RECORRIENDO EL PERÚ PROFUNDO Lima,1976 - 1979
Desde que llegué a Lima, recién ordenado, con 26 años de edad, me pidieron que atienda a los sacerdotes de Abancay una vez al mes. El encargo me parecía increíble, ¿cómo podía atender a unos sacerdotes que eran mayores que yo en edad y en años de ordenación?
Eran sacerdotes que pertenecían a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y por lo tanto eran socios del Opus Dei y querían llevar dirección espiritual con un sacerdote de la Obra. Yo era el que había recibido ese encargo, sin tener ninguna experiencia. Hice las preguntas de rigor y preparé mi viaje.
Atención a los sacerdotes de la diócesis de Abancay
Salía en avión de Lima al Cuzco. En el aeropuerto de la ciudad imperial me recogía el P. Miguel Ángel Domínguez en un Volkswagen (escarabajo). En esos años la pista del Cuzco a Abancay era afirmada, el viaje duraba todo el día; para descansar un poco y comer algo, hacíamos una parada en Curahuasi (la tierra del Anis), allí la madre Rimey, la hermana de Mons. Enrique Pélach (Obispo de Abancay, ya fallecido), nos esperaba con un suculento almuerzo, que nos ponía en forma para llegar hasta la capital de Apurimac, al atardecer.
En Abancay me alojaban en el obispado. Mons. Pélach me recibía como si fuera una autoridad competente; yo no sabía como corresponder a tanta amabilidad. Al llegar me dijo: “lo primero que vamos a hacer es un recorrido turístico por Abancay”. Mientras íbamos en el carro me contaba que unos meses antes, le había hecho este mismo recorrido a Mons. Juan Landázuri, (a la sazón, Arzobispo de Lima, ya fallecido), y que al final del recorrido se puso a llorar de la emoción. Tragué un poco de saliva, como haciendo esfuerzos para que no me ocurriera lo mismo. Era el propósito que hice, en esos momentos emotivos, a los 26 años de edad.
El giro turístico
Mons. Pélach me llevó al orfanatorio llevado por unas religiosas alemanas, me explicó que llegaban niños recien nacidos abandonados por sus padres y que las religiosas los preparaban porque solían venir familias alemanas para adoptarlos y llevarselos a Alemania. Era realmente impresionante y conmovedor; ya se habían llevado varios niños que vivían en hogares cristianos y bien constituidos.
La segunda visita que hicimos fue al asilo de ancianos, que estaba muy bien puesto, limpio y elegante. A los ancianos se les veía contentos y agradecidos, por las atenciones que recibían. Al lado del asilo había una panadería, “toda la diócesis come el pan que se elabora aquí” me dijo Mons. Pélach, con un santo orgullo, delante de las personas que trabajaban allí.
El recorrido continuaba con el “hogar del estudiante”, eran dos casas muy bien puestas, una para chicos y otra para chicas. Ingresan aquí aquí, me explicaba el obispo de Abancay, los que son muy pobres y no tienen familia, ni casa para poder vivir. Lo admirable es que esos chicos estudiaban en la escuela por las mañanas y trabajaban por las tardes y con lo que ganaban contribuían al sostenimiento de la casa. Además ellos mismos trabajaban en la casa para tenerla limpia y presentable. Era realmente conmoveedor.
Llegamos al lugar, tal vez más impactante de todo el recorrido, donde estaban los leprosos. Abancay, en esos años, era zona endémica y por lo tanto la lepra no se había eliminado. Al leprosorio venían de distintos lugares para atenderse y recibir las medicinas y los tratamientos correspondientes. Mons. Pélach tenía unos médicos que se habían especializado recientemente en USA y contaba con ellos para curar a los leprosos y buscar la forma de eliminar ese flagelo en todo Apurimac. Con los años lo consigió.
Terminamos la “gira turística” en los terrenos de los futuros seminarios mayor y menor. Me decía Mons. Pélach que San Josemaría lo había animado mucho con el seminario y que, si lo hacía bien, en unos años lo tendría lleno y saldrían de allí muchos sacerdotes, (es lo que ocurrió después, del seminario de Abancay salieron más de 100 sacerdotes).
