VISITAS ENTUSIASMANTES Y EDIFICANTES
Lima, 1977 – 1978
Vicente Rodríguez Casado, historiador español, fundador de la Universidad de la Rábida en España, miembro del Opus Dei desde 1936, americanista, con muchos estudios y escritos de la historia de nuestro país, nos visitaba con frecuencia, se alojaba en “Tradiciones” y algunas veces pasaba a “Olivares” cuando le invitábamos a las tertulias.
Los mayores, cuando se referían a él, le llamaban Don Vicentón, por su enorme gordura, a la que él mismo le sacaba partido para hacer la vida agradable a los demás. Tenía una simpatía desbordante, habitualmente estaba rodeado de chicos que le seguían con mucho interés, porque era como un libro abierto. A todos nos parecía muy interesante y divertido lo que contaba.
Con él salíamos muchas veces de paseo, le gustaba ir al muelle de pescadores de Chorrillos donde nos invitaba a comer pescado fresco, recién salido del mar, y a tener una agradable conversación que, si no lo advertíamos, se prolongaba y no terminaba nunca.
En cualquier sitio siempre encontrabamos un lugar para sentarnos a escucharle, tenía un modo genial de llegar a cada uno, era profundo y divertido a la vez, nos hablaba de la historia universal, de los filósofos, de personajes que había conocido, de la situación actual del mundo; nos motivaba para que aumentara nuestro amor a la Iglesia, y nos contaba, desde luego, muchas anécdotas que vivió con San Josemaría y con el Beato Álvaro del Portillo, a quienes les tenía una gran devoción.
Todo era entusiasmante y divertido con Don Vicentón, que bromeaba con su propia gordura. Un día fue a un sastre para que le hiciera una ropa de baño, porque no encontraba una de su talla. El sastre, para medirle la cintura le pidió que sujetara la cinta métrica para poder dar la vuelta. Él, y los que le acompañaban no dejaban de reír. Todos los años esperábamos con mucha ilusión la llegada de Don Vicentón.
La andadura de “Olivares”
1977 fue el primer año de actividad en la casa cubierta con una enredadera, que el el segundo semestre pasó a llamarse “Olivares”.
En el país se vivía todavía los últimos años del General Morales Bermudez, que había prometido elecciones democráticas para 1980. Había un desconcierto general en el país por la situación económica. Para salir adelante el ministro de economía Walter Piazza, anunció un paquetazo que motivó un paro nacional.
En 1978, Morales Bermudez convoca a una asamblea constituyente, para que se elabore una nueva constitución que remplace a la de 1933. Fue nombrado, por elecciónes, Víctor Raúl Haya de la Torre, presidente de la Asamblea a sus 83 años. La nueva constitución fue promulgada en 1979 y entró en vigencia en 1980.
El 78 también nace mi sobrino Manuel Figuerola, el segundo hijo de mi hermana Teresa. Mis papás estaban felices con su segundo nieto.
Una fructífera bendición
Estando en “Olivares” un día me llama por teléfono Ángel Lui (miembro Agregado del Opus Dei, ya fallecido) y me pide que vaya a su tienda de electro domésticos para bendecirla. Agarre la estola y el agua bendita y me fui con sotana al centro de Lima donde estaba su tienda. Resulta que Ángel había invitado a varios colegas suyos para esa pequeña ceremonia, que se prolongó, porque luego sacó unos carritos con comida y bebidas. En la conversación, después de la bendición, Ángel les dijo a sus colegas que yo estaba montando un centro para formar estudiantes y los motivó para que hicieran donaciones. Esa noche llegué a Olivares con un televisor nuevo, una plancha, una tostadora y otros aparatos que ahora no recuerdo.
Esos regalos entusiasmaron a los chicos, sobre todo el televisor, que era el primero que teníamos a color y era una novedad para todos. Además se acercaba el mundial de Argentina de 1978.
Este año llegaron de España al Perú dos numerarios jóvenes para reforzar las labores de la Obra: Jaime Millás y Antonio Abruña.
Los cambios del 78
1978 fue un año muy movido y de muchos cambios. De profesor de religión en el colegio Markham hacía mis pininos en las clases que daba a chicos de familias pudientes. No era sencillo, me encontré con situaciones familiares difíciles de arreglar y me dí cuenta que el ímpetu juvenil que traía no era suficiente.
Ese año cumplía 30 y me parecía que ya era un “peso pesado”, tal vez porque estaba rodeado habitualmente de adolescentes. Fue el año en que pasé a ser capellán de la escuela naval junto al P. Jaime Payeras. Allí empieza otra historia.
Más chicos en “Olivares”
Gracias a los concursos culturales y a un curso de orientación profesional a Olivares llegaron chicos de diversos colegios de Lima, todos los domingos teníamos partidos en la cancha de fulbito del Saeta y cada mes proyectábamos las películas de tertulias de San Josemaría en la cabaña de madera que había en el jardín. Venían los papás de los chicos y se iban muy contentos. Poco a poco se iban haciendo amigos de la casa.
Los Papas del 78
En Agosto de 1978 muere Paulo VI, el Papa de nuestra adolescencia, y enseguida se organiza el Cónclave donde sale elegido, el 26 de Agosto, Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa.
A finales de setiembre tuvimos con los chicos de “Olivares” una convivencia en Valle Grande (Cañete). Fue algo entusiasmante; parte del curso cultural se realizó allí, junto a las meditaciones, charlas y tertulias musicales, con las canciones que estaban de moda. No faltaron los partidos de fulbito inter escolar, que ilusionaban a todos.
Una noticia increíble
La mañana del 28 de setiembre me encontraba arreglando la cancha de fulbito y veo que se me acerca Ignacio Benavent (numerario del Opus Dei, que ahora reside en Piura), con una cara un poco descompuesta y me dice: “el Papa ha muerto” . Lo miré y le dije: “ya lo se” pensando que se refería a Paulo VI que había fallecido el mes anterior: “¡No! ¡es Juan Pablo I quien ha muerto! me dijo levantado la voz. Me quedé helado. La noticia parecía increíble.
Al regresar a Olivares tuvimos una tertulia con Don Vicentón, nos habló del amor que San Josemaría tenía por la Iglesia y el Papa. Nos dijo en aquella ocasión, que no quería ver las películas de las tertulias de San Josemaría porque le emocionaban demasiado.
A los pocos días fue el cónclave que eligió a Juan Pablo II, el 10 de Octubre de 1978. Don Vicentón estaba muy contento y nos dijo que era el Papa que la Iglesia necesitaba y que iba a darle la vuelta al mundo, el Papa que venía de lejos. No dudó en decirnos que San Josemaría había intercedido para que saliera. (P. Manuel Tamayo)
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