miércoles, 7 de septiembre de 2016

EL ODIO AL MÁS BUENO

“El ateísmo encuentra su origen primero en el individualismo exacerbado…El universo individualista pasa a estar centrado únicamente en la persona…a Dios se le considera como alguien que pone obstáculos a la libertad” (Card Robert Sarah, Dios o nada, pp. 356)

“Dios es por esencia la bondad misma, a la que nadie puede odiar, ya que, por definición, el bien es lo que se ama. Por eso resulta imposible que quien ve por esencia a Dios le odie. Con respecto a sus efectos, hay algunos que no pueden ser contrarios a la voluntad humana; por ejemplo, ser, vivir, entender. Son cosas apetecibles y amables para todos, y son efectos de Dios. Por eso mismo, en cuanto Dios es aprehendido como autor de esos efectos, no puede ser odiado. Pero hay efectos que contrarían a la voluntad humana desordenada, como, por ejemplo, un castigo, la cohibición de los pecados por la ley divina que contraría a la voluntad depravada por el pecado. Ante la consideración de estos efectos puede haber quien odie a Dios, porque le considera como quien prohíbe pecados e inflige castigos” (Santo Tomás, Suma Teológica, q. 32). .

COMENTARIO

¿Por qué hay tanto odio en el mundo a Dios, a la Iglesia y a los cristianos fieles a sus creencias?

En todas las épocas ha existido el odio a Dios en el mundo por la presencia del mal en el hombre que se aleja de Dios. Si el hombre no lucha, con la ayuda de Dios, contra su pecado, tarde o temprano se volverá contra Dios. Si el hombre que cae no se levanta, y permanece caído, el mal va creciendo en él y causando estragos: ataques a Dios ofendiéndolo gravemente, críticas a la Iglesia o a los ministros de Dios, dudas de lo sagrado o sobrenatural, frialdad y distanciamiento de los sacramentos, dudas de fe, posturas agnósticas y lejanía de la Iglesia, ateísmo y rechazo a la religión, odio a Dios y apoyo a las persecuciones contra la Iglesia y los cristianos.

En las distintas épocas de la historia se percibe el odio a Dios y a los más buenos:  Desde la persecución a Jesucristo, a los apóstoles y a los primeros cristianos, en los primeros tiempos de la historia, hasta las persecuciones actuales con matanzas diarias en el oriente y las ideologías contra la vida y la familia en occidente.

La Iglesia, en todas las épocas, ha enseñado que el fin último del ser humano es Dios.  Nos dice que todo hombre viene de Dios y existe para ir hacia Él,  y por lo tanto debe buscar a Dios para amarlo durante toda su vida aquí en la tierra.

En la catequesis, que enseña la Iglesia, se aprende que la persona se realiza correctamente cuando busca a Dios para amarlo sobre todas las cosas. Así lo dice la ley del Amor en el Nuevo Testamento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu fuerza, con toda tu mente y al prójimo como a ti mismo”

Si se tiene en cuenta la ley del Amor, no estarían en el mismo nivel el hombre de fe y el ateo. Si lo propio del hombre es el amor a Dios, el ateo estaría en desventaja, ya que no podría cumplir con su finalidad,  y además como el hombre está dañado por el pecado, y para amar a Dios necesita combatirlo, el ateo al no creer en el pecado le será muy difícil luchar contra esos males, porque no quiere contar con los recursos que Dios le alcanza para ganar esas en esas batallas contra el mal. Si se queda en esa situación es lógico que salga su interioridad un rechazo a Dios y de todo lo que tenga que ver con Él.

En cambio el creyente sabe que el pecado es irse contra Dios, y como no lo quiere ofender, se esfuerza para no caer y diría con San Pablo: “siento una ley en mis miembros que es distinta a la ley de mi mente y me encadena…¿quién me librará de este cuerpo de muerte? …porque no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero…”  Entonces el creyente se apoyará en Dios para evitar el pecado.
Dios no existe solo para los creyentes, existe para todos. El que niega la existencia de Dios está negando también su razón de ser y de existir.

El no creyente, al no combatir sus ofensas a Dios,  suele estar en una actitud de rechazo a Dios y a todo lo que procede de Él. El agnosticismo y el ateísmo no son posturas inocuas (que no hacen daño). La experiencia a nivel mundial es elocuente.

Así se explica el odio a Dios que ha existido siempre en el mundo, originando las guerras de religión, las persecuciones y las matanzas de creyentes, tan solo por el hecho de ser creyentes. El creyente también podría llegar a ese odio si descuida su lucha por estar cerca de Dios, primero se enfría, luego se aleja, luego piensa que no tiene necesidad de ayuda,  le entran las dudas, empieza a criticar a la Iglesia y va creciendo en su interioridad un amargo rechazo que luego se convierte en odio.


Es ilógico pero se da en la realidad: se termina odiando al más bueno, sin que haya hecho nada malo, tal como ocurrió con Nuestro Señor Jesucristo. (P. Manuel Tamayo).

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