El clero diocesano de Abancay
Al volver a la casa pude conocer a varios sacerdotes que esperaban allí para el almuerzo: Miguel Guitard, Jesús Alonso, Miguel Angel Domingo, Calixto Cobo, entre otros. Todos españoles, el más joven era Miguel Angel, tendría unos 30 años de edad, 4 más que yo.
Después de estar un par de días en Abancay viajé con Mons. Pélach de regreso a Lima, vía Andahuaylas y Ayacucho. El camino era bastante largo, nada era asfaltado. Fuímos en una potente camioneta Dodge que tenía Monseñor para sus visitas pastorales en una diócesis bastante grande y extensa.
Paramos para almorzar en San Gerónimo, allí estaba de párroco el P. Isidro Sala, (que después fue obispo de Abancay, ya fallecido), fuímos con él a la laguna de Pacucha donde se estaba proyectando una casa de retiros para la diócesis de Abancay. Ese día vino a vernos el P. Luciano Ruiz, que era párroco de Talavera, un pueblo cercano a San Gerónimo y Andahuaylas. Almorzó con nosotros y nos hizo pasar un rato muy agradable con sus chistes y ocurrencias, era un personaje muy divertido amante de la poesía, que también le gustaba a Mons Pélach.
Viaje de retorno a Lima
Salimos al día siguiente hacia Lima, parando en el santuario de Cocharcas, un edificio imponente metido dentro de un cerro; le pedimos a la Virgen por el futuro de la diócesis de Abancay y las vocaciones.
Cocharcas es un santuario histórico y bien concurrido. Los peregrinos viajan para visitar a la Virgen, a la que le tienen gran devoción en todo Apurimac.
Seguimos el viaje, pasando sin parar, por Uripa y Chincheros, dos pueblos en contínua rivalidad. En uno de ellos se fundó el partido Acción Popular del presidente Fernando Belaunde Terry.
Se hizo de noche. Mons. Pélach que era bastante poético, cantaba en el viaje y se detenía para mirar el cielo estrellado, era un espectáculo impactante ver en la oscuridad los millones de estrellas y planetas con una luz esplendorosa a pesar de los millones de años luz de distancia que nos separan. Mirando esa grandeza se piensa que el ser humano es muy poca cosa y que Dios es muy grande, más grande que todos esos astros que se podían ver en una noche despejada.
Nos detuvimos en Ayacucho y nos alojamos en el hotel de turistas. Al día siguiente, muy temprano por la mañana, continuamos nuestro viaje hasta Lima, recorriendo un camino sinuoso de tierra y cascajo, hasta llegar a la carretera Panamericana, a la altura de Pisco.
Ese primer viaje fue una experiencia extraordinaria, donde pude aprender mucho de los sacerdotes y de cómo se vivía en esos lugares de la sierra. Apurimac es uno de los departamentos más pobres del Perú. Sin embargo, hay historias, que la mayoría no conoce, y son tremendamente edificantes.
Testigo de grandezas y riquezas humanas
Los siguientes viajes, que no fueron pocos, comprobé y fui testigo al ver muchas personas que dieron su vida para estar, vivir y sacar adelante a quienes estuvieron abandonados y olvidados, en los lugares más apartados de Los Andes y en situaciones de pobreza e indigencia que claman al Cielo. Todos estos viajes los realicé antes de que estallara la guerra terrible de sendero luminoso que dejó mucha más pobreza y desolación en estas tierras.
Dios tendrá en su gloria a quienes vivieron allí dandolo todo, con la esperanza de lograr el progreso y desarrollo de esos pueblos.
De allí salieron cientos de sacerdotes que ahora están ejerciendo su ministerio en distintos lugares del Perú y también del extranjero.
Urge seguir escribiendo historias, porque hay mucho que contar para agradecer. Todos estamos en deuda. (P. Manuel Tamayo).
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