¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?
(En la fiesta de la
exaltación de la Santa Cruz)
“Dios, mío, Dios, mío, ¿`por qué me has
abandonado?, es el grito
más desgarrador, que Jesús pronuncia desde la cruz, No es que se
sienta abandonado de su Padre, todo lo contrario, su Padre está a su
lado, pero Jesús como ser humano, experimenta el dolor y la angustia
normal del género humano, siente la inmensa soledad al verse abandonado,
por todos sus discípulos y amigos, tiene un momento de sentimientos de
soledad, pero más que sentirse abandonado, por el Padre Dios, se siente
abandonado, por todos nosotros, que lo rechazamos siempre”. (El blog de Cristo, 4ta palabra desde la cruz).
“Se
me escapaban las almas como se escapan las anguilas…
se alejaban de mí, no decían nada…se iban sin despedir…fue grande mi dolor” (San Josemaría
Escrivá, encuentros de 1972)
COMENTARIO
El dolor más grande
que tuvo Jesús fue porque lo dejaron solo los que le debían más amor en el
momento que más lo necesitaba. Los discípulos, que formó con tanto cariño y dedicación, lo abandonaron alejándose
de él. Tal vez les pareció muy exigente lo que el Señor les pedía y no hicieron
otra cosa que darle la espalda sin decirle absolutamente nada. Simplemente se
fueron sin despedirse.
Este dolor del
Señor se repite en la historia. Quienes realmente se identifican con Cristo y
tienen celo ardiente por las almas sufren estos terribles dolores al ver que
los que más quieren se alejan de lo que más vale, por miedo a una exigencia o
por un apego del corazón que los distrae.
En cualquier
circunstancia de nuestra vida el amor a Dios debe ocupar el primer lugar, si
pasa a un segundo lugar el hombre terminará alejándose de Dios y su vida
empezará a convulsionarse, y es peor si su corazón está “esclavizado” con un apego.
San Josémaría
advertía: “si al corazón no se le da un
amor noble, limpio y ordenado se venga y hace traición” Nadie está inmune de ese peligro. El
corazón se desordena cuando, en los
hechos, Dios no ocupa el primer lugar. En toda acción humana el diablo, que es el príncipe de la mentira,
interviene con tentaciones haciéndole ver al hombre un falso “paraíso” para que cambie la cruz (garantía del amor verdadero) por el
placer de una atracción. Esa tentación puede cegar al hombre para que cambie el
oro por un plato de lentejas.
A Dios no se le
debe abandonar nunca, al contrario,
cada día hay que amarlo más. Las exigencias divinas están a favor de los
hombres, nunca perjudican o esclavizan,
al contrario el amor a Dios es el que más libertad y alegría da a los hombres.
El corazón necesita tener en primer lugar a Dios para que todo lo demás se
ordene y encuentre su sentido. (P. Manuel Tamayo)
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