EL ODIO AL MÁS BUENO
“El ateísmo encuentra su origen primero en el individualismo
exacerbado…El universo individualista pasa a estar centrado únicamente en la
persona…a Dios se le considera como alguien que pone obstáculos a la libertad” (Card Robert Sarah, Dios o nada, pp. 356)
“Dios es por esencia
la bondad misma, a la que nadie puede odiar, ya que, por definición, el bien es
lo que se ama. Por eso resulta imposible que quien ve por esencia a Dios le
odie. Con respecto a sus efectos, hay algunos
que no pueden ser contrarios a la voluntad humana; por ejemplo, ser, vivir,
entender. Son cosas apetecibles y amables para todos, y son efectos de Dios.
Por eso mismo, en cuanto Dios es aprehendido como autor de esos efectos, no
puede ser odiado. Pero hay efectos que contrarían a la voluntad humana
desordenada, como, por ejemplo, un castigo, la cohibición de los pecados por la
ley divina que contraría a la voluntad depravada por el pecado. Ante la
consideración de estos efectos puede haber quien odie a Dios, porque le
considera como quien prohíbe pecados e inflige castigos” (Santo Tomás, Suma
Teológica, q. 32). .
COMENTARIO
¿Por qué hay tanto odio en el mundo a Dios, a la Iglesia y a los
cristianos fieles a sus creencias?
En todas las épocas ha
existido el odio a Dios en el mundo por la presencia del mal en el hombre que
se aleja de Dios. Si el hombre no lucha, con la ayuda de Dios, contra su
pecado, tarde o temprano se volverá contra Dios. Si el hombre que cae no se
levanta, y permanece caído, el mal va creciendo en él y causando estragos: ataques a Dios ofendiéndolo gravemente, críticas a la Iglesia o
a los ministros de Dios, dudas de lo sagrado o sobrenatural, frialdad y
distanciamiento de los sacramentos, dudas de fe, posturas agnósticas y lejanía
de la Iglesia, ateísmo y rechazo a la religión, odio a Dios y apoyo a las
persecuciones contra la Iglesia y los cristianos.
En las distintas épocas
de la historia se percibe el odio a Dios y a los más buenos: Desde la persecución a Jesucristo, a los
apóstoles y a los primeros cristianos, en los primeros tiempos de la historia,
hasta las persecuciones actuales con matanzas diarias en el oriente y las
ideologías contra la vida y la familia en occidente.
La Iglesia, en todas las épocas, ha enseñado que el fin
último del ser humano es Dios. Nos dice que
todo hombre viene de Dios y existe para ir hacia Él, y por lo tanto debe buscar a Dios para amarlo
durante toda su vida aquí en la tierra.
En la catequesis, que enseña la Iglesia, se aprende que la
persona se realiza correctamente cuando busca a Dios para amarlo sobre todas
las cosas. Así lo dice la ley del Amor en el Nuevo Testamento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu
fuerza, con toda tu mente y al prójimo como a ti mismo”
Si se tiene en cuenta la
ley del Amor, no estarían en el mismo nivel el hombre de fe y el ateo. Si lo
propio del hombre es el amor a Dios, el ateo estaría en desventaja, ya que no
podría cumplir con su finalidad, y además
como el hombre está dañado por el pecado, y para amar a Dios
necesita combatirlo, el ateo al no creer en
el pecado le será muy difícil luchar contra esos males, porque no quiere contar
con los recursos que Dios le alcanza para ganar esas en esas batallas contra el
mal. Si se queda en esa situación es lógico que salga su interioridad un rechazo
a Dios y de todo lo que tenga que ver con Él.
En cambio el creyente
sabe que el pecado es irse contra Dios, y como no lo quiere ofender, se
esfuerza para no caer y diría con San Pablo: “siento una ley en mis
miembros que es distinta a la ley de mi mente y me encadena…¿quién me librará
de este cuerpo de muerte? …porque no hago el bien que quiero sino el mal que no
quiero…” Entonces el creyente se apoyará en Dios para
evitar el pecado.
Dios no existe solo para
los creyentes, existe para todos. El que niega la existencia de Dios está
negando también su razón de ser y de existir.
El no creyente, al no combatir sus ofensas a Dios, suele estar en una
actitud de rechazo a Dios y a todo lo que procede de Él. El agnosticismo y el ateísmo no son posturas inocuas (que no hacen daño). La experiencia a nivel mundial es elocuente.
Así se explica el odio a
Dios que ha existido siempre en el mundo, originando las guerras de religión,
las persecuciones y las matanzas de creyentes, tan solo por el hecho de ser
creyentes. El creyente también podría llegar a ese odio si descuida su lucha
por estar cerca de Dios, primero se enfría, luego
se aleja, luego piensa que no tiene necesidad de ayuda, le entran las dudas, empieza a criticar a la
Iglesia y va creciendo en su interioridad un amargo rechazo que luego se
convierte en odio.
Es ilógico pero se da en
la realidad: se termina odiando al más bueno, sin que haya hecho nada malo, tal
como ocurrió con Nuestro Señor Jesucristo. (P. Manuel Tamayo).
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