sábado, 22 de julio de 2017

LA DICTADURA DEL RUIDO PARÁSITO

“Nuestro mundo ha dejado de escuchar a Dios, porque no deja de hablar a un ritmo y a una velocidad letales para no decir nada. La civilización moderna no sabe estar callada. Vive en permanente monólogo. La sociedad posmoderna rechaza el pasado y considera el presente un vil objeto de consumo: contempla el futuro entre los rayos de un progreso casi obsesivo. Su sueño, convertido en triste realidad, ha sido encerrar el silencio en un calabozo húmedo y oscuro. A partir de entonces se instaura una dictadura de la palabra, una dictadura del énfasis verbal. En ese escenario sombrío solo queda una llaga purulenta de palabras mecánicas, sin relieve, sin verdad y sin fundamento. Muchas veces la verdad no es más que una creación mediática engañosa y consolidada por imágenes y testimonios inventados”  (Cardenal Robert Sarah, “La fuerza del silencio” p. 87).

“El silencio es el portero de la vida interior” (San Josemaría Escrivá de Balaguer).


COMENTARIO

Existen dos ruidos, el que viene del exterior y el de nuestra cabeza. Ambos proceden del desorden. Lo que es bueno no es ruidoso. Entendemos ruidoso como algo que está a demasiado volumen y que perturba; o algo que está demás y no deja oír o pensar otros asuntos de más valor.

La belleza de la música se aprecia con un volumen moderado, en una orquesta puede haber en un momento determinado un tono elevado donde los instrumentos se lucen dentro de la lógica de una armonía, eso es normal y puede ser bellísimo y agradable.  Colocar el volumen alto de cualquier pieza, sin que tenga que ver con la armonía de una composición, suele ser una vulgaridad; lo que es chilloso es estridente, muchas veces huachafo y de muy poco valor.  

El volumen aumenta cuando se pierde la calidad de vida en una sociedad, por ejemplo en el tráfico,  Hacer circular un auto ruidoso es una falta de respeto con el resto de personas, tocar el claxon de un modo habitual es un signo de escasa cultura, tener la música muy alta en una fiesta es grotesco y burdo, es también además una falta de consideración con el vecindario. Elevar la voz puede ser insultante y una falta de respeto.

El ruido de la calle es molesto y perturbador. Muchos buscan espacios de silencio para descansar o conversar tranquilamente. Hoy todo se ha vuelto muy ruidoso, además hay demasiados atropellos. Los vendedores entran con agresividad para vender sus productos, hay gente que envía mensajes y videos en el WhatsApp, sin preguntarle al destinatario si quiere recibirlos o no; hay empresas que llaman por teléfono a cualquier hora ofertando algo e irrumpiendo en la vida de una persona que ni conocen. Los programas vivos de la televisión son un show de ruidos, parece que el que habla más es el que gana. La verborrea está a la orden del día y la ligereza crece en muchísimos más.

El mundo se ha vuelto superficial, en muchas personas ya no existe una jerarquía de valores, no importan las virtudes, uno puede estar sucio, mal vestido, sin afeitarse, totalmente despeinado, parecido a un gorila y no pasa nada. Los pantalones roídos, rotos y percudidos, el polo desteñido, el cuerpo lleno de tatuajes, toda una informalidad que es trasladada desde la casa a la calle. Se piensa que es una moda más y no se ve el reflejo de una crisis social que es bastante grave y preocupante, no es una época más, hay una decadencia, una pérdida, un ir para atrás en los temas trascendentes. Hay que estar ciego para no reconocer que todo esto pasa y que está muy mal y es necesario revertirlo cuanto antes.

En muchas casas no hay horario de levantarse ni de acostarse, los cuartos pueden estar desordenados con las camas destendidas y todo tirado por cualquier parte y no pasa nada. A lo formal y al pasado se le tira tierra, no interesa. El ir con terno o vestido, bien peinados resulta fuera de lugar y “ridículo”.

Hoy se vive un canto a la vulgaridad y a lo zafio, el lenguaje debe ser lisuriento para estar a tono, las bromas para que sean buenas, deben ser burlas que toquen defectos para cochinear al prójimo y salir con amigos significa muchas veces tomar hasta emborracharse si se quiere estar en onda con el resto y por supuesto las reuniones deben terminar en la madrugada y mejor si duran hasta el día siguiente. Absurdo y penoso.

Hay ruido, movimiento, un fuerte activismo, solo hay tiempo para esas cosas que son banales. La familia pierde, de Dios ni se acuerdan. Se olvidaron de la religión y para no quedar mal la atacan o se hacen agnósticos. Es la filosofía de la desinteligencia que violenta al ser humano y los desnaturaliza.
Muchos, jóvenes aún, viven en una burbuja, piensan que seguir “disfrutando” de ese modo es lo normal y no se dan cuenta de la pendiente por donde se deslizan hasta que llegará el momento del golpe y muchos dirán que para ellos fue algo inesperado. Ni se lo imaginaban.


El silencio es necesario para pensar, para reflexionar y también para escuchar. El que encuentra un espacio de silencio y lo sabe aprovechar bien es un afortunado. Está en condiciones de darse cuenta de las cosas y salir del huayco ruidoso que todo lo rompe y nada bueno da. (P. Manuel Tamayo)

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