algo grandioso que puede conocer, y que es para su propio bien; también puede serle de ayuda para salir de los laberintos y enredos de las propias limitaciones.


Es necesario reconocer la propia debilidad para ser libres y poder ayudar al prójimo con el aporte de una luz clara y un corazón limpio. San Pablo, el apóstol de las gentes, decía de un modo claro y contundente: “porque soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cort 12,2).  Dios es el que hace lo más importante, si el hombre reconoce su propia debilidad se pone en condiciones para ser fuerte y perseverante. Jesucristo advertía a sus mismos discípulos: “sin mi nada pueden hacer” (Juan 15,5).  Si quitamos a Dios el hombre se pelea y termina perdiéndolo todo.  Cristo es el mejor modelo para acertar en la vida siendo muy buenas personas. (P. Manuel Tamayo)

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