LA DICTADURA DEL RUIDO PARÁSITO
“Nuestro mundo ha
dejado de escuchar a Dios, porque no deja de hablar a un ritmo y a una
velocidad letales para no decir nada. La civilización moderna no sabe estar
callada. Vive en permanente monólogo. La sociedad posmoderna rechaza el pasado
y considera el presente un vil objeto de consumo: contempla el futuro entre los
rayos de un progreso casi obsesivo. Su sueño, convertido en triste realidad, ha
sido encerrar el silencio en un calabozo húmedo y oscuro. A partir de entonces
se instaura una dictadura de la palabra, una dictadura del énfasis verbal. En
ese escenario sombrío solo queda una llaga purulenta de palabras mecánicas, sin
relieve, sin verdad y sin fundamento. Muchas veces la verdad no es más que una
creación mediática engañosa y consolidada por imágenes y testimonios inventados” (Cardenal Robert Sarah, “La
fuerza del silencio” p. 87).
“El silencio es el
portero de la vida interior” (San Josemaría Escrivá de Balaguer).
COMENTARIO
Existen dos ruidos,
el que viene del exterior y el de nuestra cabeza. Ambos proceden del desorden.
Lo que es bueno no es ruidoso. Entendemos ruidoso como algo que está a
demasiado volumen y que perturba; o algo que está demás y no deja oír o pensar
otros asuntos de más valor.
La belleza de la
música se aprecia con un volumen moderado, en una orquesta puede haber en un
momento determinado un tono elevado donde los instrumentos se lucen dentro de
la lógica de una armonía, eso es normal y puede ser bellísimo y agradable. Colocar el volumen alto de cualquier pieza,
sin que tenga que ver con la armonía de una composición, suele ser una
vulgaridad; lo que es chilloso es
estridente, muchas veces huachafo y de muy poco valor.
El volumen aumenta
cuando se pierde la calidad de vida en una sociedad, por ejemplo en el tráfico,
Hacer circular un auto ruidoso es una
falta de respeto con el resto de personas, tocar el claxon de un modo habitual
es un signo de escasa cultura, tener la música muy alta en una fiesta es
grotesco y burdo, es también además una falta de consideración con el
vecindario. Elevar la voz puede ser insultante y una falta de respeto.
El ruido de la
calle es molesto y perturbador. Muchos buscan espacios de silencio para
descansar o conversar tranquilamente. Hoy todo se ha vuelto muy ruidoso, además
hay demasiados atropellos. Los vendedores entran con agresividad para vender
sus productos, hay gente que envía mensajes y videos en el WhatsApp, sin
preguntarle al destinatario si quiere recibirlos o no; hay empresas que llaman
por teléfono a cualquier hora ofertando algo e irrumpiendo en la vida de una
persona que ni conocen. Los programas vivos de la televisión son un show de ruidos, parece que el que habla
más es el que gana. La verborrea está a la orden del día y la ligereza crece en
muchísimos más.
El mundo se ha
vuelto superficial, en muchas personas ya no existe una jerarquía de valores,
no importan las virtudes, uno puede estar sucio, mal vestido, sin afeitarse,
totalmente despeinado, parecido a un gorila
y no pasa nada. Los pantalones roídos, rotos y percudidos, el polo desteñido,
el cuerpo lleno de tatuajes, toda una informalidad que es trasladada desde la
casa a la calle. Se piensa que es una moda más y no se ve el reflejo de una
crisis social que es bastante grave y preocupante, no es una época más, hay una
decadencia, una pérdida, un ir para atrás en los temas trascendentes. Hay que estar
ciego para no reconocer que todo esto pasa y que está muy mal y es necesario
revertirlo cuanto antes.
En muchas casas no
hay horario de levantarse ni de acostarse, los cuartos pueden estar
desordenados con las camas destendidas y todo tirado por cualquier parte y no
pasa nada. A lo formal y al pasado se le tira tierra, no interesa. El ir con
terno o vestido, bien peinados resulta fuera de lugar y “ridículo”.
Hoy se vive un
canto a la vulgaridad y a lo zafio, el lenguaje debe ser lisuriento para estar a tono, las bromas para que sean buenas, deben
ser burlas que toquen defectos para cochinear
al prójimo y salir con amigos significa muchas veces tomar hasta
emborracharse si se quiere estar en onda con el resto y por supuesto las
reuniones deben terminar en la madrugada y mejor si duran hasta el día siguiente.
Absurdo y penoso.
Hay ruido,
movimiento, un fuerte activismo, solo hay tiempo para esas cosas que son banales.
La familia pierde, de Dios ni se acuerdan. Se olvidaron de la religión y para
no quedar mal la atacan o se hacen agnósticos. Es la filosofía de la
desinteligencia que violenta al ser humano y los desnaturaliza.
Muchos, jóvenes
aún, viven en una burbuja, piensan que seguir “disfrutando” de ese modo es lo
normal y no se dan cuenta de la pendiente por donde se deslizan hasta que llegará
el momento del golpe y muchos dirán que para ellos fue algo inesperado. Ni se
lo imaginaban.
El silencio es
necesario para pensar, para reflexionar y también para escuchar. El que
encuentra un espacio de silencio y lo sabe aprovechar bien es un afortunado.
Está en condiciones de darse cuenta de las cosas y salir del huayco ruidoso que
todo lo rompe y nada bueno da. (P. Manuel Tamayo)
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