EL MIEDO POR LOS HIJOS ADOLESCENTES
Fue por miedo y no por bondad que surgieron los padres permisivos.
Es el miedo a que los hijos no los quieran por lo poco que los ven, el
que los anima a ponerles muy pocos límites y a darles gusto en todo. Es
el miedo a que no les cuenten sus cosas el que los hace igualarse con ellos y
dejar de ser padres para convertirse en compinches. Es el miedo a
disgustarlos el que los hace permitir que vayan a fiestas y lugares que
no deben, y con quien no deben. Es el miedo a que los tachen de anticuados el
que los hace permitir que se vistan en forma indecente, que se entretengan con
música y juegos violentos o que tomen licor. Es el miedo a que fallen o
sufran, el que los empuja a ayudarles más de lo debido y a asumir sus
problemas como propios. Sin embargo, a lo deberían tenerle más miedo los
padres, es a que los hijos fracasen porque no saben hacer ningún esfuerzo, a
que escojan el mal camino porque se acostumbraron a que todo les está
permitido; y a que no sepan amar porque aprendieron a recibir y no a dar; es
decir, a que carezcan de lo que necesitan para llegar a ser personas
estructuradas, seguras de si mismas y correctas, atributos indispensables para triunfar.
(León Trahtemberg, La Industria, Chiclayo, 23 de Octubre
de 2011).
El adolescente tiende a pensar que va a conseguir su “libertad” distanciándose de sus padres, evitando asistir a comidas
o encuentros familiares y pasando todo el tiempo posible con sus amigos o aislándose en su
habitación. Esto suele ser fuente de conflictos con el resto de la
familia que no entiende ese cambio repentino, ni cuál es el motivo por el que tiene
que renunciar a estar cerca de ellos. En estos casos lo mejor es llegar a un
acuerdo razonado con el hijo y ganar su confianza…. Hay que tener en cuenta que
un adolescente se considera adulto (y no
lo es, aunque haya cumplido la mayoría de edad), él siempre pensará que
debe conseguir lo que quiere y entonces
buscará, con relativa frecuencia, “arrancar” el
permiso de sus padres para conseguir sus objetivos. Muchas veces se
comporta con ellos de forma arisca por miedo a no conseguir lo que él quiere. Los padres
deben buscar la manera de hacerle saber que quisieran lo mejor para él, pero
que como adulto también debería ser razonable y responsable de sus actos. (Compendio sobre la
educación del adolescente, Bekia Padres).
COMENTARIO
La educación del hogar depende fundamentalmente de la
conducta que hayan tenido los padres en sus propias vidas. Para que los padres
tengan autoridad con los hijos, que no
significa severidad o mano dura, primero tienen que ser ejemplo de
coherencia. Que los hijos vean lo que predican los padres. La rectitud de
intención es indispensable para la educación. Todos los papás tienen defectos y
cometen errores a la hora de educar. Los hijos también lo saben y aprenden a
querer a sus padres con esas limitaciones. Los padres no deben presentarse a
los hijos con una aureola de perfección. Lo perfecto es enemigo de lo bueno.
Los hijos deben ver que los padres luchan para superar sus propios defectos y
corregir los errores que han cometido. En el hogar no debe faltar el perdón y
la acción de gracias. Para que haya verdadera comunicación el perdón y la
acción de gracias debe ser habitual y real. En la casa no se debe actuar, no
deben existir posturas o posiciones. En el hogar todo debe ser sencillo y
transparente, unos deben encajar en otros con una integración cuyo sustento es el
amor. El amor auténtico no debe ser posesivo sino de entrega (vivir para el otro). El sacrificio que
hacen los padres por los hijos es para que los hijos sean sacrificados como
ellos. Los hijos no deben acostumbrarse a recibir, deben aprender a dar, desde
muy niños, a ser generosos. Se equivocan los padres cuando les dan todo a sus
hijos. Estarían fabricando unos “príncipes”
que después se irán de la casa sin valorar ni agradecer todos los sacrificios
que se han hecho por ellos (P. Manuel Tamayo).
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